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En 1934 el escritor y periodista estadunidense Carleton Beals publicó la novela Black River, que a pesar de ser una de las primeras obras que exploró la prosperidad petrolera en México durante  los años veinte del siglo pasado, hoy duerme el sueño de los justos. Edith Negrín recuerda la atrayente personalidad  de Beals y evoca el enclave del oro negro en el Tampico de entonces.

A los lectores de este siglo les extraña que la novela Black River (1934), de Carleton Beals, una de las primeras obras escritas sobre el petróleo mexicano, no haya sido traducida al español y permanezca casi ignorada. Apenas se encuentran en el campo cultural del país algunas críticas sobre esta novela, cuya visión de México y posición frente al tema petrolero, en cierta medida coincide con la de B. Traven en La rosa blanca, publicada en alemán en 1929 y en español en 1940.1

Sorprende el desconocimiento porque el autor, apasionado latinoamericanista, dedicó cerca de una docena de libros a México. Vale la pena recordar su atrayente personalidad.

Beals, intrépido y romántico

Carleton Beals, nacido en 1893 en el estado de Kansas, viene a México en 1918 por haberse declarado objetor de conciencia y negarse a ingresar al servicio militar que lo hubiera obligado a tomar parte en el horror y el sinsentido de la Primera Guerra Mundial. Hubo otros como él, un heterogéneo conjunto de jóvenes estadunidenses, y algunos de origen mexicano, también conocidos como “slackers” o remisos.2

Aquellos que aunaron el amor por la aventura y la militancia política, a la vocación de periodistas y escritores, dada la firme conciencia antiimperialista de que estaban imbuidos, contribuyeron a disminuir la ignorancia del público lector norteamericano acerca de América Latina. John Kenneth Turner y John Reed son pioneros paradigmáticos de estos intelectuales que llegaron al México revolucionario y dejaron imborrables imágenes del país y la gente. A esta estirpe pertenece Carleton Beals.

 El joven Carleton había padecido tres breves encarcelamientos por su actitud renuente a cumplir sus deberes patrióticos, si bien a la larga fue declarado no apto para el servicio por razones de salud. Viajaba a México con su hermano menor, Ralph, futuro antropólogo especialista en nuestro país, quien estaba cercano a la edad del reclutamiento. Los hermanos Beals contaban con el amparo afectivo de su familia, de orientación liberal izquierdista, pero llegaron a México en condiciones de extrema pobreza. Sin embargo, a los pocos meses el autoexpatriado primogénito ya disfrutaba de una posición desahogada, manteniéndose como profesor de inglés y corresponsal extranjero en la capital.

Beals poseía una excelente formación universitaria, no obstante la cual, su inquietud aventurera, tanto como su descontento con el sistema norteamericano y el inherente culto al trabajo y al éxito, lo impelían a dejar su tierra natal. Graduado con honores en Berkeley como ingeniero de minas, con una especialización en economía, obtuvo asimismo una maestría en educación en Columbia y mostró desde muy joven la vocación de escritor, incluso ganó un concurso de ensayo. Pero pese a su brillante desempeño académico, una vez egresado sólo pudo conseguir un trabajo administrativo en una compañía petrolera californiana.

En su recuento autobiográfico Brimstone and Chili —que debe su título a la exclamación de un personaje sobre un pueblo desértico de Arizona: “tan picante como azufre y chile”—, relata en detalle su llegada a México. Cuenta que antes de la expedición él era un esclavo de cuello blanco en el departamento de embarque de la compañía Standard Oil, revisando los envíos destinados a los supuestamente ignorantes y perezosos pobladores de tierras remotas. Y recuerda que cada barril de petróleo inventariado le hacía pensar en mares tropicales y playas sombreadas por palmeras.

El Río negro de Carleton Beals

La estancia inicial en México del inquieto Carleton duró más de dos años en los cuales, como él contaría posteriormente, atravesó 15 estados a pie, a caballo o en tren, convivió con los indígenas del norte del país, supo de los rebeldes villistas y carrancistas y entró en contacto con los artistas e intelectuales más importantes de la capital. Trató de cerca a Venustiano Carranza, cuando éste ya era presidente, y a otros miembros del grupo dirigente. El viaje señaló una nueva ruta en su vida: consolidó su vocación periodística y despertó su compromiso existencial con los países latinoamericanos.

