Dice Borges que “un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”. Quizá la experiencia de Dios es algo parecido. No se encuentra en los rituales ni en la nómina ejecutiva de las religiones. Tal vez, si ese es el caso, no sea descabellada la idea del canadiense Yan Martell (1963) en su libro La vida de Pi (Destino, 2013) de encontrar a Dios en el reflejo de los ojos de un tigre de Bengala después de haberlo buscado en la práctica devota del catolicismo, el islam, el hinduismo y el pensamiento científico escéptico que trata de inculcarle su padre.
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