Basta imaginar un día en la vida del ciudadano socialista para que nos pese el cuerpo: salir de la cama, recoger la cosecha por la mañana, pescar un momentito por la tarde y de ahí rápidamente a la asamblea.1 Oscar Wilde habría dicho que el problema con el socialismo es que tomaría demasiadas tardes: para constituirnos como una sociedad de iguales hemos de estar siempre ocupados en juntas, talleres, reuniones del consejo y círculos de discusión. Construimos, plantamos, cosechamos y nos autogobernamos. Será quizás una visión que se asemeje a las aspiraciones clásicas de la ciudadanía democrática2 —un ciudadano que presta su tiempo al servicio de la comunidad política— pero es un ideal acaso incompatible con todo aquello que más atesoramos: ir al cine, comer a destiempo, pasarse la tarde jugando con los hijos, sentarse frente a la televisión.

De ahí que una respuesta desde la izquierda liberal busque conciliar las aspiraciones igualitarias del socialismo con una noción de ciudadanía mucho menos demandante. En particular, la solución del liberalismo igualitario y de una buena parte de la izquierda mexicana ha sido simplemente rescatar las pretensiones redistributivas del socialismo y abandonar la idea de comunidad.3 La propuesta resulta familiar: impuestos a los ricos y una red de bienestar para los pobres. Esto, según el liberalismo igualitario, lograría lo mejor de ambos mundos: desde la perspectiva socialista, lograría corregir las injusticias de la desigualdad producto del sistema capitalista; desde la perspectiva liberal, lo haría sin exigirle demasiado a los individuos. Existirían aun así ciertos sacrificios —los más adinerados, por ejemplo, tendrían que renunciar a una parte de su ingreso— pero las obligaciones cívicas de los ciudadanos se limitarían —a grandes rasgos— a pagar impuestos y observar la ley.

La solución es interesante sobre todo por la ambición de su promesa: mayor igualdad a menor sacrificio. Retóricamente, además, su atractivo es innegable: en un país tan desigual como México es difícil encontrar, incluso dentro de los sectores más conservadores, un desacuerdo fundamental —una objeción de principio— con un liberalismo medianamente redistributivo. La pregunta, en todo caso, es si para mejorar la cara del Estado —para crear una auténtica comunidad de iguales— no se necesita preservar algo de la fórmula original: la labor redistributiva es ciertamente fundamental, pero… ¿es suficiente? ¿Qué ganamos —o qué perdemos, más bien— al dejar de pensarnos como ciudadanos con obligaciones? La respuesta importa porque esto es justamente lo que difícilmente cabe en la alternativa igualitaria: todas aquellas obligaciones políticas producto de la solidaridad. Obligaciones que van más allá de los estrechos vínculos familiares y que rebasan las obligaciones que se deben entre sí los miembros de asociaciones voluntarias: de restauranteros, de golfistas, de discusión de los clásicos.

Y es que la crítica socialdemócrata se refiere tanto a la desigualdad que produce el sistema capitalista como a la manera en que afecta nuestro sentido de comunidad. Son dos visiones divergentes, quizás, de la buena vida. Para la socialdemocracia, el capitalismo no sólo nos despoja de la capacidad de vivir la vida escogida al favorecer la acumulación de mucho en manos de pocos, sino que además inhibe la cooperación, reduce las relaciones entre ciudadanos a relaciones entre comerciantes y hace de las relaciones personales meros intercambios instrumentales.4 El capitalismo no sólo nos hace desiguales, nos vuelve solitarios. El liberalismo igualitario busca corregir, repartir y redistribuir precisamente para que los individuos puedan perseguir sus propias metas y anhelos. Fuera de estas asociaciones voluntarias, delgadas, suaves, particularmente limitadas, asociaciones que el individuo puede abandonar en el momento en que le plazca, la comunidad es mayormente irrelevante.5

Socialismo democrático

Pero lo cierto es que la existencia de una comunidad que nos permita materializar nuestras metas y anhelos resulta indispensable: que construya carreteras, estadios, que plante árboles o promueva conciertos. Esto, desde luego, no quiere decir que los Estados igualitarios no puedan proveer bienes públicos o no tengan la capacidad de construir estadios. La idea, más bien, es que la ausencia de un sentimiento de solidaridad comunitaria representa un problema de motivación que dificulta la tarea: ¿por qué alguien que no le debe nada a los aficionados del futbol —la asociación de restauranteros, por ejemplo— apoyaría la construcción de un estadio? La redistribución parte de un problema similar: ¿cómo es que individuos aislados, aunque viviendo en un territorio común, llegarán a pensar que la justicia pasa por repartir los ingresos y los recursos disponibles? El caso mexicano muestra bien los límites de la redistribución igualitaria: a pesar de gravar en mayor proporción a los más ricos que a los más pobres, sigue estando entre los países más desiguales del mundo.

