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Hace más de 10 años escuché a un académico “de izquierda” justificar retrospectivamente el llamado “voto útil” en las elecciones del 2000. Su decisión no se había basado en consideraciones de táctica electoral, sino en el atractivo de los antecedentes “socialdemócratas” del PAN. Recuerdo que la caracterización me desconcertó. ¿En qué sentido un partido que había ocupado el lugar de la derecha, de clara vocación antiestatal, con base en los sectores privilegiados, crítico de la Revolución mexicana, de raigambre confesional, podía ser etiquetado como socialdemócrata? ¿Acaso el colega desconocía la raigambre obrera de la tradición socialdemócrata, las polémicas sobre las perspectivas y caminos hacia el socialismo que habían jalonado la trayectoria del movimiento, la lucha por la conquista de los derechos sociales? ¿O tal vez veía en los antecedentes del PAN alguna pista que permitiera anticipar sólidas políticas de Estado en materia de bienestar, seguridad social, educación pública? ¿O estrategias de negociación entre capital y trabajo en pos de un desarrollo socialmente inclusivo?

El colega sufría de confusión conceptual, de ignorancia política, de ingenuidad o directamente de mala fe. A poco de andar, sin embargo, tuve que reconocer que mi diagnóstico equivocado era síntoma de mi propia desubicación temporal: socialdemócrata ya no refería a un “proyecto” político de socialismo democrático, ni tampoco a las experiencias nacionales de gobiernos europeos y latinoamericanos, con sus logros históricos y también sus debacles políticas y electorales, sino que empezaba a ser en México sinónimo de un discurso que caracterizaba la democracia política como liberación del autoritarismo político priista, como exaltación genérica de una sociedad civil ahora sí emancipada de la tutela estatal y de todas las excrecencias corporativas. Más tarde, el término socialdemocracia entraría a la esfera pública mexicana encarnada en otros registros conceptuales: como modelo, como receta y, desde la academia, como traducción política de un liberalismo igualitario que debería ser brújula en la elaboración de las políticas públicas, por encima o más allá de las ideologías, de los actores políticos y sociales concretos y, sobre todo, con total independencia de las experiencias históricas.

Por eso, no estaría del todo desencaminado encontrar en el artículo Las perspectivas del socialismo en México una anticipación de la propuesta socialdemócrata, y exaltar así su alcance visionario. Después de todo, el texto puede ser leído como una muestra más del compromiso de Carlos Pereyra con la democracia representativa, con la reforma del régimen presidencialista, la división de poderes, con la plena vigencia y respeto por los derechos. No sataniza al Estado ni al mercado. Reconoce que las clases no son sujetos políticos preconstituidos. Y afirma una relación virtuosa, aunque no libre de tensiones, entre democracia política y democracia social. Las limitaciones o posibles anacronismos, diría una lectura exegética, tienen que ver con el momento histórico mexicano, pero sobre todo con los vertiginosos cambios globales ocurridos desde entonces, desde la caída de los socialismos reales hasta la llamada globalización. Por ello, seguiría esta lectura, la referencia a la democracia política, a la reforma institucional, a la competencia electoral y la reivindicación de la autonomía de la sociedad civil siguen siendo cuestiones vigentes. Son la parte moderna de aquella intervención. Las referencias al carácter nacional y popular del socialismo a construir, en cambio, serían resabios retóricos de otro tiempo, de un derrotero teórico, por desgracia inconcluso para Pereyra (de las estructuras a las instituciones, de los actores políticos colectivos a los ciudadanos, de las mayorías populares a las minorías progresistas).

Mi lectura, en cambio, rescata aquello que desde la otra mirada podría parecer anacrónico. La crítica al economicismo de la izquierda dogmática de entonces podría extenderse a algunos defensores del recién descubierto liberalismo. La sorna ante la confusión entre proyecto político y toma de postura moral sería aplicable a más de un académico amigo. El acento puesto en la dimensión nacional popular (dos ejes que parecen haber desaparecido de nuestro debate público) puede ser leído también como consejos prudenciales: 1) no hay recetas políticas globales que hayan resultado exitosas (ni entonces ni ahora) ni “centros o vanguardias cuyo comportamiento interno e internacional deban ser tolerados acríticamente”; 2) el proyecto político con capacidad hegemónica no puede concebirse como un modelo traído de fuera para ser encajado en la historia mexicana sino que debe resultar “de la propia dinámica de la historia nacional”.

