El gobierno de Francisco I. Madero no cayó por obra de uno, sino de dos cuartelazos que estallaron sucesivamente el 9 y el 18 de febrero de 1913. A eso llegó Nemesio García Naranjo años después del desmantelamiento y ruina de Madero. Victoriano Huerta, estrella negra del segundo cuartelazo, con un batallón tuvo para dar el golpe de Estado, pues desde hacía meses no contaba ya con la División del Norte y como novísimo comandante militar de la ciudad de México tampoco tenía jefes que le fueran adictos en la guarnición, pero sobre todo estaba al tanto de la división existente tanto en el ejército federal como en las fuerzas pronunciadas en la Ciudadela.

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Los diarios y revistas de la capital en buena medida tenían meses de azuzar el descontento hacia la persona y el gobierno de Madero. El propio medio periodístico no estaba libre del contagio de sus campañas, y de él era parte García Naranjo pues en octubre de 1912 se estrenó como director de un nuevo diario, La Tribuna.
La sociedad política no se escapaba del descontento, a juzgar por la iniciativa del puñado de senadores que sugirió al presidente Madero presentar su renuncia, y en el graso caldo de la contrariedad se maceraban desde hacía meses las minorías dinámicas que se habían creído con el derecho político para ocupar un espacio en el gobierno maderista. Tampoco estaban exentos los habitantes de la ciudad, al cabo de 10 días de padecer incertidumbre, miedo y angustia debido al tiroteo que había en algunas calles, así como un cañoneo deliberada y lamentablemente errático. El descontento reinaba asimismo en el interior de la Ciudadela y en algunos puntos del norte del país, como Nuevo Laredo y Matamoros, y en varias zonas de los estados de Veracruz, Puebla y Morelos. Pero más que generalizado el descontento parecía operar a sus anchas a lo largo del proceso de comunicación. Ese fue el tono con el que los individuos discutieron y debatieron los asuntos del maderismo en el territorio social que se ubica entre el espacio privado de la vida doméstica y el espacio oficial del Estado, y al que se asocia la tumultuosa vida de las cantinas, tívolis, cafés y restaurantes capitalinos de principio de siglo, y la no menos agitada agenda de los medios impresos de comunicación. El descontento era la moneda corriente de la hora y de ella se supo valer Huerta para comprar dispensa o inmunidad para sus actos.

Si las sublevaciones se dominan por el efecto de los proyectiles, a las nueve de la mañana de ese espléndido domingo 9 de febrero el general Lauro Villar derrotó al menos a una parte del cuartelazo que ese día tomó las armas en nombre de la paz y la justicia. La otra parte de la sublevación, al frente de la cual estaban el general Manuel Mondragón y el sobrino de Porfirio Díaz, huyó en el acto de la Plaza de la Constitución para reunirse al pie del reloj de las cuatro carátulas en Bucareli.

En esos momentos, Francisco I. Madero aguardaba en el interior de un establecimiento fotográfico ubicado en las inmediaciones de la calle de San Juan de Letrán. Una hora y media antes había formado a varias decenas de cadetes del Colegio Militar en el patio principal y a gritos les había informado que en la madrugada un grupo de alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes había logrado apoderarse brevemente del Palacio Nacional. Poco más sabía entonces, y no desde luego que la noche anterior los conspiradores habían convenido detenerlo esa misma mañana en la residencia de Chapultepec. Al final de su arenga había montado un caballo blanco y se había hecho acompañar por los cadetes hasta el centro de la ciudad. O tal era la idea de Madero hasta que el tiroteo en la Plaza Principal lo obligó a hacer una pausa en la Fotografía Daguerre, donde lo alcanzaron su hermano Gustavo y los generales Ángel García Peña y Victoriano Huerta, con quienes salió al balcón para ser visto y posar para la foto que en breve daría testimonio de su integridad física. A las nueve pasadas, en la esquina de la Avenida Cinco de Mayo de camino nuevamente a Palacio Nacional, Madero vio caer a unos pasos de él a un escolta, derribado por los tiros de algún rebelde apostado en un edificio, pero no detuvo su marcha. La ciudad se había vuelto una trampa y para enfrentarla en el transcurso de la mañana tomó la decisión de desarmar a la policía y dirigirse a Cuernavaca en busca del general Felipe Ángeles.

