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Sí. Vivo entre la Gloria y el Paraíso. Entre la sala de cine Gloria y el hotel Paraíso. Un hotelito de paso en la esquina de mi casa, cubierto de azulejos muy pequeños, como se usaban en los años cincuenta. Y un letrero en el muro, que en otra época podía ser leído al mismo tiempo que el gran anuncio luminoso del cine. Como eco uno del otro, como promesa de alcanzar la Gloria en el hotel Paraíso y el Paraíso en el cine Gloria.

Cuando la noche ya muy avanzada me entrega sus silencios, detrás del canto de los grillos y las chicharras, a lo lejos pero rebotados en los muros de las azoteas hasta mi ventana, se oyen claramente los resortes de los colchones en los cuartos más altos del hotel. Rechinan a ritmos desiguales que siempre se aceleran. Y de pronto, un grito o dos. Algunas noches hay conciertos corales. Rara vez. Pero qué bien combinan con los cantos nocturnos de los grillos. Y con mi lectura o escritura de madrugada. Siempre despiertan mi sonrisa cómplice sin que ellos, los gritones y los grillos, puedan saberlo. De la misma manera que los actores felices en las películas no pueden sospechar qué tipo de felicidad y de sonrisa despiertan en nosotros cuando los vemos.

La entrada al hotel permanece discretamente abierta detrás de una alta cortina de árboles frondosos. Truenos siempre verdes. Entre ellos se escurren las parejas clandestinas que casi siempre caminan por ahí mirando al piso. O mirándose fijamente a los ojos. Me alegra cuando paso por ese sendero arbolado y a la hora que sea hay alguna pareja con la mirada hundida uno en el otro. Me gusta verlos por azar, huidizos, entre nerviosos o ya desde antes extasiados. O cuando salen con unas sonrisas que no les caben en la cara. Sobre todo ellas, con frecuencia más libres para mostrar con el lenguaje del cuerpo sus placeres. Qué rostros de placidez he visto ahí, de golpe, al doblar la esquina. Y cómo alegran el día.

Los fantasmas del hotel Paraíso

La otra noche, en medio del concierto de gritos y grillos, justo abajo de mi ventana, alguien instaló una marimba grande y un par se pusieron a tocar mientras otro recorría la calle gritando: “¿Quiere coooperaaaaar? ¿Quiere coooperaaaar?”. Era tarde pero nadie parecía molestarse. Concierto a domicilio. La calle es muy tranquila siempre. Los hoteles de paso imponen discreta tranquilidad. Y más de noche. Esos músicos ambulantes irrumpían más de lo que pensaban pero la gente les daba dinero casi en cada casa. Algunos, me imagino, para que se fueran ya. Eso ha sucedido a los que de pronto vienen con una tambora. Pero una marimba es excepcional. Hubo unos vecinos a los que sí perturbó notoriamente y de manera muy positiva. En la casa de enfrente, por las ventanas se asomaban y sonreían sin cesar hacia los marimberos nómadas. Y es que ahí viven los famosos Hermanos Zavala. Vecinos muy cordiales que tocan la marimba de manera profesional. Yo los vi por primera vez hace muchos años en uno de los noticieros que pasaban antes de la función en el cine Gloria. Y después en la televisión. Eran una sensación, además de por lo bien que tocaban, porque eran once hermanos con sus marimbas, todos al mismo tiempo en escena. Un despliegue sólo comparable en aquella época a las coreografías acuáticas de Esther Williams. De esas cosas que el cine solía dar. Nunca imaginé que vivían al lado. Aunque tal vez en aquella época vivían en otra parte.

Yo no vivía entonces en este paréntesis doblemente edénico sino muy cerca, en la calle de Medellín un tiempo y otro en la de Coahuila, alternando con estancias largas y cortas en Sonora y Baja California. Entre los grandes placeres que recuerdo de niño, además del Parque México y la extraña calle de Ámsterdam, estaba el mercado de Medellín y los varios cines de la zona. En una época, muy especialmente, el cine Gloria, que estaba en Campeche, casi esquina con Manzanillo, a tres calles de mi casa. Aunque era un cine grande para los criterios actuales, no era de los grandes en su tiempo. Grande era el cine Estadio, a unas cuantas calles. Ahora convertido en templo de una secta. Y después grande y moderno fue el cine Las Américas. Que por poco se convierte en el salón de baile que sería el relevo de lo mejor del Salón 21, cuando su dueño era Miguel Nieto, pero cuya estructura está dañada. Al cine Las Américas iba la gente de las colonias Condesa, Escandón, Roma y muchas de las del sur, hasta San Ángel, antes de que después existiera el cine Manacar en la calle de Insurgentes y Río Mixcoac.

