No es fácil leer periodismo —y, desde luego, tampoco hacerlo— en nuestro país. Y cuando digo “nuestro país” lo digo con dudas; tal vez, más bien, no sea fácil leer periodismo desde el DF sobre el resto del país. En los últimos años, cuando se discute acaloradamente sobre el periodismo y nuestros periodistas, se suele usar como criterio de evaluación qué tan lejos o qué tan cerca están las historias que se cuentan de lo que se entiende como la “versión oficial”. Dicho criterio explota la fundada sospecha de muchos mexicanos en la información que hacen pública nuestros gobiernos y autoridades. Sin embargo, el problema de enfatizar este criterio es que opaca otros elementos más importantes del trabajo periodístico como la calidad de la narración, la reconstrucción del contexto, el profesionalismo de la investigación y la forma en la que se usan las fuentes. Para el lector cambiar de perspectiva no es inconsecuente. Cuando no se hace hincapié en la distancia de la “versión oficial”, lo que surge es un mundo periodístico mucho más rico, en el que hay mejores y peores investigaciones, no sólo entre periodistas, sino entre distintos trabajos del mismo periodista. En el caso de los libros de periodismo de investigación que en los últimos años han cubierto temas de seguridad, violencia y narcotráfico, una división que resulta más importante es el contraste entre un periodismo que toma la perspectiva del centro para explicar lo que sucede en el resto del país y un periodismo que se enfoca en lo local sin una ambición mayor que contar y entender las consecuencias de lo que está pasando ahí desde donde se narra.

El periodismo que el narco nos dejó

En el periodismo sobre “la guerra contra el narcotráfico” se ha vuelto lugar común, y es un buen ejemplo de las distintas perspectivas desde donde se hace periodismo, la idea de un supuesto acuerdo entre el gobierno de Felipe Calderón (y/o el de Vicente Fox) y el Cártel de Sinaloa. El objetivo de dicho acuerdo sería construir un cártel monopólico que mantuviera a raya a otras organizaciones criminales. Esta hipótesis ofrecida desde el periodismo (pero en particular en mantas colgadas en lugares públicos atribuidas a organizaciones criminales), tiene como virtud su fácil construcción lógica: el gobierno quiere controlar el tráfico de drogas hacia Estados Unidos (por buenas o malas razones), y es más fácil controlar las actividades de una organización criminal que las de varias organizaciones criminales; por tanto, el gobierno federal hizo un acuerdo con una organización criminal para acabar con el resto y así controlar el tráfico de drogas a Estados Unidos. ¿Cuál es el contenido de esta hipótesis? ¿Hay hipótesis alternativas?

La hipótesis del gran acuerdo entre el gobierno federal se puede encontrar en el muy exitoso libro de Anabel Hernández Los señores del narco (Grijalbo, 2010). En él  Hernández sostiene que el gobierno de Vicente Fox acordó la fuga de El Chapo Guzmán, a cambio de dinero, para que entre el gobierno federal y el núcleo del Cártel de Sinaloa construyeran un cártel monopólico (por recomendación de la DEA). 1 El garante de este acuerdo, y quien le da continuidad durante el gobierno de Felipe Calderón es, según la autora, Genaro García Luna, quien habría convertido a la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) en “el ejército de El Chapo”.2 Este “acuerdo” explicaría la ola de violencia en varias regiones del país, porque quedaría inscrita dentro de la idea de una guerra entre algo parecido a ejércitos que van conquistando “plazas” a partir de batallas, traiciones e intrigas. La guerra del gobierno y El Chapo explicaría así toda la violencia como consecuencia de sus ataques sistemáticos al Cártel  de Tijuana, al de Juárez, al del Golfo, contra Los Zetas. A esta estrategia de ataque frontal se sumarían las traiciones dentro del acuerdo, contra los Beltrán Leyva, la venganza de los Zambada (el supuesto asesinato de Juan Camilo Mouriño), y lo que llama la falsa muerte de Ignacio Coronel.3

