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Entregamos a los lectores un cuento de Madeline Yale Wynne, contenido en la antología Ella, fantasma. 14 relatos espectrales de escritoras del siglo XIX publicado por Ediciones Cal y Arena.

 


 

–¿Tiene algún salón para fumar?

—Puedes fumar en cualquier otro lado, Roger, salvo en la casa. Temo que, si alguien fuma, la Tía Hannah se pueda enfadar. Ella es de Vermont y es muy caprichosa.

—Déjamela a mí: encontraré su lado tierno. Le preguntaré acerca del viejo capitán y del percal amarillo.

—No es un percal amarillo, sino cretona azul.

—Bueno, como sea.

—¡No! No confundas las cosas; no sabes lo que te espera. —Ahora dime de nuevo qué es exactamente lo que tengo que esperar, no llegué a escuchar mucho el otro día; era algo extraño que sucedió cuando eras una niña, ¿no es verdad?

—Algo que comenzó mucho antes de eso, y siguió sucediendo, y puede que continúe, aunque espero que no.

—¿Qué pasó?

—Me pregunto si los demás, en el auto, pueden escucharnos. —Supongo que no; nosotros no podemos escucharlos a ellos.

—Bien, mamá nació en Vermont, ya sabes. Fue la única hija de un segundo matrimonio. Tía Hannah y Tía Mary son, en realidad, medias hermanas de ella y medias tías mías.

—Espero que sean la mitad de lindas que tú.

—Roger, habla más bajo o seguro te escucharán.

—Bueno, ¿pero no quieres que sepan que estamos casados?

—Sí, pero no que estamos recién casados. Hay una gran diferencia.

—¿Temes que nos veamos muy felices?

—No; sólo quiero que mi felicidad sea únicamente mía. —Bueno, volvamos al tema. ¿La habitación pequeña?

—Mis tías tenían casi veinte años más que mamá. Puedo decir que Hiram y ellas la llevaron ahí. Verás, Hiram fue empleado del abuelo cuando era joven y, cuando el abuelo murió, Hiram decidió quedarse a trabajar en la granja. Él fue el único refugio de mi madre del decoro de mis tías. Ellas siempre estaban trabajando. Me hacen pensar en aquella mujer de Maine que quiso que su epitafio fuera: “Fue una mujer que trabajó duro”.

—Deben ser bastante mayores. ¿Qué edad tienen?

—Setenta, más o menos; pero morirán de pie; o una noche de sábado luego de que todo el trabajo de la casa haya terminado. Eran muy estrictas con mamá, a veces creo que demasiado, si me entiendes, y supongo que la pobre tuvo una infancia solitaria. La casa estaba a casi una milla de cualquier vecino, en la cima de lo que llamaban Stony Hill. Es fría y sombría, incluso en verano. Cuando mamá tenía unos diez años, ellas la enviaron con unas primas en Brooklyn, quienes tenían sus propios niños. Estuvo allí hasta que se casó. No regresó a Vermont en todo ese tiempo y, por supuesto, no vio a sus hermanas, ya que ellas nunca salían de la casa. Ni siquiera fueron a Brooklyn para asistir al casamiento.

—¿Y ése es el motivo por el que hemos hecho este viaje?

—Roger, no tienes idea de cuán fuerte estás hablando.

—Perdón. Nunca me dices eso, excepto cuando estoy por decir una cierta palabrita.

—Bueno, no la digas entonces. O dila muy bajo.

—Bien, ¿cuál era la cosa extraña?

—Ellas estaban en la casa. Mamá quería llevar a papá al cuarto pequeño; ella le había contado todo, tal como yo te lo conté, y le dijo además que, de todas las habitaciones de la casa, ésa era la más apacible. Ella le describió los muebles, los libros, todo; le dijo que estaba ubicada en el ala norte, entre el frente y el cuarto trasero. Cuando fueron a verlo, no había ningún cuarto pequeño allí; solo un armario chino. Ella preguntó a sus hermanas cuándo había sido construido ese armario. Ambas dijeron que la casa había estado así desde su construcción, que nunca habían hecho ningún cambio, excepto para tirar abajo un viejo cobertizo de madera y construir uno más pequeño. Papá y mamá reían a menudo de esto y, cuando alguien se perdía o desaparecía, ellos siempre decían que se había ido al cuarto pequeño, y cualquier declaración exagerada era denominada “cuarto pequeño”. Cuando era niña, pensaba que era una frase usual, ya que la escuchaba a menudo. Bien, ellos lo hablaron y finalmente concluyeron que mi madre habría tenido una imaginación muy frondosa de pequeña y que había leído en algún libro algo acerca de un cuarto pequeño, o quizás lo había soñado y eso le hizo creerlo como algo real, de manera que realmente pensaba que el cuarto estaba allí.

