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Uno de los encuentros célebres en la historia de la arqueología de Mesoamérica fue protagonizado por Désiré Charnay y Alfred Maudslay, los primeros extranjeros en pisar las ruinas de Yaxchilán. En este relato, Carlos Tello Díaz recupera la memoria de aquella expedición.

El 22 de marzo de 1882 el explorador Désiré Charnay comenzó a descender las aguas del Usumacinta. Tenía las manos apoyadas en los bordes del cayuco, para sostener su cuerpo, agobiado por las calenturas y los escalofríos. Durante el descenso, que duró tres horas, Charnay no vio los remolinos que giraban en los meandros del río, ni los troncos de canshán atorados en las ciénagas de la ribera, ni las hojas de los corozos que brotaban entre la vegetación, enloquecidas por el calor y por el agua. Vio sólo unas manchas amarillas y negras a través del cristal de sus anteojos, que tenía empañados por las emanaciones de la fiebre.

Era el día más espantoso de su vida.

Esa madrugada había sido sorprendido por un ataque de calenturas acompañado por delirios, en los que alucinó con claridad a los tres monos y a las seis guacamayas que acababa de matar con su rifle de repetición. Tomó una dosis de quinina que lo tumbó en el suelo toda la mañana, bajo la sombra de los amates. Después ordenó a sus hombres que lo ayudaran a subir en el cayuco para bajar por el Usumacinta. Estaba desconsolado. Sabía que otro explorador acababa de llegar —antes que él— a la ciudad perdida de los mayas: Yaxchilán.

La mala suerte lo había perseguido como una maldición a lo largo de ese viaje, con el que pensaba culminar una carrera de explorador que le había permitido recorrer el mundo: Estados Unidos, México, Brasil, Chile, Australia, Sumatra, Java, Madagascar. Sus problemas comenzaron al llegar a la tierra de los mayas. En Palenque vio desaparecer entre las llamas, en un descuido, todos los moldes de papier maché que había tomado a los relieves del Templo de la Cruz. En Chichén Itzá perdió para siempre las máquinas de sondeo Toselli con las que se proponía dragar el Cenote de los Sacrificios. En Tenosique tuvo que esperar dos semanas enteras hasta juntar las catorce mulas y los seis arrieros que necesitaba para sortear por tierra los raudales de Boca del Cerro, un retraso que habría de maldecir con lágrimas en los ojos al llegar al Usumacinta.

Charnay deseaba coronar su expedición con el descubrimiento de un lugar que no sabía si existía de verdad: aquel que los monteros de Tenosique llamaban “las ruinas del Yaxchilán”, el nombre de un arroyo que vertía sus aguas al sur del sitio, en el Usumacinta. Llegó al arroyo luego de cruzar la selva, en un viaje de varios días, pero los hombres de su avanzada lo recibieron con la noticia de que no podían bajar el río, pues todavía no estaban listas las canoas. Charnay, entonces, ordenó buscar unos cayucos en un caribal de lacandones localizado cerca de su campamento.

Lo que sucedió después lo describió en el pasaje más célebre del libro que habría de publicar sobre sus aventuras, Les Anciennes Villes du Nouveau Monde. “Esperaba con impaciencia la llegada de los cayucos cuando de repente apareció una canoa bastante grande que llevaba tres hombres, los cuales no tenían en absoluto apariencia de salvajes. ¿De dónde venían? ¿Hacia dónde iban? Una duda terrible me atravesó como lanza. ¡Esos hombres pertenecían a otra expedición, que se me había adelantado!”. Supo con alarma que venían de Guatemala, que trabajaban con un señor que “se paseaba” —así le dijeron— por unas casas de piedra que había más abajo en el Usumacinta. Esas palabras inocentes, dichas así nomás, derrumbaron en un instante sus ilusiones de gloria.

