Entregamos a los lectores un cuento de Edith Wharton, contenido en la antología Ella, fantasma. 14 relatos espectrales de escritoras del siglo XIX publicado por Ediciones Cal y Arena.
–Sí, hay uno, por supuesto, pero no sabrán que lo es.
La afirmación, emitida alegremente seis meses antes en un radiante jardín de junio, volvió a Mary Boyne con una nueva dimensión de su significado en la oscuridad de diciembre, mientras esperaba a que trajeran las nuevas lámparas a la biblioteca. Estas palabras fueron pronunciadas por su amiga Alida Stair, cuando tomaba el té en su jardín de Pangbourne, refiriéndose a la misma casa cuyo “elemento” principal era la biblioteca en cuestión.
A su llegada a Inglaterra, Mary Boyne y su marido, buscando un rincón apartado en uno de los condados del sur o el sureste, habían confiado esta misión a Alida Stair, quien lo había resuelto a la perfección; aunque no sin que antes hubieran rechazado, casi caprichosamente, varias sugerencias prácticas y prudentes que les brindaba:
—Bueno, está Lyng, en Dorsetshire. Eres prima de Hugo, y puedes conseguirla por un precio irrisorio.
Las razones que dio por las que podían comprarla tan barata —estaba lejos de la estación; no tenía luz eléctrica ni instalación de agua caliente—, eran exactamente las que jugaban a favor de una pareja de románticos.
—Jamás creeré que vivo en una casa vieja, a menos que sea completamente incómoda —había insistido en broma Ned Boyne, el más extravagante de los dos—; el más pequeño indicio de comodidad me haría pensar que la compré en una exposición, con las piezas numeradas y vueltas a montar.
Y se habían puesto a recitar, con humorística precisión, la lista de sus diversas incertidumbres y exigencias, negándose a creer que la casa que la prima les recomendaba fuese realmente de estilo Tudor, hasta que se enteraron de que carecía de calefacción central y de que la iglesia del pueblo estaba literalmente en su terreno, además de insistir sobre sus dudas en cuanto al abastecimiento de agua.
—¡Es demasiado incómoda para ser real!
Edward Boyne se había ido animando, a medida que le sacaban la confesión de un nuevo inconveniente, y de repente interrumpió su discurso para preguntar, con súbita desconfianza:
—¿Y el fantasma? ¡Nos estás ocultando que no tiene fantasma!
Mary, en ese momento, se había reído con él; aunque, casi mientras reía, dotada como estaba de habilidades perceptivas independientes, había captado una nota de sequedad en la respuesta alegre de Alida.
—Bueno, Dorsetshire está lleno de fantasmas.
—Sí, perfecto, pero eso no es suficiente. Yo no quiero viajar diez millas para ver el fantasma de otro. Lo que quiero es uno que sea mío. ¿Hay alguno en Lyng?
La respuesta había hecho reír a Alida otra vez; fue entonces cuando dijo sugestivamente:
—Sí, hay uno, por supuesto, pero no sabrán que lo es.
—¿No lo sabremos? —preguntó Boyne—. ¿Qué diablos define a un fantasma si no la evidencia de que claramente lo es?
—No sé; ésa es la historia.
—¿Que hay un fantasma pero nadie sabe que es un fantasma? —Bueno; en todo caso, hasta después.
—¿Hasta después?
—Hasta mucho, mucho tiempo después.
—Pero si ya ha sido identificado alguna vez como fantasma, ¿por qué no se ha transmitido ese dato? ¿Cómo se las ha arreglado para conservar su anonimato?
Alida sólo pudo negar con la cabeza:
—No me preguntes; ahí está la leyenda.
—Y luego, de repente —dijo Mary como desde las profundidades cavernosas de la adivinación—, de repente, mucho tiempo después, te dices a ti misma, ¿era él?
Se estremeció ante el sonido sepulcral con que la pregunta cayó sobre el humor de los otros dos y vio cruzar fugazmente la sombra de la misma sorpresa en las pupilas de Alida.
—Supongo que sí. Lo único que cabe hacer es esperar.
—¡Al diablo con la espera! —interrumpió Ned—. La vida es demasiado corta para tener un fantasma que sólo puede disfrutarse retrospectivamente. ¿No podríamos conseguir algo mejor, Alida?
Al parecer no pudieron, porque a los tres meses de su conversación con la señora Stair habían tomado posesión de Lyng, y la vida por la que habían suspirado, hasta el punto de planearla con todos sus detalles cotidianos, había empezado.
Estar sentada en la espesa oscuridad de diciembre, junto a una chimenea como ésta, de ancha campana, bajo unas vigas de roble ennegrecido y con la sensación de que, más allá de los cristales, las llanuras se ensombrecían en una soledad más profunda; por permitirse el placer íntimo de tales sensaciones era por lo que Mary Boyne, precipitadamente exiliada de Nueva York por los negocios de su marido, había soportado durante casi catorce años la desoladora fealdad del Medio Oeste, y por lo que había luchado Boyne tenazmente en su ingeniería hasta que, de una manera tan repentina que aún le hacía dudar, la prodigiosa mina Blue Star los había puesto de golpe en situación de disponer de su vida y de los medios para saborearla.
Jamás se les había ocurrido, ni siquiera por un instante, en este nuevo estado de cosas, entregarse a la oscuridad; pero se habían hecho el juramento de dedicarse sólo a actividades agradables. Ella pensaba en la pintura y la jardinería (sobre un fondo de muros grises); él soñaba con escribir su largamente anticipado libro sobre el “fundamento económico de la cultura” y, con tan poderosa obra por delante, ninguna existencia podía ser demasiado aislada: de hecho, no podrían alejarse lo suficiente del mundo, ni sumergirse lo suficiente en el pasado.
Dorsetshire los había atraído desde el principio por su naturaleza de lejanía, independientemente de su situación geográfica. Para los Boyne, una de las maravillas de toda la apretada isla — nido de condados, como ellos la llamaban— era que una pequeña cantidad de terreno tuviera semejante efecto; que tan pocas millas produjeran una sensación de distancia.
—Es —había explicado Ned con entusiasmo— lo que da esa profundidad a sus efectos, ese relieve a sus contrastes. Han sido capaces de poner una buena capa de manteca en cada bocado.
A decir verdad, lo que habían puesto era una buena cantidad de maquillaje en Lyng: la vieja casa, oculta bajo las colinas, reunía casi todos los signos hermosos del comercio con un pasado antiguo. El simple hecho de que no fuera grande ni extraordinaria hacía, para los Boyne, que su encanto fuera el más perfecto: el de haber sido, durante siglos, un profundo y oscuro depósito de vida. Probablemente no había sido una vida de las más animadas. Durante largos periodos, claramente, se había ido hundiendo silenciosamente en el pasado, mientras la apacible llovizna del otoño caía, hora tras hora, en el estanque de peces entre los tejos; pero estos charcos de existencia alimentaban a veces, en sus perezosas profundidades, extrañas sacudidas de emoción; y Mary Boyne había sentido desde el principio la misteriosa agitación de unos recuerdos más bien intensos.
Nunca fue más grande esta sensación que una tarde en que, esperando en la biblioteca a que trajeran las lámparas nuevas, se levantó del asiento y se quedó parada entre las sombras del hogar. Su marido había salido después de comer a dar uno de sus largos paseos por las colinas. Había observado que últimamente prefería ir solo; y con la probada seguridad de sus relaciones personales, se había visto obligada a concluir que estaba preocupado por su libro y que necesitaba las tardes para meditar en soledad acerca de los problemas surgidos en el trabajo matinal. Ciertamente, el libro no marchaba tan bien como había previsto y entre sus ojos aparecieron unas arrugas de perplejidad que no habían existido en sus épocas de ingeniero. En aquel entonces, llegaba a casa con un aspecto fatigado que rozaba la enfermedad; pero el demonio de la preocupación jamás había marcado su frente. Sin embargo, las pocas páginas que había llegado a leerle —la introducción y un resumen del capítulo primero— mostraban un firme dominio del tema y una creciente confianza en sus fuerzas.
El hecho la sumió en una confusión aún mayor. Ahora que él había dejado los negocios y sus penosas contingencias, la otra posible fuente de ansiedad quedaba eliminada. A menos que fuera su salud. Pero físicamente había mejorado desde que se mudaron a Dorsetshire: estaba más fuerte, con mejor color y tenía un aspecto general más sano. Sólo desde hacía una semana había notado en él ese cambio indefinible que la llenaba de inquietud cuando estaba ausente y la enmudecía en su presencia, como si fuera ella quien ocultara un secreto.
