I. El corredor de Siliguri

En India, con la entrada de los grandes calores de marzo y abril, los británicos tenían la costumbre de cerrar sus casas y escapar de Delhi o Calcuta para refugiarse en las colosales montañas del norte, buscando el aire fresco que corre por las estribaciones de los Himalayas, donde el sencillo acto de respirar es algo más natural que en las estruendosas y sobrepobladas capitales.

Y la verdad es que el cambio de temperatura es abismal.

Nada más bajar en el aeropuerto de Bagdogra, al norte de la región de Bengala Occidental, ya el viento es diferente. Parece provenir de un larguísimo canal que conecta con los picos nevados que se ven a lo lejos, entrando en las nubes.

La carretera que va hacia las montañas cruza una porción de tierra de 21 kilómetros de ancho llamada “el corredor de Siliguri”, un cuello de botella que comunica la región de Sikkim con el resto de la India, pues Sikkim está encajonada entre Bután, China y Nepal, y es una zona considerada “especial” por el gobierno indio, lo que hace necesario obtener autorización de entrada si se es extranjero (como se verá). El motivo del carácter “especial” tiene que ver con la particular historia de Sikkim, que en el siglo XVIII fue tomada militarmente por Nepal y por Bután (una especie de Polonia entre Rusia y Alemania, pero en los Himalayas), y luego liberada en el siglo XIX por los ingleses, de los cuales se hicieron aliados. Pero al llegar la independencia de India, en 1947, Sikkim quiso mantenerse independiente y el primer ministro Nehru aceptó considerarlos un “protectorado”. Luego, en 1975 y tras un referéndum, la población quiso formar parte de India como el vigésimo séptimo estado de ese país, un reconocimiento que China sólo le entregó en 2003 a cambio de que India, por su parte, refrendara reconocer a Tíbet como parte de su territorio. Por todo esto siempre vemos una fuerte presencia militar, pero también porque circulan guerrilleros maoístas nepalíes y de Bangladesh, y hay tráfico de armas y drogas que vienen desde Myanmar. Nos acercamos a las estribaciones de la primera montaña en un jeep Mahindra, modelo Bolero. Con el paso de los días comprenderé que, junto al famoso Nano de Tata, el Bolero es el transporte natural de los campesinos y lugareños, que pueden ser ghorkas, nombre de los indios nepalíes, de religión budista, o sherpas, provenientes de China y de religión lamaísta. La palabra “sherpa”, que en tibetano quiere decir “gente del este”, se convirtió en sinónimo de guía por las montañas de los Himalayas. El más conocido, con el apodo de “supersherpa”, es Lakpa Tenzing, que ha subido 21 veces al Everest.

La carretera bordea el río Tista, que baja con aguas muy azules y que, al llegar al llano, se abre en una especie de delta del que se extraen piedras. Hay centenares de camiones y hombres trabajando. Obreros de piel oscura, descalzos, con trapos en la cabeza, deambulando en medio del polvo con palas y picos. Es inhumano, como tantas cosas en este increíble país. La carretera empieza a subir y abajo se ve siempre el río, cada vez más azul y caudaloso. Varias familias de monos acuden a los lados esperando que de los autos les tiren comida. Monos jóvenes y robustos con sus crías y también monos ancianos, gordos y despellejados. Un poco más arriba la carretera cruza el río sobre un enorme puente de dos cuerpos, el Puente de la Coronación, con un templete budista a cada lado. El río pasa rugiendo unos cien metros más abajo. Da vértigo mirar.

Cuando se inicia el ascenso hay un desvío a la derecha que, tras 16 kilómetros, lleva a Bután, ese pequeño reino en los Himalayas famoso en el mundo desde 1972, cuando el rey Jugme Singye Wangchuck inventó el concepto de Felicidad Interna Bruta o Felicidad Bruta Nacional, una síntesis entre el Budismo y la Economía de Mercado que opone al esquema productivo del consumo el precepto budista del desarrollo espiritual, basado en el bienestar y la felicidad, un termómetro subjetivo que tiene en cuenta variantes como el tiempo libre, la cultura, la salud y educación, y sobre todo algo muy en boga en nuestros días: la diversidad medioambiental.

