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Sobre el lado poniente del Anillo Periférico que circunda buena parte de la ciudad de México, justo donde esa vía confluye con la avenida Paseo de las Palmas, en la zona de Polanco, se levanta el edificio conocido como “Del árbol”. Es una construcción modernista de una docena de pisos y con vidrios oscuros erigida probablemente en los años ochenta del siglo viejo. De uno de los enormes ventanales de su décimo piso asoma como reto simbólico, contraste curioso o detonante oxímoron, un árbol sembrado allá en las alturas. Sus ramas se doblan hacia un lado para rebasar el dintel del ventanal y luego tienden hacia arriba, asomando al cielo en busca de su cuota vital de aire y luz. El ars combinatoria de esta arquitectura busca provocar un efecto estético al incrustar en una sola las imágenes usuales y acaso contradictorias del edificio y el árbol, para otorgar un nuevo sentido a la imagen resultante. La sensación es en efecto contradictoria: ¿es la imposición de la urbe de cristal, concreto y acero sobre la naturaleza primigenia, como sucede en toda ciudad? O bien, ¿es la naturaleza imparable en emergencia desde lo subterráneo, su último grito vital ya en una vitrina de museo? Este edificio “Del árbol” siempre me hace pensar en la ciudad expuesta en varios de los poemas, relatos y novelas de José Emilio Pacheco. Acaso por la percepción de la naturaleza reprimida y trastocada en artificial exhibición, o como el atesoramiento de algo (el árbol mismo) en vías de extinción. Hay una desesperación como la de El grito de Münch en esa visión. Una ciudad que en avance irrefrenable domeña y somete a la naturaleza para levantarse victoriosa, pero al mismo tiempo una ciudad ya en rápido deterioro, en un proceso de transformación inevitablemente destinado a la ruina.
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Es bien sabida la visión de este deterioro urbano capturada por Pacheco en su novela corta Las batallas en el desierto, de 1981, considerada por la crítica y los lectores como una de las novelas fundamentales de los últimos cincuenta años. Escribe el narrador:

“Demolieron la escuela, demolieron en edificio de Mariana, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia”.

Aquí una contradicción inherente: “de ese horror quién puede tener nostalgia”, se pregunta el autor luego de recrear a los ojos del lector la aventura infantil de Carlitos, su enamoramiento de Mariana, madre de su compañero de escuela Jim, y sobre todo la ciudad de México a través de sus calles (Álvaro Obregón, Insurgentes, la colonia Doctores, la Romita, la avenida La Piedad —hoy Cuauhtémoc— el puente de avenida Coyoacán sobre el río sucio La Piedad, y hasta algo de Las Lomas), sus atmósferas (la escuela, la heladería La Bella Italia, alguna tortería popular), los anuncios y series de radio que se escuchaban entonces (Las aventuras de Carlos Lacroix, Los niños catedráticos, La legión de los madrugadores, La doctora corazón; los toros narrador por Paco Malgesto, el futbol por Carlos Albert, el beisbol por el Mago Septién), los autos y los camiones públicos que la circulaban (los Packard, Buick, Mercury, Hudson; la ruta camionera de la Roma a la Santa María), las películas y cines de entonces (Errol Flynn y Tyrone Power; los cines Roma, Royal o el Balmori), además de la música de moda por esos años (“Sin ti”, “La rondalla”, “La múcura”, “Amorcito corazón”, “La burrita”). Eran los años del gobierno de Miguel Alemán, a principios de los cincuenta, cuando el niño José Emilio tenía 11 o 12 años.

Escribe el escritor José de la Colina sobre una foto de 1959 donde figuran él mismo y Pacheco en la Plaza  de la Ciudadela: “la colonia Roma, esa pequeña patria de la que José Emilio no se había desterrado, pues el otro nombre de ella es el de su infancia recreada, el de su mejor obra narrativa: Las batallas en el desierto”.

Cómo entonces negarse a la nostalgia de aquellos días, ¿en realidad eran “un horror”?, como subraya José Emilio. ¿Acaso es un juego de la memoria? La ciudad en el recuerdo del poeta es la real, la verdadera, o es su Ciudad en la memoria, para citar el título de unos de sus libros de poemas. El epígrafe de Las batallas… es la primera línea de la novela The Go-Between, del escritor inglés L. P. Hartler, publicada en 1953, donde un hombre mayor recuerda su infancia con nostalgia. La línea nos da una clave: The past is a foreign country. They do things differently there.

Si el pasado es una tierra extranjera y allí se hacen las cosas de manera distinta, entonces es el recuerdo lo que lo prestigia, la nostalgia lo refina y acaso endulce la memoria de tiempos en realidad difíciles y “de ese horror quién puede tener nostalgia”.