El pensamiento de que había un secreto entre los dos surgió como un golpe inesperado. Miró a su alrededor.
—¿Será la casa? —pensó.
La misma habitación podía estar llena de secretos. Parecían acumularse, mientras caía la tarde, como los pliegues de las sombras aterciopeladas que colgaban del techo bajo; las filas de libros, los bordes ahumados de la chimenea.
—¡Pues claro; la casa está encantada! —pensó.
El fantasma —el fantasma incierto de Alida—, tras figurar abundantemente en las bromas de los primeros meses en Lyng, se había ido quedando arrinconado por su influencia como un estimulante imaginativo: Mary, convertida en moradora de una casa encantada, había hecho las habituales preguntas a los campesinos de la vecindad; pero aparte de un vago “eso dicen, señora”, los lugareños no pudieron añadir algo más sustancioso. Al parecer, el escurridizo espectro nunca había tenido identidad suficiente para cristalizar una leyenda concreta a su alrededor, y luego de un tiempo los Boyne dejaron de lado el asunto, conviniendo en que Lyng era una de las pocas casas lo suficientemente buenas en sí mismas para no necesitar de agregados sobrenaturales.
—Y supongo que por eso, el pobre demonio inocuo agita inútilmente sus alas en el vacío —había concluido Mary alegremente.
—O tal vez —había contestado Ned en el mismo tono— en un ambiente tan fantasmal como éste no logra afirmar su existencia separada como fantasma.
Desde entonces, el invisible compañero de residencia había quedado definitivamente al margen de sus conversaciones, suficientes para hacerles olvidar la pérdida. Ahora, de pie junto al hogar, el tema de su anterior curiosidad revivió en ella, con un sentido nuevo, un significado adquirido poco a poco a través del contacto con el escenario del misterio. La casa misma, por supuesto, poseía el don de la evocación fantasmal y conversaba visual aunque secretamente con su propio pasado. Si consiguiera entrar en comunión con la casa, podría sorprender la visión del fantasma. Quizá su marido lo había visto ya en sus largas horas pasadas en esta misma habitación, donde ella jamás se demoraba después del atardecer y sobrellevaba en silencio el peso de lo que le hubiera revelado.
Mary conocía demasiado bien el código del mundo espectral para ignorar que uno puede ver fantasmas y no hablar con ellos: hacerlo supondría una falta de tacto casi tan grande como mencionar a una mujer hermosa frente a otra. Pero esta explicación no le satisfacía realmente.
—Al fin y al cabo —pensó—, ¿qué interés puede tener para él un viejo fantasma, aparte de proporcionarle algún divertido escalofrío?
Y volvió una vez más al dilema fundamental: al hecho de que la mayor o menor susceptibilidad a los efluvios espectrales no tenía que ver con el caso, ya que, cuando uno veía al fantasma de Lyng, no lo sabía. Al menos hasta mucho después, eso había dicho Alida Stair. Bueno, ¿y si Ned lo había visto al principio y se había enterado hacía apenas una semana de lo que le había pasado? Sumida cada vez más en el hechizo de la hora, retrocedió a los primeros días, al principio; sólo para recordar una viva confusión de equipajes, cajas, instalarse, ordenar libros y llamarse el uno al otro desde los remotos rincones de la casa cada vez que descubrían alguno de sus tesoros. Precisamente en relación con esto, recordaba ahora cierta tarde suave del octubre anterior en que, al pasar del entusiasmo de las primeras exploraciones a la inspección detallada del viejo edificio, había presionado (como una heroína de novela) un entrepaño, y se había abierto el acceso a una escalera de caracol que conducía a una plataforma hacia la que el tejado, visto desde abajo, subía desde todos los lados con una pendiente demasiado acusada para poder ascender hasta ella.
La vista desde la meseta era espléndida; y ella corrió a arrancar a Ned de sus papeles para participarle su hallazgo. Aún recordaba cómo, al ponerse a su lado, la había rodeado con su brazo mientras sus miradas se extendían hasta la línea ondulada del horizonte y luego retrocedían tranquilamente para recorrer el arabesco de setos de tejo alrededor del estanque de los peces y la sombra del cedro en el campo.
—Y ahora, en la otra dirección —había dicho él, haciéndola girar con el brazo que la rodeaba. Fuertemente apretada contra él había absorbido, como un largo trago reparador, el cuadro del patio de muros grises, los leones sentados en la entrada, y el sendero de tilos que llegaba hasta la carretera, al pie de las lomas.
Fue precisamente entonces cuando notó que se aflojaban los brazos de su marido y oyó un agudo “qué extraño”, que hizo que se volviera hacia él.
Sí; ahora recordaba claramente lo que había visto, al mirar fugazmente: una sombra de ansiedad, de perplejidad, ensombrecía su rostro y, siguiendo la dirección de sus ojos, había visto la silueta de un hombre —un hombre vestido con ropas sueltas y grises, según creyó— caminando por el sendero de tilos hacia el patio, con el paso vacilante del extraño que trata de encontrar el camino adecuado. Los ojos un tanto miopes de Mary habían captado una imagen confusa, indistinta y gris, de aspecto foráneo, o al menos no local, en la figura o en su ropa. Pero su marido había visto más, al parecer: había visto lo suficiente como para apartarla con un enérgico “¡espera!”, y luego echar a correr escaleras abajo sin detenerse a ayudarla.
Su ligera inclinación al vértigo la obligó, tras aferrarse momentáneamente a la chimenea contra la que se había estado apoyando, a seguir con precaución. Cuando llegó al descanso se detuvo otra vez por un motivo menos definido, se inclinó sobre la baranda y se asomó a las silenciosas profundidades oscuras salpicadas de sol. Se demoró allí hasta que, en algún lugar de abajo, oyó cerrarse una puerta. Entonces, movida por un impulso instintivo, bajó los breves tramos de escalera hasta que llegó al vestíbulo de la planta baja. La puerta de la entrada estaba abierta y, tanto el vestíbulo como el patio, estaban desiertos. La puerta de la biblioteca estaba abierta también y, tras escuchar en vano si había voces en el interior, cruzó el umbral y encontró a su marido, solo, hojeando vagamente los papeles de su escritorio.
Levantó la vista como sorprendido de verla entrar, pero la sombra de ansiedad había desaparecido de su rostro, mostrándolo sereno, según creyó ella, y algo más animado y alegre de lo acostumbrado.
—¿Qué ha pasado? ¿Quién era? —preguntó ella.
—¿Quién? —repitió él, todavía sorprendido.
—Ese hombre que hemos visto venir hacia la casa. Boyne pareció reflexionar.
—¿El hombre? Bueno, me pareció que era Peters. He corrido tras él para hablarle de los desagües del establo, pero desapareció antes de que lo alcanzara.
—¿Desapareció? Pero si parecía caminar muy despacio cuando lo vimos.
Boyne se encogió de hombros.
—Pensé eso mismo, pero quizás la niebla nos jugó una mala pasada. ¿Qué te parece si subimos al Meldon Steep antes del crepúsculo?
Eso fue todo.
En aquel momento, el incidente no había tenido mayor trascendencia; había sido olvidado ante la magia del panorama que se desplegaba frente a ellos desde el Meldon Steep, una cima que habían soñado con escalar desde la primera vez que vieron su pico desnudo alzándose por encima del tejado de Lyng. Sin duda fue la coincidencia de que el otro incidente ocurriera el mismo día de la subida al Meldon, lo que hizo que éste quedara olvidado en un rincón de la memoria, de donde ahora emergía; porque en sí mismo no tenía ningún detalle ominoso.
Ahora, en cambio, al evocar el primer incidente, se daba cuenta de que la explicación de su marido era desmentida por la expresión de su rostro. ¿Por qué el aspecto familiar de Peters le había despertado tanta inquietud? ¿Por qué, sobre todo, si había tanto apuro por hablar con él de los desagües del establo, el hecho de no encontrarle le había producido tanto alivio? Mary no podía decir que ninguna de estas preguntas se le hubiera ocurrido entonces; sin embargo, por la facilidad con que ahora surgían ante su recuerdo, le pareció que siempre habían estado allí, acechando.
