Me unieron muchos años de amistad con José María Pérez Gay, desde que nos encontramos en Alemania a principios de los años setenta del siglo pasado. Es curioso que cuando los escritores latinoamericanos en ciernes apuntaban hacia París como meta, como ha ocurrido antes y sigue ocurriendo ahora, nuestras estrellas nos llevaran a Berlín y hacia las entretelas de la cultura alemana, que era, y sigue siendo, más ajena a America Latina que la francesa.

Al llegarme a Managua el domingo pasado la noticia de su muerte, me puse a buscar las fotos de aquel tiempo, qué otra cosa mejor que las fotos para hacer que el pasado regrese a su lugar de ahora, que es el de la memoria. En una estamos en Berlín, quizás en 1973, los dos de cabellos largos, como era la regla entonces, y en la otra, en 1976, en una mesa redonda en la Feria Internacional del Libro en Frankfurt, junto a Eduardo Galeano. Aquel año la feria fue dedicada a América Latina, con todo un cortejo de invitados que incluía a Juan Rulfo, Julio Cortázar, Manuel Puig, Mario Vargas Llosa, participantes también de esa mesa que dirigió el crítico y traductor Kurt Meyer.

No sé si cuando Chema llegó a Alemania para someterse a los rigores de aquella lengua endemoniada pero exacta, un teorema en cada frase, Chema ya era metódico, o aprendió sus virtudes teutónicas allá, donde las diez de la mañana son invariablemente las diez de la mañana, mientras yo seguí contando el tiempo como en Nicaragua, donde se solía preguntar a qué hora llegaba el tren de las seis de la tarde.

José María Pérez Gay

Un metódico curioso, o un curioso metódico, más allá de las excelencias de su propia obra creativa, capaz de devorar con fruición desde aquel entonces novelas en alemán que a cualquiera asustarían por su grosor y contundencia, y supo trasegar mucho de esa vasta y compleja cultura alemana a la nuestra, para empezar, un verdadero arqueólogo literario de todo ese universo de novelistas del imperio austrohúngaro, Hermann Broch, Joseph Roth, Karl Kraus, Elias Canetti. No encuentro otro mejor ejemplo para hacer una comparación con sus empeños que el de Sergio  Pitol con su devoción por la literatura polaca y las demás de Europa Central.

Chema fue fundamental a la cultura mexicana de nuestro tiempo, como escritor de ficciones, como ensayista, como traductor, como maestro de literatura, como promotor cultural, basta recordar sus aportes en nexos y en el Canal 22; por todo eso, su figura tiene una proyección latinoamericana que queda reflejada en la variedad y profundidad de su obra. Y un hombre de convicciones firmes, y dueño de una conciencia ética que fue su marca, en una época donde las palabras conciencia, ética, convicciones, parecen más bien piezas de un museo clausurado.

Su casa de puertas abiertas en México, ya de por medio la revolución que me tocó vivir, fue un eje alrededor del cual giraban los amigos que yo siempre quería ver cada vez que venía desde Managua como uno de esos rusos de las novelas de Gogol llegados a Petersburgo desde las lejanas estepas, sentados en largas veladas a su mesa hasta casi el amanecer con Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta. Una mesa para la historia de la literatura. Conversaciones que ya he narrado alguna vez y donde las letras de los boleros dictadas por la memoria alternaban con páginas de Dickens, también repetidas de memoria.

Mucho tendría que decir de su lealtad, de su respaldo fraternal en horas difíciles de mi vida, pero ése será un asunto que queda entre los dos. Lo demás es silencio, para usar las palabras de Tito Monterroso.

Un amigo suyo desde los años de la universidad, mi paisano el poeta Carlos Perezalonso, me pidió que entregara a Lilia un poema dedicado a Chema, y no tengo mejor manera de cumplir con el encargo que transcribiéndolo y haciendo mías sus líneas:

Chema
Y ahora qué digo
si ya estás muerto.
Evocar el pasado,
las riendas sueltas de
aquellos años. Puedo
enunciarlos todos, todas
aquellas cosas que tus ojos
escrutaban oscuros y brillantes,
y tus audacias y tus
memorias y tus
sorprendentes descubrimientos
en libros obtenidos
quién sabe dónde.
Ya ves. Otro pecado
de recuerdo. No es así
el cuento.
Te quiero tener presente
en aire y calidez
y afecto. Porque
eso eras y serás,
Chema, para los que
te quisimos. Eso. n

 

Sergio Ramírez. Escritor. Su más reciente libro es Flores oscuras.