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La significación correspondiente a cada espacio urbano se puede analizar como una consecuencia de las circunstancias que le dieron su origen en conjunto con las premisas sociales, su construcción y evolución. El espacio público, como uno de los principales elementos que estructuran la ciudad, se comprende como un espacio no limitado por derechos de propiedad, el que, en teoría, es accesible a cualquiera y es el lugar de las actividades, el comportamiento y las experiencias colectivas de los habitantes; del espacio urbano se activan las cualidades sociales en un carácter espacial adecuado.1

La definición de Kirschenmann es también aplicable para la gran Tenochtitlan, ciudad donde la plaza era el centro ceremonial, punto central del asentamiento y representación del “ombligo del mundo”. Los templos y las zonas habitacionales, jerárquicamente hablando, seguían en importancia dado el modo de vida al aire libre practicado por todos.2 Esta forma de vida generaba una relación espacial singular la cual conllevaba a una vida comunitaria que giraba en torno a un orden religioso que necesitaba de espacios abiertos con gran brillo y solemnidad.

Historia, uso y abuso del Zócalo

El conquistador Hernán Cortés toma la ciudad no sin tener claro su estructura urbana, política, económica y social. Una vez dominada Tenochtitlan fue descartada como capital del nuevo imperio por las dificultades técnicas que presentaba, primero destruir y después edificar una nueva ciudad sobre el agua. Pero Cortés lo reconsidera en 1522 ante el papel que inefablemente le pertenecía a la ciudad como fuente de prestigio y como necesaria afirmación del acto mismo de la Conquista.

En la nueva ciudad la plaza se configura abierta y de usos múltiples. Es decir, no es un recinto cerrado ni tiene solamente un uso cívico, nuevamente el espacio abierto se convierte en el protagonista de la escena urbana, la cual adquiere significado mediante los usos y apropiaciones sociales de la plaza, generando así una serie de características —inéditas para la época— de gran valor urbano que terminarían configurando una nueva sociedad, la sociedad novohispana.

Pero la plaza también se encuentra definida por su contexto edificado. Los edificios representativos del poder colonial, eclesiástico, económico y social se congregaron alrededor de la misma. Esta concentración de funciones define el perfil de un espacio que confiere identidad a la población en su conjunto, pues asegura la participación de los diversos estamentos en algunas de sus matizadas actividades.3 Se crea así un modelo urbano, una forma de hacer ciudad, que será replicado prácticamente en toda Hispanoamérica.

Sin embargo, la interacción de estas múltiples funciones no fue fácil, los usos cotidianos o la exclusión de todas ellas para desarrollar una en particular, generaba conflictos entre los distintos poderes, pero esta multiplicidad de usos aseguraba una gran vitalidad social y era generadora de la imagen viva de la ciudad y asombro de sus visitantes europeos. La plaza unía eficazmente las vertientes políticas y religiosas de la Conquista en un único centro, generando una jerarquización total del espacio que no permitía ambiguas valoraciones o interpretaciones.

Edificar la nueva ciudad fue un largo proceso, por lo que la fisonomía de la plaza mayor no queda totalmente constituida sino hasta mediados del siglo XVIII. Los elementos principales de esta nueva configuración fueron el giro del eje principal de la Catedral, la consolidación del mercado del Parián, el cambio de ubicación del Palacio Virreinal y la creación de la Plaza del Volador. Sin embargo, estos cambios eran únicamente estructurales, la suciedad y el desorden imperaba en las calles. La ciudad de México no era en absoluto un lugar idílico y esto fue ampliamente relatado por escritores y viajeros de la época.

El cronista Francisco Solano describe el estado en el que se encontraba el espacio de la plaza mayor en 1777: “Esta plaza cuando estaba el mercado era muy fea y de vista muy desagradable […] Lo desigual del empedrado, el lodo en tiempo de lluvias, los caños que la atravesaban, las montañas de basura, excrementos de gente ordinaria y muchachos, cáscaras y otros estorbos, la hacían de difícil andar. Había un beque o secretas que despedían intolerable hedor […] de noche se quedaban a dormir los puesteros bajo los jacales de tejamanil y allí se albergaban muchos perros que se alborotaban y, a más de ruido que hacían, se abalanzaban a la gente que se acercaba. Todo esto es cierto y verdad, de que son testigos todos los habitantes de la ciudad”.