Aquí haría falta otra aclaración: hegemonía no era todavía una mala palabra, sinónimo de totalitarismo, y no hay ninguna hermenéutica que pueda sospechar que en Pereyra signifique anulación del pluralismo. Pereyra estaba hablando de un proyecto político nacional con base en amplios sectores populares, que lograra articular y dar sentido a las luchas parciales, a las movilizaciones sociales heterogéneas para hacerlas confluir en una “direccionalidad política convergente”. Un “proyecto nacional alternativo, capaz de traducir el descontento social en fuerza política”. El socialismo democrático no como doctrina, ni postura moral universal, ni formato repetible, sino como proyecto político capaz de rescatar trozos de experiencia social para proyectarla a futuro. Socialismo democrático como concepto, todavía entonces, susceptible de recuperar experiencias y generar expectativas.

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Dime quién es tu enemigo…

Hay quien afirma que los conceptos de movimiento fueron índice de la temporalización progresista de los conceptos políticos fundamentales. Si en las formulaciones anteriores, en el lenguaje aristotélico, se notificaba una situación o un valor (república, democracia, libertad), en la modernidad, con el agregado del sufijo “ismo” (republicanismo, liberalismo y luego socialismo), éstos se transformaron en anticipaciones teóricas del movimiento histórico por venir y, al mismo tiempo, en una guía para influir prácticamente en ese movimiento. No había experiencias de un régimen republicano moderno, o de un Estado liberal o una sociedad socialista, pero el republicanismo, el liberalismo y después el socialismo no fueron sólo ideales o utopías carentes de posibilidad, indiferentes a la factibilidad de su realización, sino conceptos que guiaban la práctica y generaban nuevas experiencias. Liberalismo, socialismo, comunismo, fascismo, al momento de ser acuñados, tenían un contenido de experiencia mínimo o nulo, y en cualquier caso no tenían aquel al que se aspiraba al formar el concepto. La proyección a futuro, la capacidad para guiar prácticamente la acción transformadora marcaba el rasgo central de los “ismos” de movimiento: la posibilidad de equilibrar el déficit de contenido de experiencia con una producción compensatoria de expectativas. Esas respuestas político-conceptuales sirvieron de lemas de organización de masas a través de partidos y movimientos, que los hicieron suyos como forma de autodefinirse como unidades de acción. Por otra parte, su sentido originario fue transformándose a medida que esas expectativas se fueron tornando en experiencias. También, a medida que el referente polémico continuaba, el adversario cambiaba (liberalismo contra absolutismo, contra conservadurismo, contra fascismo, contra socialismo).

Si la acuñación de estos términos estuvo sesgada por el desfase entre un mínimo de experiencias y una producción compensatoria de expectativas, ¿qué sucede hoy, casi dos siglos después, cuando esos movimientos se invocan como tradiciones teóricas consistentes (con independencia de cualquier experiencia), como formatos institucionales, como modelos a seguir. Esos grandes conceptos de movimiento no fueron, o no fueron sólo, creaciones de individuos excepcionales o vanguardias ilustradas. Fueron los que fueron (y otros no fueron) porque lograron articular necesidades, deseos, sueños y aspiraciones difusas y transformarlas en expectativas, basadas en un diagnóstico de la situación y en una invención del enemigo a enfrentar. En la esfera pública mexicana el enemigo del socialismo democrático parece ser hoy el populismo, término que sirvió para designar alternativamente una experiencia político estatal, un ciclo y ahora un enemigo, interno y externo. ¿De qué modo nos estamos haciendo cargo de las experiencias? ¿Y qué es razonable esperar, valga la redundancia, por el lado de las expectativas?

 

Nora Rabotnikof

Filósofa y socióloga. Investigadora del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM. Entre sus libros: Max Weber: desencanto, política y democracia y En busca de un lugar común.