II
Cansada de sus propios pensamientos, se acercó a la ventana. La biblioteca estaba ahora completamente a oscuras, y se sorprendió al ver la luz que se demoraba en el mundo exterior. Al mirar hacia el patio, vio recortarse una figura a lo lejos, en la perspectiva de los tilos desnudos. Parecía una mancha gris sobre el paisaje; y al verlo venir hacia ella, el corazón le latió con fuerza ante el pensamiento: “¡Es el fantasma!”.
Tuvo tiempo de comprender de pronto que el hombre que había visto a lo lejos, dos meses antes, desde el tejado, estaba ahora, en su hora predestinada, a punto de revelar que no era Peters; y el alma se le encogió de terror ante esa revelación inminente. Pero, casi inmediatamente, la figura aumentó su consistencia y definición y se mostró a sus ojos debilitados como la de su marido. Salió a su encuentro y le confesó su alocada conjetura.
—Es realmente absurdo —rió ella—; ¡pero nunca consigo acordarme!
—¿Acordarte de qué? —preguntó Boyne, justo cuando ella llegaba a su lado.
—De que cuando ves al fantasma de Lyng, no lo sabes.
Había posado una mano sobre su brazo y él la retuvo allí. —¿Creías que lo habías visto? —preguntó al cabo de bastante rato.
—Bueno, creí que tú eras él, en mi insensata decisión de desacreditarlo.
—¿A mí… ahora? —su brazo cayó y se apartó de ella con una débil risa—. Cariño, creo deberías dejar eso; es lo mejor que puedes hacer.
—¡Ah, sí, lo dejaré! ¿Y tú? —preguntó, volviéndose hacia él de repente.
La criada había entrado con la correspondencia y una lámpara, y la luz iluminó de lleno el rostro de Boyne al inclinarse sobre la bandeja que le presentaban.
—¿Y tú? —insistió Mary perversamente, cuando la criada se retiró.
—¿Y yo qué? —replicó él, ensimismado, mientras la luz marcaba la profunda huella de preocupación entre sus cejas al examinar las cartas.
—Que si has renunciado a intentar ver al fantasma —el corazón se le aceleró un poco ante lo que estaba haciendo.
Su marido se sentó, dejando las cartas a un lado.
—Nunca lo he intentado —dijo, abriendo el periódico.
—Bueno, naturalmente —dijo Mary—. Lo exasperante es que no sirve intentarlo, ya que uno no puede estar seguro hasta mucho tiempo después.
Comenzó a doblar el periódico como si no la hubiese escuchado pero, tras una pausa, durante la cual las hojas temblaron espasmódicamente entre sus manos, alzó los ojos para preguntar:
—¿Tienes alguna idea de cuánto después?
Mary se había hundido en una silla junto a la chimenea. Levantó la vista desde su asiento y se estremeció al ver el perfil de su marido recortado contra el círculo de luz de la lámpara.
—No, ninguna. ¿Y tú?
Boyne arrugó el periódico y luego se volvió para acomodarse bajo la luz de la lámpara.
—¡Dios mío, no! Sólo me refería —exclamó con impaciencia— a si hay alguna leyenda, alguna tradición sobre eso.
—No que yo sepa —contestó ella; pero cuando iba a agregar: “¿qué te hace preguntarlo?”, entró la criada con el té y una segunda lámpara.
Con la disipación de las sombras y la repetición de la rutina, Mary Boyne se sintió menos oprimida por esa sensación de inminencia que había ensombrecido la tarde. Durante unos momentos se entregó a lo cotidiano y, cuando alzó la vista, se sorprendió del cambio operado en el semblante de su marido. Se había sentado cerca de la lámpara más alejada y estaba absorto leyendo las cartas. Pero ¿había encontrado algo en ellas, o ahora sus facciones simplemente eran así? Cuanto más lo miraba, más veía afirmarse el cambio. Se le habían borrado las arrugas de la tensión; y las huellas de cansancio que perduraban eran de naturaleza fácilmente atribuible a un esfuerzo intelectual continuado.
—Me muero de ganas de tomar el té. Aquí hay una carta para ti —dijo.
Tomó la carta que él le tendía a cambio de la taza que ella le ofrecía y, regresando a su asiento, rompió el sello con el gesto lánguido del lector cuyos intereses se limitan a la presencia de la persona amada. Su siguiente movimiento fue levantarse de golpe, tirando al suelo la carta, para mostrarle a su marido un recorte de periódico.
—¡Ned! ¿Qué es esto? ¿Qué significa?
Él se había levantado también, como si hubiese oído el grito antes de que ella lo emitiera. Durante un espacio de tiempo perceptible se estudiaron mutuamente como dos adversarios que buscan una ventaja.
—¿Qué es? ¡Qué sobresalto me has dado! —dijo Boyne por fin, acercándose con una risa forzada. La sombra del recelo había asomado a su rostro una vez más; ahora no era una mirada de firme presentimiento, sino una vigilancia de labios y ojos que le hizo comprender que su marido se sentía invisiblemente acosado.
Le temblaba tanto la mano que le costó darle el recorte.
—Es un artículo de Waukesha Sentinel en el que se dice que un hombre llamado Elwell ha presentado una demanda judicial contra ti, y que algo va terriblemente mal en la mina Blue Star. Sólo entendí la mitad.
Seguían mirándose mientras ella hablaba y, para su asombro, vio que sus palabras habían producido el efecto inmediato de disipar la tensa expectación de sus ojos.
—¡Ah, es eso! —echó una mirada al artículo y luego lo plegó con el gesto del que maneja algo inofensivo—. ¿Qué te ocurre esta tarde, Mary? Creí que habías tenido malas noticias.
Mary estaba de pie frente a él. Su indefinible terror se fue apaciguando lentamente ante la confianza de su tono.
—Entonces ya sabías esto. ¿Todo está bien?
—Desde luego que lo sabía; todo está perfecto.
—Pero, ¿qué ocurre? No lo entiendo. ¿De qué te acusa ese hombre?
—De casi todos los crímenes del código —Boyne había arrojado el recorte y se había dejado caer en una butaca junto al fuego—. ¿Quieres saber la historia? No es particularmente interesante. Se trata de una querella sobre los intereses de la Blue Star.
—Pero ¿quién es ese Elwell? No me suena el nombre.
—Es un individuo al que metí en el negocio y al que le cedí la dirección. Te hablé de él en su momento.
—Seguramente. Debo de haberlo olvidado —trató de buscar en vano entre sus recuerdos—. Pero si lo has ayudado, ¿por qué te lo paga de ese modo?
—Probablemente lo ha convencido alguna banda de abogados. Es todo un poco técnico y complicado. No lo comenté en profundidad porque pensé que era la clase de cosas que te aburren.
Su esposa sintió una punzada de remordimiento. En teoría, lamentaba la indiferencia de la mujer americana respecto a los intereses profesionales del marido; pero en la práctica, siempre encontraba difícil fijar su atención en lo que Boyne le contaba sobre sus operaciones e intereses. Además, había notado durante los años que llevaba disfrutando del éxito que, en una comunidad en la que las delicias de la vida se cosechan a costa de esfuerzos tan arduos como los agobios profesionales de su marido, un reposo tan breve como éste debía ser aprovechado para evadirse de las preocupaciones inmediatas y disfrutar de la vida que siempre habían soñado.
Una o dos veces, ahora que esta nueva vida había trazado su círculo mágico en torno a ellos, se había preguntado si había hecho bien; pero hasta entonces, tales conjeturas no habían sido otra cosa que ideas de una imaginación activa. Ahora, por primera vez, se sobresaltó al descubrir lo poco que sabía acerca de los cimientos materiales sobre los que se construía su felicidad.
Miró a su marido y nuevamente se tranquilizó ante la expresión serena de su rostro; sin embargo, sentía la necesidad de una prueba más concreta para su confianza.
—¿No te preocupa ese pleito? ¿Por qué no me has hablado nunca de él?
Contestó las dos preguntas al mismo tiempo.
—Al principio no te hablé de él justamente porque me preocupaba. Más bien, me atormentaba. Pero eso es ya cosa del pasado. La persona que te escribe ha debido echar mano de un número atrasado del Sentinel.
Mary sintió un vivo estremecimiento de alivio:
—¿Quiere decir que todo está arreglado? ¿Ha perdido el caso?