Vuelve a México en 1923, su integración, junto con otros artistas y bohemios norteamericanos al país, que vivía la fiesta de la reconstrucción de la identidad y la cultura.

Prolífico autor de artículos periodísticos y cerca de 50 libros, Beals llegó a ser una de las voces más autorizadas sobre los problemas de América Latina, siempre desde una óptica izquierdista.

Su posición dentro de la gama de las izquierdas tiene como constantes el radicalismo antiimperialista y la solidaridad con las masas insurgentes, así como con los humillados y ofendidos de todos los países. Entre los veinte y los sesenta se solidarizó con una diversidad de luchas populares y llevó a cabo hazañas periodísticas, por ejemplo, ser el único corresponsal extranjero que entrevistó a César Augusto Sandino en 1928. A través de los varios géneros que cultivó, atacó la depredación practicada por las compañías petroleras y las bananeras. Siempre denunció el imperialismo norteamericano por su ejercicio de la intervención militar, la intimidación diplomática, la dominación económica y la manipulación clandestina, sintetiza John Britton.

Aunque fue acusado de agente de Stalin, por su renuncia al Comité Americano para la Defensa de León Trotski, presidido por John Dewey en 1937 —cuenta Rafael Rojas—, su trayectoria izquierdista fue ajena a las burocracias e instituciones; más bien fue libre, personal, bohemia. Su actitud ideológica puede ser ubicada dentro de la amplia gama del socialismo populista.3

Britton lo vincula con la “izquierda lírica” norteamericana, definida por una sed de experiencia estética, aunada al deseo de encontrar una síntesis progresista de la experiencia humana. Christopher Neal lo califica con tino de disidente solitario. La militancia de Carleton Beals fue tan romántica como toda su personalidad: apuesto y atractivo, individualista y apasionado; fotografiado por Tina Modotti y modelo de un personaje que Katherine Anne Porter describe con ironía, en el relato “That Tree”.4

Junto con otros compatriotas radicales el autoexiliado Beals desafió la premisa ampliamente reconocida en Estados Unidos de que América Latina era un vasto paraíso tropical, lleno de recursos, esperando poder desarrollarse con la bondadosa iniciativa de los inversionistas norteamericanos.

La copiosa producción del aventurero militante incluye relatos de viaje, crónicas, biografías históricas, autobiografía, ensayos políticos y novelas; los géneros se contaminan entre sí, y todos participan de cierta dosis de ficción. Uno de sus temas fundamentales es América Latina, y cerca de una docena de sus libros, insisto, se centran en México.

La práctica periodística imprimió a la prosa del escritor el apresuramiento, la urgencia de comunicar de inmediato. Su escritura lleva, asimismo, la huella de su ansiedad existencial por conocerlo todo y contarlo todo, en circunstancias casi siempre acuciantes.

Los contemporáneos de Beals destacaron el aporte informativo de sus libros, la valiosa observación de primera mano. Apuntaron, también, la agilidad narrativa y el colorido descriptivo de su prosa; sus textos de viajes y crónicas recibieron elogios, pero en tanto novelista casi siempre fue considerado deficiente.5 A la distancia no se puede menos que concordar sus textos autobiográficos y sus crónicas se leen aún con deleite, pero las novelas padecen de un exceso de acontecimientos, no siempre bien ensamblados, y el previsible maniqueísmo de quienes conciben la literatura como un arma de combate ideológico.

Aun cuando en principio Black River no está exenta de las mencionadas limitaciones, merece ser estudiada en tanto, desde la disidencia norteamericana, capta la atmósfera emocional del enclave petrolero tampiqueño en los veinte, así como la visión de personajes de diferentes grupos sociales.

Río negro, la novela

Black River es una narración extensa: 45 capítulos de longitud desigual, encabezados por números romanos, y a veces subdivididos en apartados, se distribuyen en 409 páginas. El relato está a cargo de un narrador omnisciente que va alternando el punto de vista de algunos personajes, en diversa medida, con el suyo propio.

