Compartió la vocación autodestructiva de los artistas malditos y la herencia de las flores del mal. Más concentrada en las letras que en la voz, su discografía da cuenta de una visión áspera, mórbida, oscura, violenta, “decadente” y ambigua: una mezcla corrosiva, amoral y antisocial, de nihilismo, contracultura, pesimismo, provocación y voluntad contestataria.

En su lírica, Lou Reed (1942-2013) tiende al sarcasmo y es casi impermeable a dulzuras (con excepciones como “A Perfect Day”). Prefiere las atmósferas depresivas o desesperadas que exhiben el reverso siniestro del sueño americano: suciedad y cloacas —literal—, el maltrato de los padres, el abuso de los adultos, la vida sórdida en las calles, las formas de la marginalidad frente al “poder absoluto y corruptor que enloquece a los grandes hombres”.

En sus fuentes y lecturas declaradas no falta el registro de los beatniks, con escritores y a la vez junkies tan notorios como Jack Kerouac y William Burroughs entre sus figuras ejemplares. No es casual que uno de sus discos, The Raven, musicaliza éste y otros poemas y relatos de Edgar Allan Poe. El detonante de su vocación literaria fue el encuentro —definitivo— con el reconocido poeta Delmore Schwartz, “su maestro y amigo”, su “montaña” y su “inspiración”. Lou fue su alumno de “escritura creativa” en la Universidad de Syracuse; con él profundizó y enriqueció la vena literaria que desarrolló como letrista. Su gratitud fue constante; le dedicó por lo menos un par de canciones y en la revista Poetry lo recordó en 2012:

Cuánto te extraño, Delmore. Tú me inspiraste a escribir. Fuiste el hombre más grande que he conocido. Eras capaz de capturar las emociones más profundas con el lenguaje más simple. Tus títulos eran más que suficientes para despertar a la musa de fuego en mi cuello. Fuiste un genio —y un condenado.

Lou Reed, a su vez, fue un cronista puntual de las calles, los escenarios y habitantes urbanos, centrado por elección y temperamento en sus aspectos clandestinos, sus sombras y registros underground o alternativos. Desde el mítico disco que lanzó a The Velvet Underground —la icónica portada del plátano que diseñó Andy Warhol—, Lou Reed no tardó en plantear sus temas: el segundo corte, “Waiting for The Man”, una de sus piezas emblemáticas, aborda la ansiedad del adicto en espera del dealer. El disco incluye también otro tema que es seña de identidad: “Heroin”, una forma de incendiar la pradera del optimismo, demoler la beligerancia y el triunfalismo estadunidense de la época.

Su música es a ratos disonante, experimental o básica, sin virtuosismo ni ornamentos, dura y seca. Resulta significativo el dato de la multa establecida por los integrantes de Velvet Underground para quien ejecutara cualquier acorde que sonara a blues, entonces una moda rentable para buena parte del rock, desde los grupos de California hasta Led Zeppelin y los Stones, que lo mismo salvó de la inopia, redescubrió o saqueó a los grandes maestros del blues —vivos y muertos—. A eso se negó por principio la incipiente banda que a mediados de los años sesenta incluía a Lou Reed y John Cale, además de la cantante Nico, añadida por el sedicente padrino, manager y productor Andy Warhol, quien aportó un toque de charm, socialité y vanguardia con su Fábrica (The Factory) en apogeo, y le apostó a la banda pero duró poco: el propio Lou Reed —afirma— lo “despidió”, y Warhol, ofendido, lo acusó de ser “una rata”. Décadas más tarde, Lou Reed le dedica —en compañía de John Cale— su disco Songs for Drella, y en alguna entrevista explica la ruptura por la necesidad —personal y del grupo— de seguir su propio rumbo y definir su identidad genuina.

Como solista de una inventiva infatigable —apunta el obituario de Rolling Stone—, desde los años setenta hasta la década de 2010 [Lou Reed] fue camaleónico, espinoso e impredecible, desafiando a sus fans a cada paso. El glam, el punk y el rock alternativo son inconcebibles sin su revelador ejemplo. “Una cuerda está bien —dijo una vez, en referencia a su estilo minimalista en la guitarra—. Dos cuerdas le ponen presión. Tres cuerdas y llegaste al jazz”.

Sus canciones comprenden un amplio repertorio de personajes urbanos —incluido, desde luego, el tipo común, el average guy— y las concibe como los episodios de su “Gran Novela Americana”, habitada también por solitarios, explotadores, viciosos y drop-outs en general. Pero sostiene su fascinación por las mujeres: “son grandiosas” y sin ellas el mundo sería “una pesadilla” (por algo se casó tres veces), aunque predomina un repertorio de “maricas, sádicos y junkies”. Su lírica es crapulesca (en las antípodas de la buena onda y el aliviane de los hippies, tan a gusto en sus comunas espolvoreadas con marihuana y LSD); su estilo heterodoxo y tosco narra situaciones o sentimientos perturbados y perturbadores (“Crazy Feeling”), o bien episodios autobiográficos como el de su primera juventud, cuando por decisión de sus padres fue sometido a un tratamiento con electroshocks, destinado a “corregir” su tendencia homosexual, que afectó su memoria y concentración, según relata en “Kill Your Sons” (“Matar a tus hijos”). De ahí, tal vez, su alusión a una atmósfera de miedo que lo hace reconocerse “en el infierno”. Desde su ascendencia judía, su negación “aborrece y desprecia el arrepentimiento”, y en New York afirma: “No puedes depender del Sacramento/ Ni del Padre, Ni del Espíritu Santo”.