Hacia la izquierda, a pocos kilómetros, está la frontera con Nepal, el centro de la cultura budista de la región por ser la patria de nacimiento de Siddharta Gautama (en Lumbini, exactamente) y tener el patrimonio arquitectónico budista más notable probablemente del mundo, tanto en Katmandú como en la antigua Patan, donde se filmaron algunas escenas de El último emperador, de Bernardo Bertolucci.

El chofer de mi Bolero es un joven nepalí que parece menor de edad y cuyo nombre no llego a entender. También están Subat, soldado del ejército indio, y Binita Timang, su novia, con quien se casará por el rito budista. Venimos a su matrimonio, pues Binita es la baby-sitter de mi hijo. De algún modo somos los invitados de honor y el alcalde de su pueblo nos considera “huéspedes ilustres”. Tal vez no han oído nunca hablar de Colombia, pero sienten curiosidad.

El budismo se expresa de forma muy clara en la carretera: todos los camiones tienen pintado el ojo de Dios sobre los faros. El mismo ojo que se ve en los cuatro lados de las estupas tibetanas y que simboliza algo sencillo y obvio: Dios lo ve todo.

—En esta zona poca gente habla hindi —me dice Subat—, acá la lengua oficial es el nepalí y la modalidad del budismo que profesamos es el del Tíbet.

Un matrimonio en los Himalayas

Subat estuvo destacado en la región de Cachemira, cerca de la frontera con Pakistán, de ahí el nerviosismo de Binita cada vez que llegaba la noticia de una escaramuza entre los dos países. Es la zona más caliente de India, pues al menos una vez al año hay litigios de importancia que recuerdan las dos guerras, en 1947 y 1971. Ahora, tras el matrimonio, Subat será enviado a Calcuta, un lugar más fácil y amable aunque no tan bello como la región de Cachemira, uno de los lugares más hermosos de la tierra, algo así como la Suiza de los Himalayas, donde además, se dice, está la tumba de Jesús, quien vivió ahí después de “resucitar” y hasta morir otra vez de viejo.

Los ghorkas son diferentes a los indios: más bajitos, de cara ovalada y piel menos oscura. Usan el gorro de colores tradicional de Nepal, que es como un cono puesto en la cabeza. Sonríen, son amigables. Nos detenemos un momento en Siliguri, en el distrito de Darjeeling, ya en las primeras montañas. Alrededor comienzan las factorías del té, lo que los británicos llamaban “jardines del té”, y que son extensiones enormes, a veces aterrazadas, cubiertas por este precioso y muy pequeño arbusto, de alto hasta la rodilla de una persona y que de cerca parece un bonsai. Las hojas están en la parte de arriba y los recolectores, con sacos de tela, están obligados a pasar el día agachados, lo que les dobla la columna al cabo de unos años. Por cierto que India acaba de ganar una batalla comercial, logrando ser única propietaria de la “denominación de origen” Darjeeling para el té.

La trompa del Mahindra Bolero se levanta por la inclinación del camino, pues seguimos subiendo en medio de plantaciones de té y, a partir de una cierta altura (sobre los 700 metros), de árboles de pino muy gruesos, cuya madera es preciosa y casi el centro de la economía del lugar, con un terrible costo ambiental, pues la deforestación, que en algunas montañas es visible, provoca derrumbes permanentemente, lo que dificulta el mantenimiento de las carreteras. Bueno, llamarlas carreteras es demasiado. Son caminos estrechos. Cada vez que alguien viene en sentido contrario hay que orillarse, frenar, pasar rozando. Los riñones sufren una dura prueba, pues además de estrecho el camino es una constelación de hoyos y cráteres extraordinariamente grandes.

