Durante la mayor parte del siglo XX las corrientes dominantes de la izquierda socialista sostenían que el socialismo sólo se podía realizar plenamente a través de un conjunto determinado de instituciones. En términos políticos, esto implicaba la organización de la clase trabajadora y la dictadura del proletariado; y en términos económicos, la estatización y eliminación de la propiedad privada y la planificación centralizada de la economía. Al tratar a estas instituciones como absolutamente necesarias para la realización del socialismo, se convirtieron en fetiches que debían ser sostenidos pese a los enormes costos humanos que implicaban. Carlos Pereyra rompió con el fetiche de las instituciones políticas del socialismo real; sin embargo, en su texto se deja ver que, como aún ocurría con muchos en 1985, tenía la esperanza de que el programa económico del socialismo se pudiera llevar a cabo.

Después del colapso de la Unión Soviética, a principios de los años noventa, el socialismo se volvió marginal y, en términos relativos al poder y expectativas que generó durante décadas, terminó por ser “realmente inexistente”. Hoy, más de 20 años después, la gran ventaja de la discusión que aquí ofrecemos es que al desaparecer el objeto, desapareció también el fetiche. Como se puede ver en la mayoría de los textos aquí presentados, las posibilidades del socialismo hoy están más demarcadas por sus preocupaciones que por sus medios. Sin embargo, sin pudor alguno, elegimos delimitar mínimamente sus medios a la democracia electoral y el reconocimiento de derechos civiles —así como lo hizo Pereyra— sin que ello implique cerrar por completo la imaginación a reglas políticas distintas a las que hoy organizan formalmente a nuestra sociedad. En este sentido, no sobra insistir en que la discusión que abrimos no es sobre el socialismo todo, sino sobre el socialismo democrático y sus afluentes.

Las ideas son importantes, pero en los momentos de crisis lo son aún más. En México no tenemos mejor muestra de ello que el éxito que han tenido ciertas ideas sobre la democracia y el crecimiento económico en las últimas décadas. La democracia se ha discutido en público como un conjunto de reglas que reconocen derechos civiles de las personas y crean las condiciones para que elijamos a quienes nos gobiernan. La prosperidad económica, sobre todo, se ha discutido como producto de otro conjunto de reglas que permiten que los mercados, basados primordialmente en la propiedad privada y la libre contratación, funcionen con el mínimo posible de intervención directa del Estado o de grupos organizados (por ejemplo los sindicatos). Esta forma de entender la organización política y económica de la sociedad no está realizada de forma absoluta en los hechos, pero sí parece pintar el horizonte al cual la gran parte de las discusiones públicas que se transforman en legislación o programas de gobierno han apuntado en las últimas décadas. Considerando la consistencia de este horizonte a través del tiempo, no sería equivocado llamarlo un horizonte liberal. Es liberal en lo político y liberal en lo económico.

Paradójicamente, el horizonte liberal, pese a algunos beneficios que trajo durante un contexto particular, en la actualidad también se ha tornado en fetiche. Esto se debe a que las instituciones del liberalismo político y el liberalismo económico son tratadas como condiciones necesarias unas de las otras. Sus programas concretos son considerados en nuestro país como el único arreglo posible para generar mayores libertades, igualdad y prosperidad económica, no como soluciones a problemas específicos. Por ejemplo, no es poco común encontrar en nuestro país a quien cree que el Estado no debe garantizar la provisión universal de beneficios sociales como pensiones, seguro de desempleo, acceso a la educación y salud, porque esto distorsiona el mercado laboral e impone costos al sector privado, y que al mismo tiempo está convencido de que la actividad económica informal debe ser reprimida de forma coercitiva. En términos concretos, que personas como los vendedores ambulantes no deben gozar de derechos sociales, ni deben tener derecho a sobrevivir vendiendo en la calle fuera del marco legal.

Socialismo democrático

Esta posición se sostiene sólo en un contexto en el que se espera que la utopía abstracta del mercado autorregulado sea realizable de forma práctica a pesar de sus costos humanos. Podrán decir que si el mercado laboral tiene menos distorsiones (como si se tratara del mercado de jamón, diría el IMCO)1, entonces absorbería más trabajadores y crecería más la economía. Suponiendo, sin conceder, que esto fuera cierto, uno de los problemas de este tipo de argumentos es que no hacen referencia a los costos de transición entre el liberalismo económico realmente existente y el liberalismo utópico del mercado autorregulado al que aspiran. No consideran que quien no tiene trabajo formal, no tendría protección social, y que si los gobiernos cedieran con mayor frecuencia a las presiones que hay para reprimir a vendedores ambulantes, éstos serían desempleados, pobres y criminales a la vez. Así como muchos socialistas del pasado estaban dispuestos a pagar cualquier costo humano por imponer su utopía, muchos liberales de hoy están dispuestos a imponer su propia utopía pese a los costos humanos que esto implique, y que de forma conveniente cargarían (y cargan) quienes hoy están en una posición de debilidad, dominación y exclusión. La gravedad de esta utopía es que pese a ser irrealizable, el simple hecho de mantenerla como horizonte ha tenido efectos devastadores en la vida de millones de personas. Es cosa de ver cómo para evitar la pobreza extrema millones de personas han sido arrancadas de sus comunidades para terminar sujetas al trabajo invisible en Estados Unidos; o a la precariedad de las periferias urbanas donde son sometidas a poderes semifeduales basados en la coerción y extracción arbitraria. En contraste, si algo podría hacer el socialismo democrático hoy, sería preocuparse por las tragedias cotidianas que derivan del infortunio, la desigualdad y la intemperie económica. A ellas podría responder con las nociones de comunidad, redistribución, solidaridad, equidad de género, igualdad, fraternidad que tratan los textos aquí presentados.

Quiero insistir en que las ideas  son particularmente importantes en los momentos de crisis. Ante la incertidumbre recurrimos a ideas que conocemos para guiarnos, para tener alguna certidumbre. Sin embargo, las crisis y los cambios son tan difíciles de predecir como lo son la creatividad y la imaginación. Ni unas ni otras se pueden provocar con facilidad, ni se generan bajo demanda. Por ello echamos a andar esta discusión creyendo que es mejor fomentar la reflexión e intercambio de ideas pensando en que puede o no llegar el momento en que éstas tengan consecuencias concretas. No serán ideas las que construyan otro mundo, pero sí pueden ser ideas que respondan a la urgente necesidad de cambiar de horizonte. En ese sentido, esta discusión es un primer intento, a forma de provocación, por evitar que la persistencia del vacío de ideas desde las izquierdas siga teniendo costos humanos. n

 

Andrés Lajous. Maestro en planeación urbana por el Massachusetts Institute of Technology.

 

1 Entrevista de Manuel Molano, director general adjunto del IMCO, con Paola Rojas en Radio Fórmula (27/11/13) http://paolarojas.com.mx/entrevista-a-manuel-molano-del-imco-sobre-la-reforma-laboral/