Hubo una demora perceptible en la respuesta de Boyne:
—La demanda ha sido retirada… eso es todo.
Pero ella insistió, como para sacarse la culpa interior de ser tan fácilmente indiferente:
—¿La ha retirado porque ha visto que no tenía ninguna posibilidad de ganar?
—No tenía ninguna —contestó Boyne.
A pesar de las respuestas, todas favorables, ella siguió luchando con una sensación de oscura perplejidad en el fondo de su cerebro.
—¿Hace cuánto que la ha retirado?
Él se mantuvo en silencio durante un instante.
—Acabo de recibir la noticia ahora mismo, pero la estaba esperando.
—¿Ahora mismo? ¿En una de tus cartas?
—Sí.
Mary no contestó y sólo se enteró, tras un breve intervalo, de que se había levantado y cruzado la habitación, al notar que se acomodaba en el sofá a su lado. Sintió cómo la rodeaba con el brazo, cómo sus manos buscaban las suyas y se las apretaban; y volviéndose lentamente, atraída por el calor de su mejilla, se encontró con sus ojos cálidos.
—¿Está todo bien? —preguntó, en medio de un vendaval de dudas siniestras.
—¡Te doy mi palabra de que las cosas nunca han estado mejor! —contestó él con una sonrisa, y la atrajo hacia sí.
III
Una de las cosas más extrañas que habría de recordar después, de todas las que ocurrieron al día siguiente, fue la súbita y completa recuperación de su propia sensación de seguridad. La notó en el aire, al despertar en su habitación oscura; la acompañó cuando bajó a desayunar, la iluminó desde el fuego y se multiplicó desde los flancos de la olla y las vigorosas estrías de la tetera georgiana. Era como si, indirectamente, todos sus vagos temores del día anterior, con su instante de suprema concentración en el artículo de periódico, como si este oscuro interrogante del futuro y sobresaltado retorno al pasado, hubieran destrozado las deudas de alguna obsesionante obligación moral.
Si efectivamente había sido indiferente a los negocios de su marido era, como su nuevo estado parecía probar, porque su fe en él justificaba tal diferencia; y el derecho de Boyne a la confianza de su esposa quedaba afirmado ahora ante el mismo rostro de la amenaza y la sospecha. Jamás había visto a su marido más despreocupado que después del interrogatorio al que lo había sometido: era casi como si hubiera estado enterado de sus dudas y hubiese deseado despejarlas lo mejor posible.
Se sentía tan limpia ahora, gracias al cielo, como la radiante luz exterior que la sorprendió con fragancias casi estivales al salir de la casa para dar su paseo diario por el parque. Había dejado a Boyne ante su mesa, tras echar —al pasar frente a la biblioteca— una última mirada a su rostro tranquilo, inclinado sobre sus papeles, con la pipa en la boca.
Y ahora emprendía sus tareas matinales. Las tareas incluían, en estos días encantadores de invierno, deambular por los diferentes rincones de sus dominios, casi tan feliz como si hubiera llegado la primavera. Tenía tal cantidad de posibilidades ante sí, tantas oportunidades de sacar a la luz los encantos latentes del viejo lugar sin infligirle una sola alteración herética, que el invierno resultaba demasiado corto para planear lo que la primavera y el otoño ejecutarían. Y su recuperada sensación de seguridad confería, en esta mañana tan peculiar, un incentivo especial a sus progresos en el paisaje dulce y apacible. Primero visitó el huerto, donde los perales trazaban formas complicadas en los muros y las palomas revoloteaban y ordenaban sus plumas sobre los techos plateados del palomar. Ocurría algo con la calefacción del invernadero, y esperaba a una autoridad de Dorchester que debía venir en un tren y marcharse en el siguiente, para dar su diagnóstico sobre la caldera. Pero cuando se sumergió en el húmedo calor de los invernaderos, entre olores aromáticos y los rosas y rojos de cera de antiguas plantas exóticas —¡incluso la flora de Lyng conservaba su fragancia!—, se enteró de que el gran hombre no había llegado aún; y dado que el día era demasiado extraordinario para pasarlo en una atmósfera artificial, salió otra vez y se dirigió por el suave césped del campo de bolos al sector del parque que quedaba detrás de la casa. En el último extremo se elevaba una terraza de hierba que asomaba, por encima del estanque de los peces y de los setos de tejo, a la larga fachada de la casa con sus retorcidas chimeneas y los ángulos azules del tejado relucientes con la humedad pálida y dorada del aire.
Vista desde ese ángulo, por encima del trazado horizontal del parque, sintió que le transmitía, desde las ventanas abiertas y las chimeneas humeantes, un mensaje de cálida humanidad. Nunca había sentido esa comunión con la casa, esa convicción de que sus secretos eran totalmente benévolos, guardados “por el bien de sus habitantes”, como se decía; esa confianza en su capacidad de cuidar su vida y la de Ned en el armonioso esquema de la larga historia que la casa tenía detrás.
Oyó pasos y se volvió, esperando ver al jardinero acompañado del técnico de Dorchester. Pero sólo vio una figura: la de un hombre de aspecto joven y delgado que, por alguna razón que no logró precisar, no encajaba ni remotamente con la idea que ella se hacía de una autoridad en invernaderos. El recién llegado, al verla, se quitó el sombrero y se detuvo con el gesto de un caballero —o de un viajero— que desea dar a entender que su presencia es involuntaria. De vez en cuando, Lyng atraía al viajero cultivado y Mary esperó ver al desconocido disimular una cámara o justificar su presencia sacándola. Pero no hizo gesto alguno y, un momento después, le preguntó en un tono acorde con la amable vacilación de su actitud:
—¿Desea ver a alguien?
—He venido a ver al señor Boyne —contestó. Su articulación, más que su acento, era ligeramente americana y Mary, al notarlo, lo miró con más atención. El ala de su sombrero de fieltro proyectaba una sombra sobre su rostro que, oscurecido de ese modo, adoptaba para su mirada miope un aspecto solemne, como una persona importante que llegaba por algún negocio; cortés, aunque claramente consciente de sus derechos.
La experiencia del pasado la había vuelto igualmente sensible a tales peticiones; pero era celosa con las horas matinales de su marido, indecisa en cuanto a conceder a nadie el derecho a perturbarlo durante ese tiempo.
—¿Tiene cita con mi marido? —preguntó.
El visitante vaciló, como si no estuviera preparado para esta pregunta.
—Creo que me espera —respondió.
Ahora le tocó vacilar a Mary:
—Estas horas suele dedicarlas a trabajar. No recibe gente por la mañana.
El desconocido la miró un instante sin responder; luego, como aceptando su decisión, se dispuso a irse. Al darse la vuelta, Mary lo vio dirigir una mirada a la fachada de la casa. Había algo en él que sugería cansancio y desencanto, el desaliento del viajero que ha venido desde muy lejos. Se le ocurrió entonces que, si ése era el caso, su negativa podía entorpecer su misión, y un súbito remordimiento le impulsó a correr tras él.
—¿Puedo preguntarle si viene de lejos?
El desconocido le dirigió la misma mirada grave.
—Sí… vengo de lejos.
—Entonces seguramente mi marido lo recibirá. Lo encontrará en la biblioteca.
No supo por qué había añadido la última frase, a no ser por un vago deseo de reparar su anterior falta de hospitalidad.
El visitante estuvo a punto de darle las gracias, pero la atención de ella se distrajo al ver acercarse al jardinero con un acompañante que esta vez sí se parecía a un experto de Dorchester.
—Por ahí —señaló ella hacia la casa; y un instante después se había olvidado de él, atenta como estaba al asunto del caldero.
La revisión dio un resultado tan amplio que el técnico acabó por considerar más conveniente olvidarse de su tren, y Mary estuvo distraída el resto de la mañana entre canastos de flores. Cuando el asunto concluyó, se sorprendió al descubrir que era casi la hora de almorzar, y regresó a la casa apresuradamente, creyendo que vería a su marido saliendo a su encuentro. Pero no encontró a nadie en el patio, salvo al ayudante del jardinero que rastrillaba la grava. El vestíbulo, al entrar, estaba tan silencioso que pensó que él aún seguía trabajando.
Como no quería perturbarlo, se dirigió al salón; allí, en su escritorio, se enfrascó en nuevos cálculos sobre los gastos que supondría la consulta de la mañana. El poder permitirse tales caprichos no había perdido su novedad; y de alguna manera, en contraste con los temores inciertos de los días anteriores, ahora parecía formar parte de su nueva seguridad, de esa sensación de que, como Ned había dicho, las cosas en general nunca habían estado mejor.