En el libro de Wilbert Torre, Narcoleaks: La alianza México-Estados Unidos en la guerra contra el crimen organizado (Grijalbo, 2013), encontramos otra hipótesis que explicaría por qué lo que puede aparentar un acuerdo entre el gobierno federal y el Cártel de Sinaloa resulta más bien un estúpido error de inteligencia. Después de reconstruir y documentar la cercana o dominante relación entre la DEA y las fuerzas de seguridad mexicanas, Torre cuenta la historia de Humberto Loya, financiero y abogado de El Chapo, e informante de la DEA que resultó ser un infiltrado del Cártel de Sinaloa. Las autoridades mexicanas, desconfiando de sus propios funcionarios públicos, hacen caso indiscriminado a toda la información que la DEA envía, misma que tiene como falla de origen al informante, que primordialmente entrega información sobre cárteles rivales a los del Cártel de Sinaloa. De ahí la secuencia de “golpes” contra el Cártel de Juárez y los Beltrán Leyva, mientras que las autoridades estadunidenses detienen únicamente a los eslabones más pequeños y lejanos al Chapo Guzmán.4 La DEA no sospecha de Loya sino hasta que éste les ofrece también convertir en informante al hijo de Ismael El Mayo Zambada, Vicente Zambada Niebla, a cambio de que se le retiren cargos que tiene en Estados Unidos. Debido a una filtración en la prensa mexicana sobre la reunión entre Zambada Niebla y la DEA, las autoridades lo detienen y extraditan; y, sugiere Torre, Zambada Niebla revela información sobre integrantes del Cártel de Sinaloa hasta dos años después resultando en un par de detenciones importantes de gente de El Chapo.5

La hipótesis más compleja, pero en apariencia menos escandalosa de lo que podría leerse como la ventaja del cártel de El Chapo, es la de Ioan Grillo en El Narco: En el corazón de la insurgencia criminal mexicana (Tendencias, 2012). Grillo, quien cubrió durante años la frontera con Texas para medios internacionales, a contrapelo de la mayor parte del periodismo nacional, sostiene que “la guerra” no empezó en diciembre de 2006 con la llegada de Felipe Calderón al poder, sino en el año 2004 en Nuevo Laredo.6 Esta ciudad fronteriza resulta clave porque después de que el gobierno de Vicente Fox detuvo a Osiel Cárdenas, entonces líder del Cártel del Golfo, en 2003 El Cártel de Sinaloa, que ya se extendía por el Pacífico y hacia Ciudad Juárez, aprovecharía la debilidad de la organización de Cárdenas para tratar de robarles el territorio. Sin embargo, con lo que no contaban los pistoleros de El Chapo era el inicio de una “guerra”, ya que en Tamaulipas se había creado el primer grupo seriamente paramilitar como parte de las organizaciones de narcotraficantes: Los Zetas.7 La detención de Osiel Cárdenas fue parte  —dice el autor— de una serie de golpes al narcotráfico que asestó el gobierno de Fox a los objetivos prioritarios de la DEA como evidencia de que su gobierno implicaba un orden distinto a la tolerancia y negociación que históricamente construyó el sistema priista.8 La complejidad en la explicación de Grillo reside en que reconoce a las organizaciones criminales como grupos que actúan frente a oportunidades, riesgos e intereses concretos y que se acomodan entre las consecuencias no esperadas de, entre otras cosas, las decisiones de las autoridades (o incluso la democratización misma). De ahí su insistencia en lo que debería ser una verdad redundante: “Cada vez que arrestas a un traficante, estás ayudando a su rival. De esta forma, cuando la Policía Federal entraba a casas de seguridad de Los Zetas, estaban dándole victorias a los del de Sinaloa, les gustara o no”.9

