La rosa antigua

El hallazgo de una rosa sepultada en un tomo antiguo sirve de ancla a Héctor de Mauleón para evocar, en este cuento, la pasión desbordada que el escritor José Emilio Pacheco experimentaba ante el pasado que duerme el sueño de los justos en las hemerotecas y espera que alguien turbe su noche.


José Emilio me hizo jurar que guardaría el secreto. Ahora, después de tantos años, me atrevo a revelarlo. Sucedió en 1996, o en los primeros meses del año que siguió, en un escritorio de la Hemeroteca Nacional al que había llegado por culpa de Maximiliano de Habsburgo.

A esa hora —entre las nueve y las once— el recinto, solitario como de costumbre, sólo estaba poblado por dos o tres investigadores que se encorvaban, parecía que minuciosamente, sobre diarios al borde de la desintegración. Excepto el correr de las páginas, frágiles, desvanecidas, nada alteraba el funcionamiento de esa máquina del tiempo en la que estábamos inmersos: como en un temblor de tierra que de pronto sacara a la superficie los restos de una ciudad olvidada, el pasado nos devolvía, en un abigarrado concurso de titulares, páginas deportivas y carteleras de cine, los días que se perdieron y ya nadie recordaba. El asesinato de Zapata en Chinameca y el estreno en Teatros y Cinematógrafos de El Automóvil Gris. La llegada de la aspiradora, junto a una sucesión de giras del regente Rojo Gómez “por nuestros barrios más pobres”.

Meses atrás, el editor Ricardo Quintana me había propuesto la elaboración de un volumen que continuara El libro rojo, la obra que Manuel Payno y Vicente Riva Palacio concluyeron cierta tarde de 1870, y que abordaba los asesinatos históricos cometidos en México, desde el tiempo de la Conquista, hasta la caída del Segundo Imperio: “el libro de la sangre que ha enrojecido la tierra, las plazas, los ríos, las piedras de México”. Por órdenes de Ricardo, y sobre todo del cheque que acababa de extenderme, debía comenzar el trabajo justo donde ambos autores, para mí entrañables, lo habían abandonado: el fusilamiento de Maximiliano el 19 de junio de 1867.

Tras realizar erróneos y arbitrarios listados que iban de la matanza en Tomóchic al asesinato en Lafragua de José Francisco Ruiz Massieu; luego de ensayar la biografía del mal en un país marcado siempre por el glifo de la muerte, entendí que era necesario adentrarme en la ejecución de Maximiliano en el Cerro de las Campanas para entender el contexto del que sería el verdadero arranque del libro: la noche de 1871 en que el general Miguel Negrete lanzó un asalto contra la Ciudadela y provocó, en sólo unas horas, la muerte de dos mil soldados.

Fue así como inicié el rastreo de los meses finales del Segundo Imperio (Carlota, loca en Miramar; Maximiliano, dispuesto a abdicar, sin poder lograrlo) y me hundí en una investigación que me llevó a encontrar el hecho que provocó al emperador su fusilamiento: la expedición de un decreto, firmado por él mismo, que ordenaba que todo hombre sorprendido con armas fuera remitido a las cortes marciales, y ejecutado antes de veinticuatro horas. El edicto, emitido por consejo del mariscal Bazaine, había sido publicado en la Gaceta del Imperio un 2 de octubre de 1866. Según los registros de la Hemeroteca, sólo se conservaba un ejemplar, en mal estado.

Me tardé en persuadir a los encargados del recinto. Tuve que obtener una carta de la editorial, hacer antesala en la oficina del director y llenar formularios repletos de datos inútiles; de ese modo me fue permitido acceder a las páginas del periódico en el que Maximiliano signó su sentencia de muerte.

No es posible enfrentar un mundo desaparecido sin sufrir al menos un estremecimiento. La tipografía garigoleada, la fecha en lo alto de las planas, la costumbre de acentuar las preposiciones, los avisos sobre hechos cotidianos que hoy resultan incomprensibles, la sensación de eternidad-fugaz que acompaña al periodismo, la reconstrucción total de un día en la vida de los hombres, no me conmovieron tanto como el hallazgo sorprendente de una flor, una rosa que el tiempo había vuelto negra, y que alguien había colocado, como una botella enviada al futuro, en las páginas centrales de la Gaceta. Constituía un hallazgo imposible que me sumergió en la fascinación del tiempo, la nostalgia del tiempo. Como en una paráfrasis del poema de Coleridge, había viajado al pasado y regresaba de éste con una rosa: “¿Entonces, qué?”. Clavé la vista en el diario.

