Lo que más llama la atención es que Elena Poniatowska siempre esta escribiendo. Si acaba de terminar un libro ya está planeando otro con su amigo Rafael Barajas, el Fisgón, para rendirle homenaje a su amigo Monsivias. Por eso el protagonista de ese libro es un gato llamado Monsi, como el gato que ronronea en casa de Elena en la placita de Chimalistac, el mismo que mordisquea cables si uno va con Elena porque la quiere entrevistar. Ella no dice que no. Siempre está dispuesta. En mi casa, por favor. Y uno así ve los estantes repletos de libros que esperan el momento en que se inaugure el espacio cultural que llevará su nombre.
La casa de Elena es cálida como la propia minúscula plaza, con su capilla encantadora, con su empedrado y sus flores suaves. La afabilidad de Elena contrasta con la manera en que dice verdades, con la manera en que ella pregunta y nos ha enseñado a todos los que usurpamos su papel de entrevistadores a entrar en espacios donde los interpelados cuentan y se extienden por sus maneras, semblantes y espacios que los rodean. Elena inauguró una manera de hacer periodismo cultural, de preguntar desde una ingenuidad maliciosa, desde un candor no exento de propósito, porque su mirada siempre ha sido crítica, rebelde. Su curiosidad y su deseo de andar espacios distintos se hizo patente cuando ella dijo en su casa que quería cantar en un cabaret. No le bastaba su mundo de finezas y comodidades, de estirpe europea y aristocracia mexicana. Por eso quiso entrevistar a Fuentes, a Paz, a Tamayo y dio un giro distinto a las maneras de entrevistar de entonces cuando Benítez le dio la oportunidad. Un estilo que salió así solito, espontáneo, como todo lo que parece que hace Elena. Porque en ella no se notan los afanes por investigar, las horas de grabación, las muchas conversaciones, la mirada que se aplica y las tantas jornadas frente a la máquina para escribir Tinísima, o El tren pasa primero. Ella escucha, es uno de sus dones. La noche de Tlatelolco fue construida por los testimonios de quienes estuvieron allí, Elena tejió y construyó un tapiz documental a través de las voces de los otros. Ceder la voz es una de sus finezas. Pero mujer rebelde, a partir del periodismo testimonial quiso sumarse a los asombros con relatos, novelas o ficciones documentales como podríamos llamar a su trabajo sobre Leonora Carrington que le valió el Premio Biblioteca Breve o la historia que da vida a Tina Modotti. Mujeres y hombres habitantes de una segunda mitad del siglo XX de la que Elena ha sido testigo y que ha dejado plasmada cuando se acerca a un Soriano o a las mujeres mito que habitan Las siete cabritas. Mujer inquieta, la novela y el deseo de escribir la que no ha escrito aún, como ella confiesa, retan su talante escritural: La piel del cielo le valió el premio Alfaguara. Desde Angelina Beloff , Jesusa Palancares, Tina, Leonora o su madre Paula Amor, Elena ha plasmado sus asombros por ellas, mujeres fuertes, distintas, originales, amorosas y frágiles también.
Todos sus riesgos y sus andares de medio siglo, sus curiosidades y su indignación, su sed de justicia y sus convicciones la han hecho esa mujer que los mexicanos queremos y que Iberoamérica reconoce hoy con el Premio Cervantes. Porque Elena, a pesar de su trayectoria y reconocimientos no se ha andado por las nubes, pisa firme en la casa luminosa donde vive y recibe hijos, nietos, familia y amigos. Generosa y dispuesta ha dicho que sí a invitaciones de gran relumbrón pero también a genuinas muestras de afecto popular como me tocó ver en el homenaje que le hicieron en Uruapan: un auditorio desbordado queriendo verla de cerca.
Elena Poniatowska es la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes. La preceden María Zambrano, Dulce María Loynaz y Ana María Matute: sobresalientes en el ensayo, la poesía y la narrativa respectivamente. Elena, mexicana y escritora, se hizo desde el periodismo, desde la realidad a la que le tomó el pulso con una sincera indagación. Toda oídos, ojos y corazón: la pluma ha dado cuenta de ello. Ese es su sello y hoy el Cervantes se lo reconoce. No sólo se premia una mujer de letras sino un género de ida y vuelta entre la ficción y el periodismo en que ella es pionera. Enhorabuena.