Désiré Charnay no pudo dormir aquella noche, atormentado por las convulsiones de la desesperación. Al salir el sol sufrió un ataque de malaria que lo dejó postrado durante varias horas. Más tarde, todavía descompuesto, fue ayudado por sus hombres a subir en un cayuco, en el que bajó por el Usumacinta hasta Yaxchilán. Estaba mareado por los humores de la selva. Al caminar hacia las ruinas llegó a su encuentro, escribió después, “un hombre alto y rubio, joven, que reconocí a primera vista como un inglés y un caballero”. Era excepcionalmente bien parecido. El joven le dio la mano con una sonrisa breve y cordial, y después le dijo su nombre, un nombre que habría de llegar a ser, para él, una fuente de dolor: Alfred Maudslay.

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Las personas deslumbradas por las ilusiones de la fama no pueden tolerar el éxito de los demás. Charnay fue incapaz de ocultar la decepción que le produjo no ser él, que tanto lo deseaba, el descubridor de Yaxchilán. Al estrechar la mano del hombre que lo había vencido, a quien recién entonces conocía, su boca trató de sonreír, pero sus ojos delataron la magnitud de su desolación. Maudslay lo comprendió. Le dijo que no temiera, que podía recorrer, fotografiar y bautizar las ruinas, que ni siquiera lo tenía que mencionar en el libro que planeaba publicar sobre sus descubrimientos. “No soy más que un simple aficionado que viaja por placer”, le aseguró. Su modestia era exagerada, pero auténtica.

Alfred Maudslay era un producto típico del Imperio Británico. Estudió en Harrow y en Cambridge y después, atraído por el paisaje de palmeras que cautivó a tantos de sus compatriotas, los mejores, vivió por unos años en las Islas Fidji. Fue casi feliz. “Es un muchacho muy listo”, observó Lady Gordon, la esposa del gobernador, “y parece tener muchísimo dinero”. No había duda de que lo tenía: él mismo pagaría los gastos de todas sus expediciones por las selvas del Petén, Chiapas y Yucatán.

A principios de 1882, Maudslay llegó en un vapor a Guatemala, donde visitó las ruinas de Quiriguá. En ese sitio, al pasar la mano por los glifos de una estela, a la que le sacudió las hojas, escuchó el llamado de su vocación —supo con certeza que habría de consagrar el resto de sus días al misterio de los mayas. Iluminado por esa revelación, que lo impelió hacia la selva, conoció por azar a Edwin Rockstroh, un alemán que desde muy joven daba clases de historia natural en el Instituto Nacional de Varones en Guatemala. Simpatizó con él al instante. Rockstroh acababa de bajar por el río de la Pasión hasta los confines del Usumacinta, donde exploró las ruinas de un sitio que bautizó con el nombre de Menché, cercanas al desaguadero del arroyo Yaxchilán. Las ruinas habían sido ya descritas por un tabasqueño llamado José Luis Valay, agrimensor de Palizada, en un informe dirigido al subinspector de bosques en San Juan Bautista. Rockstroh las dio a conocer a un público más amplio mediante un relato de su viaje, que leyó Maudslay en las páginas de la revista El Porvenir. Al terminar de leer, fascinado por el relato, tomó la decisión de salir en busca de las ruinas de su amigo. Tenía la mirada tranquila y serena del hombre que ha encontrado su destino.

En la madrugada del 14 de marzo, Alfred Maudslay empezó a descender el río de la Pasión, acompañado por el administrador de la Casa Jamet & Sastré, que planeaba establecer una montería sobre la ribera del Usumacinta. Con él estaba también uno de los bogas que habían acompañado a Rockstroh en su viaje hasta las ruinas. Al pasar la boca del Lacantún, ya sin la compañía del administrador, Maudslay visitó con sus hombres un caribal en la Selva Lacandona. Los indios lo recibieron con una cordialidad que lo tomó por sorpresa, acostumbrado a la sumisión de los indígenas que vivían en la civilización. Les compró plátanos y jitomates y les encargó también un poco de totoposte con frijoles, que dijo que sus hombres irían a recoger más tarde.