“Más arriba se mejora”, dice Subat, y en efecto, al llegar a una cima el asfalto aparece de nuevo. Media hora después, discurriendo entre bellísimos paisajes de pinos, llegamos a la pequeña población de Lava, a dos mil 200 metros de altura. Ahí nos espera el edificio de seis pisos con techos estilo pagoda del hotel Orchid, donde nos alojamos.

2. Lava, Kalimpong

Lava, palabra que en español describe el magma que escupen los volcanes, quiere decir “Tierra de los Dioses” en lengua butanesa. Es verdad que Lava no está tan alto (los Himalayas llegan hasta ocho mil 880 metros de altura), pero la inclinación es enorme y la vista parece realmente desde los cielos. Así deben ver el mundo las águilas, me digo al ver el panorama que abarcan los ojos. Y eso que aún falta seguir subiendo. El pequeño pueblo es una ristra de casas descolgadas del cerro, con un monasterio budista de tradicional color rojo oscuro, remates dorados y techo en forma de pagoda, que contrasta con los techos de zinc decolorados y los muros húmedos de las casas de la gente común, e incluso de nuestro hotel, el Orchid, un nombre que en otros lugares evoca lujo (lujo asiático).

Lava fue uno de los antiguos centros vacacionales británicos para los veranos por estar en la entrada del valle de Neora y al inicio de la ruta de Lolegaon, que los amantes de las caminatas por las montañas (el trekking) aprecian por la pureza del aire, la vista de montañas altas y picos nevados, y por los bosques de pinos, cedros del Himalaya, abetos y abedules. De estas viejas estaciones de verano quedan unos bungalows o cabañas en madera esparcidas por uno de los bosques, en lo alto de Lava, que todavía hoy prestan servicio. Son cabañas hechas en madera, con una arquitectura típicamente británica que recuerda las casas de muñecas, muy del siglo XIX, hoy a cargo de la Corporación para el Desarrollo de los Bosques de Bengala Occidental, a un precio que oscila entre los 13 y los 40 dólares por noche.

 Acá comienza a verse la India y los Himalayas británicos, pero es sobre todo en Kalimpong y sus alrededores donde se vuelve muy visible. Allí, entre otras cosas, están las escuelas coloniales o internados británicos. Uno de los alumnos más destacados del colegio para internos Saint Joseph, al norte de Kalimpong, fue nada menos que el escritor Lawrence Durrell, el genial autor de El cuarteto de Alejandría, nacido en la ciudad india de Jallandhar, en 1912, hijo de expatriados ingleses, y que hasta los 11 años estudió acá, en esta célebre escuela que intentaba reproducir, a la sombra de los Himalayas, las severas reglas y comportamientos de los internados ingleses.

Bajando del mirador de Delo Hill, desde donde se ve la ciudad de Kalimpong como si fuera una cresta de dinosaurio sobre un cerro, nuestro chofer, esta vez un hombre mayor que masca y escupe hoja de bretel sin cesar (un escupitajo rojo, que parece aguarrás), nos va mostrando una a una las mansiones o bungalows británicos, en realidad cottages tradicionales ingleses que llevan un siglo y medio ahí, con sus techos a dos aguas en metal y sus muros de piedra, propiedad de los ricos colonos cultivadores de té, con nombres como Crockety, Galingka o Morgan House, esta última convertida en hotel. Pero lo más llamativo es un enorme internado, el Dr. Graham Homes, al que se entra por una verja de hierro oxidado y crujiente que parece conducir a una mansión de fantasmas. Un “hogar” para huérfanos y niños abandonados creado en 1900 por el reverendo John Anderson Graham, con el nombre inicial de St. Andrew’s Colonial Homes, y que fue creciendo en edificios, dormitorios, salas de clase y refectorios hasta convertirse en una verdadera ciudadela, con sus campos verdes de futbol y baloncesto, sus zonas de siembra de hortalizas y frutales, su capilla católica y la mansión del director y prefecto de disciplina.