En la apretujada tipografía que saturaba sin aires la totalidad de la plana, descubrí una esquela pequeña: “Anoche, en su domicilio, murió Rafael Andrade Martínez, de seis años. Rogad por él”. Sería inútil intentar reconstruir ahora el alud de preguntas, el torrente de imágenes que cayó sobre mí durante los minutos siguientes. ¿Por qué hallar una rosa antigua en el único ejemplar de un periódico de 1866 que los investigadores, los historiadores, los cronistas, por no hablar del personal de la Hemeroteca, habían manipulado, consultado, acaso transcrito a todo lo largo del siglo XX? ¿Era un homenaje por el niño muerto, una flor arrojada a los pies de una tumba?

Sólo atiné a tomarla con delicadeza (se había hecho delgada como las hojas de diario), y procurando que no me vieran, la oculté en mi libreta de apuntes. Un instante después —feliz, avergonzado, nostálgico— bajé las escaleras hacia una tarde transparente.

Ricardo Quintana fue despedido de la editorial a fines de 1997. Me quedé sin editor y con un puñado de crónicas sobre la represión en Río Blanco, la traición a Carranza, la ejecución de Serrano, la muerte de Jaramillo, los sucesos de la Decena Trágica, la masacre de Tlatelolco y el asesinato en Tijuana de Luis Donaldo Colosio. También, con una rosa negra que guardé en El libro rojo, y que miraba de vez en cuando para reavivar el misterio.

Al año siguiente, José Emilio Pacheco entregó a editorial Era una nueva versión de su libro de cuentos El principio del placer. La Jornada publicó como adelanto el penúltimo de los relatos, un cuento titulado “Tenga para que se entretenga”. Me entregué a leerlo con la misma fascinación que, años antes, debió haberme producido la versión que circulaba desde 1972.

De pronto tuve la impresión de atravesar un sueño.

En el cuento, cuyos detalles ya no recordaba, un detective investiga la desaparición de un niño que había asistido al bosque de Chapultepec en compañía de su madre. Mientras ella descansa en la ladera del Castillo, y el niño se divierte colocando obstáculos al desplazamiento de un caracol, un hombre sale de pronto de un rectángulo de madera oculto bajo la hierba rala del cerro, entrega a la señora un periódico doblado en dos y una rosa con un alfiler, y le ruega que lo deje jugar un poco con su hijo. El niño no vuelve a ser visto jamás. Al revisar los objetos que el desconocido había entregado, el detective que atiende el caso encuentra una rosa negra marchita y un periódico totalmente amarillo “que casi se deshizo cuando lo abrimos para ver que era la Gaceta del Imperio, con fecha 2 de octubre de 1866”.

No puedo agregar mucho más. Al terminar la lectura (“no hay rosas negras en el mundo”, escribió Pacheco), me pareció que el mundo había hecho una pausa. Releí el cuento publicado en La Jornada, hasta encontrar el nombre del niño, que en un principio había pasado por alto. “Rafael Andrade Martínez”, repetí de memoria antes de localizar la línea que lo confirmaba. Era un domingo temprano. Sin pensar en la hora ni preocuparme por las molestias que causaría mi llamada, marqué el número de José Emilio, le comuniqué mi hallazgo, quise transmitir mi azoro.

—Será la broma de un lector —dijo.

De cualquier modo, me recibió esa tarde. Le entregué la rosa negra, que tomó entre sus dedos nudosos. Entonces propuse una hipótesis:

—Seguramente leíste alguna vez aquel diario. De ahí tomaste la fecha, el nombre del niño.

—¿Y cómo explicar la rosa? —respondió con los labios apretados.

Nos quedamos en silencio mientras la luz de la tarde agonizaba en los ventanales. Estaba acabando afuera un día más de los hombres. Los pájaros gritaban desde los árboles, sombras que poblaban la calle de Reynosa. En esa frontera que admitía la incursión de la literatura, recordé un cuento remoto, algo que había leído años antes.

—¿Qué diablos hay detrás de esto? —le pregunté.

—No lo sé, Rodrigo.

Y apegado a las líneas de ese cuento, José Emilio agregó, la voz convertida en un hilo:

—No lo sé.

 

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.

Este relato forma parte del libro Como nada en el mundo.