Maudslay llegó a las ruinas el día de su cumpleaños, que celebró sin anunciar a nadie, en comunión con los templos que lo rodeaban en la selva. Un par de días después, el 20, mandó a sus hombres a recoger el totoposte con los frijoles que había solicitado a los caribes. “Regresaron al día siguiente sin mucha comida, pero me dieron algo que traían cuidadosamente envuelto en papel, que para mi gran sorpresa resultó ser una carta de Désiré Charnay, jefe de una expedición de exploración científica franco-americana, quien por dos años había trabajado examinando las antigüedades de México y Yucatán”. Así lo dijo Maudslay en una obra, Archaeology, que vería la luz pocos años después, en Londres. Pero no dijo toda la verdad. Fue más franco en su diario de campo, que puede ser leído con deleite en los archivos de la Biblioteca del Museo Británico: “Para mi gran asombro, uno de mis hombres dijo que tenía una nota para mí. Abrí el papel y vi sin ninguna alegría la tarjeta de Désiré Charnay, Mission Scientifique Franco-Américaine. Ahora temo una pequeña expedición científica que sofoque mi trabajo”.

Charnay era un hombre ya grande, con el cabello encanecido y abundante y con las cejas tupidas y saltonas, como de lechuza. Parecía debilitado por la fiebre, pues temblaba y respiraba con dificultad. Maudslay subió con él al templo donde tenía su campamento, en la parte más alta del sitio, como si quisiera castigarlo por su intromisión. Después lo condujo a las habitaciones que le había preparado en un edificio lleno de murciélagos, que sus mozos llamaban el Laberinto. Entonces Charnay, empequeñecido por su derrota, sintió que tenía que presumirle sus descubrimientos. Anunció que había resuelto, por fin, el misterio de las pirámides; que no eran tan antiguas como la gente suponía; que había visto, de hecho, la estatua de un conquistador a caballo en unas ruinas de Yucatán. Añadió después que, a partir de ese momento, su interés en los mayas había desaparecido.

Maudslay quedó mal impresionado por el personaje. Al día siguiente le confesó a su diario: “No me parece un viajero científico de mucha clase. Es un caballero agradable y parlanchín, con una gran sed de gloria, que claramente no hace más que pensar en la gran apertura de su exhibición en Trocadero”.

El encuentro de Charnay y Maudslay en Yaxchilán es uno de los más famosos en la historia de la arqueología de Mesoamérica. Tiene la perfección de una parábola: significa el triunfo del Futuro, la derrota sin misericordia del Pasado. No es un azar que el primero de los dos en llegar haya sido Maudslay, no Charnay.

Vivieron juntos cuatro días, hasta el 26 de marzo, cuando remontaron el Usumacinta. Sabían que las ruinas estaban destinadas a ser célebres. Nadie todavía las llamaba Yaxchilán, salvo los monteros de Tenosique. Charnay las bautizó con el horrible nombre de Ciudad Lorillard, en honor a Pierre Lorillard, un millonario de Nueva York que había contribuido a financiar su expedición a México. Maudslay, con mejor gusto, conservó para ellas el nombre de Menché, en memoria de Edwin Rockstroh, su amigo de Guatemala, buscador de ruinas y de mariposas, que moriría poco después, enfermo de malaria y reumatismo, y totalmente solo, en una silla de ruedas de un hotel de Escuintla.

Yaxchilán (“lugar del cielo dividido”, es su nombre de verdad) significó un parteaguas en la vida de sus descubridores, como también, sin duda, en el estudio de los mayas. Todo cambió a partir de entonces.

