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“Las grandes composiciones de algunos pintores
expresan la voluntad de amoldar el espíritu a un ideal oficial”.
—Georges Bataille, Arquitectura

¿Es posible disociar el símbolo del signo? ¿El edificio de su significado? Advierto que ante estas preguntas es pertinente mencionar que la calidad arquitectónica no se requiere para formar un significado, pero que el significado que se traduce en edificación, materialización del signo, no puede desligarse. En ese caso signo y símbolo son indisolubles.

La necesidad subjetiva y social de significar una muerte es parte fundamental en la tradición de todas las culturas, existen rituales de significación ante la pérdida de una vida, que tienen la finalidad de reconocer la ausencia y de colocarle un signo a la muerte. La tumba funciona como el símbolo al que se le deposita el signo, depositaria también de emociones y flores. El problema  de los muertos, sin duda, le pertenece  a los vivos.

Un memorial ajeno a las víctimas

Existe una gran diferencia cuando una persona desaparece, en donde no hay cuerpo, ni muerte, tampoco hay sepelio o tumba; sólo hay interrogantes y búsqueda. La familia de un desaparecido lo último que espera es que el Estado sustituya la ley y los derechos por una tumba vacía y prematura como consuelo; probablemente esa familia quiera conocer qué pasó, si el desaparecido vive o muere, dónde quedó el cuerpo, cuál es el expediente jurídico que lo busca, quién lo vio por última vez, en qué condiciones, por qué no está, etcétera. Difícilmente la familia de algún desaparecido sustituye su búsqueda por una tumba.

El memorial de víctimas de la violencia edificado en Chapultepec, más allá de su calidad arquitectónica, es la edificación de un significado que se parece más a la tumba hueca y prematura del desaparecido, que a un espacio de reflexión y significación ante la muerte y la barbarie.

La guerra del narcotráfico que inició el ex presidente Felipe Calderón está vigente y lejos de concluir, tiene una inercia de muertos que perdura hasta nuestros días; el monumento, desde esa lógica, es prematuro.

La construcción ideológica de un antagonismo entre los buenos y los malos, que debía ser atendida por la policía y el ejército, fue una característica notable en el régimen calderonista. El Estado se desvaneció a la hora de brindar servicios públicos y de crear espacios para el ejercicio ciudadano, para convertirse principalmente en policía; mientras que el presidente encontró en la valentía visceral una estrategia de gobierno que no logró abrir expedientes jurídicos, encontrar desaparecidos, aplicar la justicia, detener la violencia, juzgar a los responsables, velar a los muertos o al menos de hacer una lista seria y pública de los asesinados y desaparecidos; en todo caso se reprodujeron en forma sistemática las condiciones de ineptitud, impunidad, corrupción y desamparo. Ante la precariedad del escenario, Felipe Calderón decidió permitir la edificación de un memorial dentro de un campo militar, construido por soldados, a 200 metros del memorial militar, en una de las zonas más protegidas del Distrito Federal: Polanco, un sitio que no presenta problemas de violencia originada por el crimen organizado del país. Se encuentra muy lejos de los desplazados, de los extorsionados, de los levantados o degollados. Felipe Calderón permitió la creación de un memorial que tomó en cuenta sólo a las organizaciones de víctimas que fueron cómodas al régimen, pero dejó fuera a la mayoría de las organizaciones, y a la opinión de muchas víctimas.

Ante la disyuntiva que ha generado la construcción del memorial, me he visto envuelto últimamente en diversas discusiones, algunas de ellas con uno de los autores, Julio Gaeta, en las cuales se ha abordado, entre otras cosas, la manera de ejercer una crítica sobre la obra arquitectónica, su significado y sus características estéticas.

Encuentro dos formas de llevar a cabo un ejercicio crítico, por un lado, la discusión puede concentrarse en el diseño arquitectónico de un espacio público, el retorno de un pedazo del Campo Marte a Chapultepec, y la destreza creativa de los arquitectos Julio Gaeta, Ricardo López y Luby Springall, cuyo profesionalismo técnico es indiscutible. No obstante, hablar de las virtudes y/o defectos del proyecto implica, desde mi punto de vista, desviar la mirada de la discusión central: las víctimas. En ese caso la arquitectura funciona más como un espectáculo capaz de distraer la atención sobre lo importante, para centrar la mirada en las cualidades estéticas. Sin lugar a dudas, esa consideración implica que el memorial funcione principalmente como un dispositivo que produce olvido. El monumento construido es motivo suficiente para la discusión pública del memorial, su arquitectura toma un protagonismo que desvía la atención, como ha sucedido con el artículo “¿Por qué Peña Nieto no abre el memorial de las víctimas?”* del periodista Carlos Puig, donde la discusión sobre los derechos y la explicación de la guerra parece haberse desvanecido. La seriedad y el profesionalismo de Puig es también indiscutible, sin embargo, parece haber caído en la apreciación de un espectáculo arquitectónico que asume el papel de velo, y no de espacio para la remembranza. Encuentro, por lo tanto, inútil hablar de las formas o de la arquitectura y su capacidad de distracción pública, y no del significado del memorial.

Como consecuencia, la segunda opción para ejercer una crítica sobre la obra arquitectónica es, exclusivamente, abordar el significado del monumento. Pero ¿hablar del significado me permite hacer una crítica arquitectónica?, y en particular, ¿una crítica sobre la estética arquitectónica? Si regresamos por un momento a la figura hipotética de la tumba que el Estado le entrega a la familia de una persona desaparecida, podríamos atribuirle al memorial una carga simbólica que no resuelve el tema de la desaparición, pero sí devela intenciones del Estado y aunque se trate de una bellísima obra funeraria su significado es de desprecio.

Desde mi punto de vista, en un caso como éste, la discusión sobre el funcionamiento de la estética de la tumba se desfasa para dejar de atender los parámetros de la belleza en éstas, y se coloca en un lugar simbólico, en donde la tumba es el receptáculo de la frustración de la familia. El conocimiento que la familia adquiere a través del significado de la tumba es de desprecio por parte del Estado. De esta manera, se construye un afecto, en este caso, muy probablemente, de dolor y desamparo. Desde esta óptica, la estética de la tumba, entendida como un conocimiento que produce afectos, funciona como un dispositivo que instaura terror.

De la misma forma, el monumento de las víctimas de la violencia tiene como significado la indiferencia del Estado, la incapacidad institucional de aplicar la ley y la imposibilidad social de acceder a la justicia, los afectos que produce son de frustración ante la impotencia, pero sobre todo produce miedo de vernos en una situación de riesgo sabiendo de antemano la dificultad que existe para tener acceso a la justicia. Con este punto de vista, al igual que la bella tumba de un desaparecido, el arquitectónicamente correcto memorial instaura el terror.

Esperemos que la apropiación social del memorial en el transcurso del tiempo nos permita reescribir su significado, pero por lo pronto el signo es símbolo y el terror es memorial. n

 

Arturo Ortiz Struck. Arquitecto. Realizó una maestría en Investigación Urbano Arquitectónica en la UNAM.

 

*http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9174148