Jesusa Palancares le mentó la madre. Angelina Beloff no le perdona que la haya desnudado en cartas de amor sin solución dirigidas a Diego Rivera. Tina Modotti quisiera fotografiarla sin ropa, como desquite por todos los amantes que le “descubrió”. Y Leonora Carrington se volvió loca otra vez, después de esa novela que ni siquiera sus hijos aceptaron. Elena Poniatowska es una traidora a la realidad que inventa, y ha pagado cara su escritura.
Pero, ¿qué sería del 68 sin La noche de Tlatelolco?, ¿ existe una crónica mejor de aquellos cruentos días? ¿en dónde más buscar un registro tan vivo del habla popular si no en Hasta no verte Jesús mío? ¿Cómo entender el mosaico del muralismo mexicanismo sin esa gran reconstrucción de época que es Tinísima? ¿La llegada de los extranjeros a México sin Leonora? Peor: la crónica no sería lo que es sin las que ha escrito esta mujer, nieta del príncipe Poniatowski, apodada la “Reina Roja” por sus tendencias de izquierda y casi quemada en leña verde por poner la banda presidencial a Andrés Manuel López Obrador, en el Zócalo, en 2006. Pareciera que la política es lo que más daña a esta escritora, que desde hace más de siglo no abandona el ejercicio del periodismo en diarios y revistas. Novelista, cuentista, ensayista… Poniatowska parece un personaje de ficción, convertido en realidad. ¡Ojalá que ahora AMLO sí la lea!
Enrique Serna la convirtió en personaje de una novela satírica, El miedo a los animales, el ex líder estudiantil Luis González de Alba la menospreció públicamente, Christopher Domínguez Michael le enderezó una crítica devastadora, algún sector de la derecha, el menos inteligente, suele repudiarla por sus ligas progresistas. Pero Elena Poniatowska sigue escribiendo a sus 81 años de edad (lo último, la biografía de Guillermo Haro, El universo o nada). Octavio Paz la nombró “El pájaro de la literatura mexicana”. Una mujer “capaz de hacer añicos la grosería, la crueldad y la arrogancia con que suelen recubrirse los triunfadores de este mundo”, ha escrito Sergio Pitol. Sin ella sería imposible acercarnos a una realidad del país, la de la gente que no tiene ni medio de expresión, ni voz, ni timbre. Poniatowska no solo ha aportado a la literatura mexicana palabras del habla popular: acaso su mérito mayor consista en revelarnos, una y otra vez, una parte de México que nadie mira, y que a muchos les gustaría dejar escondida bajo la alfombra.
Sospecho que Poniatowska irrita tanto a sus denostadores porque sus libro y sus artículos se leen como mantequilla, y porque pertenece a una generación –Carlos Monsiváis, et al– que se echó a cargo la tarea de descreer, en lo que entendemos por literatura, de las posiciones exquisitas: porque es una escritora que acercó la literatura a la calle y habla al mismo tiempo a los pobres, los ricos, los aristócratas, los criollos, los mestizos de a pie, así como a los escritores y los académicos —la especialista Jean Franco y Sara Poot lo explican mejor que nadie.
Sospecho también que ya vienen las traducciones de sus libros: triste, pero parece ser que el prestigio de su obra es exterior, y que en México le sigue negando el reconocimiento un sector cultural con poder y medios a su alcance. ¿Ni el Rómulo Gallegos, ni el Biblioteca Breve Seix-Barral, ni los Honoris Causa, ni ahora el Cervantes lograrán nada contra el prejuicio? Como editor de varios de sus libros, espero que el Premio Cervantes 2013 sea el escalón que conduzca a Poniatowska hacia el máximo premio literario mexicano. El mismo que se llamó Juan Rulfo, y se otorga en la Feria de Guadalajara. El mismo que dejó tan golpeado el escándalo Bryce Echenique.