En su novela Morirás lejos, de 1967, ya el narrador se preguntaba si ese personaje que a diario permanece en la misma banca del parque frente a su casa “puede tratarse de un nostálgico que en los alrededores de ese sitio pasó los primeros años de su vida. El parque fue el jardín de su casa […]. Nostalgia del limbo, la seguridad, el medio acuoso, batracioide, prenatal, el hombre regresa después de todo lo que le ha hecho la vida. Y ya no están las casas, los jardines donde siempre era otoño, las calles empedradas, el montículo central por el que pasaba el tranvía, la corriente una vez límpida y luego corrompida a fuerza de basura, lodo, escombros; sus orillas de musgo. Apenas quedan árboles y ya no hay casas, no hay jardines, no hay río; sólo avenidas abiertas sobre la destrucción y automóviles incesantes, siempre en aumento. […] La infancia se llevó sus lugares sagrados. Nada puede volver. El sitio ya no existe. No hay nadie tras la ventana, eme, efectivamente, murió hace más de veinte años. El pozo no existe, el parque no existe, la ciudad no existe”.

En el relato “El jardín de los gatos”, de principios de los setenta, recogido en La sangre de Medusa y otros cuentos marginales (ERA, 1990). Pacheco describe el kiosco de Santa María la Ribera: “En el parque más antiguo de la ciudad había un Kiosco. De nos ser por sus dimensiones se hubiese dicho pueblerino. Algo de gran aldea quedaba en aquella avenida con sus coronas de flores, para los muertos, sus librerías de viejo, sus prostitutas y sus hoteles amarillos. El aire venenoso aún no devoraba los árboles, el drenaje de la ciudad todavía no los despojaba de tierra para sus raíces. Ante los niños de entonces el parque semejaba un bosque en medio de la aridez y la fealdad que ya lo tenían amenazado. Las fuentes neoclásicas estaban sin agua y eran depósitos de basura”.

Mientras en el relato “La zarpa” (El principio del placer, 1972) un personaje femenino señala: “…usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces uno nacía y moría en la misma colonia, sin cambiarse nunca de barrio. Uno era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá…”.

“La catástrofe”, de 1984, es un relato donde Pacheco ve la ciudad invadida por un ejército enemigo: “Vivo en la Condesa, en una calle que tiene el nombre de uno de los cadetes muertos en la defensa del Castillo de Chapultepec durante la invasión norteamericana en 1847. Antes de la guerra y los desastres pensé en cambiarme porque la Condesa ya no es lo que era. Sin embargo el ejército enemigo ocupó a México y me quedé en este departamento sombrío. Me hace sentir con mayor intensidad la amargura de la catástrofe”.

Pacheco describe el Castillo y el Bosque de Chapultepec ocupados por los invasores mientras una marcha de jóvenes por la avenida Veracruz. El célebre bosque de la ciudad de México es también recurrente en el imaginario literario del poeta y narrador. Incluso en el cuento “Tenga para que se entretenga” y en varios poemas, habla de una ciudad prehispánica subterránea que sobrevive y a la cual se accede por el mágico parque donde Moctezuma se daba baños.

Del libro El reposo del fuego, de 1966, emerge este verso:

Bajo el suelo de México verdean
Espesamente pútridas las aguas
Que lavaron la sangre conquistada
Nuestra contradicción —agua y aceite—
Permanece a la orilla y aún divide,
Como un segundo dios, todas las cosas:
Lo que deseamos ser y lo que somos.
(Haga el experimento. Si levanta
Unos metros de tierra encuentra el lago,
La sed de las montañas, el salitre
Que devora los años. Y este lodo
En que yace el cadáver de la noble
Ciudad de Moctezuma.
Y comerá también nuestros siniestros
Palacios de concreto, muy lealmente,
Fiel a la destrucción que lo preserva)
México subterráneo… El poderoso
Virrey, emperador, sátrapa hizo de
los lagos y bosques el desierto.

Y de Irás y no volverás, de 1973, el poema “Tacubaya, 1949”:

Allá en el fondo de la vieja infancia
Eran los árboles
El simulacro de río
La casa tras la huerta
El sol de viento
Que calcinó los años
Un desierto
Que hoy se sigue llamando Tacubaya
Nada quedó
También en la memoria
Las ruinas dejan sitio
A nuevas ruinas

De Islas a la deriva, poemas 1973-1975, recupero “Vecindades del centro”:

Y los zaguanes huelen a humedad
Puertas desvencijadas
Miran al patio en ruinas
Los muros
Relatan sus historias indescifrables
Los peldaños de cantera se yerguen
Gastados a tal punto que un paso más
Podría ser el derrumbe