A pesar de que aún funciona hoy está vacío, lo que me permite imaginar, casi escuchar, el jolgorio y los gritos de los niños de la época de Durrell, con sus uniformes de pantalón gris y blazer azul oscuro, sus camisas blancas y corbatas. Voy por el patio central, al lado de las canchas de futbol, y veo las hileras de dormitorios, los galpones pintados de amarillo con techos de zinc y ventanas de madera verdes. Los lugares antiguos tienen esa extraña música, algo de lo que se vivió en ellos parece quedar atrapado. Hay un viento muy fresco moviendo los cedros, llevando hojas secas de aquí para allá. Miles de huérfanos crecieron en estos barracones y sirvieron a Inglaterra en su proyecto colonial. Muchos combatieron en las guerras mundiales y murieron defendiendo el honor de esas islas lejanas de Inglaterra que tal vez nunca conocieron. En 1942 murió el reverendo Graham y poco después, con la independencia de India, el proyecto continuó con el nombre de su fundador. Todavía hoy se conserva el estricto uniforme inglés en la mayoría de los colegios. En otra parte de Kalimpong está el Sta. Theresa School, para señoritas, que es con falda escocesa.

El conductor, de cuya boca sale ahora un extraño olor metálico, producido también por el bretel, nos lleva después al más grande monasterio budista de la ciudad, el Zongdogpaldri Fobrang, apenas un poco más imponente que el de Lava pero con una esplendorosa vista de los Himalayas, un muro de picos nevados que llega a seis mil metros de altura, y algo todavía más importante y es que el monasterio fue consagrado por el Dalai Lama en 1976, en su salida del Tíbet, dejando al cuidado de sus monjes 108 volúmenes del Kangyur (“Traducción del mundo”), un texto sagrado tibetano que forma parte del llamado Cánon Budista.

3. Sikkim

Al día siguiente, muy temprano, los Mahindra Bolero vienen por nosotros al hotel Orchid y partimos hacia Sikkim, para la fiesta del matrimonio de Subat y Binita. Los tres jeeps están decorados con flores y guirlandas. Todo es simbólico. En el primero va el lama con sus tres asistentes, vestidos de naranja y rojo. También cuatro músicos de canción tradicional nepalí, más varios hermanos y primos de Subat. En el segundo están las mujeres, que llegan cantando y riéndose. En el tercero los novios, y nosotros con ellos. Éste tiene además de las flores un enorme corazón de cartulina pegado en el bómper. Somos una comitiva de 27 personas repartidas en tres jeeps Bolero. Binita viste un sari de hilo color rojo y dorado que le cubre el pelo, y muchos adornos y ungüentos pegados en la frente. Subat tiene puesto un vestido oscuro y camisa azul con corbata, pero lleva en la cabeza el sombrero tradicional, el cono de colores de tela. Se llama topi dhaka y está hecho con un tejido de algodón y formas de colores. No tiene ala rígida.

Un matrimonio en los Himalayas

Para llegar a Sikkim hay que bajar hasta el valle en dirección norte y volver a subir, así que el camino es una seguidilla de curvas muy pronunciadas, huecos, pequeños derrumbes. Desde nuestro Bolero escucho en cada curva los gritos, aplausos y cantos de los demás carros que nos escoltan. Todos, además, van repletos de carga para la fiesta: cajas de licor, sacos de arroz, maletas. Esperan 500 invitados. “Una fiesta pequeña y muy selecta”, dice Subat.

