Lo que distingue al Hollywood que aspira a ganar un Oscar del que, honestamente, sólo aspira a inflarse con millones de dólares cada verano, es su escasez de balazos; de las nominadas para este año Django sin cadenas era la excepción, pero era claro que no tenía ninguna posibilidad; Lincoln, pese al entorno de la guerra civil, tenía una violencia física cuidadosamente administrada (el prólogo de los soldados negros ahogando a los confederados blancos) y, de hecho, se construye como un ejercicio de humanismo tan integral que incluso la bala magnicida de Booth queda en off. No es una regla (Bastardos sin gloria triunfó sin problemas hace dos años) sino una tendencia estable hacia un entendimiento norteamericano liberal de que el arte, sobre todo desde los años setenta, debe ejercer una crítica de la violencia y, de ser posible, darle la espalda.
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