Jarrón coreano, Dinastía Chson, S.XVII-XVIII

Los mensajes morales —los mensajes que nos alientan a ser mejores— pueden encontrarse en obras de arte que al parecer, y en principio, son poco interesantes para “decirnos” algo. Por ejemplo, un jarrón coreano. Aparte de servir como recipiente, es también un homenaje superlativo a la virtud de la modestia. Enfatiza esta cualidad al permitir que defectos menores permanezcan sobre su superficie, al estar lleno de variaciones de color y tener un lustre imperfecto y un contorno que no sigue una ideal trayectoria ovalada. Las impurezas se han abierto paso en el horno y el resultado es un arreglo fortuito de manchitas negras por toda su superficie. El jarrón es modesto porque parece no importarle nada de lo anterior. Sus fallas meramente admiten su desinterés en la carrera por el estatus. Tiene la sabiduría de no pedir que lo crean muy especial. No es humilde, tan sólo está contento de ser lo que es. Para una persona dada a la arrogancia o a la ansiedad por el estatus, y que se preocupa por ser reconocida en las reuniones sociales, contemplar un jarrón así puede ser intensamente conmovedor y alentador. Ver al ideal de la modestia con tanta claridad puede hacer obvio que uno está alejado de él. De cualquier modo, aquí está, esperándonos en el jarrón. Sería entendible que una persona buena y sincera en el fondo, cuya arrogancia fuera tan sólo una costumbre para proteger una parte vulnerable de ella misma, al contemplar el jarrón encontrara dentro de sí un anhelo de hacer un cambio en su vida bajo la tutela de los valores cifrados en una pieza de cerámica.

Fuente: Alain de Botton/John Armstrong, Art as Therapy, Phaidon Press, NY, 2013.