Me unieron muchos años de amistad con José María Pérez Gay, desde que nos encontramos en Alemania a principios de los años setenta del siglo pasado. Es curioso que cuando los escritores latinoamericanos en ciernes apuntaban hacia París como meta, como ha ocurrido antes y sigue ocurriendo ahora, nuestras estrellas nos llevaran a Berlín y hacia las entretelas de la cultura alemana, que era, y sigue siendo, más ajena a America Latina que la francesa.
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