El humanismo socialista y los intelectuales 1

 

Los momentos posteriores a mi renuncia al Partido Comunista no son los mejores  momentos para escribir artículos […] Para los espectadores (si se me permite voltear la imagen) una renuncia pública “al Partido” tiene la función de un sacrificio ritual en honor de los dioses liberales […] Los dioses liberales – justicia, tolerancia y, sobre todo, libertad intelectual; sin embargo, la renuncia no es un sacrificio para los dioses humanistas de la libertad social, la igualdad y la fraternidad. Estos dioses permanecen tercamente del lado comunista. Por eso –aunque haya renunciado al Partido Comunista- sigo siendo comunista.

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Demasiadas personas están atrapadas en ese movimiento de ideas y sensibilidades que – comenzando por el rechazo abstracto del comunismo- los encamina a retraerse del humanismo. Esta retirada del humanismo es quizá la característica más sorprendente de la vida intelectual de hoy. Ya está vaciando nuestro movimiento obrero de su vitalidad intelectual y su energía cultural. Y podría conducir a consecuencias aún más graves que, a su vez, podría resultar en una corriente fuertemente anti-intelectual entre nuestra clase obrera; el anticomunismo ya también ha enardecido más que suficiente a las relaciones internacionales. No obstante, aún no hemos considerado a cabalidad el daño que todo esto ha hecho a nuestra vida cultural y política. Y, para ver las cosas desde la perspectiva contraria, el rechazo de los valores liberales por parte de los “estalinistas” ha conducido al movimiento comunista internacional a una crisis.

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Alrededor del mundo, el intelectual es visto como un elemento explosivo, sedicioso e inestable. En la Gran Bretaña, el intelectual siente que es impotente. A nadie le importa si sus pensamientos son peligrosos o no.

Me parece que hoy el mecanismo por el que las ideas se transforman en energías sociales efectivas está roto. Roto por el retraimiento de los intelectuales por un lado, y por la estructura burocrática del movimiento obrero por el otro. Para justificar la noción de que es la clase trabajadora la que tiene la llave para abrir las puertas del cambio (diría progreso si la palabra no hubiese caído en desgracia) tendría que hacerse un argumento a favor del socialismo desde sus principios básicos. Pero si esto se hace así, entonces ahí nos topamos con una de las razones para entender por qué los intelectuales británicos se sienten impotentes, atesorando libertad intelectual, pero en un vacío social.

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En estos días, un mayor número de jóvenes intelectuales se ven como rebeldes contra la clase dirigente […] Sin embargo, ya que no alcanzan a ver una fuerza social capaz de avanzar contra la corriente, su “revuelta” consiste en imaginarse a sí mismos como “afuera” de todo esto, posando y gesticulando desde la ventana. En realidad, de lo que sí están afuera es de la tradición humanista. […] Parecería que algunos intelectuales jóvenes comienzan a atacar, pero hasta ahora apenas mantienen actitudes de ataque. Para hacer más que esto, deben saltar la brecha que separa a las ideas de las energías sociales. Y esto significa, en el análisis último, abrir nuevas vías entre el “intelectual” y la gente, en particular, la gente de la clase trabajadora.

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Tampoco pretendamos que alguna vez ha habido una solución fácil para los conflictos morales y políticos de nuestro tiempo. El conflicto entre valores “liberales” y “humanistas” no fue inventado por los teóricos social-demócratas ni por los marxistas. Fue una realidad histórica. Existió en el mapa del mundo y dentro de la sociedad de ambos lados de la línea divisoria. No sólo el mundo, sino el hombre mismo, quedó escindido. Así como la negación de la libertad intelectual cobró su propia venganza sobre el movimiento comunista, así también la negación del comunismo, de todo su potencial humanista, ha traído su propia enfermedad sobre nuestra vida política y cultural. Las esperanzas han quedado corroídas y se han vuelto dogmas muy amargos, sostenidos mecánicamente a pesar de la evidencia. Los impulsos generosos han sido rechazados como “romanticismos” y las aspiraciones justas como “ilusiones”. Los intelectuales han perdido la fe en las potencialidades de la clase obrera y la clase obrera ha perdido perspectiva de sus perspectivas culturales más amplias. Desde cada lado, los horizontes humanos se han ido cerrando.

Por todo esto creo que éste es un momento para repensar, pero –sobre todo- para reafirmar. Debemos ponerle un alto a esta retirada del humanismo. Debemos extender los horizontes una vez más. Debemos afirmar que la política es mucho más que aceitar y darle servicio a una máquina económica – ajustando o neutralizando intereses en conflicto aquí o allá – que nadie puede controlar. Debemos afirmar una idea que es central al socialismo – la idea que debería unir a los intelectuales y a la clase trabajadora en una causa común— que el hombre es capaz no sólo de transformar sus condiciones, sino de transformarse a sí mismo; que hay un sentido real en tomar como verdad que los hombres pueden ser amos de su propia historia.

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Sostengo el punto de vista de que los hombres se encuentran en ese margen donde termina la prehistoria y comienza la historia consciente.  Necesitaremos de todo nuestro arrojo si queremos cruzar este parte aguas.  Yo no creo que esto necesite de los mitos utópicos de la perfectibilidad humana. Una sociedad sin clases opuestas no será una sociedad sin fricción social de muchos y variados tipos; cada vicio, así como cada virtud conocida por Shakespeare, seguirá siendo problemática para el alma humana. No liberará a los hombres de la responsabilidad colectiva e individual de emprender acciones y tomar decisiones en la búsqueda de la “buena vida”. Pero el acto de elegir sí quedará liberado de los dictados de la necesidad. De la histórica herencia de la ciega opresión involuntaria y de la competencia del interés económico individual, dentro del cual todas las elecciones ya han sido tomadas. Si después los hombres eligen sabiamente, abrirán panoramas de enriquecimiento comunitario, concebirán arreglos sociales que fomenten la influencia de la “virtud” y limiten el daño que el “vicio” puede ocasionar. Y aunque la evidencia actual parece negarnos esta esperanza, aún podemos protestar negándonos a ser víctimas de nuestra circunstancia o de nosotros mismos; pues es precisamente en esta rebelión contra los hechos, en la que consiste nuestra humanidad. n

E. P. Thompson.

 

1Tomado de E P Thompson,“Socialism and the intellectuals” [fragmentos], Universities & Left Review, Spring 1957 Vol.1 No 1.

Traducción: Mario Arriagada Cuadriello.