—¡Vaya! Por supuesto, tranquilamente pudo haber sido eso.

—Sí, pero tú aún no has escuchado la parte extraña; espera y verás si puedes explicar el resto. Estuvieron en la hacienda unas dos semanas y luego regresaron a Nueva York. Cuando yo tenía ocho años, mi padre falleció en la guerra, y mi madre estaba muy triste. Nunca se recobró del todo. Decidimos pasar los tres meses de verano en la casa. Yo era una niña incansable, y el viaje me pareció muy largo y agotador. Finalmente, para pasar el tiempo, mamá me contó la historia del cuarto pequeño:
Me contó todos los detalles; y a mí, que sabía de antemano que todo lo del cuarto era fantasía, me pareció como si fuera real. Dijo que estaba en el ala norte, entre el frente y los cuartos traseros, que era muy pequeño y que tenía una puerta que se abría hacia afuera, que estaba pintada de verde y cortada al medio, como las viejas puertas holandesas, de manera que podía ser utilizada como ventana si se le abría la parte superior. Frente a la puerta había un sofá; estaba cubierto con una tela, cretona azul traída por un viejo capitán de Salem de la India. Se la había dado a Mary cuando ella era un niña. Ella había ido a Salem para estudiar en el colegio durante dos años. Además, el abuelo originalmente venía de Salem. Pero no había ningún cuarto o cretona. Pensaron que mamá lo imaginó todo, y sin embargo ella me contaba el color de cada cosa. ¡Hasta recordaba que Hiram le había contado que Mary se podría haber casado con el capitán si ella lo hubiera querido! La tela de la India tenía dibujos estampados de un pavo. La cabeza y el cuerpo del ave estaban de perfil, mientras que la cola, que se veía detrás, estaba de frente. Parecía haber tomado la imaginación de mamá, ya que me lo dibujó en un pedazo de papel mientras hablaba. ¿No te parece extraño que ella pudiera inventarlo todo, o siquiera soñarlo?

Al pie del sofá había algunas repisas con algunos libros viejos. Todos tenían cubiertas de color marrón, excepto uno que estaba encuadernado en un rojo brillante, y era llamado “Album de Damas”. Marcaba una gran discontinuidad entre los libros gruesos. En el estante más bajo había una bella concha rosada, sobre una esterilla hecha de bolitas rojizas. Esta conchilla era muy codiciada por mamá, pero ella sólo tenía permitido jugar con ella cuando se portaba muy bien. Hiram le había mostrado cómo ponérsela en el oído para escuchar el ruido del mar. Sé que tú eres como Hiram, Roger. Mamá recordaba, o creía recordar haber estado una vez muy enferma y permanecer varios días acostada en ese sofá; llegó un momento en que estaba tan familiarizada con el lugar que se le permitió jugar con la conchilla todo el tiempo. Le llevaban tostadas con té. Era uno de los recuerdos más afectuosos de su niñez; fue la primera vez que se sintió importante para alguien. Junto a la cabeza del sofá había una lámpara de pie de bronce. Eso es todo lo que recuerdo de su descripción, excepto por una alfombra en el piso y un bello papel floreado sobre la pared (rosas y campanillas en forma de corona sobre un fondo azul claro). El mismo papel que estaba en la pared cuya puerta abría la habitación. No sé que pudo haberle sucedido en ese armario.

—¿Y esto sólo existió en su imaginación?

—Me dijo que cuando ella y papá fueron allí, no había ninguna habitación pequeña ni nada parecido en toda la casa; sólo ese armario chino donde creía que tenía que estar el cuarto.

—Y tus tías dijeron que jamás había existido un cuarto allí.

—Ninguno.

—¿No había ninguna cretona azul en la casa con figuras de gansos?