Santa María y San Cosme son también barrios que Pacheco recupera en sus poemas y prosas:

“Santa María”

Esta ciudad de pronto se inventa otro pasado
El silencio está fuera de lugar
Las casas son indefiniblemente de otro mundo
La noche se desploma sobre otra época
El aire emponzoñado huele a campos antiguos
Y todo se me vuelve aún más extraño
Porque lo reconozco
Porque ya de algún modo estuve aquí
(donde no he estado nunca)
Porque he perdido esta ciudad insondable
Que ahora recobro misteriosamente
¿Y quién podrá decirme la verdad en este cauteloso fin del mundo?
¿Estoy vivo en mi vida pero me adentro en una fantasmagoría?
O todo a fuerza de ser real
¿Me está volviendo un azorado fantasma?

“San Cosme, 1854”

Mundo de vidrio en la litografía. Jardines
En donde ahora se atropellan los coches.
Casas y fuentes y árboles frutales;
Hoy estacionamientos desolados.
Aire sin mancha
Y no el actual irrespirable veneno
Pero no creas
En la nostalgia inmemorable: debajo
Del tibio edén que se detuvo en la imagen
Había:
Desagüe al descubierto
Miles de esclavos
Seis o siete horas
Para hacer la comida
Y gran dificultad para bañarse.

En efecto, hay una poesía plenamente urbana y contemporánea también notable en esta lírica correspondiente al volumen Desde entonces de 1980:

“Ayer y hoy”

Ni la misma casa ni la misma ciudad, ni los mismos amores ni las mismas costumbres, ni los mismos libros ni los mismos amigos: de aquella época lo único que conservo es mi nombre.

“A las puertas del metro”

Con el cerebro destruido por las inhalaciones de “cemento”, se halla a las puertas del metro, tirado como una lata de cerveza o una envoltura de plástico.
Canturrea algo semejante al rock. Viste una playera harapienta con la inscripción Have a Pepsi, yins por los que hasta hace poco algunos hubieran pagado fortunas para exhibirse con ellos en sitios elegantes.

En los poemas de Miro la tierra, posteriores al sismo de 1985 que fracturó casi por completo a la ciudad, Pacheco insiste en la ruina:

Arañamos las piedras y brota sangre.
Todo el peso del mundo se ha vuelto escombro.
La palabra desastre se ha hecho tangible
Se hundió la casa de papel o cuarto de juegos
De un niño inexplicable que al despertar
Aplastó sus cubitos de hojalata
Pero no hay juego
Sólo personas que mueren,
Gente que ha muerto, seres humanos
Que si salieran vivos del tormento entre escombros
Habrán dejado en el montón de ruinas
Sus brazos y sus piernas
Nadie está a salvo.
Aun al quedar ilesos hemos perdido
Nuestro ayer y nuestra memoria

México se hizo añicos. Su desplome
Retumba al fondo de la noche hueca.

De aquella parte de la ciudad que por derecho
De nacimiento y crecimiento, odio y amor,
Puedo llamar la mía (a sabiendas de que
Nada es de nadie)
No queda piedra sobre piedra.

Esa que allí no ves, que no está
Ni volverá a alzarse nunca,
Fue en otro mundo la casa
Donde nací
La avenida que pueblan damnificados
Me enseño a caminar
Jugué en el parque
Hoy repleto de tiendas de campaña.

Terminó mi pasado.
Las ruinas se desploman en mi interior
Siempre hay más, siempre hay más
La caída no toca fondo.

En la desesperanzada visión literaria que nutre y recorre toda la obra narrativa y poética de José Emilio Pacheco, su visión de la ciudad en ruinas, imaginada, perdida, “desmemoriada”, y en su literatura como una forma de la conciencia dolorida, se ha querido ver algún pesimismo inmovilizante, un narcótico dolor por la vida y el mundo que congela y aletarga, la crítica que se vuelve contra sí misma inquiriendo sobre su sentido, sobre su inutilidad, tan sólo para convertirse en estatua. Después de la intensa relectura de su narrativa y su poesía pienso que la fuerza preponderante de la obra de Pacheco es precisamente la contraria, el contumaz esfuerzo de afirmación vital que entraña la escritura misma, afirmación íntima, personal, del mundo y la existencia. Escribir es uno de los actos de vida más optimistas y enérgicos. Arte o fe o magia o destino o agotadora y solitaria tarea reivindicadora que siempre es en positivo, que reitera, anima y estimula a través de la balada de la ciudad en ruinas o el canto triste y enigmático de lo que espera la desesperanza.

 

Alejandro de la Garza
Periodista cultural. Autor de Espejo de agua. Ensayos de literatura mexicana.