¿Cuál de estas tres hipótesis tomar por cierta? Después de citar una de las muchas afirmaciones inverificables que contiene el libro de Anabel Hernández, Miguel Ángel Granados Chapa escribió: “Pueden los lectores del libro confiar en lo dicho por la investigadora o no”.10 Pese a simpatizar con el argumento, Granados Chapa no se atrevió a tomar como propia la descripción detallada que da Hernández sobre cómo supuestamente salió El Chapo Guzmán del penal de Puente Grande. La fuente que cita Hernández es al propio Chapo quien, dice, ha contado la historia a “sus cercanos” y a “negociadores enviados por la Presidencia de la República”.11 La acotación de Granados Chapa es una muestra no sólo de lo difícil que es hacer buen periodismo en México, sino de que leer periodismo tampoco es fácil. En efecto, el lector puede creer lo que quiera, aunque precisamente un periodista narra una historia no para que el lector crea lo que quiera sino para que le resulte creíble y verosímil la historia que se le presenta y pueda ser tomada dentro del contrato, entre lector y periodista, sobre la existencia de los hechos descritos. La credibilidad está en parte determinada por las fuentes que se usan, pero también por cómo se construye el contexto en el que se les da sentido; y cómo se argumenta que las relaciones que se pueden encontrar entre eventos, personas, o datos no son sólo coincidencias sino que marcan causas y consecuencias.

El periodismo que el narco nos dejó

Una interesante muestra de lo complicado que es trabajar con fuentes sobre temas de narcotráfico y crimen organizado está en la memoria escrita de Alfredo Corchado, Midnight in Mexico: A Reporter’s Journey Through a Country’s Descent into Darkness (Penguin, 2013). El libro no trata propiamente sobre el narcotráfico sino sobre ser corresponsal, de origen mexicano, de temas de seguridad en México de un periódico estadunidense. Corchado cuenta cómo cada vez que recibe información de una fuente la trata de confirmar con otras fuentes. Pone los nombres de sus fuentes, y cuando son anónimas trata de dar detalles que no las pongan en riesgo, de cómo las conoció; y en una nota al final del libro advierte que fueron revisadas y aprobadas por sus editores.12 Las dos lecciones más importantes sobre el tema se la dan sus fuentes anónimas. Una le dice: “Toda esta guerra lo que ha hecho es crear una nueva generación de soplones que aseguran tener la mejor información”;13 y la otra, un agente estadunidense encargado de investigar a Los Zetas, al que le pregunta: “¿Entonces todo este tiempo —todos los pitazos que me diste, todas las historias— realmente fui tu portavoz? ¿Tu forma de comunicarte con ‘el cuarenta’ [uno de los cabecillas de Los Zetas]?”, a lo que le contesta: “Te usé, igual que tú me usaste a mí”.14

