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Uno nunca debe hablar del asesinato de una persona como si fuera una figura ejemplar en la lógica de un emblema, en la retórica de la bandera o el martirio. La vida de una persona tan única como su muerte siempre será más que un paradigma y algo distinto a un símbolo; y eso es precisamente lo que un nombre propio siempre nombra.

—Jacques Derrida, Specters of Marx, p. XV.

 

Suele ser el caso que el problema con dos extremos irreconciliables sea no tanto lo que los separa sino, más bien, lo que comparten. Este el caso de la disputa entre liberalismo y comunismo, que aún informa mucho del debate político contemporáneo en términos de la hegemonía liberal y sus críticos. Quiero sugerir, por un lado, que el carácter irreductible del dilema tiene origen en las reminiscencias teleológicas y doctrinarias que hermanan a ambos polos, transforma la discusión en asunto de credos combatientes y despolitiza el debate. Por el otro lado, que no es a partir de la aceptación acrítica de los fundamentos y la consensuación de las diferencias —como pretendió la socialdemocracia— como hemos de dar un carácter productivo y político al debate para así mostrar por qué el socialismo democrático resulta una alternativa atractiva.

VS-Ahumada098-wEl debate por el petróleo es un buen ejemplo de la similitud —casi identidad— entre ambos discursos y de, a pesar de la sustantiva modificación del debate liberalismo-comunismo a liberalismo y sus criticas de izquierda, la permanencia del componente dogmático. En esta ocasión, paradójicamente, la izquierda argumenta en términos de derechos de propiedad y la derecha de condiciones materiales. Son ampliamente difundidas las nociones doctrinarias de argumentar desde el derecho a una propiedad colectiva; sin embargo, el argumento liberal es no menos doctrinal. A grandes rasgos argumenta que: dadas las condiciones económicas, el capital empresarial resulta más adecuado para la explotación petrolera porque, primero, alinea los incentivos de riesgo (es dinero de privados y por tanto velan por su propio interés); y, segundo, la competencia del libre mercado resulta, a largo plazo, en el sistema que optimiza la distribución de utilidades. El contenido es doble: el capital privado como un distintivo moral sustantivo y la promesa de un ordenamiento que resultará ideal en el futuro. Estos dos elementos son igual de doctrinarios que su contraparte de izquierda.

Es fácilmente aceptado que el marxismo tiene una dimensión teleológica en la que la historia tiene una finalidad. Es menos aceptado que el liberalismo comparte esta visión teleológica. En un libro sintomáticamente llamado El fin de la historia y el último hombre, Francis Fukuyama repite o supera esta visión en un argumento para el cual la implementación de la democracia liberal es el significado de la historia y su fin. Fukuyama caracteriza la historia como: “[…] la Historia: entendida como un solo proceso, coherente y evolucionario, que involucra a todas las personas de todo el tiempo”, y le atribuye una finalidad al argumentar que la historia lleva a “la Tierra Prometida de la Democracia Liberal”.

No es excepcional este entendimiento, desde la izquierda liberal Obama justifica políticas públicas argumentando estar “en el lado correcto de la historia”. Así visto, es obvio el residuo doctrinal de los derechos en el liberalismo cuando son entendidos como el producto natural de la realización racional sobre los individuos de los principios de la historia. Esa misma concepción explica el carácter providencial de la mano invisible en el discurso que justifica los privilegios empresariales rumbo a un mundo de clases medias: el liberalismo tiene su teleología, su sacralidad y su actor privilegiado de la historia.

El problema no es tanto las reminiscencias teleológicas de los discursos, sino más bien su componente apolítico. Ambas convergen en su peor faceta en el lugar que orgullosamente comparten: la vanguardia o progresismo; camarada o traidor, liberal o fanático, y establecen así una situación dicotómica en la que la moral está predeterminada.

Esta apoliticidad tiene dos elementos: la mencionada subordinación a la eficacia histórica y, segundo, el contenido moral previamente determinado que hace posible el liberalismo en que la ética se ocupa estrictamente de la validez respecto a una situación ideal, más que en las implicaciones relacionales respecto de otras personas, esto es, intersubjetivas.

Frente a este diagnóstico, pero sobre todo frente al contexto político contemporáneo, el socialismo democrático puede resultar atractivo. Como lo apunta Carlos Pereyra, éste “no puede entenderse como si su misión fuera llevar la verdad a las masas, la verdad de un programa derivado de un esquema ideológico […] Los cambios del orden social son el producto de la actividad misma de las fuerzas sociales, no el producto de las acciones decididas por una vanguardia iluminada”.