Una vez en el reloj de las cuatro carátulas los conspiradores desplegaron a lo largo de Bucareli un escuadrón de caballería al tiempo que enviaban a otros elementos a ocupar las azoteas de algunas casas en la calle de Ayuntamiento. El general Mondragón acababa de entrar a un callejón y en su huida, al tratar de escapar del caos de la derrota, sólo hizo más grande el desorden. Se trató entonces de intimar la rendición de la Ciudadela, a lo que las fuerzas leales respondieron con 20 minutos de plomo que sólo sembraron el terror entre los habitantes de las más nuevas y civiles colonias adyacentes, Juárez y Roma. El hecho es que hacia la una de la tarde los conspiradores eran dueños del edificio y a partir de ese momento tuvieron a su disposición 50 mil fusiles y carabinas, 26 millones de cartuchos Maüser, 50 ametralladoras Hotchkiss nuevas, cañones revólveres, fusiles automáticos y gran provisión de piezas de artillería, como el instrumental necesario para precisar los tiros. Por la tarde el general Mondragón impuso su voluntad y en lugar de atacar otra vez el Palacio Nacional optó por permanecer en la fortaleza y tender un cerco defensivo con piezas de artillería: una en Balderas apuntada hacia la Avenida Juárez, otra apuntada hacia la Alberca Pane desde la Escuela de Comercio, otra en Tolsá, otra apuntada hacia la cárcel de Belem y la última apuntada a Salto del Agua desde el jardín de la fábrica de armas, además de que una treintena de hombres ocuparon con varias ametralladoras la azotea de la Escuela de Comercio. También por la tarde se suscitó el acuerdo más inusitado entre los rebeldes y el gobierno de Madero: a solicitud expresa del ex general Félix Díaz, quien a nombre de los poderosos comerciantes de la capital protestó contra la orden gubernamental de desarmar a la policía de la ciudad de México, el mayor Emiliano López Figueroa fue a explicar personalmente esta medida a la Ciudadela. Ahí mismo fue hecho prisionero el inspector general de Policía. Por la tarde, acaso en los momentos en que Madero llegaba a la ciudad de Cuernavaca, se soltó un tiroteo por Belem entre los federales y la batería de los rebeldes. Y en adelante una normalidad tensa señaló el paso de las horas tras la masacre en la Plaza de la Constitución.

La mañana del lunes 10 de febrero fue primaveral y espléndida, según apuntó en su diario el encargado de negocios japonés Kumaichi Horigoutchi, quien desde la tarde del domingo albergaba en la Legación a la señora, los padres y la hermana del presidente Madero. Al igual que durante el mediodía y la tarde del día anterior no se veía un alma en las avenidas de la ciudad. El fantasma de la inminente intervención de Estados Unidos reanimó sus rondas en la capital de la mano de El Imparcial, el cual había comprado el gobierno desde finales de 1912, y por cierto ese día fue el último que trabajaron y circularon con normalidad los diarios y revistas de la capital. Más adelante se atribuyó a Mariano El Cuervo Duque, cabeza de una gavilla de La Porra, el incendio de los talleres del diario católico El País y el asalto a la administración de la más joven publicación antimaderista, La Tribuna, así como el ataque a las redacciones del Gil Blas, El Heraldo Independiente y El Noticioso. El cuerpo diplomático se reunió para formar un par de comisiones con el fin de obtener garantías para sus nacionales ante el presidente Madero y los insubordinados. El gobierno nombró un nuevo inspector general de Policía y el general Manuel M. Velásquez se puso a organizar el servicio de espionaje de los insubordinados. Al volver a la ciudad el lunes por la noche el presidente Madero supo que los legisladores le concedían amplias facultades en los ramos de Guerra y Hacienda.