El primer percance llega al bajar una de las increíbles montañas. Del otro lado del río está la frontera con Sikkim. Una caseta de cemento y una barra que impide el paso y se levanta con una cuerda. El policía se pasea por los tres carros, curioso por ver el jolgorio, y me ve, evidentemente extranjero. Me invita a bajar y pide mi pasaporte con la visa india y la autorización para entrar a Sikkim, pero le digo la verdad y es que hasta ese momento no sabía (luego lo supe) que se necesitara de ningún documento para transitar por el interior del mismo país. Me explica lo que ahora sé, y es que Sikkim es una “región especial”. ¿Y quién da ese permiso? “Las autoridades”, responde. Pienso que la comitiva siga sin nosotros, pero Binita y Subat no están dispuestos a dejarnos ahí. Hay llamadas, nerviosismo. Al final el guardia me pregunta si tengo un documento y copia los datos de mi tarjeta del servicio de salud italiano. Tal vez la alegría de la fiesta lo hizo compadecerse.

Entramos entonces a Sikkim, obviamente en subida. A la altura del río la temperatura es otra vez calurosa y a los lados se ven plantas tropicales, pero apenas subimos unas cuantas curvas vuelve el viento fresco de montaña y cada cinco o diez kilómetros hay regimientos del ejército. Pienso que lo de “zona especial” va en serio al cruzar camiones militares todo el tiempo que, casi casi, nos obligan a saltar al vacío, pues la carretera es angosta. Es tal el flujo de camiones y pertrechos que parece un escenario de guerra. Más tarde el hermano de Subat (también militar) me contará algo difícil de creer y es que los chinos mueven por las noches los palos y mallas de la frontera, y que así han logrado ganar varios kilómetros de territorio indio. Por eso India está obligada a tener tanto ejército, según él. Creo más bien la versión del paso de guerrilleros maoístas, nepalíes y bangladesíes, y el asunto del tráfico de drogas.

Además de ejército, a lo largo de la carretera se ven estupas y templos budistas y la gente nos mira con estupor, curiosidad, sorpresa. Finalmente, tras cruzar un río, llegamos a Rongli, un pequeño pueblo de casas de madera, mujeres de faldellín que caminan encorvadas, de caras arrugadas y ojos secos. Hemos llegado, pero surge un segundo percance y es que los caminos que van a lo alto de la montaña, donde está la casa de los padres de Binita, están cerrados. El año pasado hubo un terremoto y apenas los están reparando. “Mala suerte”, nos dice Binita. Vamos con los tres Bolero Mahindra hasta una especie de escalera de piedra que sube prácticamente en ángulo recto. Miro a Subat y le pregunto, ¿es lejos? Él me mira nervioso: “No mucho, ahí vamos yendo despacio”.

Los músicos llevan al hombro sus instrumentos, los lamas sus bolsas de sahumerios, los demás invitados cajas de 24 botellas de licor al hombro. Yo estoy de mocasines y corbata, mi esposa de sari. El peor atuendo para una caminata por los Himalayas, como se verá a continuación. El ascenso es duro, las piedras de la escalera no son (obviamente) parejas y a veces hay que apoyarse en tierra seca y empolvada. El sendero es un zigzag y vemos cómo todos se alejan hacia lo alto, pues son lugareños. Pasada una hora alguien baja hasta donde estamos y nos trae una bandeja con dos vasos de agua. Siento que estoy a punto de llegar a las nieves perpetuas, pero apenas vamos en el cacerío de Lingtam, donde está la escuela para las familias de esa montaña. Un hermano de Subat, que lleva al hombro tres maletines, me dice que aún falta subir un kilómetro y medio.

A la segunda hora, con la camisa y el traje empapados de sudor y la corbata abierta para poder respirar, comenzamos a oír los sones de la fiesta que llegan de muy arriba, pero aún no divisamos la casa. Lo que sí vemos, en la montaña del frente, es que a pocos metros de altitud comenzará la nieve. Cada tanto llegamos a casas campesinas y la gente nos saluda con amabilidad, ofreciéndonos agua. Es de río, muy limpia y fresca. De los techos cuelgan mazorcas de maíz que secan al sol y el viento. Por cierto que el sol de alta montaña no provoca calor, pero pega bastante fuerte. Las venas de la sien me palpitan y comprendo que estamos llegando a los tres mil metros. Y todavía falta.