La situación era similar en la edificaciones, la descripción del actual Palacio Nacional da cuenta de ello: “El Palacio Real era una orada casa de vecindad, había dentro de él cuartos de habitación y de puesteros de la plaza, bodegas de frutas, fonda, vinatería que llamaban la Botillería, truco, panadería con amasijos, almuercerías donde se vendía pulque públicamente y de secreto chiringuito, juego de naipes público en el cuerpo de guardia, y otro donde llaman el parque juego de boliche, montones de basura y muladares”.

La concepción de una ciudad y una plaza ordenada e higiénica no comenzó hasta la llegada del conde de Revillagigedo, virrey de la Nueva España desde 1789 hasta 1793. Enviado de los reformistas Borbones, el virrey fue considerado “el primer urbanista de México” al generar el saneamiento de la ciudad y establecer un nuevo orden urbano administrativo que transformaría la capital del imperio.

Desde 1791 comenzaron a instrumentarse medidas de saneamiento, empedrado de calles y plazas, de desazolve de antiguas acequias y construcción de atarjeas más eficientes, además de la construcción de espacios de esparcimiento público como plazas, paseos, jardines adecuadamente pavimentados e iluminados y también se ajustaron los alineamientos de las calles.4 La ciudad y su plaza se embellecían y ordenaban para celebrar el poder colonial: su rey Carlos IV montado a caballo y fundido en bronce ocuparía el centro de la plaza; es decir, el centro del nuevo mundo.

Plaza y nación

Con la llegada de Iturbide a la ciudad de México para su coronación, la efigie de Carlos IV ya no tenía cabida, y para que no tuviera presencia en la fastuosa ceremonia el ahora conocido Caballito fue envuelto con tela. La configuración de la plaza no se vio realmente transformada sino hasta que el mercado del Parián —el que ocupara un tercio de la plaza— fue eliminado en la búsqueda de la consolidación política de la Independencia.5 En 1828 el mercado, símbolo del último reducto de los comerciantes españoles, fue saqueado al grito de “mueran los españoles”, mismos que después serían expulsados del país.

El mercado fue finalmente demolido en 1843 cuando el general Santa Anna vio la plaza “indigna” y publicó un decreto para que fuera totalmente desalojada con el fin de hermosearla y construir, en el centro de la misma, un monumento dedicado a la Independencia. De la fallida construcción del monumento se deriva el nombre común de la plaza mayor de la ciudad de México, es decir, el Zócalo.6 Al poco tiempo de haberle dado un rostro nuevo, el 14 de septiembre de 1847 el ejército de Estados Unidos, comandado por el general Scott, entra a la ciudad de México y como acto de la conquista toma la plaza mayor. Sobre el Palacio Nacional colocó la bandera estadunidense, en lo que sin duda ha sido el máximo agravio a la representación simbólica de la plaza y del país entero.

Una vez estabilizado política y económicamente el país, el primer jardín de la plaza mayor fue construido en 1866, los andenes que formaban el cuadro se conformaron con banquetas que conducían, mediante andadores, de los ángulos hacia el centro. Alrededor de la base del fallido monumento se colocaron 62 bancas de fierro con asientos dobles y un jardín con plantas aromáticas, la plaza contaba con fresnos y eucaliptos y como novedad una caja acústica que mereció el sitio central desde donde se podía escuchar música desde cualquier punto de la plaza.

En 1875 esta caja fue sustituida por un quiosco de hierro y techo de madera traído de Francia. Este novedoso elemento dentro del espacio público, además de adornar, permitía que se tocara música en vivo y funcionaba como perfecto escenario para oradores oficiales e improvisados, otorgándole a la plaza un nuevo espacio que sería utilizado como foro de diversas expresiones sociales y políticas en un país que no terminaba de consolidar su identidad como nación.

La cada vez mayor presencia del comercio alrededor del Zócalo se ejercía por género: restaurantes, cantinas, pulquerías, fondas, mercados, tianguis y obradores, serán algunos de los ejemplos más significativos de aquel espacio con nuevas funciones y remodelado, que permanecerá por muchos años para dar paso a los nuevos géneros: las tiendas departamentales, los bancos, las cafeterías, los hoteles y restaurantes de lujo. Éste fue el modelo de plaza que se replicaría prácticamente en todo el país como símbolo de la modernidad urbana de la época porfirista.

