En la sobremesa de una familia tradicional produce más escándalo declararse abiertamente socialista que discutir estrategias de elusión fiscal o definir la fecha para la eutanasia de la abuela. En el contexto de la hegemonía liberal del México del siglo XXI, hablar de socialismo es casi exhumar un cadáver que es mejor dejar enterrado.

Para llevar a buen fin un ejercicio de resucitación como ése, conviene empezar con un argumento conservador. Ese argumento afirma que la tradición debe considerarse superior al canon. La tradición es un asunto social, que se cuece lento y a través de los años; no es el simple chisporroteo de las ideas sistematizadas. El fuego de las ideologías podrá poner en movimiento a las partículas, pero la tradición es ese potaje histórico que no es casualidad y que por eso se mantiene vigente en el menú. Es con esa misma lógica que se puede decir que el canon marxista, la receta bolchevique o la mortífera síntesis estalinista, fueron apenas unos de los fuegos que han alimentado a la gran tradición socialista a lo largo de sus 200 años de ideas, hábitos, símbolos, instituciones y estrategias: desde el utopismo del conde de Saint-Simon hasta la construcción del Estado de bienestar danés. En comparación, el canon marxista o el bolchevique aparecen pequeños.

Si el canon marxista sobrevive aún (a pesar de sus problemas) es, en buena medida, por lo que comparte con el gran vertedero de la tradición socialista. Y lo que comparte sigue siendo poderoso por sencillo, y por ser el corazón del potaje que sigue calentando a los individuos en días fríos y solitarios: el proyecto de una sociedad de iguales fraternales.

Carlos Illades le llama al socialismo el hijo rebelde de la Ilustración. Será rebelde por mal portado, pero no por distante. De hecho, la gesta igualitaria de la era moderna es quizá más definitoria, más exclusiva, que la gesta por la libertad: una gesta arrastrada desde las anteriores reflexiones de la lucha antimonárquica de la nobleza feudal. La igualdad básica del amo y el esclavo, del rey y su súbdito, de la mujer y el hombre, del niño y el adulto, del rico y el pobre, del profesor y el idiota, en cambio, son tan modernos que quizá sean, en conjunto, sólo modernos.

Para los socialistas democráticos, los que han renunciado a la violencia, la pregunta que sobrevive saludable ha sido ¿cómo construir una sociedad de iguales en un mundo dominado por el capital —especialmente el capital privado? Cuando toda táctica violenta o destructiva del sistema político de la democracia liberal queda vedado (como debe quedar), ¿qué potencias tiene la tradición socialista para romper el círculo vicioso de la desigualdad? No son pocas.

El primer impulso igualitario fue disminuir el abuso material extremo, moderar el sufrimiento de los más vulnerables mediante un mejor sistema de producción. El socialismo nació en el norte de Europa como una reacción a los excesos inhumanos de la primera industrialización, pero no era antiindustrialista. Para muchos de los primeros socialistas los problemas se resolverían en estados más avanzados del desarrollo industrial. Mejores condiciones de trabajo y mejor repartición de los beneficios sin tirar por la borda a la compañía.

Socialismo democrático

El socialismo tampoco era anárquico al origen, aunque su primer utopismo haya encaminado a algunos por esa vía experimental. Creía en las jerarquías y, en general, lo sigue creyendo. Habrá nacido utopista pero pronto se preció de ser realista (cuando no científico) y buscaba un nuevo esquema de prácticas e instituciones funcionales. De esa veta han triunfado ideas que hoy nos parecen la norma, pero que sólo se fueron perfeccionando con el tiempo: el mandato redistributivo del Estado, las políticas sociales y las recaudaciones diferenciadas. Hoy parecen ideas compartidas y de sentido común, pero fueron en realidad poco importantes para los liberales de esa época. En este sentido, el mejor estatismo socialista (incluidas las mejores intervenciones en el mercado) estaban conectadas de fondo, no con sus problemáticas ideas de racionalización y eficiencia económica, sino articuladas alrededor de la idea de que el Estado debe ser el mejor aliado de los desposeídos.

Cuando los Estados nacionales del siglo XIX y XX comenzaron a exigir cada vez más de sus ciudadanos, especialmente durante los esfuerzos de guerra y de reconstrucción, los movimientos y partidos socialistas avanzaron a contracorriente hacia la construcción de Estados de bienestar. Primero en Prusia, luego en todas direcciones tras la Primera y —sobre todo— la Segunda Guerra Mundial. La democratización de los servicios públicos y la universalización de la seguridad social fueron y siguen siendo su bandera.

Algunas de las mejores defensas de los derechos laborales, propuestas de mecanismos antimonopólicos, de participación comunitarias, de agilización de la acción estatal, de canalización de demandas sociales por vías parlamentarias, han venido de corrientes del socialismo democrático. Para emparejar el terreno social y sus demás tareas, el socialismo democrático ha sostenido tradicionalmente algunas ideas que aún hoy sirven de estrella polar.

