Historia de nuestras consagraciones

Era un lejano diciembre de cambio sexenal cuando me anunciaron por teléfono que había ganado un premio literario y me dijeron que la ceremonia de entrega se programaría unos días después. Cuando acudí a recibir el anhelado premio, una de las recurrentes devaluaciones de esa época ya había disminuido su monto real a la mitad. Me importó, por supuesto, pero no tanto: lo más relevante era que ese premio me sacaba del anonimato del aficionado y me brindaba un sentido de pertenencia a un gremio que me resultaba glacial e impenetrable. Por fin podría aventurar un socarrón “colega” hacia esos adustos mentores literarios que dudaban de la aptitud creativa de cualquiera que no hubiese estudiado letras o hacia esos contemporáneos que, más precoces y veloces que yo en la meritocracia literaria, me miraban con desdén cuando intentaba asistir a sus tertulias. Por fin, también, podría presentarme legítimamente como escritor ante mis compañeras de oficina, esas bellas escépticas que cuando les presumía mi vocación invariablemente me exigían pruebas: “Así que eres escritor, ¿y ya te has ganado algún premio?”.

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Publicado en: 2013 Febrero