—Para nada. Tía Hannah dijo que jamás había visto nada parecido y Mary solo confirmó sus palabras. Tía Hannah es una típica señora de Nueva Inglaterra. Va de un lado a otro; está siempre yendo y viniendo de una forma muy característica. No creo que en toda su vida se haya recostado jamás, ni sentado en una silla. Pero Mary es diferente; ella es suave y gorda, nunca tiene ideas propias, nunca tuvo ninguna. No creo que haya tenido alguna vez un pensamiento contrario al de Tía Hannah. ¿Qué otra cosa hubiera dicho? Era un eco de Hannah. Cuando mamá y yo vinimos aquí, por supuesto, yo estaba muy excitada por ver el armario chino y tenía la sensación de que, en realidad, iba a ver el cuarto pequeño. Así que corrí y abrí la puerta con rapidez. Y luego me puse a gritar: “¡ven y mira el cuarto pequeño!”. Y, Roger —dijo la señora Grant colocando su mano sobre la de él—, había realmente un cuarto pequeño ahí, exactamente donde mi madre lo recordaba. Estaba el sofá, la cretona con el pavo, la puerta verde, la conchilla, el papel con rosas y campanillas, todo. Exactamente todo, tal cual como ella me lo habría descrito.

—¿Y qué diablos dijeron las hermanas sobre esto?

—Aguarda un minuto y te lo diré. Mi madre todavía estaba en el vestíbulo hablando con Tía Hannah. Ella no me escuchó al principio, pero volví a correr hacia la puerta y le tomé la mano. La arrastré por todas las habitaciones, diciendo: “el cuarto está ahí”. Pareció por un minuto como si mi madre fuera a desmayarse. Me aferró casi aterrorizada. Puedo recordar lo pálida que se veía y con qué expresión de alarma me miraba. Llamé a Tía Hannah y le pregunté cuándo habían sacado el armario chino y construido el cuarto pequeño. En mi excitación, pensé que eso había pasado.

“Ese pequeño cuarto siempre ha estado ahí”, dijo Tía Hannah, “desde que la casa fue construida”.

“Pero mamá me dijo que no había ningún cuarto ahí, solamente un armario chino, lo vio cuando vino con papá”, dije yo.

“No, nunca ha habido un armario chino ahí; siempre ha sido como lo ves ahora”, dijo Tía Hannah.

Entonces mi mamá habló; su voz sonaba débil y lejana:

“Mary, ¿no recuerdas que tú misma me dijiste que nunca hubo ningún cuarto ahí, y Hannah dijo lo mismo, y entonces yo dije que debí haberlo soñado?”

“No recuerdo nada de eso”, dijo Mary, sin la menor emoción. “No recuerdo que hubieras dicho nada al respecto de ningún armario chino; la casa nunca ha sido alterada; tu solías jugar en esta habitación cuando eras una niña, ¿no lo recuerdas?”

“Lo recuerdo”, dijo mamá, en ese tono bajo que me hizo asustar. “Hannah, ¿no recuerdas mi descubrimiento del armario chino aquí, con la porcelana china con borde dorado en los estantes, y que entonces me dijiste que el armario siempre había estado allí?”

“No”, dijo Hannah, en tono afable y carente de inflexiones, “no recuerdo que me hubieras preguntado acerca de ningún armario con porcelana china. Nosotras nunca tuvimos ninguna porcelana que yo sepa.”

Y esto fue lo más extraño de todo. Nunca pudimos hacer que recordaran nada del asunto. Puedes imaginarte que ellas habrían recordado cuán sorprendida se había sentido antes mamá, a no ser que ella lo hubiera imaginado todo. ¡Oh, fue todo tan raro! Ellas parecían tan tranquilas, como si no sintieran ningún interés o curiosidad. Esta fue siempre su respuesta:

“La casa siempre ha estado así; nunca se hicieron cambios que yo sepa.”

Mamá agonizaba de perplejidad. ¡Con qué frialdad me miraba! Parecía que se quebraría en cualquier momento. Muchas veces, durante ese verano, en el medio de la noche, la vi levantarse, tomar una vela y bajar silenciosamente las escaleras. Puedo escuchar las escaleras crujiendo bajo sus pisadas. Iba a través de la habitación del frente y miraba fijamente en la oscuridad. Me parecía que pensaba que el cuarto pequeño podía desvanecerse. Luego volvía a la cama y se movía inquieta toda la noche, o bien se quedaba quieta y temblando. Eso solía asustarme. Se puso pálida y delgada y comenzó a tener un poco de tos. No le gustaba quedarse sola. Algunas veces me mandaba a buscar algo al cuarto, un libro, su abanico, su pañuelo; pero nunca quería sentarse allí o dejarme estar mucho tiempo. Algunas veces me prohibía ir durante días enteros. ¡Oh, fue lamentable!

—Bien, no hablemos más acerca de ello, Margaret, si esto te hace sentir mal —dijo el señor Grant.

—Quiero que lo sepas todo. Además ya no hay mucho más por contar… sobre el cuarto.