Una de las más antiguas y poderosas quizá sea la de priorizar a las mayorías. Suena sencillo, pero las dificultades prácticas, los conflictos de interés y las minorías poderosas hacen de ese objetivo una tarea que ha probado ser muy elusiva, para la propia izquierda inclusive, que a veces se ha quedado sobreviviendo políticamente montada de manera simbiótica sobre clientelas minoritarias.

Hay una veta republicana que ha ayudado al socialismo democrático a extender su preocupación por las desigualdades materiales a una idea más amplia, menos materialista. Esa veta es la de aliviar el sufrimiento de los demás, no con la filantropía liberal, tampoco con la redistribución material, sino haciéndose la pregunta de ¿cómo evitar el abuso que proviene de la desigualdad de poder? Esta sencilla pregunta abre un mar de posibilidades para construir contextos de igualdad. Es ahí donde las pulsiones del socialismo democrático conectan también con el ideal republicano de la “no dominación”. Algunas de las nuevas reflexiones feministas o del nuevo urbanismo han abrevado de aquí.

Finalmente, la tradición socialista se pregunta por “el buen vivir”. Y no se trata de la vieja debilidad de los dirigentes socialistas por la champaña (o el mejor mezcal). Se trata de una preocupación por la antigua pregunta griega de ¿cómo vivir? Una pregunta que incomoda a los liberales, sobre todo cuando se la hace una corriente política que busca incidir en la vida de los ciudadanos. Pero a esta herencia del utopismo socialista se le deben muchas especulaciones valiosas. Charles Fourier tuvo una de las más hermosas: papillonage. Fourier imaginó una sociedad donde los individuos pudieran, libremente, saciar su sed de variedad cada hora y media, como mariposas, papaloteando, pasando de una tarea a la otra. Las ocho (o 15) horas de trabajo eran literalmente inhumanas para Fourier.

Para una economía fragmentada como las nuestras, con una gran industria manufacturera tradicional y una gran cantidad de empleo informal, con alto desempleo juvenil, con una mala regulación de los empleos temporales o de medio tiempo, esta especulación socialista contra la alienación es notable por relevante. En términos legos, el “buen vivir” puede traducirse como un mandato para el socialismo democrático: preocuparse por la calidad de vida de las personas. Vivir y poseer no es suficiente, hay que vivir bien. Los estudios recientes sobre los efectos del Estado sobre el bienestar de las personas avanzan en esta dirección.

En México hablar de socialismo nunca ha sido fácil. Innegable que el socialismo dio impulsos iniciáticos de la Revolución mexicana, pero pronto quedó aislado y marginal.

Nuestro propio coctel de “nacionalismo revolucionario” no lo hacía fácil: un guiso hecho de ciertas dosis de antiyanquismo, indigenismo, corporativismo disfrazado de política social y muchos héroes e historias oficiales asentadas en las calles, en los libros y en los discursos. Hablar de socialismo era sinónimo de hablar en ruso y traicionar nuestra propia herencia revolucionaria, mexicana e institucional. Los socialistas quedaron reducidos a una minoría que nadaba en la teoría, pero que se ahogaba en la práctica. Cuando la defensa de las libertades terminó por matar a nuestro propio ogro filantrópico, la izquierda se adaptó a medias. Ahora ha dejado de hablar de socialismo para hablar de progresismo, ha dejado de hablar de igualdad para hablar de equidad y se ha vuelto el paladín de los derechos de las minorías.

Sin embargo, la izquierda partidista también ha mantenido cosas de su pasado. Y ésa es quizá la carga más pesada. No se trata de sus vicios o herencias “estalinisitas” o “bolcheviques”, que eran muy pequeñas y son ahora irrelevantes. La izquierda, más bien, no ha superado la gran matriz priista de la que también proviene. Corporativista y rentista, se monta sobre movimientos y grupos sociales minoritarios, pero con los que puede gobernar, mientras olvida trágicamente a las mayorías. Las salidas discursivas no liberales son las del nacionalismo revolucionario. Tiene en realidad poco que decir sobre el cobro de impuestos y, aún menos, sobre la regresividad del gasto público o la decadencia de nuestro flaco Estado de bienestar; mucho menos tiene que ofrecer en el tema de la desigualdad de poder o de la calidad de vida. Peor aún, los partidos, capturados por sus dirigencias pequeñas, centralizadas y autoritarias, renuncian a conectarse con la sociedad: sistemáticamente impiden la libre afiliación y el uso de esos institutos de interés público como mecanismos de participación.

Si ponemos sus comportamientos bajo la lupa, la “izquierda real” en México no se quedó “trasnochada” porque continúe en el sueño estalinista. Se quedó “trasnochada” porque se quedó priista, y frente al triunfo liberal se quedó muda y sin respuesta. Si la izquierda quiere volver a hablar quizá es tiempo de que aprenda un lenguaje que olvidó: el del socialismo democrático. Y que cuando presuma credenciales de compromiso con las grandes luchas históricas, no presente las del canon o la militancia, sino las de la tradición y los resultados. n

 

Mario Arriagada Cuadriello. Internacionalista  por El Colegio de México y politólogo por la London School of Economics.