En un ensayo que trata la interpretación y sobreinterpretación, Umberto Eco define la interpretación paranoica como la deducción de las máximas posibilidades de una relación mínima.15 El periodismo que usa de manera recurrente fuentes anónimas, sin estándares ni procedimientos claros, es particularmente susceptible a esta interpretación paranoica. En cuanto uno está dispuesto a deducir posibilidades máximas de relaciones mínimas, toda fuente que sirva para ello es útil. En vez de ver con suspicacia a todas la fuentes, la interpretación paranoica en periodismo exige tomar todo dato, todo gesto, como instrumento para  desarrollar las posibilidades máximas de una relación. No importa si la información de las fuentes anónimas no es verificada, o si tales fuentes están avanzando intereses o agendas propias: el investigador las toma por ciertas al ser útiles para forzar un caso Watergate y resultar héroe, no para contar una historia cercana a lo ocurrido. Incluso resulta sorprendente ver la cantidad de “documentación” que hay en el periodismo de investigación en México.16 No faltan las filtraciones burocráticas y los expedientes judiciales; por el contrario, sobran. El libro de Anabel Hernández a ratos se lee como un documentado chismógrafo de las fuerzas de seguridad y de grupos criminales, incluyendo todo tipo de intrigas y disputas burocráticas, sobre las cuales la autora no duda, ni percibe los intereses burocráticos, políticos o tácticos de sus innumerables fuentes. Lo único que ve son rastros que le permiten interpretar un historia de conspiraciones monolíticas improbablemente exitosas y casi invisibles. Después de narrar con detalle historias documentadas, la periodista misma desacredita la narración con fuentes anónimas en un par de páginas. De esta manera, termina por dejar al lector desconfiando no sólo de las fuentes oficiales, sino de su propio texto.17 La conclusión del libro resulta increíble por ser infalseable: la evidencia del acuerdo entre El Chapo y el gobierno es que no ha sido capturado, pero si fuera capturado o muriera, según Hernández, también sería evidencia del acuerdo, pues mostraría la voluntad de El Chapo de retirarse del negocio.
Si Los señores del narco representan un extremo por su distancia de la “versión oficial”, entonces Narcoleaks y El Narco representan algunas de las gradaciones que hay en la dirección opuesta, sin que ello afecte la calidad del trabajo. Es difícil imaginarse cómo hacer periodismo sobre el narcotráfico sin usar fuentes anónimas. En los libros de Torre y Grillo sus autores las usan, pero de una manera más crítica e inteligente que Hernández. Torre tomó como columna vertebral de su libro los cables liberados por Wikileaks para de ahí construir la historia de la relación entre México y Estados Unidos en materia de seguridad durante el gobierno de Felipe Calderón. Los cables por sí solos dicen poco, pero Torre construye una narración clara y consistente a partir de la reconstrucción del contexto y significado de los cables. Hace tal contextualización a partir de diversas fuentes: el embajador Arturo Sarukhan, Lázaro Cárdenas, el embajador Carlos Pascual, funcionarios anónimos de la DEA, de la Policía Federal y de la Presidencia de la República, y expedientes judiciales en Estados Unidos. Tal vez en el libro se siente el peso de la visión, con “deslindes” y reproches,  del embajador Sarukhan, pero al menos sabemos quién es, y podemos darnos una idea de los motivos de su versión. Por su lado, Grillo —irónicamente pese a ser inglés— es quien hace el mejor esfuerzo por contestar aquella pregunta literaria: ¿en qué momento se jodió México? Uno esperaría que la visión del México jodido y paramilitarizado (la “insurgencia criminal” del subtítulo) tendría que ser escandalosa, pero como no hay filtraciones ni intrigas burocráticas que afecten a funcionarios públicos que operan desde el DF, sino un esfuerzo por describir qué ha pasado y que está pasando, las elites en el centro del país parecen no notar la horrible descripción que hace de la descomposición de la frontera norte y la violencia que va penetrando la vida cotidiana de las personas. Lo más fuerte del libro es el reportaje y las reflexiones sobre qué fue sucediendo gradualmente en los últimos años; Grillo centra su preocupación en el paso de organizaciones dedicadas al tráfico de drogas hacia organizaciones paramilitares que diversificaron sus fuentes de rentas. En el reporteo de Grillo surgen historias locales que derivan en reflexiones más generales, y se ve un tipo de periodismo que va desarrollándose en México y que podría restar estridencia a quienes definen su trabajo en función de la “versión oficial”.

Probablemente uno de los libros de más impacto en el oficio de muchos periodistas que cubren la violencia en México es La Ciudad del Crimen: Ciudad Juárez y los nuevos campos de exterminio de la economía global (Grijalbo, 2010) del periodista estadunidense Charles Bowden. Su libro se centra en los homicidios diarios en Ciudad Juárez durante un año y de ahí reconstruye las historias de un sicario, una Miss Sinaloa perdida en un mundo sórdido y violento, y un periodista mexicano exiliado y perseguido por integrantes del Ejército mexicano.18 El impacto del libro de Bowden, ya sea por hacer notar o por invocar un estilo, se refleja en trabajos periodísticos que han quitado el ojo de la intriga y la corrupción de alto nivel para ponerlo en historias más cotidianas, más de a pie sobre los participantes activos y pasivos en la guerra por el tráfico de drogas. Juan Pablo Meneses compiló una antología en Generación ¡Bang! (Planeta, 2012) con textos de varios periodistas que enfatizan la vida cotidiana y las consecuencias de la violencia estatal y criminal en México a través de pequeñas historias.

