Sábado soleado a eso de las tres de la tarde. Había yo trabajado toda la mañana y, con el sentimiento exultante del deber cumplido y la urgencia de gratificación, quería llegar cuanto antes al restaurante típico donde me esperaban mi mujer, mezcal e insectos tatemados. Hice la parada al taxi, saludé al conductor e indiqué el rumbo. El taxista comenzó lo que yo creía una conversación casual, me preguntó si ya iba a descansar y a divertirme, le dije que por fortuna sí. Sin esperar alguna pregunta de mi parte, él me dijo que le esperaba una larga jornada, ya que tenía una urgencia económica. Me quedé callado, pues el comentario me sonaba a sablazo y me hizo sentir incómodo. No hizo caso de mi silencio, insistió en que había un problema en su casa. Mi gesto de fastidio disuasivo no lo arredró y dijo “perdóneme que se lo cuente, pero mi hija de 17 años falleció en la mañana”. La noticia me cimbró y me hizo avergonzarme de mi intento de indiferencia, le dije que lo sentía mucho, que no me podía imaginar un dolor así y, ante la juventud de la fallecida, le pregunté “¿un accidente?”. “Más o menos, la atropellaron, estuvo en el hospital y hoy ya no resistió”. Pensé en que si toda muerte es injusta e ilógica, lo es más la de los hijos jóvenes que se supone van a enterrar a sus progenitores. En cuestión de minutos agoté las pocas palabras de consuelo que conozco, me mantuve escuchando sus sollozos y, al final del trayecto, acompañé mis condolencias con algún dinero. Por supuesto, durante la comida experimenté una culpa metafísica ante la injusta realidad que a mí me permitía departir con mis seres queridos y a un semejante le robaba de súbito todas sus certidumbres.
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