El general Victoriano Huerta, si bien sabía los límites de su fuerza, al cabo de una vida dedicada a eliminar desheredados, locos y peregrinos del tiempo estaba más que familiarizado con la obra del desorden y la falta de poder. De historia sólo entendía que suele ser muy corta la carrera en política, y más para el militar que olvida el peligro de las palabras, de donde confeccionó un tosco refrán para eludir el delirio de la lisonja y no engancharse ni a causas ni a compromisos: para hacer a pendejos siempre hay tiempo. Así vio caer como a un pelele a su admirado Bernardo Reyes y avanzar hacia el pelotón de fusilamiento al general Gregorio Ruiz y encerrarse en una fortaleza a los generales Manuel Mondragón y Felix Díaz. Lo demás fue obra del azar que sacó del camino al herido general Lauro Villar e hizo que el cargo de comandante militar de la plaza cayera precisamente en Huerta, pues así lo estipulaba la ordenanza, según explicó el general Felipe Ángeles al atónito Madero.

La prueba de que Huerta conocía el desorden está en que la mañana del martes 11 de febrero —luego de que dos docenas de aspirantes disfrazados como papeleros llegaron a la Ciudadela procedentes de la Catedral, en cuyas torres habían permanecido aislados desde la mañana del domingo— inició un estruendoso remedo de asedio a la Ciudadela. En primer lugar desplegó un cerco alrededor del recinto en un radio de seis cuadras, envió dos columnas de ataque al sur y al poniente de esa fortaleza que colocaron sus cañones en la misma dirección en que estaban emplazados los del general Mondragón, e instaló dos cañones en la calle de San José. En cierto momento se escucharon algunos tiroteos en la bocacalle de Balderas y Avenida Juárez. De inmediato uno de los cañones de la Ciudadela disparó sobre las baterías que el gobierno había dispuesto en el extremo poniente de la Alameda. A partir de las diez y media de la mañana Huerta dio la orden de que entraran en acción las baterías ubicadas junto al cascarón de acero del malogrado Teatro Nacional, en la Avenida Juárez, y en las inmediaciones del monumento a Cuauhtémoc. Bajo la ensordecedora algarabía de estos metales el mismo Huerta envió a la muerte a un primer grupo de 800 rurales por el centro de la calle de Balderas, pues fueron blanco fácil para los proyectiles que los rebeldes prodigaron desde dos piezas Chaumond-Mondragón, varias ametralladoras y copiosa fusilería. Más tarde el mismo Huerta intentó nuevas aproximaciones por diferentes calles, como Niño Perdido, Arcos de Belem, General Prim, Lucerna y Revillagigedo, de suerte que el saldo de muerte en las filas del gobierno dejó atrás las cifras del primer día y al cabo de ocho horas de bombardeo los proyectiles no hicieron gran daño en las posiciones de los rebeldes. Por la tarde, al cabo de ocho horas de cañoneo, Huerta permitió entrar a la Ciudadela un importante contingente de comida para los alzados.

El miércoles las piezas de artillería del gobierno lograron cimbrar la ciudad desde las siete de la mañana y su violencia fue mucho más intensa que el día anterior. “Casi todo cuanto ayer se dijo es inexacto”, escribió en su diario José Juan Tablada luego de leer lo que publicó ese día El Imparcial. “A pesar de la mortandad que el periódico hace llegar a 500 víctimas, quizá disminuyendo la cifra real, las condiciones continúan invariables y el gobierno no parece haber obtenido ventajas sensibles. El presidente sigue en palacio y Félix Díaz en la Ciudadela”. Tras aventurarse por las calles del centro un empleado de la Legación de Japón le contó que había visto cadáveres de mujeres y niños por todas las calles, más que de combatientes. El miércoles llegó a la ciudad el general Aureliano Blanquet con su 29 Batallón y las fuerzas leales recuperaron el edificio de la Sexta Comisaría en la calle de Revillagigedo, uno de los contados éxitos de la ofensiva de Huerta, quien por la noche volvió a permitir el acceso a la Ciudadela de ocho carros repletos de lo mismo que ya escaseaba en la ciudad: pan, leche, conservas y carnes frías en abundancia y cigarros, amén de medicinas, vendas, desinfectantes y aparatos de cirugía.