Uno de los periodistas que más atención ha recibido entre este grupo es Diego Enrique Osorno, quien publicó El Cártel de Sinaloa: una historia del uso político del narco (Grijalbo, 2009) y La guerra de Los Zetas: viaje por la frontera de la necropolítica (Grijalbo, 2012). En ninguno de los dos libros se logra construir un hilo narrativo consistente, pero se ofrecen perfiles y reportajes centrados en eventos específicos que logran recrear de forma efectiva momentos y conversaciones. Sin embargo, al leerlos en conjunto, algunos no pasan de miradas impresionistas, y dejan al lector sin el contexto para entender la relevancia (o irrelevancia) de detalles que se ofrecen como fundamentales, pero no se explican dentro de una jerarquía narrativa. Esta sensación de superficialidad tal vez es producto de las condiciones del mercado laboral para periodistas en México. De forma injustificada (o bueno, sólo justificada por la tradición del chisme y el trascendido) el periodismo de opinión se paga bien, el reporteo se paga mal, y el trabajo de investigación de largo alcance es difícil si no imposible de financiar. Osorno, en uno de sus textos más personales, nos dice que en 10 años redactó siete mil notas. Esto implica que redactó dos notas diarias y en el tiempo apretado de quien es perseguido por un editor hizo la investigación para sus reportajes más largos. Vale la pena enfatizar que los mejores reportajes de cada libro se deben a que Osorno va a lugares de riesgo, en los cuales pocos forasteros, hoy, se atreven a hacer preguntas, y toma una perspectiva primordialmente local.

El trabajo de Sandra Rodríguez Nieto, La fábrica del crimen (Planeta, 2012), combina las características antes mencionadas —la perspectiva local y el trabajo de riesgo— pero sin ser forastera en el lugar desde donde escribe. Quien fuera periodista en el Diario de Juárez durante años, logra construir desde un caso excepcional —un parricidio— una amplia mirada sobre la violencia en Ciudad Juárez a lo largo de los últimos años. El libro, sin ser muy largo, narra la construcción gradual, y difícil de percibir en su momento, de un contexto de impunidad en el que un joven de 16 años decide matar a sus padres y a su hermana porque está convencido de que el caso se sumará a la larga lista de “ejecutados del narco”, nunca investigados. Este contexto de impunidad está construido por el negligente sistema judicial, la corrupción de las autoridades, las policías infiltradas por el crimen organizado, el desastre de desarrollo urbano, la disputa por rutas de tráfico de drogas de los grandes cárteles, el desorden carcelario y las pandillas de jóvenes locales. Aunque describe estos elementos como particulares a Ciudad Juárez, Rodríguez Nieto los yuxtapone con tal pericia que termina por ofrecer una imagen que no es difícil trasladar a otras regiones del país, sin que alguna intención de hacerlo sea perceptible para el lector. Tampoco es perceptible lo que en una presentación de libro Osorno llamó “periodismo doliente”, el uso de descripciones emotivas para causar la empatía del lector, que da la impresión de lograr lo contrario, pues termina por presentar como exótico el horror de lugares lejanos y situaciones excepcionales. Si uno queda horrorizado por la historia que cuenta Rodríguez Nieto, no es porque “se ponga en los zapatos del otro”, sino porque deja entender que en nuestro país (casi) todos estamos metidos en zapatos como los de los habitantes de Ciudad Juárez.

Si no es fácil hacer periodismo en México, es aún menos fácil hacerlo pensando que el periodismo que se hace debe narrar, entender y explicar lo que sucede en todo el país o tener consecuencias nacionales.  En una entrevista publicada hace unos años, el escritor Junot Díaz decía: “…siempre debes escribir para la audiencia más específica imaginable, y de ahí surge lo universal. No es al revés —no escribes para una audiencia enorme, y asumes que eso hará tu trabajo universal”.19 El primer efecto descrito por Díaz lo logra Rodríguez Nieto en su libro, pero Francisco Cruz Jiménez en Tierra Narca (Planeta, 2010), un libro sobre el narcotráfico en el Estado de México, fracasa al lograr el efecto contrario. Aunque tiene la virtud de ofrecer información poco conocida sobre la corrupción y la debilidad sistemática de las fuerzas de seguridad del Estado de México, y de describir las condiciones de inseguridad y violencia de ciertos municipios mexiquenses, no deja el intento de forzar la lectura de datos locales para que tengan consecuencias nacionales. Retoma dichos en fuentes judiciales, revelaciones anónimas, y nos regresa a las dudas sobre qué intereses políticos o burocráticos filtran qué información. En un capítulo de su libro AMLO: mitos, mentiras  y secretos (Planeta, 2012) que podría ser una continuación de Tierra Narca, hace una afirmación que, si fuera verificable, tendría consecuencias importantes, no para la vida cotidiana en los municipios del Estado de México, sino para el actual gobierno de Enrique Peña Nieto. Sería un caso Watergate. “Más claro, ni el agua: el Estado de México mató a los escoltas de Mónica [Pretelini]” afirma Cruz Jiménez, después de citar un fragmento poco claro de una conversación telefónica transcrita en una averiguación previa de la PGR entre presuntos narcotraficantes.20 Su propio trabajo de investigación y descripción de lo local, lo que nos daría mejores pistas sobre lo que está pasando en la vida de miles de mexiquenses, queda opacada por un afán de “reventar” un asunto nacional.