La narración se estructura alrededor de dos líneas imbricadas. Una es la historia de las adversidades y fortunas de Mico Zaragoza en el puerto de Tampico en la etapa de la posrevolución mexicana, hacia la década de los veinte. Mico es una especie de antihéroe que parece ser, para el narrador, el paradigma del tampiqueño, tal vez del mexicano, “promedio”. Su trayectoria es el hilo conductor de la novela, desde el principio hasta el capítulo XXXIII en que es asesinado. Los 12 capítulos restantes narran el destino de los hombres y mujeres de diversos grupos sociales que, a través de contactos directos con el protagonista, fueron distanciándose, cobrando importancia, vinculándose a su vez con otros personajes, y ramificando en una constelación de historias de distinta extensión.

Las historias a veces ocupan varios capítulos, otras son breves. A veces los apartados dentro de un capítulo narran momentos sucesivos de un mismo relato; a veces cambia el escenario y personajes.

En cualquier momento irrumpe la voz del narrador que constituye la otra línea narrativa. El narrador complementa la trama. Ilustra la circunstancia tampiqueña y mexicana en el contexto universal. Sin pretensiones de objetividad, expresa sus simpatías o antipatías por determinados personajes, y en su esfuerzo por comprender, explicarse y esclarecer al lector la complejidad de la situación histórica, constantemente opina, conjetura y divaga.

El furor por el petróleo

En el marco global de un maniqueísmo apenas matizado, la trama se estructura alrededor de dos grandes polos antagónicos, sintetizados a grandes rasgos por el narrador como: México, “un modo de vida que detesta las máquinas”, frente a los Estados Unidos y su “eficiencia industrial”.6

Por el lado mexicano, el personaje central es, pues, Mico Zaragoza; hombre joven, débil, marginal, sin recursos, posición social, convicciones o preparación, está destinado al fracaso en todos los aspectos de su existencia. Empleado, corrompido, utilizado, perseguido y aniquilado por una compañía petrolera, su trayectoria tiene un matiz simbólico. Su caso permite atisbar la forma en que los tampiqueños padecían, en su vida cotidiana, la agitación e inestabilidad generadas tanto por el ajetreo revolucionario, como por el vertiginoso crecimiento del puerto como un enclave petrolero en América Latina.

La motivación más importante de Mico es conquistar a una mujer de la cual está enamoradísimo. Dado que ella, Conchita, apodada “La Paloma”, es una prostituta de alto nivel, el joven necesita mucho dinero y, como los héroes de la novela picaresca, desarrolla todo tipo de ardides para obtenerlo, atravesando sin escrúpulos ni remordimientos una y otra vez la frontera entre las actividades legales y las delictivas. Cierto que se trataba de una frontera de suyo un tanto difuminada en ese momento histórico.

 Mico representa a una profusión de desclasados, hombres y mujeres que ofrecen diversos servicios en restaurantes y centros nocturnos: administración, alimentación, bebida, baile, prostitución. Muchos empleados son chinos.

Completan el cuadro los indios (Indians). Se habla, en forma genérica, de aquellos que caminaban por la noche cargando mercancías para venderlas en el mercado. O de aquellos “indios descalzos” que fueron estafados por la compañía petrolera para quitarles sus tierras.

En menor medida sabemos de los obreros del petróleo que, salvo excepciones, aparecen representados en masa, y adquieren importancia en el capítulo dedicado a la huelga. El narrador describe las pésimas condiciones de trabajo, el lamentable nivel de vida y la imposición de costumbres feudales que padecían los asalariados.

La huelga de los petroleros surge al calor del nacionalismo despertado por el movimiento revolucionario. No obstante en la represión del movimiento, los empresarios extranjeros cuentan con la complicidad de las autoridades políticas de la región. El gobierno norteamericano, a su vez, contribuye a la pacificación enviando dos cruceros armados que se limitaron a anclar cerca de la zona.

A la distancia, el episodio de la huelga, tal vez inspirado en algún caso real, parece haber sido un breve ensayo de los conflictos que cuatro años después de la publicación de la novela culminarían en la expropiación del petróleo mexicano.