Mamá nunca se recuperó y falleció ese otoño. Solía llorar y decirme, con una sonrisa anémica: “Hay una sola cosa por la que me alegro, Margaret: tu padre sabía todo sobre el cuarto pequeño.” Creo que estaba atemorizada de que yo desconfiara. Por supuesto que, siendo solo una niña, pensaba que había algo raro sobre este asunto, pero jamás me había puesto a pensar realmente en eso. Para mí, todo era parte de su enfermedad. Pero Roger, tu sabes, en realidad me afectó. Casi odio tener que ir ahí luego de hablar de ello. Siento como si me fuera a encontrar, tú sabes, con un armario chino de nuevo.

—Esa es una idea absurda.

—Lo sé; por supuesto que no puede ser. Vi el cuarto y no había ningún armario chino ahí, y nunca hubo porcelana china con bordes dorados en esa casa.

Y entonces ella susurró:

—Pero, Roger, debes tomar mis manos, como ahora, cuando vayamos a ver el cuarto pequeño.

—¿Y tú, no recordarás los ojos grises de Tía Hannah?

—No recordaré nada.

Anochecía cuando el señor y la señora Grant llegaron a la puerta bajo los dos viejos álamos y caminaron por la angosta senda hacia la puerta de la casa. Hannah le dio al señor Grant un gélido beso. Mary, por un momento, pareció temblar al borde de la emoción, pero miró a Hannah y luego lo saludó con un beso acorde a la frialdad del primero.

La cena ya estaba servida. En la mesa había porcelana china con bordes dorados. La señora Grant no se percató inmediatamente, hasta que notó la sonrisa de su marido sobre su taza de té; entonces comenzó a sentirse nerviosa y no pudo comer. Estaba ansiosa, y se preguntaba constantemente que habría detrás suyo, si un cuarto pequeño o un armario. Luego de la cena, ella ofreció ayudar con los platos, pero fue inútil. Mary y Hannah no aceptaban ningún tipo de ayuda. Así que ella y su marido fueron a buscar el cuarto pequeño, o el armario, o lo que fuera que hubiera ahí. Tía Mary los siguió, alumbrándolos con una lámpara. Luego regresó para continuar lavando la vajilla. Margaret miró a su marido. Él la besó, porque ella se veía preocupada; y entonces, tomándole la mano, abrieron la puerta.

Detrás de la puerta había un armario chino. Los estantes estaban pulcramente forrados con papel aromático; sobre ellos estaba la porcelana; faltaban aquellas piezas que habían sido utilizadas en la cena, y que en ese mismo momento estaban siendo cuidadosamente fregadas y puestas a escurrir por las dos tías.

El marido de Margaret dejó caer su mano y la miró. Ella estaba temblando, y se volvió para pedir ayuda, alguna explicación, pero en ese instante se dio cuenta que algo estaba terriblemente mal. Una nube de confusión la había sobresaltado. Él estaba tan confundido como ella. Hubo un silencio considerable. Luego, dijo él, bondadosamente, pero con palabras que la hirieron profundamente:

—Estoy feliz de que esta historia ridícula haya terminado. No volveremos a hablar del asunto.

—¡Terminado! —dijo ella—. ¿Cómo terminado?

Y su voz sonó idéntica a la de su madre, cuando parada en ese mismo lugar cuestionó a sus hermanas acerca del cuarto pequeño.

—Me parece que es sólo el comienzo. Fue como cuando mi madre…

—Margaret, realmente quiero que dejemos de lado este asunto. No quiero comenzar a escucharte hablar de tu madre y su relación con esto… —vaciló, ya que estaban en su noche de bodas—. No parece oportuno, ya sabes.

Ella finalmente lo entendió: él no le creía.

Sintió un escalofrío bajo su mirada.

—Vamos —agregó—, dejemos esto. Vamos al salón, o a cualquier otro sitio y dejemos esta tontería.

Él salió. Ya no la tomaba de la mano. Estaba fastidiado, desconcertado, acaso herido. ¿No le había dado su comprensión, su atención, su confianza y su mano? Y ahora ella estaba tomándole el pelo. ¿Qué significaba todo esto? Ella era tan sincera, tan ajena a cosas morbosas. Él caminó de un lado a otro, bajo los álamos, tratando de calmarse un poco y volver a reunirse con ella en la casa. Margaret lo escuchó al salir; entonces se volvió, sola, y sacudió los estantes; pasó su mano por detrás de ellos y trató de apretar las tablas; caminó por toda el ala norte de la casa, en la oscuridad, y trató de encontrar con sus manos una puerta o algún escalón que diera a una puerta.