Maudslay hizo planos, moldes y dibujos minuciosos y detallados que, junto con sus fotografías, se convirtieron en un modelo para los demás arqueólogos —y más: en la base de la ciencia de los mayas del Periodo Clásico. Sus escrúpulos para reproducir las inscripciones de los templos eran en verdad inusitados: nadie los había dibujado jamás con esa precisión. ¿Qué los explicaba? Alfred Maudslay descendía de una familia de ingenieros industriales muy reconocida en Inglaterra. Su abuelo fue uno de los primeros en fabricar máquinas de vapor, en los albores del siglo XIX; su padre consolidó la firma de la familia, que hacía motores para cruceros y navíos, Maudslay, Sons & Field; uno de sus sobrinos, a su vez, estaba destinado a dirigir una fábrica de automóviles de lujo, Maudslay Motors. A la tradición de la familia le debía, sugiere un biógrafo, “su respeto por el trabajo preciso”, así como también, añade, “un deseo de hacer las cosas bien”.

Désiré Charnay tuvo un destino muy distinto, pues vivió para ver el declive de su reputación. Los honores que le dieron nunca fueron suficientes: quiso tener más de los que le correspondían y recibió, al final, bastante menos de los que merece. Es un destino injusto. Charnay era un viajero, más que un arqueólogo, pero no fue nunca un charlatán. Fue el primero en utilizar moldes de papier maché para copiar las inscripciones, técnica que le enseñó con generosidad a Maudslay. Fue el primero en llevar a cabo excavaciones en las ruinas, que lo llevaron a descubrir juguetes de barro con ruedas —sí, ruedas— en las tumbas de Tenenepanco, bajo la sombra del Popocatépetl. Fue también el primero en usar la fotografía como instrumento de trabajo, en condiciones muy difíciles. La composición de sus imágenes, sencilla y limpia, así como la magnitud de su formato, le dan a sus láminas un sentido de grandeza que no es fácil encontrar en otras reproducciones de las ciudades mayas. Con ellas pudo transmitir una cualidad del aire que no es visible, pero es real: su silencio y su misterio.

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Es el equinoccio de la primavera. Yaxchilán está vacío. No es necesario pagar el boleto de entrada, pues el guardián del sitio quiere tener la caja libre de tentaciones, lo cual resulta comprensible luego de ser asaltado la víspera. Camino bajo los árboles de la vereda, acompañado por el fragor de las cigarras, que me recuerda que estoy en medio de la selva. Después entro por un arco del Laberinto, húmedo, obscuro y poblado de murciélagos que cuelgan en el techo, y ya fuera, bajo el sol del mediodía, que me deslumbra, paso a un lado del Juego de Pelota, en dirección a la Gran Plaza. Unos minutos después encuentro, a mi derecha, las escaleras que suben por la pendiente hasta el edificio más alto del sitio, casi blanco con el reflejo de la luz del sol, coronado por una crestería de piedra que contrasta violentamente con la vegetación. Es mi recuerdo más antiguo de Yaxchilán, que visité de niño la primera vez: el Templo K.

El Templo K también es conocido por otro nombre, igual de abstracto: Edificio 33. Está a una altura de cuarenta metros sobre la Gran Plaza. Ahí vivió Maudslay durante su estancia en Yaxchilán, al lado de un ídolo de piedra que tiene la cabeza arrumbada en el suelo desde que fue mutilada por los monteros de Tenosique. Hace apenas unos años, el templo estaba todavía cubierto de vegetación, el interior lleno de piedras caídas del techo, mezcladas a los inciensos de barro que dejaban ahí los lacandones de Nahá, que creían que el ídolo de piedra era la imagen de Hachakyum.

El edificio tiene la planta en forma de rectángulo, con dos cuartos en los extremos separados por una crujía que conserva, todavía, el estuco que recubrió sus muros durante sus años de esplendor. Las escaleras que suben hasta su fachada muestran, al final de los peldaños, una serie de tableros con escenas de juego de pelota, descubiertos a finales de la década de los setenta por el gran arqueólogo Roberto García Moll, quien tuvo a su cargo la restauración de Yaxchilán. Los tableros están acompañados de glifos, igual que las estelas y los dinteles de piedra que forman la iconografía del Templo K.

¿Qué nos dicen?