Aún disfrutaba con el juego de las cifras cuando la criada, desde la puerta, la interrumpió con una pregunta sobre la conveniencia de servir el almuerzo. Una de sus bromas consistía en comentar que Trimmle anunciaba la comida como si divulgara un secreto de Estado; y Mary, absorta en sus papeles, murmuró unas abstraídas palabras de aprobación. Notó que Trimmle vacilaba en el umbral, como si reprochara tan desconsiderado asentimiento; luego, al retirarse, sonaron sus pasos en el pasillo, y Mary, apartando los papeles, cruzó el vestíbulo y fue a la puerta de la biblioteca. Aún seguía cerrada y vaciló: no le gustaba molestar a su marido ni que éste se excediera en su jornada de trabajo. Mientras estaba allí sopesando sus impulsos, volvió Trimmle con el anuncio de la comida. Y Mary, así apremiada, abrió la puerta.
Boyne no estaba ante su mesa. Miró a su alrededor esperando descubrirlo junto a los anaqueles en algún rincón de la habitación. Pero poco a poco se le hizo evidente que no estaba allí.
Volvió a buscar a la criada.
—El señor Boyne debe estar arriba. Por favor, avísele que la comida está servida.
Trimmle pareció vacilar entre el deber de la obediencia y la convicción de lo absurdo de la orden que se le daba.
El debate acabó al manifestar:
—Con su permiso, señora, el señor Boyne no está arriba. —¿No está en su habitación? ¿Estás segura?
—Sí, señora.
Mary consultó su reloj.
—¿Dónde estará entonces?
—Ha salido —anunció Trimmle con el aire superior de quien ha aguardado respetuosamente a la pregunta que un espíritu aplomado habría formulado en primer lugar.
La suposición de Mary había sido correcta entonces: Boyne debió de salir al parque en su busca y, al no encontrarla, había escogido el camino más corto por la puerta sur, en vez de dar la vuelta al patio. Así que cruzó el vestíbulo y se dirigió directamente al jardín de tejos. Pero la criada, tras otro momento de conflicto interior, decidió informarle:
—Con su permiso, señora, el señor Boyne no ha salido por ahí.
Mary se volvió.
—¿Adónde ha ido? ¿Y cuándo?
—Ha salido por la puerta principal, a la entrada de los coches.
Para Trimmle era un asunto de principios no contestar más de una pregunta a la vez.
—¿Al la entrada de los coches? ¿A esta hora?
Mary se dirigió a la puerta y miró, más allá del patio, hacia el túnel de tilos. Pero desde su perspectiva el lugar estaba tan vacío como cuando lo había visto al entrar.
—¿No ha dejado ningún recado?
Trimmle pareció renunciar a una última batalla con las fuerzas del caos.
—No señora. Salió con el caballero.
—¿El caballero? ¿Qué caballero? —Mary dio media vuelta como para afrontar este factor novedoso.
—El caballero que ha venido, señora —dijo Trimmle con resignación.
—¿Cuándo ha venido un caballero? ¡Explícate, Trimmle!
Sólo el hecho de sentirse hambrienta y que necesitaba consultar a su marido sobre el invernadero podían moverla a imponer tan inusual orden a su sirvienta y, aun ahora, se sentía lo bastante encendida como para advertir en los ojos de Trimmle el creciente desafío de la respetuosa subordinada que ha sido presionada en exceso.
—No puedo decirle la hora exacta, señora, porque yo no dejé pasar al caballero —respondió, con aires de ignorar discretamente la hospitalidad irregular de la señora.
—¿No lo has hecho pasar?
—No, señora. Cuando sonó la campanilla yo estaba ocupada, y Agnes…
—Ve a preguntarle a Agnes, entonces —dijo Mary.
Trimmle siguió con su expresión de paciente magnanimidad:
—Agnes no lo sabe, señora, porque desgraciadamente se ha quemado la mano cuando arreglaba la lámpara nueva que han traído del pueblo y no ha hecho otra cosa que estar con la lavandera—. Trimmle, como Mary sabía, se había opuesto siempre a utilizar la lámpara nueva.
Mary miró otra vez el reloj.
—¡Son más de las dos! Ve y pregúntale a la lavandera entonces si el señor Boyne ha dejado algún recado.
Entró a comer sin esperar y, poco después, Trimmle le informó que la lavandera dijo que aquel caballero había llegado a las once y que el señor Boyne había salido con él sin dejar ningún recado. La lavandera no sabía siquiera el nombre del visitante, ya que lo había escrito en una tira de papel que después dobló y le tendió, con el ruego de que la entregase inmediatamente al señor Boyne.
Mary terminó su almuerzo, extrañada y, cuando Trimmle sirvió el café en el salón, su extrañeza se convirtió en una débil sombra de inquietud. No era propio de Boyne ausentarse sin dar explicaciones a una hora tan inoportuna, y la dificultad de identificar al visitante a cuyo requerimiento había cedido hacía su desaparición más extraña. La experiencia de Mary Boyne como esposa de un atareado ingeniero, sujeto a llamadas repentinas y obligado a tener un horario irregular, la había ejercitado para una aceptación filosófica de las sorpresas. Pero, desde que Boyne se había retirado de los negocios, había adoptado una regularidad benedictina. Como para compensar los años de agobio y agitación, con sus comidas apresuradas y sus cenas en los coches comedor del tren, cultivaba ahora los últimos refinamientos de la puntualidad y la monotonía, desalentando la afición de su esposa por lo inesperado y declarando que para un paladar delicado había infinitas gradaciones de placer en la repetición de los hábitos.
Sin embargo, como ninguna vida puede estar a salvo de lo imprevisible, era evidente que, tarde o temprano, las precauciones de Boyne iban a acabar revelándose como ineficaces; y Mary concluyó que había querido acortar una enojosa entrevista dando un paseo con el visitante hasta la estación, o al menos acompañándolo un trecho. Esta conclusión la liberó de toda preocupación, y salió a celebrar su conferencia con el jardinero. De aquí se dirigió a la oficina de correos del pueblo, que distaba una milla aproximadamente y, cuando emprendió el regreso, la tarde empezaba ya a declinar. Había elegido un sendero que cruzaba las colinas; y como Boyne, entretanto, sin duda habría regresado de la estación por la carretera, era muy poco probable que se encontraran. Estaba segura, no obstante, de que había llegado a casa antes que ella. Tan segura se sentía que, al entrar, sin detenerse a preguntarle a Trimmle, fue directamente a la biblioteca.
Pero la biblioteca seguía vacía; y con una insólita precisión de memoria visual observó que los papeles de la mesa de su marido estaban exactamente como los había visto al llamarlo para comer.
Luego, de pronto, la asaltó un vago temor a lo desconocido. Había cerrado la puerta al entrar y, al encontrarse sola en la larga habitación silenciosa, su temor pareció adquirir formas y sonidos, estar realmente allí respirando y acechando entre las sombras.
Esforzó sus ojos, apenas distinguiendo una presencia real, algo apartada, que vigilaba y sabía. Para rechazarla, corrió al cordón de la campanilla y dio un enérgico tirón. La violenta llamada hizo acudir a Trimmle precipitadamente con una lámpara; y Mary respiró otra vez ante esta tranquilizadora reaparición de lo habitual.
—Puede traer el té, si el señor Boyne está en casa —dijo, para justificar su llamada.
—Muy bien, señora, pero el señor Boyne no está —dijo Trimmle, dejando la lámpara.
—¿No está? ¿Quieres decir que ha regresado y ha salido otra vez?
—No, señora; no ha regresado.
El miedo se agitó en ella nuevamente, y notó que ahora la había atenazado.
—¿No ha vuelto desde que salió con… el caballero?
—No ha vuelto desde que salió con el caballero.
—Pero, ¿quién era ese caballero? —insistió Mary, con un acento cada vez más agudo.
—No podría decírselo, señora.
Trimmle, de pie junto a la lámpara, pareció de pronto menos redonda y rosada, como si la hubiera eclipsado la misma sombra de preocupación.
—Pero la lavandera sí lo sabe… ¿No ha sido ella quien le ha abierto?
—Pero no lo sabe, señora, porque escribió su nombre en un papel y luego lo dobló.