En un descuido se desgarró el vestido. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba soñando?

Entró en la cocina y le suplicó a Tía Mary que le contara sobre el cuarto pequeño, qué había pasado con él, cuándo había sido instalado el armario, cuándo habían comprado la porcelana china con borde dorado. Ellas estaban terminando de lavar los platos y ahora estaban secándolos metódicamente con lienzos inmaculados. Mientras seguían trabajando, dijeron que nunca hubo ningún cuarto pequeño, hasta donde ellas sabían; que el armario chino siempre había estado allí, y que la porcelana china había pertenecido a su madre y siempre había estado en la casa.

—No. No recuerdo que tu madre jamás nos haya preguntado algo sobre un cuarto pequeño —dijo Hannah—. Ella no se sentía muy bien ese verano, pero nunca preguntó sobre ningún cambio en la casa; nunca hemos hecho cambios.

Ahí estaba otra vez: ningún signo de interés, de curiosidad o de contrariedad. Ella salió para buscar a Hiram. Estaba hablando con el señor Grant sobre la granja. Quería preguntarle sobre el cuarto, pero sus labios estaban sellados ante su marido. Meses después, cuando el tiempo hubo reducido tales emociones, ella intentó conjeturar razones lógicas para aquel fenómeno.

Margaret sabía que las palabras de su madre tenían una profunda importancia, más de la que ella había soñado jamás:

“Hay una sola cosa por la que me alegro, Margaret: tu padre sabía todo sobre el cuarto pequeño.”

Y ella se preguntaba si Roger le creería.

Cinco años después, estaban por realizar un viaje a Europa. Las maletas ya estaban hechas, y los niños estaban dormidos, pero con sus cosas listas para una rápida partida. Roger tenía un cargo en el exterior. No volverían a América por algunos años. Ella había querido ir a decir adiós a sus tías; pero una madre de tres chicos intenta hacer muchas cosas que al final no logra. Comenzó a escribir un par de notas que debían ser enviadas antes de irse a la cama. Entonces dijo:

—Roger, ¿recuerdas a Rita Lash? Bien, ella y su prima Nan van a las montañas Adirondacks cada otoño. Son chicas listas y les he encargado algo que quería hacer desde hace mucho.

—Entonces son las adecuadas para el encargo. —Lo sé.

—¿Bien?

—Es que, verás, Roger, ese cuarto pequeño… —¡Oh…!

—Sí, fui una cobarde por no ir yo misma, pero no tuve tiempo, y tampoco tuve el coraje.

—¡Oh! Era eso…

—Sí, sólo eso. Ellas irán, y luego nos escribirán. —¿Quieres apostar?

—No; sólo quiero saber.

Rita Lash y su prima Nan planeaban pasar por Vermont en su camino a las Adirondacks. Tenían tres horas libres entre dos trenes, lo que les daba tiempo para dirigirse a la granja y llegar al anochecer al campamento. Pero, a último minuto, Rita estuvo impedida de llegar al campamento. Nan tuvo que ir sola a las Adirondacks, y prometió telegrafiarle cuando llegara. Imaginen la sorpresa de Rita cuando recibió este mensaje:

“Llegué bien; también fui a la granja Keys: es un cuarto pequeño”.

Rita estaba asombrada, ya que no pensaba en lo más mínimo que Nan hubiera ido allá. Creía que todo era un engaño; pero decidió seguir la broma hasta realmente descubrirla cuando ella regresara, cosa que anunció para el día siguiente.

Viajó y se presentó ante las dos tías solteronas, que parecían familiares, tal y como se las habría descrito la señora Grant. A pesar de no mostrarse cordiales, no estaban desconcertadas por la visita y quisieron mostrarle toda la casa. Cuando dijeron que no habían recibido la visita de ningún extraño últimamente, ella confirmó su teoría de que Nan nunca había estado allí.

En el cuarto norte vio el empapelado de rosas y campanillas en la pared, y también la puerta que se abría a… ¿qué?

Ella les preguntó si podía abrirla. “Ciertamente”, dijo Hannah.

Y Mary repitió:

“Ciertamente”.

Rita la abrió y encontró un armario chino. Experimentó un cierto alivio. La señora Grant también había visto un armario. Pero luego trató de inducir a las viejas a recordar si antes de que lo hubiesen instalado había existido un cuarto pequeño. Pero fue inútil. Sus ojos no manifestaron ningún signo de incertidumbre. Entonces ella pensó en la historia del capitán, y dijo:

—Señorita Keys, ¿alguna vez tuvo un sofá cubierto con cretona india, con una figura de un pavo sobre ella? Creo recordar que se la dio en Salem un capitán de barco que la trajo de la India.