Los mayas de Yaxchilán usaban varios foros para expresar sus ideas, entre los que destacan las estelas, erguidas frente a sus monumentos, y los dinteles, que cierran los vanos de las puertas al interior de sus templos. Maudslay no podía saber que el Templo K —como lo bautizó él— era la obra de un hombre que había mandado construir también la mayor parte de los edificios que lo rodeaban en ese sitio del Usumacinta. Su imagen está tallada en la piedra de los dinteles de todas las puertas de acceso al Templo K, que es de hecho el monumento que consagra su ascenso al trono de Yaxchilán. ¿Quién era ese Ahau, ese Gran Señor? Alguien cuyo nombre jamás voy a olvidar, porque fue el primero que nuestros labios volvieron a pronunciar, luego de siglos y siglos de silencio: Pájaro Jaguar.

En el otoño de 1961 apareció un artículo titulado “The Lords of the Maya Realm” en la revista Expedition, que publicaba la Universidad de Pennsylvania. Estaba firmado por Tatiana Proskouriakoff. Busqué por todas partes, hasta conseguir, un ejemplar de esa revista, cuya portada tiene una foto en blanco y negro de una vasija de barro muy obscuro que procede de Tikal. En el artículo, Proskouriakoff resume sus hallazgos en Yaxchilán. “Hay un grupo que comprende glifos de jaguar con varios prefijos y afijos en la parte superior”, leí, “y algunas de las combinaciones parecen ser los nombres de señores que gobernaron Yaxchilán”. Aquí hice una pausa, para luego continuar: “En los dinteles 29 y 30 están claramente registradas las fechas de nacimiento y ascensión al trono de un cierto Pájaro Jaguar”. Nunca antes había sido identificado el nombre de un soberano de los mayas. Pájaro Jaguar es el primero. No sabemos cómo lo llamaban sus padres, cómo le decía su mujer, cómo lo invocaban sus súbditos; sabemos nada más que su glifo-emblema —su nombre— es un pájaro que yace sobre la cabeza de un jaguar.

Las inscripciones mayas deben ser leídas de arriba abajo, en pares de columnas de izquierda a derecha. Están formadas en su mayoría por expresiones de tiempo —es decir, por glifos que representan eventos en el calendario, los cuales están ordenados a partir de la Cuenta Larga, una cronología que comienza en una fecha mítica, pero exacta: 13.0.0.0.0 4 ahau 8 kumku (el 13 de agosto de 3114, antes de Cristo). Todos esos glifos forman largos y minuciosos prefacios a otros glifos, más escasos: unos que dicen qué sucedió, seguidos por otros que indican a quién le sucedió. Ese fue el descubrimiento de Proskouriakoff. Nada menos, aunque nada más. Ella tampoco aceptó la hipótesis que por esos años era rechazada por la mayoría de los epigrafistas, pero que resultaría cierta: que los glifos no nada más son ideogramas sino también signos fonéticos que representan sílabas, las cuales forman a su vez palabras —hipótesis desarrollada por un ucraniano llamado Yuri Knorosov, artillero del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra, que laboraba por aquellos tiempos en el Instituto de Etnografía de Leningrado. Un poco el compatriota de Tatiana,

Proskouriakoff revolucionó la epigrafía maya con aquel texto, pues demostró que los glifos, contra lo que todos creían, no reflexionaban nada más sobre la naturaleza del tiempo, sino contaban historia, la historia de los personajes representados en las piedras de sus templos. La demostración fue contundente porque estuvo avalada por su prestigio. Tatiana era una mujer que destacaba en una profesión dominada por los hombres. Tímida y retraída, con aire de aristócrata, vivía en Estados Unidos con toda su familia desde el triunfo de los bolcheviques en Rusia. Ahí descubrió su vocación por los mayas, a la que habría de consagrar el resto de sus días, primero en el Instituto Carnegie de Washington, después en el Museo Peabody de Harvard. No era ya tan joven. Estaba a punto de cumplir cincuenta y dos años cuando publicó su texto sobre Yaxchilán.