En medio de su agitación, Mary advirtió que las dos designaban al desconocido con un pronombre vago, en vez de la fórmula convencional que hasta entonces había mantenido sus ilusiones dentro de los límites de la conformidad. Y en ese mismo instante su cerebro se fijó en la alusión al papel doblado.
—¡Pero debe tener un nombre! ¿Dónde está el papel?
Se dirigió a la mesa del escritorio y empezó a examinar los documentos que la cubrían. Lo primero que captaron sus ojos fue una carta inconclusa con la letra de su marido y la pluma puesta encima como dejada allí por una repentina interrupción.
“Querido Parvis (¿quién era Parvis?): Acabo de recibir tu carta anunciándome la muerte de Elwell y, aunque supongo que ahora ya no hay peligro de que aparezcan nuevos problemas, sería más seguro…”
Apartó la carta y siguió buscando. Pero no apareció ningún papel doblado entre las cartas y las páginas manuscritas.
—Pero la lavandera lo ha visto. Dile que venga —ordenó, asombrándose de su torpeza al no haber pensado antes en una solución tan sencilla.
Trimmle desapareció al instante, como agradecida de que se le permitiera salir de la habitación y, cuando reapareció trayendo a la lavandera, Mary había recobrado su dominio y tenía preparadas las preguntas. El caballero era extranjero, sí; eso había notado ella. Pero, ¿qué había dicho? Y sobre todo, ¿cómo era? La primera pregunta fue contestada con bastante facilidad por la sencilla razón de que había dicho muy poco: había preguntado tan sólo por el señor Boyne. Y, tras garabatear algo en un trozo de papel, había pedido que se lo entregara inmediatamente.
—Entonces, ¿no sabes qué escribió? ¿No estás segura de si fue un nombre?
La lavandera no estaba segura, pero creía que sí, ya que lo había escrito cuando ella le preguntó a quién debía anunciar.
—Y cuando le llevaste el papel al señor Boyne, ¿qué dijo?
La lavandera creía que el señor Boyne no había dicho nada; aunque estaba segura porque, en cuanto le pasó el papel y lo abrió, se dio cuenta de que el visitante había entrado detrás de ella en la habitación. Así que salió y dejó a los dos caballeros solos.
—Pero entonces, si los dejaste en la biblioteca, ¿cómo sabes que salieron de la casa?
La pregunta sumió a la testigo en un mutismo total, del que fue rescatada por Trimmle, quien por medio de ingeniosos silogismos concluyó que antes de que ella hubiera tenido tiempo de cruzar el vestíbulo en dirección al pasillo, había escuchado a los dos caballeros detrás de ella y los había visto salir juntos por la puerta principal.
—Si entonces viste dos veces al extranjero podrás decirme cómo era.
Pero esta última prueba puso de manifiesto que la expresividad de la lavandera había llegado al límite. La obligación de ir hasta la puerta principal para abrirla a un visitante era tan contraria al orden natural de las cosas que había hundido sus facultades en un caos desesperado, y sólo fue capaz de tartamudear:
—Su sombrero, señora, era diferente. Podría decirse…
—¿Diferente? ¿Diferente cómo? —Mary pensó de pronto en una imagen grabada esa mañana y sepultada luego bajo las capas de impresiones ulteriores—: ¿Era de ala ancha, quieres decir; tenía la cara pálida, una cara joven? —la apremió Mary, con los labios blancos por la intensidad de la pregunta.
Pero si la lavandera encontró una respuesta adecuada, ésta quedó borrada por la impetuosa convicción de su interlocutora.
¡El desconocido del jardín! ¿Por qué no había pensado en él antes? Ahora no necesitó que nadie le dijese quién era ni por qué había venido a buscar a su marido. No obstante esta seguridad, se preguntó: ¿quién era y por qué Boyne lo había seguido?
IV
Se le ocurrió de repente que a menudo había escuchado que a Inglaterra la llamaban “un maldito lugar para perderse”.
¡Un maldito lugar para perderse! La frase era de su marido. Y ahora, con toda la maquinaria de la investigación oficial barriendo con sus linternas el país de costa a costa y los estrechos que la separaban; ahora, con el nombre Boyne difundido en las paredes de cada pueblo y ciudad, y su retrato (¡cómo le angustiaba eso!) multiplicado en todas partes como la imagen de un proscrito; ahora la pequeña y densamente poblada isla, tan ordenada, vigilada y administrada, se revelaba como una esfinge guardiana de misterios insondables, devolviendo la mirada de los angustiados ojos de la esposa con el goce perverso de saber algo que todos ignoraban.
En las dos semanas transcurridas desde la desaparición de Boyne no se había sabido nada sobre él, ni se descubrió el menor rastro de su paradero. Incluso las habituales informaciones erróneas habían sido escasas y efímeras. Nadie más que la lavandera había visto a Boyne salir de casa, y nadie más había visto al “caballero” que lo acompañaba. Ninguna de las averiguaciones en la vecindad había logrado dar con alguien que recordara haber visto a un extranjero ese día en las proximidades de Lyng. Y nadie había visto tampoco a Edward Boyne, solo o acompañado, en ninguno de los pueblos cercanos, ni en la ruta que atravesaba las colinas ni en las estaciones de ferrocarril de esas localidades. El soleado mediodía inglés lo había devorado tan completamente como si se hubiera sumergido en la noche cimeria.
Mientras todos los medios oficiales de investigación trabajaban con la mayor diligencia, Mary había examinado los papeles de su marido en busca de alguna pista: anteriores complicaciones, problemas u obligaciones desconocidos por ella que pudieran arrojar luz sobre el misterio. Pero si había existido algo en la anterior vida de Boyne, había desaparecido tan completamente como la tira de papel en la que el visitante había escrito su nombre. Además, no quedaba ningún otro hilo de investigación, a excepción —si efectivamente era una excepción— de la carta que al parecer había estado escribiendo cuando recibió la misteriosa visita. Esa carta, leída y releída una y otra vez por su esposa, y entregada por ella a la policía, aportaba lo imprescindible para alimentar conjeturas.
“Acabo de recibir tu carta anunciándome la muerte de Elwell y, aunque supongo que ahora ya no hay peligro de que aparezcan nuevos problemas, sería más seguro…”
Eso era todo. El “peligro de que aparezcan nuevos problemas” se explicaba fácilmente por el recorte de periódico que había informado a Mary sobre la demanda presentada contra su marido por uno de los socios de la empresa Blue Star. El único dato nuevo que proporcionaba la carta era que Boyne, en el momento en que la estaba escribiendo, tenía aún dudas sobre el resultado del litigio, aunque había dicho a su esposa que habían retirado la demanda y a pesar de que la carta misma probaba que el demandante había muerto.
Transcurrieron varios días entre cablegramas cruzados hasta establecer la identidad del “Parvis” al que iba dirigida la carta inconclusa; pero aun después de averiguar que se trataba de un abogado de Waukesha, no se sacó en limpio ningún nuevo dato sobre la demanda. Al parecer, este abogado no tenía relación directa con el caso, sino que se había interesado en calidad de amigo, y posiblemente de intermediario; y se confesó incapaz de adivinar con qué objeto pretendía Boyne pedirle ayuda.
Esta información negativa, único resultado de la indagación de los primeros quince días, no aumentó un ápice durante las lánguidas semanas que siguieron. Mary sabía que las investigaciones continuaban, pero tenía la vaga sensación de que se apaciguaban gradualmente. Era como si los días, huyendo horrorizados de la amortajada imagen de aquel día inescrutable, ganaran seguridad a medida que aumentaba la distancia, hasta alcanzar finalmente su transcurso normal. Y lo mismo ocurrió con las imaginaciones humanas centradas en el suceso. Evidentemente, aún las ocupaba; pero, semana tras semana y hora tras hora, éste se iba volviendo menos absorbente, recibía menos tiempo e iba siendo lenta pero inexorablemente desplazado por nuevos problemas que perpetuamente burbujean en el humeante caldero de la sociedad humana.
Incluso la conciencia de Mary Boyne sentía el aumento gradual de esa languidez. Aún razonaba sobre oscilantes conjeturas, pero se habían vuelto más leves, más rítmicas en sus latidos. Aún había momentos de cansancio en que, como la propiedad de un veneno que deja lúcido el cerebro pero paraliza el cuerpo, se sentía acostumbrada al horror y aceptaba su presencia constante como una de las condiciones estables de la vida.