Al fin, casi tres horas después, llegamos a la casa atravesando un enorme sembrado de cardamomo, que los padres de Binita cultivan. Su casa es de madera y bambú prensado, con techos de teja. Como se suele hacer en India, país especializado en escenarios de tela y madera, se construyó para la fiesta una terraza de bambú que parece un poco frágil. Sobre ella hay un sofá, alfombras y varios sillones. Un letrero da la bienvenida a los invitados y noto que la fiesta ya lleva un buen rato pues un hombre, completamente borracho, se resbala y cae al suelo al saludar a Subat. Nos dan uno de los cuartos principales. La madre de Binita lleva en la nariz una enorme nariguera de oro.

Un matrimonio en los Himalayas

Los lamas hacen su trabajo, bendiciendo y rezando. Ya el día anterior habían bendecido los vestidos y parte de la comida, e incluso nos bendijeron a nosotros. El modo de hacerlo es pedir que uno pase con la mano las hojas del Kangyur, su libro sagrado, mientras el lama lee algunos versículos en voz alta y al modo de la letanía. En la casa de los padres de Binita, el lama está entregado de lleno a complicados rituales muy antiguos, según veo. Delante del sofá hay una especie de altar en el que bendicen los cereales. La novia debe hacer una ofrenda ritual con ellos usando una cuchara y lanzándolos luego hacia la gente. También debe beber cerveza de cebada e iniciar la ceremonia. La madre de Subat (el padre murió) hace su ingreso oficial a la casa de la novia y viene una larguísima reunión, dirigida por el lama. Se supone que hasta ese momento los consuegros no se han visto ni han hablado. Mientras esto pasa, los músicos han estado cantando unas coplas que se llaman zhaychen, que muchos de los miembros del cortejo repiten, y a veces se ríen, por lo que supongo que algunas serán de humor, como son tantas canciones pícaras de historias de recién casados.

La entrada del novio a la casa de la novia, la reunión con los padres delante del lama, los cantos, la entrega de dinero en efectivo y de regalos vistosos, va dándole paso a la otra ceremonia, que es la de la fiesta pura y dura.

En este momento es como si el reloj del tiempo volviera al siglo XXI, pues se inaugura una verdadera discoteca y por unos bafles enormes comienza a oírse rap, música electrónica, tecnocumbia, reggaetón. ¡No doy crédito a mis ojos! Binita viene a decirme que hay algunas canciones en español, y creo alucinar al oír en este contexto “A ella le gusta la gasolina…”. Cuesta creer que estos jóvenes, campesinos nepalíes, cultivadores de yute y cardamomo de los Himalayas, de religión budista tibetana y nepalíes de cultura, beban y se emborrachen y salten oyendo Gangnam Style como cualquier jovencito europeo o latinoamericano de discoteca barata de Occidente u Oriente. Pero así es, ésa es la realidad que ahora está a punto de hacer explotar mi cabeza, golpeada por la altura y el soroche.

¿Qué beben estos jóvenes para soportarlo? Cosas muy rudas: whisky hecho en Kapurtalá, de marca AC, 47 grados de alcohol, sabores artificiales. Miro la botella y con asombro veo que dice: “Prohibida su venta fuera de la región de Sikkim”. Hay también una ginebra marca Gin Juniper, destilada en Sikkim, y un brandy. Los alegres ghorkas que bailan a mi alrededor beben vasos enormes de cualquiera de esos tragos sin hielo, mezclados con agua de río. Y al mismo tiempo, en el salón de la casa, los padres y los novios, los lamas y los músicos, encerrados en el siglo VIII, cantan canciones budistas y celebran rituales con muñecos de cera roja coronados con rombos de colores. Un grupo de mujeres bebe en tazas de té agua caliente. Otras beben té con sal, algo bastante difícil de tragar si no se ha nacido en estas latitudes.