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El jueves fijó en la memoria de los capitalinos más de una docena de horas de bombardeo continuo en varias tandas de fuego graneado que bien pudieron superar varios centenares de cañonazos, más el estruendo de la fusilería y las ametralladoras de los rebeldes cada vez que recibían los piquetes de rurales que Huerta entregó a la muerte sin escrúpulo alguno. El día del bombardeo más cruento daña gran número de propiedades, anotó al día siguiente el titular del Mexican Herald. Por la mañana corrió la noticia de que el gobierno empezaría a incinerar los cadáveres que no fueran reclamados o identificados. Minutos antes de la una de la tarde se escuchó el primero de 150 cañonazos que durante la siguiente hora destellaron y tronaron desde la batería ubicada en las inmediaciones del monumento a Cuauhtémoc. El general Ángel García Peña intentó sin ninguna suerte intimar la rendición de Mondragón y los suyos. Acaso fuera verdad también que acababa de dar inicio el verdadero ataque a la Ciudadela, pero lo cierto es que ese mismo día la artillería de los alzados destruyó la puerta ubicada en el extremo norte de Palacio Nacional, de donde la Cruz Blanca ya había recogido más de una treintena de muertos y heridos tanto en el interior como en los alrededores del edificio. La descomposición de los caballos tendidos en diversas calles sumó su prédica a la fiesta de las balas. Por la tarde sólo una de las baterías del gobierno dejó de escupir fuego, la ubicada en Balderas y Rinconada de San Diego, pero a las seis y media cesó por completo el tiroteo. Y sin embargo pasada la medianoche se seguía escuchando el eco de diversos tiroteos.

La ciudad era el aciago crespón de la tragedia para la mañana del viernes 14. Al cabo de una noche más bien tranquila, el cañoneo dio inicio a las seis de la mañana, una hora antes que el día anterior. A esa hora también se desataron fuegos de fusilería y ametralladoras. Los retenes de rurales impedían el acceso a la Plaza de la Constitución. El tráfico de trenes no se había suspendido del todo desde el asalto al Palacio Nacional pero era difícil si no es que imposible dar con un solo coche en las líneas urbanas. Los repartidores de pan y leche circulaban con cautela por calles vacías y en las que ahora en cualquier momento podía aparecer un caballo sin jinete a todo galope. La sangre bañaba los patios de las comisarías así como los pasillos del Hospital Militar y del Juárez. Cuerpos sin vida yacían junto a escombros de fachadas y vidrieras. El olor de la carne descompuesta invadía por oleadas el ambiente. Los cañones y las ametralladoras de la Ciudadela y sus alrededores atraían a cientos de curiosos que diario iban a constatar la situación de los sitiados. Ese viernes el presidente Francisco I. Madero envió al senador Francisco León de la Barra a hablar con el general Manuel Mondragón sobre la posibilidad de suspender las hostilidades por tres días. Ni armisticio ni negociación, fue la respuesta, si no se cuenta con la renuncia de Madero y su gabinete. A manera de remate los rebeldes prendieron fuego a la casa de Madero ubicada en la esquina de Liverpool y Berlín hacia el mediodía.