Estos momentos se prolongaban horas y días, hasta que entró en una fase de imperturbable indolencia. Observaba la rutina diaria con los ojos indiferentes de un salvaje al que los procesos sin sentido de la civilización provocan una escasa impresión.
Había llegado a considerarse a sí misma parte de la rutina, el rayo de una rueda que gira con el movimiento de ésta. Se sentía casi como el mueble de la habitación en el que estaba sentada, un objeto insensato al que había que limpiar. Y esta honda apatía la ataba fuertemente a Lyng, a pesar de los ruegos de los amigos y de las habituales recomendaciones médicas de rigor. Sus amigos pensaban que su negativa a mudarse se debía a la creencia de que su marido regresaría un día, lo cual dio lugar a una hermosa leyenda sobre este imaginario estado de espera. Pero, en realidad, no creía tal cosa: las profundidades de la angustia que la enclaustraban no se iluminaban ya con los destellos de la esperanza. Estaba segura de que Boyne no volvería, de que había desaparecido de su vida como si la propia Muerte hubiera aguardado ese día en el umbral. Había renunciado incluso a las diversas teorías sobre su desaparición que la prensa, la policía y su propia imaginación angustiada habían enunciado. Por puro cansancio, su espíritu había desechado estas alternativas de horror y se había sumido de nuevo en el hecho simple de que se había ido.
Nunca sabría qué había sido de él. Nadie lo sabría. Pero la casa sí. Porque era aquí donde se había desarrollado la última escena, aquí donde había venido el desconocido y había pronunciado la palabra que había hecho que Boyne se levantara y lo siguiera. El suelo que ella pisaba había sentido sus pasos; los libros de los anaqueles habían visto su rostro; y había momentos en los que las viejas paredes polvorientas parecían a punto de revelar su secreto. Pero esta revelación no llegaba, y ella sabía que nunca llegaría. Lyng no era una de esas viejas casas locuaces que traicionaban los secretos que se les confían. Su leyenda demostraba que siempre había sido un cómplice mudo, guardián incorruptible de los misterios que había sorprendido. Y Mary Boyne, sentada frente a frente con el silencio, sentía la inutilidad de tratar de romperlo.
V
—No digo que fuese correcto, o que no. Eran negocios.
Ante estas palabras, Mary levantó la cabeza con sobresalto y miró atentamente a su interlocutor. Cuando media hora antes le pasaron la tarjeta de un tal “señor Parvis”, se dio cuenta en el acto de que había tenido ese nombre en la conciencia desde que lo leyó en el encabezado de la carta inconclusa de Boyne.
En la biblioteca había encontrado a un hombre menudo, moreno, de cabeza calva y lentes de marco dorado, que le transmitió una vibración por la que supo que era la persona a la que su marido había dirigido el último pensamiento conocido. Parvis, cortésmente pero sin preámbulos inútiles —al estilo del hombre que vive con el reloj en la mano—, había expuesto la razón de su visita. Había “pasado” por Inglaterra por asuntos de negocios y, dado que se encontraba cerca de Dorsetshire, no había querido marcharse sin presentar sus respetos a la señora Boyne; y preguntarle, si tenía ocasión, qué pensaba hacer por la familia de Bob Elwell.
Estas palabras tocaron un oscuro temor en el pecho de Mary. ¿Sabía el visitante, en definitiva, lo que Boyne quiso decir en su frase incompleta? Le pidió una aclaración, y observó inmediatamente que lo sorprendía por su ignorancia del asunto. ¿Era posible que supiese tan poco como decía?
—No sé nada… debe contármelo —balbuceó; así que el visitante pasó a contarle la historia.
Arrojó, a pesar de su visión imperfecta, una luz lívida sobre todo el brumoso episodio de la mina Blue Star: su marido había hecho su fortuna en esa brillante especulación a costa de “ganarle la delantera” a alguien menos atento a tomar la oportunidad; y la víctima de su ingenio había sido el joven Robert Elwell, al que había “engañado” con el proyecto de la Blue Star.
Parvis, a la primera exclamación de Mary, le había lanzado una mirada grave a través de sus lentes imparciales.
—Bob Elwell no fue lo bastante listo, eso es todo; de haberlo sido, podía haberse resuelto y haber utilizado a Boyne del mismo modo. Esas cosas pasan cotidianamente en los negocios. Creo que es lo que los científicos llaman “supervivencia del más apto”. ¿Comprende? —dijo el señor Parvis, evidentemente complacido con lo oportuno de su analogía.
Mary sintió un encogimiento físico ante la siguiente pregunta que trató de formular: era como si las palabras tuvieran un sabor que le producía náuseas.
—Pero entonces, ¿usted acusa a mi marido de haber hecho algo deshonroso?
El señor Parvis meditó la pregunta desapasionadamente.
—¿Yo he dicho eso? Ni siquiera he dicho que no fuera correcto —miró de arriba abajo las filas de libros, como si alguno de ellos pudiese proporcionarle la definición que buscaba—. No digo que no fuera correcto, aunque tampoco digo que lo fuera. Era una cuestión de negocios —en realidad, ninguna definición podía ser más pragmática que ésta.
Mary se quedó mirándolo con expresión horrorizada. Le parecía el emisario indiferente de algún poder siniestro.
—Pero parece que los abogados del señor Elwell no lo consideraron como usted, ya que supongo que la demanda fue retirada por consejo de alguno de ellos.
—¡Ah, sí! Ellos sabían que técnicamente no tenía ninguna posibilidad. Cuando le aconsejaron que retirara la demanda, él se sintió desesperado. Verá, había pedido prestada la mayor parte del dinero que perdió en la Blue Star, y se encontraba entre la espada y la pared. Por eso se pegó un tiro cuando le dijeron que no tenía ninguna posibilidad.
El horror invadió a Mary a grandes oleadas ensordecedoras.
—¿Se pegó un tiro? ¿Se mató por eso?
—Bueno, no se mató exactamente. Siguió viviendo penosamente un par de meses hasta que murió.
Parvis refirió el hecho con la misma frialdad de un gramófono arañando un disco.
—¿Quiere decir que intentó suicidarse y no pudo? ¿O que lo intentó otra vez?
—No tuvo necesidad de intentarlo otra vez —dijo Parvis, espantosamente.
Se quedaron en silencio, sentados uno frente al otro; él balanceando sus lentes pensativamente en torno a su dedo y ella, petrificada, con los brazos extendidos hasta las rodillas, en una actitud de rígida tensión.
—Pero si sabía usted todo esto —empezó Mary finalmente, incapaz de levantar la voz por encima de un susurro—, ¿cómo es que cuando le escribí en las fechas de la desaparición de mi marido me dijo que no entendía la carta que él estaba escribiendo?
Parvis respondió sin el menor embarazo.
—Bueno, no la entendía… estrictamente hablando. Y aunque la hubiera entendido, no era el momento de hablar del tema. El asunto de Elwell quedó resuelto cuando se retiró la demanda. Nada de lo que hubiera podido decir habría ayudado a encontrar a su marido.
Mary seguía escrutándolo.
—Entonces, ¿por qué me lo dice ahora?
Parvis no vaciló.
—Bueno, para empezar, suponía que usted sabía más de lo que aparentaba. Me refiero a las circunstancias de la muerte de Elwell. Por otro lado, la gente empieza a hablar; el asunto ha vuelto a salir a la luz. Y he considerado que, si no estaba usted al tanto, debía estarlo.
Mary siguió callada, y él añadió:
—Mire; recientemente se ha averiguado lo mal que se encontraban los negocios de Elwell. Su esposa es una mujer orgullosa y ha luchado todo lo que ha podido, saliendo a trabajar y cosiendo en casa, hasta que ha caído enferma, creo que del corazón. Pero tenía a su cargo a la madre de él, además de los hijos. Y se desmoronó; al final se vio obligada a pedir ayuda. Eso ha llamado la atención sobre el caso; los periódicos lo han ventilado. Todo el mundo quería a Bob Elwell; la mayoría de los nombres más prominentes del lugar se encuentran en esa lista, y la gente empieza a preguntarse por qué…
Parvis se interrumpió para hurgarse el bolsillo interior:
—Aquí —prosiguió—; tengo una información de todo el asunto, aparecida en el Sentinel. Desde luego, un poco sensacionalista, pero creo que es mejor que le eche usted una mirada.