Son también parte importante del sector mexicano los militares que detentan el poder. Si los desposeídos participan en la corrupción generalizada dentro de su ignorancia, los militares lo hacen deliberadamente, compitiendo entre sí, de acuerdo con las vicisitudes del centro. En los veinte Tampico alternaba los gobiernos de diversos generales, según los vaivenes de la lucha revolucionaria. Al inicio de la novela el general representante de Venustiano Carranza acababa de expulsar a las fuerzas federales de Victoriano Huerta.

El Río negro de Carleton Beals

Se presenta también entre los grupos dominantes a la institución eclesiástica, que se comporta como aliada de los empresarios petroleros y enemiga de los generales, a causa de la prepotencia castrense. Así, el primer capítulo de la novela presenta a Mico esperando a “La Paloma” para una fiesta que tendría lugar en el interior de la Catedral. Un letrero pintado sobre una manta, notificaba: “Baile gratis ofrecido a los revolucionarios de Tampico por el Gral. Eduardo Yarza”. Este profanador del templo era un carrancista que había echado de la región a las fuerzas federales. Yarza había establecido su cuartel en el hotel Imperial, protegido por “tropas yaquis semisalvajes”, acota el narrador.

El polo norteamericano gira alrededor de dos personajes. Uno es Simon J. Bartlett, que dirige la Calumet East Oil Company (CEMOC), conocido como “el rey local del petróleo” y protegido por el peso evidente o discreto de su poderoso país. Típico ejemplo de los hombres que se han formado a sí mismos, era de origen pobre, y había trabajado primero como maestro de escuela. Sin embargo, después de varias aventuras financieras, a través de prácticas deshonestas, había llegado a ser un magnate del petróleo.

El petrolero está rodeado por familia, amigos, socios y empleados. Entre sus amigos cobra importancia el cónsul americano en Tampico. Entre sus socios se cuentan varios abogados en México y un senador norteamericano.

El otro personaje, uno de los principales asistentes de Bartlett, es Tom Guard, gringo desertor del ejército, ex preso, aventurero que había pasado por Hong Kong, La Habana y Cayo Hueso. Inmoral y violento, con experiencia en compañías como la United Fruit. Al llegar sin empleo a Tampico es contratado por su amigo y se convierte en organizador de guardias blancas de la compañía petrolera. Juega un rol fundamental en la quiebra de la huelga.

El panorama del estado es de gran descomposición: “Tampico, que había ordenado sus extravagancias al ritmo de las nóminas salariales de las compañías petroleras, se había convertido en una orgía abierta de parrandas nocturnas, de franco pillaje, de fuertes gravámenes revolucionarios”.

En este marco destacan los escasos personajes que se guían por sus valores morales. Los demás integrantes de la familia de Mico se caracterizan por ser trabajadores, dignos y honestos. También honorable es Agustín Servín, abogado tampiqueño culto, incorruptible, amigo de la familia Zaragoza y defensor de las causas justas. Ted Simpson es un hombre capaz de sentimientos nobles; medio mexicano, a pesar de ser sobrino de Bartlett, se enamora de Rosa y toma partido por México.

Cuentos de amor, de locura y de muerte

Las múltiples historias dentro de la trama contribuyen a ilustrar en detalle la propuesta central del narrador, los métodos perversos de las compañías petroleras para alcanzar sus fines.

La familia Zaragoza, por sí sola, ilustra una historia de amor, de locura y de muerte ocasionada por la empresa petrolera. La madre junto con los hermanos José y Rosa son traicionados por Mico quien, a cambio de un poco de dinero, ayuda a la empresa petrolera a despojarlos de la hacienda heredada del padre. La familia se ve obligada a habitar en una choza, cerca de los trabajos de perforación de pozos. La madre enferma y muere por falta de atención médica, su tumba es invadida por el torrente de mineral. Posteriormente, José y Servín sacan el cuerpo del aceitoso féretro y lo llevan al cementerio de Tampico. Contemplan allí las huellas de la explotación petrolera: la devastación de la zona, las milpas pisoteadas. El abogado comenta: “el petróleo se ha infiltrado en nuestros mismos poros, en nuestras almas, en nuestras mentes”.

José empieza a enloquecer, con el rostro y las manos embadurnadas de betún, camina bajo el sol ardiente llorando y lamentándose: “madre, te ahogaron en petróleo”. Por fortuna para su hermana, tiempo después se recupera.