Como anticipación del punk, además, Lou Reed abandonó la distancia impuesta por los rock-stars para hablar de tú a tú, discutir con el público, increparlo y también mandarlo al diablo (Fuck you! —les dice en concierto, por ejemplo—, o bien al que grita y lo interrumpe: “¿por qué no pides una reposición de tu boleto y te largas?”).

En su momento, el crítico de Rolling Stone condenó uno de sus primeros discos como solista, Berlin, por exhibir un mundo “distorsionado”, “degenerado”, un ámbito de “paranoia, esquizofrenia, degradación, violencia narcotizada y suicidio”. Además, Lou Reed abundó en la ambigüedad sexual, “perversiones” diversas, exhibicionismo y sadomasoquismo (“Cause I Need Kicks”), desplantes homosexuales o travestis, androginia, promiscuidad, adulterio, violencia, rabia, castigo, dolor, agonía, muerte.

Su etapa en el glam rock lo llevó —con David Bowie, entre otros—, al maquillaje y los vestuarios relucientes, con el tamiz de bisexualidad característico del género. El personaje que inicia “Walk On The Wild Side” (cada estrofa presenta uno distinto) se rasura las piernas para mutar, convertirse en “ella” y aplicarse en la ejecución de felaciones (“giving head”). La contraportada de Transformer —que amplió su audiencia, con David Bowie como productor— muestra un retrato de cuerpo entero señalado por su énfasis falocentrista y priápico.

Fue su periodo, digamos, más “comercial”. Con el tiempo renunció de modo explícito a las ventas multimillonarias y el éxito masivo; se encontró o consideró a sí mismo, con más comodidad, como “una figura de culto” que, por lo demás, vendía “algunos discos” —lo cual le permitió continuar en la industria y en su incesante experimentación: su búsqueda musical se extendió durante cinco décadas y, después de Velvet Underground, más de veinte discos de estudio—. Sin alcanzar el prestigio literario de Bob Dylan y Leonard Cohen, pertenece a una estirpe de letristas del rock donde coinciden, por ejemplo, Tom Waits, Patti Smith, Bruce Springsteen o Neil Young, quienes imprimieron a sus letras una voluntad y ambición expresiva muy superior a las normas y propuestas vigentes.

La más trepidante y explosiva de sus grabaciones en vivo, Rock and Roll Animal es, para los fans, una cumbre absoluta y legendaria, un terremoto de energía desgarrada, salvaje. Acompañado por la guitarra de Steve Hunter, en su interpretación de “Heroin” —“is my wife and is my life”— estalla uno de los grupos más espectaculares entre las muchas formaciones que acompañaron a Lou Reed, con su celebración de la heroína como franca provocación —por cierto, hay fotos que lo muestran con la aguja hipodérmica en el escenario—. Describe el abandono del viaje opiáceo, cuando la droga fluye por su sangre y su conciencia. Aquí la estrofa inicial:

No sé bien a dónde voy,
Pero voy a intentar el reino si es posible
Porque me siento como un hombre
Cuando pincho mi vena
Luego las cosas —te lo digo— ya no son iguales
Cuando acelero en mi carrera
Y me siento como el hijo de Jesús
Y supongo simplemente que no sé.

En New York (1989) alcanza un momento de madurez y plenitud. Vuelve al retrato de personajes y escenas callejeras, con la degradación o corrupción del siglo que termina como una plaga que Lou no emplea para extraer ninguna lección moral (“sin consuelos, por favor”), sino más bien para elaborar un testimonio actualizado del paisaje humano que mejor conoce y describe: los desplazados que medran, sobreviven y comercian en “el sucio boulevard”, marcados por el alcohol y las drogas —para variar—, la desintegración familiar y personal donde los padres transmiten a sus hijos adicciones y miseria.

Luego de visitar los abismos de la heroína, Lou Reed intentó superar su adicción con la ingesta de alcohol —así lo dijo—. Su canción sobre “el poder de la bebida” fustiga a quienes “echan a perder sus tragos con hielos”. En sus años finales llegó la etapa del Tai Chi. Murió por complicaciones hepáticas a la edad de 71 años. No dejó duda sobre su resistencia. n

 

Roberto Diego Ortega. Poeta y traductor. Ha publicado Nacer a cada instante.