A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Era un lejano diciembre de cambio sexenal cuando me anunciaron por teléfono que había ganado un premio literario y me dijeron que la ceremonia de entrega se programaría unos días después. Cuando acudí a recibir el anhelado premio, una de las recurrentes devaluaciones de esa época ya había disminuido su monto real a la mitad. Me importó, por supuesto, pero no tanto: lo más relevante era que ese premio me sacaba del anonimato del aficionado y me brindaba un sentido de pertenencia a un gremio que me resultaba glacial e impenetrable. Por fin podría aventurar un socarrón “colega” hacia esos adustos mentores literarios que dudaban de la aptitud creativa de cualquiera que no hubiese estudiado letras o hacia esos contemporáneos que, más precoces y veloces que yo en la meritocracia literaria, me miraban con desdén cuando intentaba asistir a sus tertulias. Por fin, también, podría presentarme legítimamente como escritor ante mis compañeras de oficina, esas bellas escépticas que cuando les presumía mi vocación invariablemente me exigían pruebas: “Así que eres escritor, ¿y ya te has ganado algún premio?”.

entrega

Exagero, pero no mucho: fuera y dentro del medio literario, la forma inicial de distinción de un autor tiende a ser, más que su escritura, la relación de sus premios y su notoriedad mediática. Por eso no es extraño que, para la identidad deteriorada y la vocación vacilante del que se inicia en la vida literaria, un premio pueda ser una especie de confirmación del llamado. Un premio brinda estímulo a un aspirante, le ofrece una ilusión de proyección y movilidad en el difícil medio de la literatura y ayuda a configurarlo en la órbita pública. Además, el premio puede proyectar el trabajo literario más allá de las fronteras iniciales de los devotos y lectores profesionales y darle realce social. Por supuesto, esta convertibilidad del premio en el mercado literario explica su predominancia como mecanismo de ascenso y promoción y los excesos en su utilización y usufructo.

Mucho, y muy lúcidamente (desde Pierre Bordieu hasta James English, desde Anadeli Bencomo hasta Fernando Escalante), se ha escrito en torno a los premios como instrumentos con alta liquidez en la “economía del prestigio”. A la luz de estas lecturas, es innegable que la proliferación de premios implica, en muchos sentidos, una imposición de los criterios del consumo y del espectáculo sobre la creación artística; que a menudo sobrepone los intereses ideológicos o comerciales al mérito creativo; que produce formas evidentes de corrupción; que genera conformismo e inercias críticas, y que tiende a una saturación de reconocimientos en la que lo más raro (y confiable) puede ser un creador, o una obra, que no ostenten ningún premio.

Si bien es fundamental criticar la tendencia a la multiplicación y banalización del reconocimiento literario, el premio es una institución con la que hay que convivir. Por lo demás, un premio bien encauzado, desde un certamen municipal hasta un reconocimiento internacional, puede estimular vocaciones, crear gusto, ensanchar los lindes de las comunidades literarias, reconocer trayectorias ejemplares o impulsar obras innovadoras. De ahí la importancia de insistir en los protocolos de otorgamiento de los premios.
Poco se puede decir cuando los premios provienen de recursos privados, aunque en términos empresariales conviene la credibilidad y calidad de dichos reconocimientos. En lo que atañe a los premios que empeñan el prestigio de instituciones oficiales y el uso de recursos públicos, debe exigirse el máximo cuidado en su transparencia y buen nombre. Vale la pena preguntarse también en torno a la pertinencia del premio como mecanismo hegemónico de promoción literaria. Y es que, acaso por comodidad, las instituciones públicas tienden a generar una sobreoferta de premios, pues este tipo de patronazgo implica una visibilidad y rentabilidad inmediata frente a otras formas de promoción sistemática de la literatura (talleres, fomento a la lectura, bibliotecas). Por eso, pese al bochorno de la FIL, la explosión demográfica de estos mecanismos prosigue y en los meses recientes se han creado, al menos, tres premios dotados con grandes bolsas en dólares. Tal vez nunca sean demasiados los estímulos a la literatura; sin embargo, la suspicacia persistente daña su función. Por eso los organizadores de los distintos premios no sólo deben procurar los fondos, sino establecer reglas sensatas para garantizar su limpieza. Cada nuevo premio debería responder a dos criterios: por un lado, no debe propiciar los favores mutuos entre camarillas, sino ensanchar la comunidad y la conversación cultural; por el otro, no debe responder a una competencia de ocurrencias, ni a una carrera de montos, y debe estar vinculado a otras modalidades de fomento de la creación y generación de públicos. Por supuesto, aun en esta circunstancia idílica, no hay que olvidar que los premios son, simplemente, una práctica de promoción y política cultural y su brillo social no tiene una equivalencia exacta con el mérito literario: muchos escritores eminentes nunca recibirán un premio, y otros serán eminentes pese a sus muchos premios.

Armando González Torres. Poeta y ensayista. Entre sus libros: La pequeña tradición y Sobreperdonar.