Ted ama a Rosa en quien ve encarnada “la antigua sabiduría indígena”. La pareja protagoniza la única historia amorosa de la novela con final feliz: se casan y, llevando consigo a José, dejan Tampico en tren. No hay espacio para ellos en el puerto al cual miran como un sitio maldito. Tampoco la narración les ofrece mucho espacio, son personajes secundarios.

Muchos otros pobladores del puerto, tampiqueños y uno que otro foráneo, protagonizan, al igual que los Zaragoza, casos de locura y de muerte.

Uno de los relatos centrales es el de la conspiración para separar de México los estados petroleros, urdida por Simon J. Bartlett. Lo que desata la pretensión del empresario es el cambio de gobierno en Tampico. El general Yarza pelea con Carranza, pasa a ser un rebelde y es sustituido por el general Montalván. Las ganancias de Bartlett se ven amenazadas por ambos generales que le exigen dinero. El hecho histórico que enmarca el cambio de poder local es el Congreso Constituyente de 1916-1917.

El magnate petrolero se alía con el cónsul norteamericano y le pide que tramite la inmediata intervención norteamericana en México. El cónsul Charles Sadler evoca al conde de Cavour que, en el siglo XIX, había luchado por la unificación de Italia, afirmando la estrategia de comerla “hoja por hoja, como una alcachofa”. De inmediato el capitalista llama a su conjura el “proyecto alcachofa”, que se proponía fundar una “república petrolera” con los estados desprendidos de México. Tal república garantizaría así el abastecimiento del mineral a los norteamericanos bajo cualquier circunstancia y, en caso necesario, podría anexarse a Estados Unidos.

Bartlett recurre por supuesto a todos sus contactos con el gobierno norteamericano y trata de conseguir el apoyo del público de su país, presentando su plan como patriótico.

El empresario y sus cómplices pugnan porque se forme un comité político norteamericano que investigue la corrupción en el gobierno de Carranza. Los periódicos mexicanos denuncian al comité como un acto vergonzoso y amenazador, que desacreditaría al presidente Wilson.

En México existía ya bastante tensión por los conflictos entre el gobierno y los empresarios petroleros, y el plan de Bartlett aumentó el sentimiento antiamericano. Carranza emite su doctrina sobre política exterior: todas las naciones son iguales ante el derecho y las relaciones entre los países deben regirse por el mutuo respeto a las instituciones y a las leyes.

El Río negro de Carleton Beals

El Senado norteamericano ordenó una investigación de los métodos de las compañías petroleras en México, para entonces ya bajo el gobierno de Álvaro Obregón. Se hizo evidente el fracaso del plan alcachofa. Bartlett es detenido e interrogado por la comisión senatorial sobre su complot. Aun cuando sale libre, pagando una fuerte suma, es ya un hombre destruido no sólo por su derrota, sino por graves problemas familiares.

Por su parte, el canalla Tom Guard pasa a ocupar el lugar de Bartlett en la región. Rico y poderoso, el desertor del ejército empieza a ser aceptado por la buena sociedad y, como símbolo de su triunfo, se queda con “La Paloma”, a la que lleva a navegar en su lujoso yate.

Después de la partida de Ted Simpson y los hermanos Zaragoza, los que se quedan en Tampico son los mexicanos sin valores —como lo había sido Mico—, las masas y los gobernantes corruptos. Sin embargo, como una cierta esperanza, permanece en el puerto Agustín Servín, cuyo destino se desconoce.

Beals, a través de los personajes, hace gala de cultura libresca; su intertextualidad es digna de un estudio específico. Va desde la inserción de dichos y canciones populares mexicanas, en español, puestos en boca de algún mendigo o asociados con los mexicanos positivos, hasta la mención de autores canónicos. Así, el malvado Tom Guard lee a Benvenuto Cellini y el bondadoso Ted Simpson a “Madame Calderón de la Barca”. El sobrino de Bartlett lee a “Bernardino de Sahagún” y evoca un pasaje en que el cronista habla del chapopote. Por su parte, Agustín Servín es cercano a los textos de Plinio, Platón, Jenofonte y Aristides.