Para demostrar que las inscripciones narraban historia tuvo antes que identificar dos tipos de glifo que jamás habían sido detectados por los epigrafistas: los glifos-evento (verbos) y los glifos-emblema (nombres propios). Ambos son únicos, pues no tienen, como los demás, la función de marcar fechas en el calendario de los mayas, la Cuenta Larga. Ella descubrió que los glifos-evento (nacer y ascender al trono, por ejemplo, identificados en su texto sobre Yaxchilán) estaban asociados a una fecha y relacionados, siempre, con los glifos-emblema  —entre ellos el de Pájaro Jaguar. Es decir, demostró que narraban sucesos en la vida de los hombres. “En retrospectiva”, escribió, “la idea de que las escrituras mayas registran la historia, nombrando a los gobernantes o señores de los pueblos, parece tan natural que resulta extraño que no haya sido explorada a fondo en el pasado. La razón es que el único avance sustancial que había ocurrido en el desciframiento de las escrituras tenía que ver con notaciones relativas a la astronomía y al calendario, y que éstas ocupan una parte tan importante de las inscripciones que parecía no haber más espacio para la narración histórica”.

Tatiana Proskouriakoff estaba sentada frente a sus notas en el Museo Peabody de Harvard, con un cigarrillo en los labios, cuando pronunció, en inglés, el nombre de Pájaro Jaguar. Y pensó: ¿quién era ese Ahau de Yaxchilán?

El Ahau era un intermediario entre los hombres y los dioses: el soberano y el sacerdote de su pueblo. Su nombre significa, en maya, “el que tiene la joya”. Así dicen las oraciones del Popol Vuh: “No estaban ociosos los Ahauab, los Grandes Señores, sino que ayunaban muchas veces por sus vasallos, practicaban la abstinencia con sus mujeres y hacían muchas penitencias y oraciones ante su dios y postrados ante él quemaban su pom, su copal. En el tiempo de estos ayunos y penitencias comían algunas frutas como zapotes, ayúas y jocotes, sin probar tortilla. Trece ayunaban y once estaban puestos en oración. Grande era el ayuno que hacían por sus vasallos en señal del dominio que tenían sobre ellos. De día y de noche se estaban en oración, llorando y pidiendo el bien de sus vasallos y de todo el Señorío. En todos aquellos días no dormían con sus mujeres”.

El Museo Británico de Londres tiene una sala, la Galería Mexicana, dedicada a los mayas del Periodo Clásico. En el lugar de honor, sobre un fondo rojo, hay un dintel conocido por los arqueólogos con el número 24. Es uno de los ejemplos más altos de la escultura maya. Maudslay lo encontró en el suelo, boca abajo, en la puerta de acceso de un templo de Yaxchilán. Quedó fascinado con la belleza extraña y terrible de ese objeto que, sin pensarlo más, según luego contó, “decidí llevarme a casa”. El dintel pesaba más de media tonelada, demasiado para ser movido de su sitio, por lo que sus mozos redujeron el grosor a la mitad con golpes de cincel. Una semana después viajaron con él, en un cayuco, por el Usumacinta. Lo sacaron en Paso Real y lo movieron en hombros hasta Sacluc. Más tarde lo transportaron en una carreta tirada por bueyes a través del Petén. Al terminar el camino de lodo, en Flores, unos indios lo tuvieron que cargar, con sogas y poleas, por las brechas de la selva que llevaban a San Ignacio. Ahí lo colocaron en un cayuco para bajar una vez más por río, hasta la costa de Belice. El dintel llegó sin contratiempos al puerto de Liverpool, en Inglaterra. Unas semanas después estaba en el barrio de Bloomsbury, en una de las bodegas del Museo Británico de Londres.
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El Dintel 24 muestra a una mujer arrodillada frente a un hombre que sostiene una antorcha de ceremonias encima de su cabeza. La mujer, ataviada con un collar de jade, los antebrazos llenos de pulseras de coral, aparece vestida con un huipil bordado con motivos muy sutiles, en forma de rombos. Está en trance, con la mirada extraviada: ha perforado su lengua con una espina de pastinaca y pasa por ella —por el orificio de su lengua, que sangra— una cuerda de majahua cubierta con espinas.

