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“Pertenezco a una era fugitiva, mundo que se deshace ante mis ojos”, consigna el primer verso de No me preguntes cómo pasa el tiempo. Desde entonces la primera persona de sus poemas dibuja una parte sustantiva de la persona pública de JEP. Yo lo empecé a tratar en 1980, en el anexo del Museo Nacional de Historia que ocupaba entonces la Dirección de Estudios Históricos, cuando en su poesía cabe la casa, o mejor dicho, el espacio doméstico de esa misma persona pública.

Nada me pareció tan armónico como encontrar al autor de un  cuento como “Tenga para que se entretenga”, transformado precisamente en un investigador, en el cubículo de un centro de investigación puesto en lo que alguna vez fue un área asignada al director del Heroico Colegio Militar y a la residencia extraoficial del presidente Álvaro Obregón, en el discreto predio que se ubica en lo alto de la ladera sur del cerro de Chapultepec. Un investigador a quien obsesionan las formas de la disolución, la obra de las “incesantes aguas del cambio”, la poesía como la sombra de la memoria. JEP era un autor recién llegado a sus cuarenta, bien conocido entre las diversas comunidades letradas de la capital, no obstante la discreción con que por años llevó sus muy visitadas columnas, como “Inventario”, en El Diorama de la Cultura, ninguna de cuyas entregas firmó hasta el final en julio de 1976. De ahí que al menos pareciera raro leer que la primera persona de JEP descubría la intimidad de su espacio vital.
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Esto empieza en “H & C”, un poema construido a partir de las llaves del agua en las casas antiguas de la ciudad de México, incluido en Islas a la deriva. No mucho tiempo después advierte que “Para quien no haya visto lo que yo vi/ parecerá mentira lo que pasó”. Y en efecto, el registro de la agonía y ruina de la ciudad de México, la misma que “por derecho de nacimiento y crecimiento” puede llamar suya, a partir de Desde entonces encuentra su correlativo justo en la casa del poeta. A su patio todas las tardes llega un pájaro (“Tres y cinco”). En su habitación, por encima de “muros, patios, puertas, corredores”, lo alcanza el llanto nocturno de un niño (“Valle de lágrimas”). Desde esa misma habitación registra la ausencia del “rumor de pájaros” que en otro tiempo lo despertaba (“Augurios”). La obstrucción de la coladera del patio de la casa y la formación de “una bahía de agua lodosa y hojas amenazantes” devuelve la dimensión de un repentino “terremoto de lluvia” en la ciudad capital (“Las ceremonias del verano”).

JEP empezó a hacer una oficina irregular en la Dirección de Estudios Históricos por el tiempo en que salió de la imprenta Las batallas en el desierto, por trabajar en la biblioteca que ya era su casa. Es curiosa la omisión de este espacio en Los trabajos del mar, cuyas páginas ofrecen en cambio una ciudad vuelta una “innoble y letal colonia/ penitenciaria” (“Paseo de la Reforma”), es “isla de asfixia/ rodeada de miseria por todas partes… inmensa zona de desastre” (“Para Efraín Huerta”). No hay una sola alusión al espacio privado de su persona pública, como decía. O bien está en su última pieza, “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”. La casa del poeta tampoco sale en “Las ruinas de México”, la elegía que formó tras el terremoto de 1985, incluida en Miro la tierra, y en donde apunta no sin un reproche a lo bruno de su propia visión: “Con qué facilidad en los poemas de antes hablábamos/ del polvo, la ceniza, el desastre y la muerte”. El poeta ya no ve gorriones ni palomas, “hoy ésta es la ciudad de las moscas azules”.

Si verse a solas en una casa ajena puede ser tan misterioso como el pasado, según escribió en uno de los poemas incluidos en El silencio de la luna, tal vez JEP decidió omitir de su persona pública cualquier referencia a un espacio doméstico en aras de la transparencia que encontró en este mismo poema: “La figura del huésped solitario en la ciudad hostil resume el paso por la vida”. Y acaso este verso, o bien el poema entero que se titula “De paso”, sirva para leerlo de nueva cuenta o para reencontrarlo de otra manera, avanzando como siempre de espaldas, en la dirección opuesta a nuestras sombras, empujados por el encanto de horas que no regresan.

 

Antonio Saborit
Historiador, traductor, ensayista. Su más reciente libro es Diario de las cigarras.