En el plano de las referencias históricas, aun cuando Simon J. Bartlett es un personaje emblemático, que podría ser la encarnación de cualquier magnate petrolero, algunos indicios permiten identificarlo con Edward L. Doheny. Éste fue el inversionista cuyos hallazgos detonaron el llamado “boom del petróleo” en California y uno de los principales empresarios en México; de hecho, el primero en desarrollar los yacimientos de hidrocarburos mexicanos. Doheny ha inspirado con laxitud el personaje  del villano capitalista en varias novelas del petróleo, el Arnold Ross de Oil! (Upton Sinclair) y el Mr. Collins de Rosa blanca (Traven). En México Gabriel Antonio Menéndez escribió un triste anecdotario del personaje, Doheny el cruel. Episodios de la sangrienta lucha por el petróleo mexicano (1958).7

En el caso de Black River pueden rastrearse varios nexos entre Simon J. Bartlett y Doheny; el más significativo es el proyecto de la república petrolera. Al respecto, relata Lorenzo Meyer:

Cuando se investigaba el escándalo producido por la venta que hizo Fall a Doheny y otras personas de las reservas navales de combustible en el Teapot Dome en 1924, Charles Hunt, un allegado a Fall, declaró que en 1917 el entonces senador y un grupo de petroleros pretendieron separar de México los estados norteños (Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y el norte de Veracruz; sólo así sus intereses estarían seguros. Evidentemente, aun en caso de haber existido, este plan no llegó muy lejos.8

Para Dan La Botz, autor de una documentada biografía de Doheny, Black River es una novela en clave sobre el magnate.9

Un Tampico idílico

Como se ha dicho, el desarrollo anecdótico está atravesado por el discurso del narrador, con frecuencia como una entidad independiente, a veces poniendo en boca de un personaje reflexiones similares a las suyas. En el primer capítulo la omnisciente voz del narrador especifica la región geográfica de los acontecimientos, explicando su versión del título de la novela, que será confirmada por la trama. Desde el comienzo queda claro que el destino de Tampico está imbricado a su situación, como parte de un país subdesarrollado, en el concierto universal:

Tampico estaba pegado a la orilla de un río negro eternamente cubierto por una fina capa de petróleo viscoso —un puesto de frontera encerrado en una bahía de lagunas de malaria y densas selvas. Dedos de acero habían abierto caminos a través de esa selva, decían los hombres, para promover la civilización. En realidad, para promover la codicia de los lobos que merodeaban las selvas de lo que el hombre se complace en llamar a la civilización, las selvas de la industria moderna, tan salvajes e indomables a su manera peculiar, como este cálido y enredado litoral mexicano […]. Con revolución o sin ella, con selva o sin ella, en vida o muerte, el negro río de petróleo continuaría fluyendo hasta los lejanos confines de la tierra.

[…].

En Europa, otro pozo de odio y avaricia, el barreno de las infantiles esperanzas humanas esgrimido por hombres cínicos que hablaban de Dios y la humanidad, había perforado la delgada capa de la paz en los agitados acontecimientos. La negra y viscosa sangre de la guerra inundaba el mundo.

Menciona sitios existentes en Tampico, la catedral, la iglesia La Purísima, los hoteles Imperial y Palace, la calle Madero, el café Louisiana, el salón La Cueva del Tigre. Y algunos lugares de la ciudad de México: el Paseo de la Reforma, el bosque de Chapultepec, Mixcoac, los hoteles Regis, Princess, Royal, el restaurante San Ángel Inn, la Casa de los Azulejos, el teatro Fábregas.

Por lo que hace a la ubicación precisa del momento histórico, la trama comienza cuando las fuerzas de Venustiano Carranza echan fuera al gobierno huertista —hacia 1914—, y al final se menciona el triunfo de Álvaro Obregón (1920). Además de los múltiples indicios explícitos, el narrador llevado por su afán didáctico, recalca las referencias. Así por ejemplo, en una nota, explica: “Esta revuelta ocurría en 1920. A lo largo de la novela, los intervalos temporales entre los acontecimientos políticos han sido comprimidos. Cerca de siete años se condensaron en tres”.