Le tendió el periódico y Mary lo desplegó despacio, recordando, al hacerlo, la noche en que, en esa misma habitación, la lectura de un recorte del Sentinel había sacudido por primera vez los cimientos de su seguridad. Al abrir el periódico sus ojos evitaron los deslumbrantes titulares: “La viuda de la víctima de Boyne obligada a suplicar ayuda”, descendieron por la columna hasta los retratos insertados en el texto. El primero era el de su marido, sacado de una fotografía hecha el año en que se habían mudado a Inglaterra. Era la foto que más le gustaba de Edward, la misma que tenía en el escritorio de su propia habitación. Al encontrarse los ojos de la fotografía con los suyos sintió que le iba a ser imposible leer el artículo, y cerró los párpados con la fuerza del dolor.
—Pensé que si estuviera usted dispuesta a suscribir… —oyó que seguía diciendo Parvis.
Abrió los ojos con esfuerzo, y cayeron sobre el otro retrato. Era el de un joven delgado, con el semblante semioculto por la sombra que proyectaba el ala del sombrero. ¿Dónde había visto ella esta cara anteriormente? Siguió mirándolo, confundida, con el pulso latiéndole en los oídos. Entonces dio un grito.
—¡Es el hombre… el hombre que se llevó a mi marido!
Oyó a Parvis ponerse de pie y tuvo conciencia confusamente de que su propio cuerpo se había derrumbado hacia una esquina del sofá, y que el hombre se inclinaba sobre ella, alarmado.
Mary se sobrepuso y recogió el periódico que había dejado caer.
—¡Es el hombre! ¡Lo habría reconocido en cualquier parte! —insistió con una voz que le sonó como un grito.
La respuesta de Parvis le pareció llegar de muy lejos, desde infinitas volutas de gruesa niebla.
—Señora Boyne, usted no se encuentra bien. ¿Llamo a alguien? ¿Le traigo un vaso de agua?
—¡No, no, no! —se abalanzó sobre él, empuñando histéricamente el periódico—. ¡Le digo que éste es el hombre! ¡Lo conozco! ¡Habló conmigo en el jardín!
Parvis le quitó el periódico y enfocó sus lentes hacia el retrato
—No puede ser, señora Boyne. Es Robert Elwell.
—¿Robert Elwell? —su mirada vacía pareció desplazarse en el espacio—. Entonces fue Robert Elwell quien vino por él.
—¿El que se llevó a Boyne? ¿El día que Boyne se fue de aquí? —la voz de Parvis se apagó, mientras que la de ella se elevó. Luego se inclinó y apoyó una mano fraternal sobre la de Mary como para tranquilizarla—. ¡Pero si Elwell había muerto para entonces! ¿No se acuerda?
Mary siguió con los ojos fijos en el retrato, sin atender a lo que le decían.
—¿No recuerda la carta que Boyne dejó sin terminar… la que encontró usted en su escritorio ese día? La estuvo escribiendo justo después de enterarse de la muerte de Elwell —ella notó una extraña inflexión en la voz neutra de Parvis—. ¡Sin duda lo recuerda!
—Claro que lo recordaba; eso era lo más espantoso de todo. Elwell había muerto el día anterior a la desaparición de su marido; y éste era el retrato de Elwell; el del hombre que había hablado con ella en el jardín. Alzó la cabeza y miró lentamente la biblioteca. La biblioteca podía haber atestiguado que era también el retrato del hombre que había entrado aquel día a arrancar a Boyne de su carta. A través de las brumosas agitaciones de su cerebro, oyó el débil eco de frases olvidadas… de frases pronunciadas por Alida Stair en el prado de Pangbourne, antes de que Boyne y ella hubieran visto la casa de Lyng o pensaran que un día vivirían en ella.
—Éste fue el hombre que habló conmigo —insistió.
Miró otra vez a Parvis. Él trataba de ocultar su turbación bajo lo que probablemente imaginaba era una expresión de indulgente lástima; pero las comisuras de sus labios estaban azules. “Me cree loca, pero no lo estoy”, reflexionó; y de repente se le ocurrió un modo de justificar su extraña afirmación. Guardó silencio, dominando el temblor de sus labios, en espera de poder confiar nuevamente en su voz. Luego dijo, mirando directamente a Parvis:
—¿Podría contestarme una pregunta? ¿Cuándo intentó Robert Elwell quitarse la vida?
—¿Cuándo… cuándo? —balbuceó Parvis.
—Sí, la fecha; por favor. Trate de recordar —veía que cada vez la miraba con más recelo—. Lo pregunto por un motivo.
—Sí, lo entiendo. Sólo que no recuerdo. Unos dos meses antes, creo.
—Necesito saber la fecha —insistió ella.
Parvis tomó el periódico.
—Podríamos verla aquí —dijo, tratando de seguirle la corriente. Recorrió la página con la mirada—. Aquí está. A finales de octubre… el…
Mary le quitó las palabras de la boca.
—El veinte, ¿no?
Tras dirigirle una mirada profunda, Parvis confirmó:
—Sí, el veinte. ¿Así que lo sabía usted?
—Lo sé ahora —los ojos de Mary seguían fijos por encima de él—. El domingo veinte… fue el día que vino por primera vez.
La voz de Parvis se volvió casi inaudible.
—¿Que vino aquí por primera vez?
—Sí.
—¿Lo vio usted dos veces, entonces?
—Sí, dos veces —dijo con un suspiro—. La primera fue el veinte de octubre. Recuerdo la fecha porque fue el día que subimos al Meldon Steep por primera vez —sintió un débil acceso de risa en su interior, al pensar que, de no ser por eso, lo habría olvidado.
Parvis seguía mirándola, tratando de interceptar su mirada.
—Lo vimos desde el tejado —prosiguió—. Bajaba por el sendero de los tilos en dirección a la casa. Iba vestido tal como está en el retrato. Mi marido lo vio primero. Se asustó y echó a correr hacia abajo, delante de mí; pero no vio a nadie. Se había desvanecido.
—¿Elwell se había desvanecido? —preguntó Parvis.
Los susurros de ambos parecieron buscarse mutuamente.
—No podía imaginar qué había sucedido. Ahora lo veo. Trató de venir entonces; pero no había muerto del todo. No pudo llegar hasta nosotros. Tuvo que esperar dos meses para morir; entonces vino otra vez… y se llevó a Ned.
Hizo un gesto de asentimiento a Parvis, con la expresión de triunfo del niño que ha logrado completar un difícil rompecabezas. Pero de repente, alzó las manos con gesto desesperado, apretándose las sienes.
—¡Dios mío! ¡Fui yo quien se lo envié; yo le dije dónde estaba! ¡Yo lo envié a esta habitación! —aulló.
Sintió que los muros de libros se precipitaban sobre ella, como el caer de unas ruinas y oyó a Parvis, distante, a través de los restos, que le gritaba y luchaba por llegar hasta ella. Pero Mary era insensible a su tacto; no entendía una palabra de lo que le decía.
A través del tumulto sólo oyó una nota distinta; la voz de Alida Stair, que decía en el prado de Pangbourne.
—Sí; hay uno, por supuesto; pero no sabrán que lo es.
Edith Wharton (1862-1937) fue una escritora y diseñadora norteamericana. Nació en una familia rica que le proporcionó una rígida educación. Su posición privilegiada le permitió dedicarse a la literatura y desarrollar su ingenio natural para el sarcasmo y la ironía. En el terreno del amor, fue una mujer desdichada. Se casó con un hombre doce años mayor que le fue infiel en reiteradas ocasiones, además de maltratarla físicamente. Ya en el ocaso de su matrimonio, Edith Wharton mantuvo un romance con el editor William Fullerton, hombre de marcado carácter bisexual que también le fue infiel. Estos desengaños acaso le hicieron replantearse sus inclinaciones sexuales. Inició un idilio con la cantante de ópera Camilla Chabbert, conocida como Ixo, además de un fulminante romance con la poetisa Mercedes de Acosta.
“Después” (Afterward) fue publicado en 1910 en la revista Century Magazine. Ese mismo año apareció en la antología Cuentos de hombres y fantasmas. Edith Wharton vuelve aquí sobre sus conjeturas acerca del horror, el cual —sostiene— produce sus mejores ejemplos cuando surge de lo cotidiano.