Me presentan a un periodista del Himalayan Mirror, que increíblemente resulta ser además crítico literario. Lo primero que le pregunto es cuál es el escritor nepalo-indio más interesante y no lo duda un segundo: Indra Bodin Rai, me dice, nombre que por supuesto no conozco, uno de los centenares de autores indios en lenguas nacionales (no en inglés) que al no traducirse jamás saldrán de sus fronteras. Me habla también de una joven de 35 años llamada Yishey Doma, seleccionada para una antología de Random House y traducida al inglés.

Me cuenta también del sueño separatista de toda la región, incluido el norte de Bengala Occidental, de convertirse en una nación independiente con el nombre de Ghorkalandia, la “tierra de los ghorkas”. Los de Bengala Occidental, me dice, están peor, pues al menos Sikkim es una de las 27 naciones de la India, mientras que los ghorkas de Bengala están siempre bajo el mando de los bengalíes y el poderío de Calcuta. Los muros de Kalimpong están llenos de grafitis con esta petición.

Mi cabeza va a estallar e intento aislarme del ruido infernal de la música, sin éxito. Si me acercara al camino, en la noche, caería montaña abajo. ¿Quién podría creer que huía de la horripilante música electrónica y el Gangnam Style de una fiesta de campesinos budistas en un pueblo perdido de los Himalayas? La comida es deliciosa, eso sí: cordero picante que me devuelve la vida. Arroz biryani, frito con verduras, curry de pollo picante y queso paneer. Todo se baja con agua del río servida en jarras. Deliciosa, fresca. Logro pasar la noche y sobrevivir a la música.

Al día siguiente, al salir de la habitación, me veo rodeado de una inesperada actividad: todos los jóvenes que hasta hacía poco saltaban con el rap ahora están lavando cubiertos, platos y vasos, tirando botellas en bolsas plásticas, ordenando la casa, recogiendo los restos de la fiesta. Todo eso me estimula, pero el dolor de cabeza de la altura regresa. Los jóvenes que construyeron la terraza en la que bailaron toda la noche durmieron en cama franca en un barracón aledaño. La luz del sol me hiere los ojos y mi cabeza aúlla de dolor. El lama aparece haciendo sonar una campanilla y siento que voy a desmayarme.

Comienza el rito de la salida de la novia de la casa y el padre vuelve a darles dinero en efectivo. Cada vez que alguien les entrega un regalo debe antes ponerles en el cuello una especie de foulard de tela estampada. La novia se va para ir a vivir con el marido y hay un ritual curioso: un miembro de la familia se sube al techo y le grita al novio algo así como: “¡No te lleves la buena fortuna de la familia!”. Todos lloran. Ese grito se repite hasta que se pierde de vista a la novia en el camino de salida (que en este caso es de bajada). Todo el recorrido se hace cantando y se espera sobre todo cruzarse con un porteador de agua o de madera, que indica buena suerte. Si pasa alguien enfermo o tirando basura, es mal presagio.

La misma comitiva de 27 personas desciende ahora hacia los Mahindra Bolero y surge el último problema: durante la tarde del día anterior una excavadora depositó una montaña de piedra en la carretera y ahora los jeeps no pueden salir. Afortunadamente en India todo es posible, incluso que el conductor aparezca y retire el obstáculo sin decir nada. En la farmacia de Rongli detengo el convoy y compro un paquete de pastillas de paracetamol, pero al haber bajado de altitud el dolor desaparece solo. Regresamos hasta la casa de Subat, cruzando de nuevo la frontera hacia Bengala Occidental. Allá los familiares de la novia la esperan en la casa con la cerveza de cebada bendecida y los cereales, y de nuevo el lama pondrá en acción su campana.

Comienza para ellos la nueva vida, y para nosotros el regreso. n

 

Santiago Gamboa. Escritor. Su más reciente libro es Océanos de arena.