Múltiples pasajes insisten en la condición del enclave petrolero en el contexto  internacional, de acuerdo con la militante conciencia antiimperialista de Beals. Así, por ejemplo, cuando habla del carrancismo, menciona la Primera Guerra Mundial: 

No sólo todo México se agitaba con la revuelta, el mundo entero se movía hacia la guerra. Barcos bombarderos de los grandes poderes husmeaban por los rincones más lejanos de los cinco continentes para atrapar los fragmentos sobrantes del imperio. En esta apuesta imperial, el petróleo era un factor decisivo. México y especialmente el sucio puerto de Tampico estaban estrechamente ligados a los acontecimientos que harían época.

El narrador a veces expresa su visión a propósito de un personaje privilegiado, Agustín Servín, con el que coincide:

Servín había crecido en la región antes de que se descubriera el petróleo, cuando la vida era simple y bucólica: bailes alegres en haciendas lejanas y ranchos ganaderos; ingenuo vasallaje paternal, junto con graciosas tradiciones aristocráticas. Tampico era entonces un asentamiento pequeño, con casas techadas de paja, al lado del río.

Ahora los tiempos han cambiado. Tampico vive una bonanza. Constantemente hay dragas perforando los canales y los bancos de arena. El petróleo cubre ríos y lagos. Las calles han sido aplanadas y asfaltadas, rellenando los hoyos. La paja cedió el lugar al adobe, a las láminas de hierro, al concreto reforzado. Autos y camiones se apresuraban haciendo anacrónicos los pocos carros de caballos que aún quedaban.

Así, por medio de Servín, tanto como en la voz del narrador, Carleton Beals muestra un atisbo de su visión utópica del Tampico incontaminado por la explotación petrolera: un entorno idílico y relaciones humanas armoniosas y felices. Ecos del antiguo tópico del buen salvaje, en el pensamiento de las izquierdas del siglo XX.

En un libro publicado en 1931, Mexican Maze (traducido al español como México desconcertante, y en otras ediciones como Laberinto mexicano), el escritor dedica un capítulo al “oro negro”, relatando, a manera de ensayo, parte de lo que después volvería ficción en Black River, la historia de Tampico durante la Revolución. Describe así el puerto:

Un pueblo abierto, con una de las más grandes zonas-roja en el mundo. El dinero no fluía, salía a borbotones. Como el petróleo. En los cabarets vibrantes de jazz, el hombre que ni gastaba al menos mil pesos en una noche, era un roñoso. Y aunque las prostitutas que acudían en manada desde todos los rincones del globo no llevaban puñales en las medias, como Hergesheimer nos había hecho creer en su Tampico, más de un americano, cuya muerte ocasionó apoplejía diplomática en Washington, murió a manos de las Dalilas tampiqueñas.10

El procedimiento narrativo de pasar sin transición de una escena a otra, dentro de algunos capítulos de Black River, fue denominado “caleidoscópico” por Lynn Carrick en una de las reseñas inmediatas a la publicación de la novela.11 En mi opinión, Beals ofrece una de sus claves narrativas cuando afirma respecto de su personaje entrañable, el abogado: “Rivera, que amaba a la gente mayor, se habría deleitado en pintar a Servín”.

Carleton Beals, conocedor y amante de la pintura mexicana, cercano en determinada época a Diego Rivera, encontró una fuente de inspiración en los murales revolucionarios para escribir Black River. Intentó en la novela ofrecer un fresco de los grupos sociales tampiqueños en la década de los veinte, y lo hizo a través de una lente cargada de pasión e ideología. Por cierto, Mexican Maze fue ilustrado por Diego Rivera.12n

 

Edith Negrín. Profesora e investigadora de la UNAM. Entre sus libros: Entre la paradoja y la dialéctica: una lectura de la narrativa de José Revueltas y Para leer la patria diamantina.

