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Dice Borges que “un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”. Quizá la experiencia de Dios es algo parecido. No se encuentra en los rituales ni en la nómina ejecutiva de las religiones. Tal vez, si ese es el caso, no sea descabellada la idea del canadiense Yan Martell (1963) en su libro La vida de Pi (Destino, 2013) de encontrar a Dios en el reflejo de los ojos de un tigre de Bengala después de haberlo buscado en la práctica devota del catolicismo, el islam, el hinduismo y el pensamiento científico escéptico que trata de inculcarle su padre.

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Me siento plenamente identificado con el personaje principal, Pi, que ha aprendido a convivir con los animales en el zoológico que mantiene su familia para sobrevivir precisamente en la India, un lugar donde los dioses (que son miles) tienen una estrecha relación con la fauna: Ganesha es un elefante que remueve obstáculos, Hánuman es un mono imparable que se traslada de un lado a otro histéricamente para comunicar con su música el conocimiento (o enloquecer), la estrella Láksmi, consorte eterna de Visnú, cuando es guerrera y se transforma en el jabalí Varaja es transportada sobre el lomo de un tigre. Quizá no era precisamente la idea de Dios la que me perturbaba a los 14 años, como a Pi. Sin embargo, siempre hubo en mí una certeza, que al principio tomaba la forma de una molestia del tipo de una piedra en el zapato, en ocasiones se volvía verdaderamente asfixiante y acabó por ser un estado al que me acostumbré: yo sabía que estaba solo. Eso, sin embargo, dejó de ser un problema cuando mi abuelo, un campesino torvo, silencioso y sabio, me enseñó a confiar en los caballos más que en la gente, y a respetarlos más, mucho más incluso que a mí mismo. Quizá por esa razón no me sorprendió que Pi pudiera convivir con un tigre de Bengala durante 227 días en un bote salvavidas a la deriva en mitad del océano Pacífico, y que fuera precisamente en el reflejo de los ojos de esa bestia imponente donde encontrara a Dios.

Cuando tuve la oportunidad de entrevistar a Yan Martell en San Cristóbal de las Casas, en un encuentro de escritores organizado por Víctor Manuel Mendiola, el novelista canadiense se encontraba en el pináculo de su fama. La edición británica de La vida de Pi ya había obtenido el Premio Booker, la canadiense fue nominada para el Canada Reads, y la francesa para el popular Le combat des livres. Además del premio sudafricano Boeke y el Asian Pacific American Award, que ya tenía. Sin embargo mis inquietudes no se inclinaban sino por una cuestión: ¿qué hay en los ojos de un tigre?

“Cuando miras —me respondió— en los ojos de un animal tan evolucionado, estás mirando directamente ‘el misterio’. Ellos no tienen la facultad de raciocinio, porque no la necesitan. ¿Cuál es la necesidad de la razón? ¿Para qué estamos aquí si no nos conduce la razón? Para nosotros la herramienta más usual es la razón. Los animales no tienen razón y desarrollan una relación más equilibrada con la naturaleza. Los seres humanos tenemos razón, pero no tenemos equilibrio. Al mirar a los ojos a un animal fabuloso como un tigre de Bengala, me pregunté por primera vez en toda mi vida cuál era el valor de la razón. Hay una tendencia a idealizar a la naturaleza, que es brutal.
Nosotros necesitamos la civilización tal como el tigre necesita su pelaje. Los animales tienen una parte vital como nosotros, pero tienen otra parte que es diferente, totalmente oculta ante nuestros ojos. La razón marcha en sentido contrario que la naturaleza porque nos conduce a destruirla. Estamos demasiado obsesionados con la tecnología. Lo que nos falta es una fe. Sin eso estamos ciegos. No importa qué tipo de fe. De lo contrario no sabemos qué hacer con la razón, que simplemente es una herramienta. Mirar a un animal salvaje aporta un sentido de calma, de pertenencia al mundo, de ser parte de una cosa más grande, no el centro de todo”.

Después me contó cómo había escrito el libro: “Leí una reseña del libro de un brasileño llamado Moacyr Scliar —continúo hablando mecánicamente—. Aquí un hombre sobrevive en el Atlántico con un animal. Recuerdo que pensé: qué buena idea, y después lo olvidé. Siete años más tarde yo estaba en India, y ahí hay muchas divinidades y muchos animales. Lo que faltaba ahí era el ser humano. El encuentro entre Dios y el animal, me emocionó y en ese momento me vino la idea del Arca de Noé reducida a un hombre y un animal. Hubo un momento alquímico en el que imaginé toda la serie de hechos, pero con dos interpretaciones, es decir: dos historias distintas en torno a los mismos hechos. Todo eso me vino junto, de golpe, en unos minutos. Después de dos años de investigaciones, y luego dos años y medio de escritura, logré poner punto final a La vida de Pi”.

Estoy seguro de que lo que me dijo con respecto a la manera en que había escrito la novela lo había repetido hasta el cansancio en diferentes idiomas después de más de siete millones de ejemplares vendidos, pero lo que me dijo a propósito del misterio que hay en los ojos de un animal salvaje sólo me lo estaba diciendo a mí. Recordé un poema de Ted Hughes: “Me despertó un grito: ‘Soy el alfa y el omega’./ Las rocas y algunos árboles temblaron/ en las profundidades de sus propios dominios./ Eché a correr y una ausencia saltó detrás de mí” y vi al poderoso tigre de Bengala ir y venir por el predestinado camino detrás de los barrotes de hierro del zoológico, sin sospechar que eran su cárcel.

Juan Manuel Gómez.
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.