—No, jamás me dieron eso —dijo Hannah.

Eso fue todo. Ella creyó ver que las mejillas de Mary estaban un poco sonrojadas, pero sus ojos mantenían un aspecto imperturbable.

Esa noche, Rita llegó a las Adirondacks. Cuando ella y Nan estuvieron solas en su cabaña, Rita dijo:

—Por cierto, Nan, ¿qué viste en la casa? ¿Y cómo te cayeron Mary y Hannah?

Nan no sospechaba que Rita hubiera estado allí, y comenzó a narrar excitadamente el relato de su visita. Rita estuvo por creer que Nan había ido realmente, si no hubiera estado segura de que no fue así. La dejó continuar con su narración durante algún tiempo, acompañando con entusiasmo la impresionante manera en que describió el momento en que abrió la puerta y encontró el “cuarto pequeño”. Entonces Rita dijo:

—Basta, Nan. Ya son suficientes mentiras. Ayer fui a la casa yo misma y no había ningún cuarto pequeño. Más aún, nunca lo hubo. Es un armario chino, tal y como la señora Grant dijo que vio.

Ella pretendió estar ocupada desempacando sus pertenencias, y se dignó a mirarla, pero, como Nan se mantenía en un ofendido silencio, finalmente se volvió y la miró por encima del hombro. Nan estaba muy pálida, y es difícil decir si estaba enojada o asustada. Había algo de ambas cosas en su semblante. Entonces, Rita comenzó a explicar cómo su telegrama le había alentado a ir sola a la casa. No había tenido la intención de interceptar a Nan. Sólo pensó… Entonces Nan la interrumpió:

—No es así; estoy segura de que no puedes pensar eso. Pero yo fui sola, y tú no fuiste; no pudiste haber estado allí, ya que hay un cuarto pequeño.

¡Oh, qué noche fue esa! No pudieron dormir. Hablaban, debatían, y se quedaban calladas por un rato, sólo para comenzar de nuevo. Fue tan absurdo. Ambas decían que habían estado allí y cada una estaba segura que la otra estaba loca o se obstinaba en una mentira absurda. Era ridículo, dos amigas discutiendo por algo tan raro; pero así fue: cuarto pequeño, armario chino, armario chino, cuarto pequeño…

A la mañana siguiente, Nan fue a clavar una malla en las ventanas para mantener fuera a los mosquitos. Rita se ofreció a ayudarla, ya que había hecho eso mismo durante los últimos diez años. Y Nan le respondió:

—No, gracias.

Lo cual le partió el corazón.

—Nan —dijo ella—, ve y prepara tu bolso. La diligencia parte en sólo veinte minutos. Vamos a tomar el tren de la tarde e iremos juntas a la casa. O vamos ahí o volvemos a casa.

Nan no dijo una palabra. Recogió el martillo y unos clavos y se dispuso a salir cuando pasara la diligencia.

Fueron treinta millas de diligencia y seis horas de tren, además de cruzar el lago; pero eso no era nada en comparación con estar juntas en ese estado de tensión. Europa quedaba cerca si era necesario resolver esta cuestión. En el pequeño cruce de Vermont encontraron a un granjero con una carreta llena de sacos de harina. Le preguntaron si podía llevarlas a la granja de las viejas Keys y traerlas de nuevo para tomar el tren de vuelta, es decir, en dos horas. Habían planeado decir que estaban en una visita artística.

—Entiendo. Están buscando pintar la vieja casa.

Dijeron que, si la casa era como les habían dicho, era muy factible que así fuera.

—Supongo que han llegado tarde. La casa se quemó anoche junto con todo lo que había en ella.

 


Madeline Yale Wynne (1847-1918) fue una escritora y artista norteamericana cuya obra ha sido olvidada. De ella sobreviven apenas un puñado de relatos y poemas archivados, además de este ejemplo narrativo que integra un grupo de selectos fantasmas.

“El cuarto pequeño” (The Little Room) fue publicado en la revista Harper’s Magazine en 1895. El cuento presenta un enigma inversamente proporcional a la estrechez de su fuerza motora: una pequeña habitación que parece elegir a las personas capaces de verlo; como si algunos lugares secretos de tortura lograran adoptar la personalidad elusiva del torturador.