Estaba en alto, el famoso libro negro, estaba en alto. Yo había entrado a la librería universitaria, de Insurgentes, a espaldas de la colonia Condesa, acompañando a Gustavo Saenz, mi profesor, en su compulsiva compra de la semana. Nunca he visto a nadie, y hay que decir que he visto suficiente, comprar libros con la pasión y el desafuero de Gustavo. Yo tenía poco dinero, y Rayuela costaba cuarenta pesos. Le tenía yo tantas ganas que agradecí su altura, porque no me la podía robar ni aunque hubiera tenido la audacia para hacerlo. Rayuela. El libro gordo de pastas negras, papel amarillo y letras chiquitas. No me acuerdo cuándo pude comprarlo, pero tampoco habrá sido mucho tiempo después de aquella tarde en que salí con Pedro Páramo en la mano y mi profesor de literatura, sonriente, con su carga de libros.
Pedro Páramo es un libro delgado para el que alcanzaron mis finanzas y que agradecería el resto de mi vida. Gracias a la imposible Rayuela di con el imprescindible Juan Rulfo. Tarde, porque entonces no lo enseñaban en la preparatoria, aunque al entrar a la universidad todo el mundo diera por hecho que ya había estado en nuestra tarea. Al autor de Pedro Páramo tuve la fortuna de conocerlo cuando entré al Centro Mexicano de Escritores. Ese privilegio tuvimos. Era uno de nuestros tutores. Inmerecido aunque él ni lo pensara. No siempre resulta afortunado conocer escritores, Juan Rulfo era más que una fortuna, era una lección viva. Una lección de humildad y sencillez que él disfrazaba de escepticismo y silencio. Nos oía leer nuestras ocurrencias y desvaríos como desde otra parte, y todo hizo menos descorazonarnos con indiferencia. No lo trataba nadie como al genio que fue. Ni él hubiera querido propiciarlo. Supongo que sabía el tamaño de su marca en la literatura, pero jamás actuó como si lo supiera. Al salir de los encuentros caminábamos hasta una cafetería para comer pastel de nuez y luego él me dejaba en mi casa que estaba rumbo a la suya. Semejante privilegio nunca estuvo revestido de tal. Así que, la bárbara de mí, nunca le pedí ni una raya en mi libro. Supongo que se usaba menos y que yo era mucho más tímida de lo que fingía ser. De eso tengo memoria porque una sola vez tuve a Cortázar a la mano y no me atreví ni a acercarme. “A las águilas no se les habla por teléfono” leí que él había dicho alguna vez.
Cortázar nació en 1912, como mi papá, que no fue un papá precoz dado que tenía 37 años cuando yo nací. Que tendría ahora ciento un años. El bien amado Cortázar que por la voz de otros sé que era sencillo, como Rulfo, sólo que sonriente. Y joven. Nadie imagina un hombre mayor si piensa en Cortázar. De cierto no yo cuando por fin pude comprar el libro negro que de tanto sobar acabé desencuadernando. Ahí todo era la juventud retándonos. Cuando yo lo estaba leyendo su autor tenía sesenta años. Y la voz que narraba no era más vieja que nosotros. Es ahora mucho más joven que yo. Hace mucho que no paso por el libro pero, ahora, con motivo del cumpleaños, tantos volveremos a sus letras. Esa larga lección de poesía que es Rayuela, una vez leída la primera vez, puede leerse muchas, a saltos, en ratos, de repente. Y siempre, uno sale de ahí con al menos un regalo nuevo y tres sonrisas. Sin duda con la emoción apretada y nueva como la primera vez. De memoria sólo se sabe la poesía, como se repite a Sor Juana puede uno repetir a Cortázar, y volver a imaginar que la Maga se aparece con el noema de fuera a que él se lo amalabe. Es el capítulo 68 el que se me aparecía en mitad de la noche. Aún puedo decirlo de repente: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”.