Cuando yo era niño el cine Gloria ya había pasado su mejor época y nunca fue renovado. Y ése era parte de su encanto. La marquesina con frecuencia lucía letras accidentadas. Una T muy rota, una L que colgaba como pistola de gángster asesinado, una O que pertenecía a otra tipografía y era muy evidente. De niño me quedaba contemplándolas mucho tiempo frente a la marquesina apagada. Y me preguntaba qué había pasado con las O de ese juego. ¿Se les habrán roto o perdido? ¿O alguien se robó las O del cine por alguna razón desconocida para mí? Imaginaba historias de mi detective favorito entonces, inventado por Mark Twain, Cabezahueca Wilson (como traducían entonces  Pudden’head Wilson), en las que el robo de las O del cine Gloria era el misterio a resolver. Y el detective lo lograba gracias a las huellas digitales sobre el resto de las letras. En cierto momento el menospreciado Cabezahueca les decía que el nombre del asesino estaba escrito en las otras letras aún colgadas formando el título de la película. Los policías comunes y normalmente bobos leían y leían sin entender hasta que el detective Wilson les demostraba que las huellas eran otro alfabeto dentro del alfabeto.

En el cine Gloria, antes de cada película, como en casi todos los cines en México entonces, mostraban una sesión de “cortos”. Que eran como unos noticieros mezclados con reportajes breves sobre cualquier tema. Y el monopolio de ellos en una época los tenía un productor llamado Demetrio Bilbatúa. Escuchar su nombre al inicio de todas las funciones era como si mencionaran una especie extinta de dinosaurio. Porque como la sala de cine, sus cortos tenían la apariencia de pertenecer a la época en que nuestros padres eran muy jóvenes. O incluso antes. La voz que presentaba todo era muy engolada y solemne hasta para decir lo supuestamente informal. Y les gustaba poner como sonido de fondo el ruido que hacían los motores de las cámaras filmando. Que al principio uno que nunca hubiera asistido a una filmación identificaba sólo como un ruido molesto, extraño en una película. Eran graciosos por lo malos que eran y el enorme esfuerzo que hacían por ser graciosos despertaba sentimientos de extrañeza y algo de piedad. Una ventaja: cualquier película mexicana o extranjera, por más mala que fuera, lucía muchísimo después de los “cortos” de Bilbatúa. Eran tan malos que no nos permitían apartarnos de la conciencia de que estábamos dentro de un cine, con su decorado interno particular y su espíritu de palacio del barrio.

Cuando había una película ya no estábamos en el cine Gloria sino en otro lugar. En ése donde la película sucediera. Ahora me doy cuenta de que no tengo ni un solo recuerdo que me permita relacionar una película con alguna sala en especial.

El cine Gloria se volvió con el tiempo, y por unos cuantos años, una discoteca llamada El Cine, facilitando el paso de la Gloria al Hotel más que antes. Ahora es un edificio de apartamentos tan alto que desafía las normas de seguridad para temblores en la zona. Como en las películas de gángsters que veíamos en el cine Gloria. Como si lo de adentro se hubiera salido. Da pena pensar lo que puede suceder. Pero esa es otra película. El hotel Paraíso sigue ahí sin mácula ni indiscreción, sin renovarse pero sin ser en nada decrépito. Todo dentro de la estética de los cincuenta, como los mosaicos que cubren sus muros exteriores. Y a juzgar por las camionetas de la lavandería que suelen salir de ahí bien cargadas de sábanas sucias, el negocio va viento en popa.

Una noche, entré al cine y había ya comenzado una película que sucedía en un hotel de paso, muy parecido al Paraíso de al lado. Pero más parecido todavía al hotel Colonial que reina a un costado de Chapultepec, sobre la calle de Constituyentes, y que tiene en sus jardines a cinco pavorreales y una jaula con una pareja de leones. Es legendaria la anécdota del dueño del hotel atacado una tarde por uno de sus leones mientras lo alimentaba. Los había tenido desde que eran bebés y llegaba a meterse a la jaula para darles de comer con sus manos sin que ellos tuvieran hacia él sino gestos de afectuoso sometimiento. Varios años después, una tarde de intensa lluvia, un rayo cayó sobre la jaula metálica asustando al león de tal manera que, creyendo a su amo responsable del estallido luminoso y del impacto eléctrico, con un gesto instantáneo le dio un zarpazo en la cara, desangrándolo en un instante. Y cuentan que cuando llegaron a tratar de ayudar al dueño del hotel, el cielo todavía relampagueaba mientras el león lamía su cara. En algunas versiones, el león gemía, lloraba arrepentido y trataba de sanarlo con su lengua, como los leones hacen instintivamente con sus propias heridas. En la versión de otros empleados, el león se lo estaba comiendo: una vez alertado el instinto y multiplicado por el olor y el sabor de la sangre, el león saboreaba a su dueño. Y rugía cuando alguien trataba de acercársele y quitárselo.