El sábado 15 la artillería volvió a reanudar su bombardeo a las seis de la mañana y la Cruz Roja recogió los cadáveres que quedaron frente a Palacio Nacional desde la primera y sola limpia de una semana atrás. El número de cadáveres cremados en el antiguo rancho de Balbuena o en las calles de la ciudad nunca se supo con exactitud, pero sus saldos quedaron registrados nítidamente en decenas de fotografías y postales. Desde temprano circuló el rumor de que ese día los rebeldes bombardearían la Legación de Japón, en donde se encontraban los padres del presidente Madero. Por sugerencia de Henry Lane Wilson, escribe Charles C. Cumberland, y con el apoyo de los representantes de Inglaterra y Alemania, el ministro de España solicitó la renuncia al presidente. “Madero, indignado por la violación de la etiqueta diplomática que representaba esa acción, negó que los representantes de los países extranjeros tuvieran derecho a pedir semejante cosa, y afirmó categóricamente que moriría en su puesto antes de someterse a presiones extranjeras”. Poco después, el mismo sábado, un grupo de senadores trató de conferenciar en el Palacio Nacional con el propio Madero para persuadirlo de los beneficios públicos o de la urgencia política o de la necesidad personal de que presentara su renuncia al cargo junto con José María Pino Suárez. Tras una larga antesala, al cabo de la cual se vieron obligados a plantear el asunto de su visita a varios secretarios, los legisladores optaron por redactar un manifiesto y hacer del conocimiento público su interés por la restauración del orden. A las cuatro de la tarde, al cabo de dos horas de silencio, se volvió a reanudar el fuego y hacia las cinco era nutrido el cañoneo de la batería de Cuauhtémoc, así como el de fusilería y ametralladoras. Y a partir de las seis y media el silencio se apoderó de la ciudad.

En la mañana del domingo 16 la Catedral echó las campanas al vuelo para dar a conocer que las negociaciones del cuerpo diplomático al fin habían logrado que el gobierno y los rebeldes pactaran un cese al fuego por 24 horas. La idea era trasladar a Santa María la Ribera a los residentes extranjeros que habían buscado refugio en sus respectivas legaciones. Sin embargo, la tregua no pasó de las dos de la tarde. Las descargas de fusilería, las ametralladoras y el estruendo del cañoneo y los impredecibles estragos de sus proyectiles invadieron las horas de la tarde.

Y el lunes, los que llegaron a ver ese día, se aseguró que fue el peor o el más intenso de todos.

A partir de las 10 de la mañana del martes 18 de febrero las baterías de la Ciudadela tirotearon con mayor deliberación el Palacio Nacional, pues ellas asimismo se habían dedicado a aumentar el miedo de la población antes que a rendir a sus adversarios. Más adelante se conoció que al final del día se cremaron 110 cadáveres en el horno del Hospital Juárez, 60 menos que durante el jueves anterior.

Hacia las tres de la tarde Joaquín Maas, teniente coronel de Estado Mayor, se acercó a la Ciudadela para informar personalmente al general Manuel Mondragón que el presidente Francisco I. Madero acababa de ser arrestado junto con el vicepresidente José María Pino Suárez en Palacio Nacional por el general Aureliano Blanquet. En un abrir y cerrar de ojos Mondragón vio que en ese momento había en la ciudad dos mandos y dos ejércitos, uno de los cuales encabezaba el comandante militar de la plaza que acababa de reducir a Madero, el general Huerta. El fracaso de su propia insubordinación nunca le pareció más natural o sencillo. Más tarde confirmaron la noticia los embajadores que desde el inicio del conflicto se habían dejado ver en la Ciudadela, entre ellos el de España que llegó a esa fortaleza precedido por vítores, Bernardo J. de Cologan. Resultaba del todo imposible hablar de éxito para Mondragón: al llegar a su fin la lucha entre el gobierno de Madero y las fuerzas de la Ciudadela sólo podía haber sitio para un sobreviviente, Huerta.

Incluso sobre la figura de Madero al momento de ser detenido la opinión pública precipitó imposturas y verdades a medias. El Correo Español, por ejemplo, al narrar el momento en el que Huerta envió a un coronel y a un mayor del 29 Batallón a arrestar a Madero, afirmó que ambos cayeron a tiros de revólver por el propio Madero y uno de sus ayudantes. Pero estas y otras versiones de los últimos días de Madero en realidad circularon varios días o semanas después de su asesinato.

