Durante la mayor parte del siglo XX las corrientes dominantes de la izquierda socialista sostenían que el socialismo sólo se podía realizar plenamente a través de un conjunto determinado de instituciones. En términos políticos, esto implicaba la organización de la clase trabajadora y la dictadura del proletariado; y en términos económicos, la estatización y eliminación de la propiedad privada y la planificación centralizada de la economía. Al tratar a estas instituciones como absolutamente necesarias para la realización del socialismo, se convirtieron en fetiches que debían ser sostenidos pese a los enormes costos humanos que implicaban. Carlos Pereyra rompió con el fetiche de las instituciones políticas del socialismo real; sin embargo, en su texto se deja ver que, como aún ocurría con muchos en 1985, tenía la esperanza de que el programa económico del socialismo se pudiera llevar a cabo.
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