La transformación económica liberal llegó a modificar lo urbano, la espacialidad de la ciudad y también, de manera significante, la representación de la misma y junto con ello la lectura del espacio público. Las plazas adoptaron esculturas y monumentos para enmarcar la fastuosidad ideológica del porfirismo, se convirtieron en el lugar donde se objetivaba la idea de rememorar los hechos históricos de quienes participaron en ellos.7

Plaza y régimen

Una vez culminado el proceso revolucionario, el espacio de la plaza fue nuevamente transformado como consecuencia de una nueva ideología urbana: el funcionalismo, el cual resultó segregativo: cada lugar tendría su función, misma que debe manifestarse en su apariencia. En este nuevo proyecto urbano y social, el centro de la ciudad y su plaza dejaron de ser el espacio integrador, el espacio destinado a ser el sitio convergente entre colonizadores y colonizados. Se perdió en forma definitiva buena parte del concepto renacentista de la ciudad hispanoamericana y de su elemento central: la plaza.

Aparecieron también el transporte masivo y el vehículo privado. Tranvías, autobuses y automóviles fueron los nuevos protagonistas de la plaza y pasó de ser lugar de estar a lugar de tránsito. La interacción entre plaza y espacio edificado fue delimitado y segregado por la vialidad. Este símbolo de la modernidad industrial también reclamó su espacio. Bajo esta nueva concepción y con el objetivo de mejorar la accesibilidad vehicular a la antigua ciudad, se dio una de las mayores transformaciones de la para entonces vieja zona central: la apertura de la avenida 20 de Noviembre. Lo que fue un callejón se transformó en un gran eje urbano —que al estilo del París del barón Haussmann— que remata frente a la Catedral formando así una nueva perspectiva de la plaza al tiempo que permite el desarrollo de modernos proyectos inmobiliarios dentro de un caso histórico anquilosado.

En el año de 1926 el ministro de Hacienda, ingeniero Alberto J. Pani —artífice de la modernidad posrevolucionaria—, decide remodelar la plaza, se modifica entonces la forma y disposición de los jardines y se colocan cuatro grandes esculturas en bronce, obra del escultor catalán Agustín Querol, que representan pegasos —hoy colocadas frente al Palacio de Bellas Artes—, y cuatro fuentes ornamentales, lo que daría como resultado una  suerte de actualización simbólica  de corte europeo.

Plaza y poder

No fue sino hasta 1955 cuando la plaza sufrió su última gran modificación. Durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines el modernismo ortodoxo de la arquitectura no se niega a la experimentación y decide retirar el jardín de la mayor plaza del país después de casi cien años de presencia. La concepción de plaza con jardines fue casi completamente sustituida por una superficie llana y pavimentada con un asta bandera al centro rodeada con una pequeña área que si bien no era arbolada sí tenía jardineras. Durante un periodo de 13 años el espacio verde y las típicas bancas en hierro fundido se negaron a desaparecer, finalmente fueron eliminados para dar más facilidad a las grandes concentraciones político partidistas del régimen posrevolucionario como los desfiles obreros, conmemoraciones históricas, desfiles militares y en general todo acto “cívico” relacionado al régimen  de partido único que se implantó  en México durante dos tercios  del siglo XX.

Con la “liberación” espacial de la plaza se buscó generar un espacio abierto más limpio tanto visual como funcionalmente. No sin cierto aire de magnificencia histórica y monumental, el Zócalo retoma su condición de sede y símbolo de la centralidad política y social del país, pero ahora como el “escenario ideal“ del culto al Estado-nación y a su principal figura: el presidente de la República.

Este culto tiene al parecer una eficiencia notable, gracias a la coherencia poliforme de sus manifestaciones. Sea cual fuere el medio utilizado por el Estado  —libro, orador, museo, arquitectura o urbanismo— el discurso dominante se expresa a través de un sistema coherente al que nadie puede escapar. No es otra cosa lo que dice Georges Duby cuando señala que el patrimonio es “objeto de una veneración cuyos templos son los museos y las bibliotecas y que la escuela, la universidad, los múltiples aparatos de la ideología que nos domina se esfuerzan en vivificar“.8

El fin del régimen posrevolucionario y de su control del Zócalo quedaría de manifiesto en 1988 cuando el Frente Democrático Nacional, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y Heberto Castillo —conocedores de los símbolos—, no sólo toman la plaza sino que la hacen suya junto con miles de seguidores que reclaman, frente a la sede simbólica del poder, su final. Las múltiples concentraciones sociales que la oposición política realiza en la plaza, si bien no les permitió tomar el poder, sí les permitió arrebatar la plaza al Estado, misma que  hasta la fecha no ha logrado recobrar, independientemente del partido  o del personaje que lo represente.