La película contaba a grandes rasgos y con variantes esa historia de los leones del hotel de paso, como eje de varias historias de equívocos en los que el hombre de una pareja de amantes salía por hielo y al regresar se equivocaba de cuarto, descubriendo en la nueva habitación, por supuesto, a su esposa con otra persona.

Me quedé tan impresionado que al llegar a mi casa me parecía seguir oyendo enormes rugidos felinos mezclados con los resortes de las camas del hotel de paso al lado de mi cuarto. Me quedé profundamente dormido en esa selva de imágenes y sonidos. Y esto es lo que anoté al despertar del sueño que tuve aquella noche con una mujer con la que, si me preguntan, nunca estuve ahí:

“Habíamos deseado ese momento durante varias semanas. El nerviosismo posesivo casi nos impedía hablar antes de entrar al cuarto del hotel Paraíso que daba a una calle cubierta, entre otros árboles, de truenos. Había un jardín con leones muy bellos que parecían adormilados. Verlos, admirarlos, temerlos, nos daba un escalofrío que describía perfectamente con esa figura animal nuestro nerviosismo. Todo era muy oscuro incluso cuando prendimos una luz dentro del cuarto. Había una extraña penumbra. Pero tu sonrisa y tu mirada me iluminaban todo lo que entonces hubiera querido ver. A ti. El camino de mis manos hacia ti, el camino de mis besos hacia tu cuello, hacia esa vena que se encendía al ritmo de tu sangre. Recuerdo tu desnudez, encima de la mía, y mis manos sosteniéndote de frente y de espaldas en el aire. Tus nalgas como dos nubes en mis manos, descendiendo muy lentamente para envolverme. Para envolver mi pene, primero con su olor y su humedad, luego con ese abrazo de agua y carne que sin principio ni fin nos ponía en el paraíso. Yo trataba de mirar dentro de ti como quien logra ver a lo lejos una luz en la tormenta. Y al moverte en mis manos que aún te sostenían en el aire, como quien nada en el viento, con cada movimiento respirabas hondo y algo dentro de ti se encendía que sólo con el ojo de tacto de mi pene podía ver. Y así te conocía por dentro de otra manera. Mirarte es para mí, desde entonces, un verbo que se conjuga con múltiples facetas de acción contemplativa: profundas, húmedas, llenas de vaivenes, de instantes eternos, de intensidades más hondas y fugaces que algunas palabras. Y desde esa noche de lluvia no dejo de mirarte. Y admirarte en el anhelo empapado de tu lluvia. Tus nubes en mis manos volaban como en viento leve y luego como en una tormenta. Y yo en ellas, girando como si fuera entonces y siempre su habitante natural y el habitante natural de tu sonrisa. Hasta que (todavía me duele recordar ese momento como si fuera una terrible desgarradura) un relámpago iluminó las ventanas. Unos segundos después un trueno. Y un enorme rugido de dos leones, más violento aún que el del cielo tronó en nuestros oídos, separándonos, no sólo de nosotros sino de nuestro sueño. Desperté de golpe en mi cama, empapado pero solo. Con la espalda arañada, no supe cómo, con mis dedos cansados de sostener la parte más bella de tu cielo. Desperté, sí, pero mi corazón alterado, mi pene en el alboroto de tu humedad acogedora, siempre sediento, mi espalda, mis manos, tardaron varias semanas en regresar de ese sueño que, dentro de mí, en algún rincón que huele a ti, nunca ha sido interrumpido. Sí, tú lo dijiste más o menos así mientras nos enjabonábamos, hay hoteles de paso que no lo son porque uno siempre los lleva dentro”. n

 

Alberto Ruy Sánchez. Narrador, ensayista y poeta. Es autor del quinteto de Mogador: Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, Las manos del fuego y Nueve veces el asombro

Este cuento forma parte del libro Historias de hoteles de paso, que la editoral Cal y arena publicará a principios de 2014.