El esbozo de un sueño

Lo primero fue el timbre del teléfono. Luego escuché una voz masculina que, al identificarse, pronunciaba su nombre con un marcado acento francés. “Aquí Julio Corrtázar” —me dijo, y yo, como es natural, no quise creerle. Aquel otoño de 1978, mi marido, nuestra hija y yo pasábamos una larga temporada en París y lo primero que se me cruzó por la mente fue que se trataba de una broma por lo que le respondí en un tono burlón: “Y aquí, Marie Antoinette”. Los dos reímos de buena gana, y fue solo cuando el supuesto francés añadió que había estado en la comuna nicaragüense de Solentiname y Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez le habían transmitido mis señas que caí en la cuenta de que la persona en la línea era, en efecto, el escritor argentino.

Un par de días más tarde nos encontramos en un café cercano a mi apartamento y para que el escenario fuera aún más afín al de Las babas del diablo, Carol Dunlop, la compañera de Julio, apareció sonriente y con su cámara al hombro, como si fuera un Cameo en un film de Antonioni o de Hitchcock. Y fue así, hablando sobre nuestras visitas a Nicaragua y las luchas que entonces librábamos contra la dinastía Somoza, como dimos los primeros pasos hacia una amistad que se afianzaría durante los interminables diálogos que mantuvimos un año más tarde durante diez noches en un encuentro de escritores celebrado entre Caracas y Mérida.

La reunión en Venezuela fue una auténtica fiesta. Nos habían convocado para que juntos cambiáramos el orden mundial. Ahí estaban Benedetti, Galeano, Cardenal, Domitila, Carol, el propio Cortázar… En fin, todos aquellos que por diferentes caminos e ideologías abogábamos por el nacimiento de un “hombre nuevo”, de una criatura solidaria y desinteresada, despojada de viles ambiciones mundanas. Algunos dimos testimonios de lo que habíamos vivido o presenciado en comunas y barrios marginados. Cortázar y yo leímos extractos de nuestras respectivas narraciones sobre Solentiname. El testimonio de Cardenal fue particularmente impactante. Habló de cómo y por qué había concebido y creado, según el sueño de Merton, su maestro en la trapa de Getsemaní (Kentucky), una comuna cristiana en un archipiélago remoto y pintoresco del gran Lago Nicaragua. Domitila nos ilustró sobre el sufrimiento que padecían los mineros de Bolivia y sobre su propia lucha pacífica contra la dictadura de René Barrientos y Hugo Banzer. Benedetti leyó algunos de sus poemas y se refirió a las relaciones entre el hombre de acción y el intelectual, tema sobre el cual había escrito una ponencia para el Congreso Cultural de La Habana de 1968. El otro uruguayo, Eduardo Galeano, volvió sobre el tema de su ya para entonces célebre libro Las venas abiertas de América Latina.

De aquel encuentro de teóricos y creadores, lo más interesante y conmovedor fueron las charlas informales que mantuvimos cada noche los diversos grupos de amigos. Yo fui de las “fijas” en las reuniones que convocaban Julio y Carol en su pequeño apartamento del Hilton, el hotel donde nos tenían alojados a todos. Durante la cena Carol me hacía un guiño y momentos más tarde allá y con ellos estábamos todos eufóricos y dispuestos a conversar hasta entrada la madrugada. Cortázar siempre era el mismo: natural, campechano, quizá un poco tímido, y sobre todo y a diferencia de otros, jamás autoembriagado con la luz de su persona o su obra.

Días más tarde coincidimos en el avión que se dirigía hacia Panamá. Ellos habían sido invitados por Omar Torrijos a visitar el país. Recuerdo que los alerté sobre los tantos carteristas que abundan en los barrios más populares de mi ciudad. No sé por qué, al observarlos aquel mediodía caluroso y soleado en el Aeropuerto Internacional de Tocumen —Julio, muy alto, barbudo y hablando español con su característico acento francés, y Carol, pequeña, frágil y con su consabida cámara al hombro—, se me antojaron como las presas perfectas para la rapacidad de nuestros ladrones. Aquella noche mis temores se confirmaron con creces: habían sido asaltados y despojados de todo. Fui a su hotel con el propósito de ayudarlos, pero el Gobierno se había encargado de todo.

Nos dimos entonces lo que sería nuestro último abrazo. Al día siguiente, ellos abordaron un avión rumbo a París y de ahí en adelante nos escribimos de manera esporádica. Fue grande mi desolación cuando en noviembre de 1982 leí en los periódicos la noticia del fallecimiento de Carol. La glosa era breve: “A los 36 años, ha muerto en París la última esposa del escritor Julio Cortázar. Era escritora, traductora, activista y fotógrafa. Será enterrada en el cementerio de Montparnasse”. La nota sobre la muerte de Julio el 12 de febrero de 1984 fue, como era de esperarse, motivo de titulares. Él también había fallecido en París. Meses más tarde supe por nuestros amigos que la muerte de Carol lo había sumido en una gran depresión y que durante su última enfermedad quien había cuidado de él había sido su primera esposa, Aurora Bernárdez. Ella había sido designada la única heredera de toda su obra.

Guardo con celo el recuerdo de aquellos encuentros con ellos. No sé si éstos fueron el esbozo de un sueño, ¿o sería, más bien, una raya de esperanza en el cielo?

 

Gloria Guardia. Escritora panameña. Ha publicado las novelas Despertar sin raíces y El último juego, entre otros títulos.

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Publicado en: Sólo en línea