Cuauhtémoc Cárdenas, quien encabeza a la izquierda, pese a su insistencia, no logra llegar a la presidencia, en cambio logra ser electo para gobernar la ciudad de México. Desde esta posición decide arrebatar el Zócalo al gobierno federal y hacerlo suyo, lo que sin duda fue un gran error. La plaza no es de quien la gobierna, es el espacio de toda la ciudadanía, no de sus representantes.

El primer jefe de gobierno electo comienza a ocupar temporalmente el espacio de la plaza mediante una serie de “eventos populares”, generando así una nueva dinámica de ocupación del espacio. Paralelamente, convoca a un concurso para remodelar el Zócalo y con ello, al igual que todos, dejar constancia física de su arribo al poder. La participación en el concurso es amplia y se elige un ganador, sin embargo, el proyecto nunca se ejecuta. Se pierde así la oportunidad para reconfigurar el Zócalo a las nuevas condiciones políticas y sociales de una ciudad que para entonces perfilaba un nuevo régimen basado en la participación ciudadana.

La plaza no es cuadrada

El análisis de los símbolos y de las representaciones se sitúa en el campo de una geografía del poder y de las relaciones de fuerzas político-económicas. El espacio público es uno de los soportes privilegiados de la actividad simbólica; lo perciben y valoran en distinta forma quienes lo habitan, lo visitan o lo aprovechan; a la extensión que ocupan, que recorren o que utilizan se superpone, en su mente, la que conocen, lo que aman o lo que descubren y que es para ellos signo de seguridad, de novedad, motivo de orgullo, de odio o fuente de arraigo.

El espacio vive así bajo la forma de imágenes mentales, y éstas son tan importantes para comprender la configuración de los grupos sociales como las cualidades reales del territorio que ocupan.9 El uso y la imagen no son más que dos caras de una misma relación entre el hombre y su espacio: el uso crea la imagen como la imagen crea el uso.

Desde la perspectiva de la semiología, los espacios centrales, en este caso el Zócalo, requieren de un código compartido para significar. La ciudad es un discurso y ese discurso es verdaderamente un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes, hablamos de nuestra ciudad, de su historia, de la ciudad donde nos encontramos simplemente al habitarla, al recorrerla, al mirarla; sin embargo, el problema es hacer surgir del estadio puramente metafórico una expresión como lenguaje de la ciudad.10 Despojado de todo discurso, que siempre será secundario ante el discurso que cada individuo le imprime al sitio, busquemos cómo las diferentes escalas (nación, plaza, edificio, barrio) se articulan en secuencias significantes en el espacio central de la ciudad, en su Zócalo.

El Zócalo ha sido y es un conjunto de mensajes voluntarios y de significaciones involuntarias dentro de un marco espacial que no es de nadie, que pertenece a todos y que está en constante lucha de apropiación, lucha que no será ganada por nadie. n

 

Gustavo Gómez Peltier. Diseñador industrial y maestro en urbanismo. Es consultor en desarrollo urbano, turístico e inmobiliario.

 

1 Jörg C. Kirschenmann, Vivienda y espacio público: rehabilitación urbana y crecimeiento de la ciudad, Gustavo Gili Editorial, 1985.
2 Carlos Chanfón Olmos, Historia de la arquitectura y el urbanismo mexicanos, vol. II, tomo I, UNAM/FCE, México, 1997.
3 Solano, 1982. Citado en: Historia Urbana de Ibero América, tomo II, 1993.
4 Chanfón, op. cit.
5 Manuel Sánchez Carmona, Traza y plaza de la ciudad de México en el siglo XVI, Tilde Editores, 1989.
6 En términos de construcción y arquitectura, zócalo se refiere a una obra que permite dar soporte a un pedestal o edificación.
7 Chanfón, op. cit.
8 Jérôme Monnet, Usos e imágenes del Centro Histórico de la ciudad de México, DDF/CEMCA, México, 1995.
9 Claval 1978. Citado por Monnet 1995.
10 Roland Barthes, La retórica de la imagen, 1970.