¿Qué significa esa imagen? Una nota del museo lo explica con detalle. La mujer es Puño Pez; el hombre, su esposo, es Escudo Jaguar, señor de Yaxchilán. La escena representa un sacrificio doble: ella, que pertenece al linaje de los poderosos, los Cahalob, se mutila la lengua para ofrendar su sangre al heredero del trono, que no es su hijo, que es el hijo de otra mujer. Los artistas más grandes de Yaxchilán han sido convocados para conmemorar el rito del sangrado, que tuvo lugar en aquella ciudad —lo sabemos con exactitud— el 28 de octubre de 709 (9.13.17.15.12 5 eb 15 mac, en Cuenta Larga).

Pájaro Jaguar acababa de nacer unas semanas antes del rito del sangrado, el 24 de agosto de 709. Era hijo de Escudo Jaguar y Estrella Vespertina, señora de Calakmul. Su padre, al nacer él, tuvo que optar entre designar como sucesor a un hijo de Puño Pez (confirmando su alianza tradicional con los poderosos de su tierra) o a un hijo de Estrella Vespertina (buscando una coalición estratégica con uno de los señoríos más grandes del Petén). Optó por lo segundo, para lo cual exigió el sacrificio de Puño Pez. Es la escena que ilustra el Dintel 24.

Pájaro Jaguar tenía ya treinta y tres años cuando, a la muerte de su padre, empezó su lucha por el trono de Yaxchilán. Fue larga, pues sus adversarios eran numerosos. En 744 participó en un juego de pelota; en 746 celebró un fin de periodo; en 752 partió a la guerra, donde tomó un prisionero que sacrificó. Ese año, también, accedió por fin al trono de Yaxchilán. Fue un Ahau que llegó a dominar todos los señoríos asentados en la ribera del Usumacinta, el río que los mayas llamaban Xocolhá. Hay un vaso de barro, descubierto en la década de los sesenta, en una tumba, que lo muestra bailando de júbilo, tras una máscara, con sus piernas cubiertas por una piel de jaguar. Es una imagen que me gusta, pues es la de un hombre poderoso, pero ligero. Había llegado muy alto. Yaxchilán era entonces una ciudad de templos que brillaban con la luz del sol, pintados de blanco, adornados con una franja roja bajo la moldura del entablamento, hermosos y soberbios, dispersos en terrazas que subían entre milpas y sementeras por las colinas que bordeaban el Usumacinta.

Pájaro Jaguar dejó el trono en 772, el año en que su espíritu partió hacia la tierra de los muertos, Xibalbá. Su ciudad, misteriosamente, fue poco después abandonada para siempre. La última fecha inscrita en las piedras de Yaxchilán es 808.

 

Carlos Tello Díaz
Escritor. Entre sus libros: El exilio: Un relato de familia, La rebelión de las Cañadas, En la selva y 2 de julio.

Nota: He retomado extractos de mi libro En la selva (Joaquín Mortiz, México, 2004) para reconstruir la historia de las ruinas de Yaxchilán.

 

4 comentarios en “Yaxchilán

  1. leí el libro en la selva y todos los escritos pro Carlos Tello. Excelente articulo con información de su libro. Me pregunto si en el tiempo transcurrido desde que publicó ese libro se encontraron las ruinas de la ciudad maya que menciona en el mismo

  2. Gracias a Carlos Tello por un magnifico escrito. No se trata de un simple relato sino de reproducir la dignidad de los sucesos relatados, parte de la vida de los personajes representados en las estelas mayas. Recien acabo de visitar la exposicion de piezas mayas en el Palacio Nacional y ahi tuve la oportunidad de ver la escena del Dintel 24. Gracvias a carlos tello por compartir esas experiencias, el poder acercarnos a la condicon humana de aquellos protagonistas de la historia de los mayas.