Y por eso es difícil leer periodismo sobre “la guerra contra el narcotráfico” desde el DF, porque somos particularmente presuntuosos y susceptibles a creer que toda intriga o conflicto entre las elites del centro del país determina la vida de todos los habitantes en el resto del país. Es también por este chilangocentrismo que mucho del periodismo termina siendo evaluado con respecto a la distancia de la supuesta “versión oficial”, porque se reduce a una disputa de taller entre quienes recurrimos a creer lo que queramos por no tener mayores asideros de confianza que nuestros hábitos y preferencias políticas. Por eso, tal vez, la mejor forma de ir disolviendo ese criterio y creando nuevos referentes de confianza sea observando lo local, específico y cotidiano como valioso para quienes lo viven y son afectados por ello, no sólo como valioso para quienes se disputan el poder en el centro del país. n

Andrés Lajous. Maestro en planeación urbana  por el Massachusetts Institute of Technology.

 

1 pp. 320, 363.
2 pp. 16, 412.
3 pp. 530, 582.
4 p. 229.
5 p. 234.
6 Posición 1769, en la edición de Kindle en inglés. Traducción propia.
7 Posición 1776.
8 Posición 1763.
9 Posición 1996.
10Reforma 01/21/11.
11 p. 321.
12 Posición 3633 en la edición de Kindle. Traducción propia.
13 Posición 2941.
14 Posición 3423-3427.
15 Eco, Humberto, “Interpretation and Overinterpretation: World, History, Texts”, Tanner Lectures On Human Values, 1990.
16 Aunque pareciera que por falta de imaginación se le agrega comúnmente el sufijo gate a los escándalos sobre los gobiernos o autoridades en México (Toallagate, Pemexgate, Providagate, Monexgate), esta costumbre tal vez refleja la aspiración de muchos periodistas a hacer una revelación tal que obligue a la renuncia de altos funcionarios públicos.
17 El ex procurador Jorge Carpizo demandó a Anabel Hernández por daño mora el año pasado. La demanda de Carpizo muestra cómo pese a existir fuentes verificables, Hernández opta por fuentes inverificables. En su libro dice: “…nadie sabe qué pasó con los otros 400 mil dólares de recompensa. Hay quienes insinúan que Jorge Carpizo se los quedó” (p. 46), refiriéndose a la recompensa por la captura de El Chapo Guzmán que se distribuyó entre funcionarios salvadoreños, guatemaltecos y mexicanos. Antes de hacer esa afirmación, ella misma reproduce la versión oficial que estaba documentada en un boletín de la PGR en donde se dice cómo se distribuyó el total de la recompensa.
18 En nexos de agosto de 2009 y de agosto de 2010 se publicaron, respectivamente, como adelantos del libro los capítulos “Sicario” y “Miss Sinaloa”.
19 Dave Eggers, entrevista a Junot Díaz, “Song of Solomon Transformed My Life” (Boston Review, 30/12/2010). Disponible en línea en: http://bit.ly/14jZT4R
20 p. 283. Mónica Pretelini, primera esposa de Enrique Peña Nieto, murió en enero de 2007.