El martes Huerta dispuso minuciosamente cada movimiento, tanto en las calles como en el interior del Palacio Nacional. Blanquet, el jefe del 29 Batallón, hacia la una de la tarde se encargaría de arrestar en Palacio Nacional a Madero junto con todo su gabinete, en lo que el propio Huerta acudía a una comida con Gustavo Madero en el restaurante Gambrinus. Así, en compañía del teniente coronel Teodoro Jiménez Riveroll, el mayor Pedro Izquierdo y otros oficiales, Blanquet ingresó al Salón de Consejo donde se encontraba Madero a pedirle que renunciara en nombre de la paz y de la tranquilidad que demandaba la República. Madero le respondió que no podía renunciar, si bien aceptaría que los miembros de su gabinete lo hicieran o que se retirara Pino Suárez, pero que él debía permanecer en su lugar. A eso las palabras de Blanquet fueron las siguientes: “Usted es mi prisionero”. Al instante los ayudantes militares del presidente desenfundaron sus revólveres y al hacer fuego se llevaron a Jiménez Riveroll, Izquierdo y Marcos Hernández Madero, hermano del secretario de Gobernación.

Huerta llegó al Gambrinus en compañía de un grupo numeroso de paisanos poco antes de las dos de la tarde, forzó la puerta del restaurante, y al tiempo que gritaba ¡Alto ahí! ¡Todos ustedes son mis prisioneros!, su gente encañonó y detuvo al único grupo de comensales que ahí departía, integrado por varios oficiales del ejército, entre ellos el general José Delgado, algunos agentes de la policía Reservada y Gustavo Madero. Este último una vez desarmado sólo atinó a preguntar: ¿A dónde me llevan? En adelante difieren las versiones. La menos cruel en apariencia dice que al hermano del presidente lo treparon de inmediato a un coche que lo tramitó a toda velocidad al Palacio Nacional, donde permaneció encerrado hasta la una de la mañana, hora en la que se presentó una escolta para llevarlo a la Ciudadela, y que una vez ahí un soldado le dio muerte de un disparo certero cuando el execrado Ojo Parado se echó a correr para salvar la vida. Una hora después del levantón del Gambrinus se detuvo al general Felipe Ángeles en el mismo Palacio Nacional. Huerta dio instrucciones estrictas en cuanto a impedir el acceso a cualquiera que pretendiera entrar a la sede de los poderes, aun portando el pase emitido más recientemente.

A las ocho de la noche, mientras el fuego consumía el interior del trasegado edificio del diario maderista Nueva Era, Huerta y Félix Díaz llegaron a un acuerdo que ellos bautizaron como el Pacto de la Ciudadela y la gente llamó el Pacto de la Embajada no obstante que se logró en la sede de la embajada de Estados Unidos. Según este pacto, montado con el pretexto de reconciliar a las dos fuerzas militares existentes, Huerta tenía el derecho de acceder a la presidencia provisional del país, se estipulaban los nombres de quienes integrarían el gabinete —siendo Díaz quien aportó los nombres de Toribio Esquivel Obregón, Francisco León de la Barra, Manuel Mondragón, Rodolfo Reyes— y ambos asumían el compromiso de impedir la restauración del gobierno de Madero. Sin embargo, los insubordinados aún debían salvar algunos obstáculos para aplicar el delgado barniz de la legalidad a su obra, entre ellos, nada menos, la obtención de las renuncias del presidente y del vicepresidente. Y esto fue el centro de los siguientes tres y últimos días de Madero.

Ante la resolución de Madero, el miércoles 19 por la mañana el general Victoriano Huerta pensó, en primer lugar, atribuirle la muerte del teniente coronel Riveroll, a fin de inhabilitarlo, procesarlo y condenarlo. Pero la estratagema, en caso de funcionar, no haría más que habilitar a Pino Suárez, por lo que se volvió a la necesidad de obtener las renuncias de ambos, acaso a cambio de respetarles la vida. Ernesto Madero y Pedro Lascuráin, secretario de Relaciones Exteriores, conferenciaron con los detenidos en la Intendencia del Palacio Nacional, tras de lo cual Madero dijo estar dispuesto a presentar su renuncia siempre y cuando tan delicado documento quedara en poder de un tercero, quien lo entregaría a Huerta una vez que hubiera dejado a Madero en el puerto de Veracruz, a donde lo escoltarían algunos diplomáticos. El presidente pensó originalmente en depositar su renuncia en manos de Anselmo Hevia, el ministro de Chile, pero al fin se dejó convencer por Lascuráin de que se la diera a él. Madero también exigió la libertad de su hermano Gustavo, de cuya muerte desde luego no tenía noticia, así como de su secretario particular, Juan Sánchez Azcona, el general Ángeles, todos los miembros de su Estado Mayor y algunas personas más. Por último, Madero demandó que Huerta se comprometiera por escrito en que respetaría estas condiciones.