Nuestras ideas sobre qué tan justa o injusta es una política redistributiva están fuertemente afectadas por la percepción que tenemos sobre el grupo de personas con quienes pensamos repartir nuestros bienes.6 ¿Son conocidos o extraños? ¿Amigos o enemigos? ¿Primos o hermanos? Si dos tribus nómadas se encuentran en el desierto, intuiciones antiguas y todavía muy vivas de la justicia nos dicen que está mal —que es injusto— que una de las tribus tome parte del rebaño de la otra, aunque ésta tenga un millón de cabezas de ganado adicional. El principio es simple: tenemos un derecho a lo nuestro.7

El socialismo parte de que la buena vida sólo puede ser vivida en colaboración con los demás. Lo “nuestro” adquiere aquí un significado distinto, amplio, incluyente. Ser miembros de una sociedad importa porque establece aquello que nos debemos unos a otros: igualdad, respeto, justicia, dirán socialistas e igualitarios. Pero el planteamiento funciona también al revés: las obligaciones políticas —nuestros deberes con unos y no con otros— importan porque nos enseña el valor de la membresía en una comunidad política.8 Ambas, obligaciones y membresía, están íntimamente ligadas: nos reconocemos miembros porque nos sabemos obligados uno con otro, y lo estamos porque somos miembros de una misma comunidad.

La visión del ciudadano socialista no es la de un tipo trabajando de sol a sol en absoluta soledad. Es —debería ser— la de una persona que trabaja para los demás a sabiendas de que los demás trabajan para uno. Es verdad que el retrato parece particularmente oneroso, pero uno no tiene que celebrar las condiciones laborales para simpatizar con lo que representan. Lo importante no es el sudor en la frente ni la voz en la asamblea, sino el reconocimiento de que, al menos a veces, hemos de hacer cosas muy a pesar de nosotros mismos. Porque una comunidad donde las personas no reconocen obligaciones entre sí no es una comunidad: es un desierto. n

 

David Peña Rangel. Filósofo de la educación. Es candidato a doctor en filosofía política por la Universidad de Stanford.

 

1 Ver Walzer, Michael, “A Day in the Life of a Socialist Citizen”, en Obligations: Essays on Disobedience, War, and Citizenship, Harvard University Press, Cambridge, 1970, pp. 229-238. Ver también Marx, Karl, The German Ideology, Prometheus, Nueva York.
2 Salvo, claro, por la desigualdad del trabajo. Esta es parte de la observación de Benjamin Constant: la labor económica de la antigua Grecia recaía predominantemente en las espaldas del esclavo. Esto liberaba a los ciudadanos para pasarse la mayor parte del día discutiendo sobre los asuntos de la ciudad.
3 Ver Rawls, John, A Theory of Justice, Harvard University Press, Cambridge, 1999. Ver especialmente Dworkin, Ronald, “Equality of Resources”, en Philosophy and Public Affairs, 1989, pp. 283-345.
4 Ver Marx, Karl, Economic and Philosophic Manuscripts of 1844, y Miller, David, “In What Sense Must Socialism be Communitarian?”, en Social Philosophy and Policy, 1989, pp. 51-73.
5 Ver Dworkin, op. cit., Rawls, op. cit., y Miller, David, “The Relevance of Socialism”, en Economy and Society, 1991, pp. 350-362.
6 Ver Miller, David, “In What Sense Must Socialism be Communitarian?”, op. cit.
7 La idea y el ejemplo son de Charles Taylor, “The Nature and Scope of Distributive Justice”, en Philosophy and the Human Sciences: PhilosophicalPapers II, Cambridge University Press, Cambridge, 1985, pp. 289-317.
8 Ver Walzer, Michael, Spheres of Justice: A Defense of Pluralism and Equality, Basic Books, New York, 1983.