En un paseo disimulado me encuentro con personas que transitan por la calle y me pregunto: ¿quiénes son ellos? Escucho en la televisión a un locutor opinar a diestra y siniestra y me sorprende todo lo que dice porque en esencia no expresa, a mi parecer, nada remotamente coherente. Pongo atención en la descripción que hace mi sobrina de sus profesores de secundaria y preparatoria, y tiemblo sólo de pensar en lo que se ha incubado dentro de sus cabezas y más allá de sus cabezas (ya en 1950, Gilbert Ryle nos ofrecía una descripción de mente que no se encuentra ubicada sólo en el cerebro). ¿Las personas comunes son en verdad comunes? O quizás han descendido algunos niveles en la tradición del Humanismo y ahora podrían definirse como ordinarios entes de la comunicación. ¿Quién los ha formado? ¿Han sido ellos mismos o solamente son consecuencia de un proceso determinado de antemano? En 1847 R.W. Emerson dictaba sus conferencias en Inglaterra a las que dio por título Hombres representativos. Él comparaba al hombre con una palmera que crece de dentro hacia fuera y puede desarrollar sin esfuerzo su propio espíritu: “le es fácil al azúcar ser dulce y al salitre ser salado”. Sin embargo, el ser humano tiene que formarse, es decir, llegar a ser lo que puede ser. Y su formación tiene que ver, según Emerson, con el servicio o la iluminación que le presta a la comunidad humana, no con el aislamiento. Para acentuar este rasgo comunitario el escritor nacido en Boston expresó: “Si un hombre responde a alguna pregunta que no haya hecho ninguno de sus contemporáneos entonces quedará aislado”. ¿Cuánto le debe una persona a lo que ella misma es y cuánto a la escuela, comunidad, cultura e instituciones que intentan guiarla hacia determinadas metas? Borges opinaba, acerca de Emerson, que era un caballero y que no había logrado aproximarse al talento y a la visión histórica de su maestro, el antipático escoces Thomas Carlyle. Yo, desde mi simple condición de lector, creo que Emerson, debido a las condiciones antihumanas de nuestra época, se lee ahora con mayor provecho. Es menos romántico que el escocés y sus pies caminan sobre la tierra, no entre las nubes.

En determinada época de la vida uno se forma, es decir, se da imagen a sí mismo, y tal parece que después de ese proceso no hay marcha atrás: ya no hay puertas que tocar y uno se transforma en la puerta misma o en la casa que da albergue al conocimiento de los que se están formando. Pero a cierta edad se toma alguna dirección y se insiste en ella hasta que uno se convierte en un ser formado que se ofrece a los demás como alguien que no puede modificar eso en lo que finalmente se ha convertido. ¿Es así? A mí me sigue intrigando cómo es que las personas saben lo que saben y cuáles son las razones o las causas que los llevaron a ser lo que son. No me cobijo a la sombra de ninguna teoría del funcionamiento cerebral o neuronal capaz de explicarme por qué cierta clase de conocimiento me resulta más atractiva que otra. Lo que me pregunto es si en realidad uno puede formarse a sí mismo y tomar elecciones con miras a una finalidad determinada. Quizás se trata de una pregunta ociosa y mal planteada, demasiado vaga e impuntual, pero que se impone cuando se sopesa el grado de manipulación al que se ha llegado hoy en día al conducir a los rebaños “humanos” hacia la antirreflexión y hacia el consumo de la pastura artificial.

H.G. Gadamer, en Verdad y método, colocaba el concepto de formación como uno de los fundamentos que las ciencias humanas oponen a las meramente científicas: la formación alude a una tradición humanista que incluye el cuidado del lenguaje y la apreciación de los ideales prácticos que sirven para fomentar una mejor convivencia. Y ahora, en México, cuando tantos jóvenes requieren de una formación que incluya también la que ellos mismos puedan brindarse, es cuando más se les raciona el saber humanista. La televisión, en general, no sabe de eso y los periódicos se han vuelto, en su mayoría, analfabetas. ¿Cómo va a llegar a ser uno lo que tiene que ser si ni siquiera encuentra los estímulos necesarios para transitar por ese camino? Nos hemos instalado más allá de lo humano, en los territorios de la nada y del salvajismo, en manos de la voluntad de poder que arrasa la conversación y niega la posibilidad de crecer, formarse y morir. Fuera de estas lides pesimistas y verídicas me pregunto si yo mismo soy consecuencia de alguna clase de formación: libros por aquí y por allá, deseo y curiosidad, descubrimientos forzados, viajes y charlas a deshoras, sufrimiento y desasosiego. La literatura que, en mi opinión, es mejor y más habitable que la vida, se encuentra poblada de escritores que no se resistieron a narrar las aventuras de formación de un niño o un joven, cuando éste se encuentra en el momento más dramático de su sensibilidad. Goethe, Twain, Salinger, Walser, Bryce Echenique, Fuentes, Garibay, Kertész y una multitud de escritores más han abierto ventanas desde las cuales  observar ese periodo crucial en la vida de los seres humanos. ¿Cómo volverse, durante la juventud, un enigma para  uno mismo? Eso, un enigma. No una solución o un soldado, sino una pregunta inteligente, o al menos alegre, un ser formado desde sí mismo (quiero decir desde lo que no puede dejar de ser) y además dotado de autonomía, gracia  o aventura. Mi reino imaginario por una respuesta. n

 

Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.