Huerta accedió cumplir las cuatro condiciones y afirmó que Madero sería conducido a Veracruz en un tren especial a las siete de la tarde del miércoles. Madero redactó un borrador de renuncia y Lascuráin lo sometió a la aprobación de Huerta. Luego el presidente y el vicepresidente firmaron, al calce, su renuncia colectiva. A partir de ese momento el tiempo empezó a gastar minutos y horas sin que los otros detenidos salieran en libertad, salvo el general Ángeles, y sin que se condujera a Madero y Pino Suárez al referido tren especial, so pretexto de que Huerta prefirió de último momento postergar su salida hasta el viernes por la mañana. Ya no corría ninguna prisa: Lascuráin, a espaldas del ahora ex presidente, ya había puesto en manos de Huerta la renuncia de Madero y Pino Suárez. El Pacto de la Ciudadela había salvado el primer obstáculo.

Un puñado de personas se dedicó a tratar de salvar de la muerte a Madero y Pino Suárez. La familia del primero, desde luego, y algunos miembros del cuerpo diplomático: el ministro de Alemania, el almirante Von Hintze, el ministro de Cuba, Márquez Sterling, el ministro de Chile, el ya citado Hevia. Intentaron hablar y en efecto hablaron al respecto con Huerta, quien siempre estuvo dispuesto a empeñar su palabra en cuanto a que no se tomaría ninguna represalia. Trepados de la cuerda de sus propias actividades los mismos diplomáticos abogaron por Madero y Pino Suárez en Palacio Nacional el viernes 21, en ocasión de la recepción del novísimo presidente Huerta, y lo volvieron a hacer la tarde del sábado 22 que la embajada de Estados Unidos celebró en todo lo alto el nacimiento de George Washington. Esa noche, hacia las diez y media, dos automóviles trasladaron a Madero y Pino Suárez del Palacio Nacional a Lecumberri, escoltados por fuerzas del 7º Cuerpo de Rurales al mando del mayor Francisco Cárdenas. En la parte posterior de la penitenciaría se les dio muerte.

Al instante se conoció la charada con la que en vano se trató de ocultar este doble asesinato. Sobre una sola persona cayó la responsabilidad: Huerta. Y sin embargo, varios años después, refugiado en Guatemala, el mayor Cárdenas le dijo a José Santos Chocano que no había sido Huerta quien le ordenó liquidar a Madero y Pino Suárez, sino el general Blanquet. “Me hizo llamar a su despacho y me sorprendió con la orden y las instrucciones respectivas, agregando que le respondía con mi vida de la ejecución y del silencio para todo el mundo”. A saber si importa demasiado.

El otro silencio, el silencio que como una frazada cayó sobre la ciudad de México la noche del martes 18 de febrero de 1913, sólo podía tener el signo de la muerte.

El remedo de legalidad, bajo el signo de la presunta furia moral contra el gobierno de Francisco I. Madero que dijeron compartir las dos insubordinaciones, llevó al Congreso a tomar la protesta del presidente sustituto, Pedro Lascuráin. Luego, este último dio un nuevo nombramiento al general Victoriano Huerta: secretario de Gobernación. Todo lo anterior se realizó con prisa que no impidió al general Manuel Mondragón entender el desastre de su causa, que era también la de Luis García Pimentel, Íñigo Noriega, Cecilio Ocón y, desde luego, Félix Díaz. El cuartelazo de Huerta, el segundo que enfrentó Madero tras el primer ataque al Palacio Nacional, lleva la fecha del 18 de febrero y se consumó en el momento en que renunció Lascuráin a su cargo y subió en su lugar el propio Huerta.

Antonio Saborit. Historiador, traductor, ensayista. Su más reciente libro es Diario de las cigarras.