 

1 Carleton Beals, Black River, J. B. Lippincott Company, Philadelphia & London, USA, 1934; B. Traven, La rosa blanca (trad. Pedro Geoffroy Rivas y Lía Kostakovski), Editorial Cima, México, 1940 [1929]. Se ocupan brevemente de Black River, Mauricio Magdaleno (Escritores extranjeros en la Revolución, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1979), y Luis Mario Schneider (La novela mexicana entre el petróleo, la homosexualidad y la política, Nueva Imagen, México, 1997).
2 La mayor parte de mi información sobre Carleton Beals procede de la excelente biografía de John A. Britton (A radical journalist in Latin America, The University of New Mexico Press, USA, 1987) y de los textos autobiográficos del autor: Mexico an Interpretation, B. W. Huebsch, Inc., New York, 1923; Brimstone and Chili, Alfred A. Knopf, New York, 1927. Empleé asimismo la semblanza escrita por Christopher Neal (“Carleton Beals. Disidente solitario”, Letras Libres, mayo, 2007). Sobre los estadunidenses que llegaron a México durante la lucha armada o después, consulté los estudios de Helen Delpar (“Exiliados y expatriados estadunidenses en México. 1920-1940”, en México, país refugio. La experiencia de los exilios en el siglo XX, ed. Pablo Yankelevitch, Instituto Nacional de Antropología e Historia/Plaza y Valdés, México, 2002) y Carlos Marichal (“Comentarios sobre un temprano clásico de la izquierda norteamericana: Dollar Diplomacy: A Study in American Imperialism [1925] por Scott Nearing y Joseph Freeman”, 2012. shial.colmex.mx/textos/Marichal-4.pdf. Consultado en marzo de 2013).
3 Rafael Rojas, El último Trotski y John Dewey, 2010. http://www.librosdelcrepusculo.com/2010/03/el-ultimo-trotski-y-john-dewey.html Consultado en mayo de 2012.
4 Katherine Anne Porter, “That tree”, The Virginia Quarterly Review, verano de 1934.
5 Así, por citar algunas opiniones, Mexico. An Interpretation (1923) fue calificado por Ernest Gruening como “el mejor libro sobre México obra de un estadunidense”, cuenta Christopher Neal. A su vez, Mexican Maze fue objeto de una entusiasta reseña de John Carter, quien considera a Beals un propagandista, en el mejor sentido del término, de la preservación del carácter esencial de México y en general Centroamérica (“Knowing Our Neighbors. Mexican Maze by Carleton Beals”, The Outlook, 3 de junio de 1931). http://www.unz.org/Pub/Outlook-1931jun03-00148. Consultado el 3 de febrero de 2012). Por otra parte, The Stones Awake…, en una reseña de Charles Wedger, fue calificada de pobre y superficial aunque con algunas virtudes (“The Truth About Mexico. The Stones Awake, by Carleton Beals”, The New Masses, 17 de noviembre de 1936). http://www.unz.org/Pub/NewMasses-1936nov17-00023. Consultado en enero de 2012.
6 Todas las citas de la novela están traducidas por mí.
7 Upton Sinclair, Oil! [1927], Penguin Books, USA, 2008; Traven, Rosa blanca, op. cit.; Gabriel Antonio Menéndez, Doheny el cruel. Episodios de la sangrienta lucha por el petróleo mexicano, Ediciones Bolsa Mexicana del Libro, México, 1958.
8 Lorenzo Meyer, Las raíces del nacionalismo petrolero en México, Océano, México, 2009, pp. 66, 96-97.
9 Dan La Botz, Edward L. Doheny. Petroleum, Power, and Politics in the United States and Mexico, Praeger, New York, 1991.
10Mexican Maze, Greenwood Press Publishers, Westport, Connecticut, 1931.
11 Lynn Carrick, “Mexican Oil. Black River by Carleton Beals”, The Saturday Review of Literature, 24 de marzo de 1934. http://www.unz.org/Pub/SaturdayRev-1934mar24-00578a03. Consultado en marzo de 2012.
12 El interés de Carleton Beals en el muralismo está bien documentado. Se refiere al tema en Mexican Maze (With Ilustrations of Diego Rivera). A su vez, la investigadora Alicia Azuela de la Cueva relata que en 1924 la Federación de Estudiantes de México, seguidores de Vasconcelos y enemigos de los lombardistas, se propuso destruir los murales de la Preparatoria e inició su labor raspando algunos fragmentos. Un grupo de intelectuales extranjeros, residentes en México encabezados por Anita Brenner y Carleton Beals publicó una protesta y pidió a las autoridades protección para estas obras (Arte y poder, El Colegio de Michoacán/Fondo de Cultura Económica, México, 2005).