El elemento fundamental de esta noción es que considera la carga ética no como afinidad con la vanguardia sino estrictamente como un producto político. Esto no significa tener que entender la realidad como una construcción social ni como dada sólo naturalmente, por el contrario, este es un dilema que no hemos de consensar, sino de probar inexistente.

Son muchos, Fareed Zakaria por ejemplo, quienes cayendo en la trampa de ese dilema —que despolitiza— encuentran una contradicción entre valores liberales como la autonomía y los principios democráticos. En su famoso artículo “La crecida de las democracias liberales”, Zakaria por un lado describe la historia contemporánea como “el camino hacia la democracia liberal”. El centro del argumento encuentra una oposición entre liberalismo y democracia a partir del entendimiento dogmático de ambos; define democracia como una regla: “la ley del pueblo”. Una visión que omite lo que es más relevante, que la motivación democrática no es un principio sino el entendimiento político de la indisociable mezcla de autonomía individual y responsabilidad intersubjetiva. Esta combinación es la premisa que subyace a la toma de decisiones por elecciones y no por cercanía a un ideal llámese Dios, pueblo, etcétera. Es justamente cuando se elimina ese contenido ético de la democracia que las dictaduras de la mayoría han ocurrido. Por otro lado, también señala: “el liberalismo […] no es sobre procedimientos sino sobre fines”, y abunda: “el liberalismo sostiene que los seres humanos tienen ciertos derechos naturales (o inalienables)” y a ésos debemos “el progreso político de la historia de Occidente”.

Al considerar liberalismo y democracia en términos de progreso pareciera que existen como objetos dados a entender por iluminación y no como productos políticos a debatir; se pierde que existe un elemento que las vincula: el entendimiento intersubjetivo. Como dice Pereyra: “Concebir el poder como una cosa que puede ser tomada conduce al abandono de la política, es decir, de la actividad orientada a conservar o modificar el sistema”.

Para ser sucinto, contra la reducción a principios hemos de exaltar el elemento —deliberativo dirán unos; ético, prefiero decir yo— que implica tomar decisiones intersubjetivas. En términos económicos resulta problemática la justificación de la miseria a partir del ideal de que la innovación empresarial distribuirá riquezas en función de su incumplimiento y su carácter de ideal más que de experiencia. En términos de un debate en boga, la pornografía, si se plantea en términos de libertad individual se pierde el elemento relevante: la dominación. Tan es deseable contravenir la dominación de que las mujeres son sujeto, como lo es abrir el contenido de lo erótico y el deseo de otra forma de dominación como sus presentaciones tradicionales, como el sexo estrictamente reproductivo y las nociones sociales y religiosas que implica. De modo concreto, el socialismo democrático se presenta como el modo de redefinir los elementos éticos tradicionales más persuasivos, como la autonomía, de un modo que sean argumentados sin ser tomados como principios o dogmas, sino apropiadamente políticos, esto es, democráticos. Esta redefinición de la autonomía como indisociable de lo intersubjetivo, y al elemento ético que implica tomar decisiones con respecto a los otros, y no a principios, ha de informar lo que llamamos socialismo democrático.

 

José Ahumada Castillo

Analista político.

 

3 comentarios en “La trampa de los principios

  1. Es un texto muy confuso. Entre otras cosas no encuentro la relación entre la cita de Derrida y el texto en general.

  2. Pingback: libros | Annotary
  3. Es claro que los fundadores de NEXOS son proactivos a la Social democracia, aunque ellos mismos no puedan definirla -así lo experimenté en la Facultad de economía-, lo que resulta incierto es el porqué deciden publicar en su respetuoso blog un escrito tan flaco, débil y hasta perdido. Sobra decir que el autor no tiene un ápice de formación filosófica, menos aún epistemológica y ontológica del método.
    Primero, sabed bien, estimado autor, que el comunismo no es igual a «dialéctica», menos aún a «dialéctica materialista»; sabed bien que la «dialéctica materialista» es positiva más no un positivismo (Adorno, «dialéctica negativa»); sabed bien que el comunismo en su faceta carnal (stalinista) practicaba el positivismo más ejemplar, no perseguía un proyecto societal sino un proyecto totalitario (Hannah Arendt, Los orígenes del Totalitarismo) .
    Sabed bien que el positivismo liberal encuentra su carácter teleológico en en el presente, como es «El fin de la historia y el último hombre». Sabed que para la dialéctica materialesta, la historia no tiene un fin, sino que el hombre tiene una misión tácita respecto a la historia, y es descubrirse como hombre histórico, como agente de la historia, encontrar la praxis en su existencia (Marx), lo cual dista de un fin. Es el llamado que el hombre tiene de construirse y encontrarse con su propia humanidad.
    ¿Social democracia? Oportunismo intelectual.