Hay una versión que indica que el golpe militar del 9 de febrero de 1913 fue planeado en el Hotel Majestic, frente al jardín arbolado que desde tiempos de la emperatriz Carlota poblaba el Zócalo de frondas. Los agentes de la Reservada habían oído el rumor de que uno o varios planes se estaban urdiendo en la sombra, pero nadie imaginó que el enemigo estuviera ya del otro lado de la plaza.   

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Desde el principio de aquel año de horror, el empresario Cecilio Ocón, dueño del Majestic, había anunciado que el hotel iba a ser sometido a intensos trabajos de remozamiento.
Los guayines que paraban frente la puerta-vidriera del edificio, en vez de ladrillos y sacos de cemento, descargaban en realidad cajas repletas de parque y armamento.

Los principales involucrados en la conspiración se hallaban registrados como huéspedes en el libro de entradas del hotel. Cecilio Ocón, a quien el maderismo había confiscado propiedades valuadas en un millón de pesos, los recibía en la puerta y los llevaba del brazo a las profundidades del salón comedor, en cuyas mesas de mármol conversaban en voz baja militares, políticos de oposición, periodistas nostálgicos del viejo régimen, aristócratas de nombre apergaminado que desde la caída de don Porfirio vagaban por las calles con el faldón de la levita entre las piernas, y españoles, muchos españoles: hacendados, empresarios, comerciantes que no habían recibido del gobierno maderista garantía ninguna.               

En febrero de 1913 el Hotel Majestic era ya una mina de pólvora. La “cena” que los conjurados llevaban meses tramando —la “cena” era el nombre en clave del golpe militar— había logrado atraer batallones, compañías, regimientos. Estaban ya del otro lado de la plaza. Ahora sólo debían cruzarla.

La víspera del golpe, el diputado Gustavo Madero —hermano del presidente y líder en la Cámara del Partido Constitucional Progresista—, asistió a un banquete en el restaurante Sylvain, el mentidero de moda entre las personalidades de la época. Sylvain había sido durante un tiempo el cocinero de cabecera de don Porfirio: su carta estaba llena de palabras europeas que pocos sabían pronunciar. En una mesa sembrada de flores, manjares y vinos, Gustavo Madero brindó por el nombramiento del ingeniero Jesús Reynoso como subsecretario de Hacienda, y entrechocó una copa de champán burbujeante con los diputados de la fracción maderista Francisco Escudero, Alfonso Oribe y Pedro Antonio de los Santos.                

El sábado estaba terminando. Había en Sylvain una atmósfera distendida. Los diputados advirtieron, sin embargo, que el hermano del presidente, por lo general fogoso, intenso, exaltado, se mantenía decididamente absorto. El único ojo bueno de Gustavo —el otro era de cristal, por eso el periodista Trinidad Sánchez Santos le había encajado el mote de Ojo Parado— parecía encontrarse en otro mundo, en otro lado. No era para menos: la estrella del maderismo declinaba en el ánimo de las muchedumbres y él, convertido en reo de todas las culpas, había perdido el apoyo de su hermano. Estaba a punto de ser enviado a Japón en una comisión especial. A lo largo de la velada, Gustavo sólo abandonó su mutismo para preguntar al camarero si alguien lo había buscado en el teléfono.

Una breve nota de El Imparcial reseña que a esa misma hora, y muy cerca de ese sitio, en el restaurante Gambrinus de San Francisco y Motolonía, los jóvenes del Ateneo de la Juventud, José Vasconcelos, Enrique González Martínez, Pedro Henríquez Ureña, Carlos González Peña y Martín Luis Guzmán, ofrecían una cena en honor del poeta Rafael López. A la manera de la bohemia de fin de siglo, los ateneístas musitaron versos empapados en ráfagas iridiscentes de coñac. Un reportero tomaba notas, hacía la crónica de aquel encuentro. Pero al día siguiente esa noticia nadie la leyó.

Cayó la noche y cerraron los almacenes de La Monterilla y San Agustín: El Palacio de Hierro, Las Fábricas Universales, Al Puerto de Veracruz. Las pastelerías se llenaron de gente. Algunas personas hicieron cola frente a las taquillas del Venecia, el Teatro Hidalgo y el Salón Rojo —donde triunfaban, misteriosas y perfectas, las divas de los filmes italianos—, y otras se encaminaron a los teatros, para cumplir con la antigua costumbre porfiriana de ponerse rojas hasta la coronilla ante el carnoso espectáculo de las vicetiples. Los vendedores de flores, de queso, de leña, pasaron en rápida dispersión hacia los barrios lejanos.
   
De ese modo llegó, como un hachazo, la madrugada del domingo 9 de febrero, la hora señalada para el comienzo de la “cena”.

En el pueblo de Tlalpan, el capitán Antonio Escoto y el subteniente Alejandro Kurzyn abandonaron la cama y se reunieron en los oscuros patios de la Escuela Militar de Aspirantes. La noche anterior habían narcotizado al director de la escuela: mientras uno lo distraía con un detalle cualquiera, el otro le derramaba abundantes gotas de somnífero en la taza de café.

Ambos oficiales llevaban meses “trabajando” a los alumnos. Salvo algunos enfermos, la escuela entera había adoptado la determinación de secundar el golpe.

Bajo la luz amortecida de una linterna, Escoto y Kurzyn atravesaron el patio, entraron de golpe en los dormitorios. “¡Arriba los hombres de honor!”, gritaron. Eran las tres de la mañana.

Los aspirantes habían recibido la orden de irse a dormir con los uniformes puestos. En cosa de minutos, formaron filas en el patio. La caballada estaba ensillada. Los alumnos recibieron armas y municiones. Tras varios intentos fallidos, después de largos meses de vacilación, se había puesto en marcha el golpe militar contra el gobierno de Francisco I. Madero.

A esa misma hora, desde los cuarteles de Tacubaya, los generales golpistas Manuel Mondragón y Gregorio Ruiz bajaron por las lomas polvorientas que llevaban al centro de México. Mondragón comandaba dos regimientos de artillería. Ruiz iba al frente de uno de caballería.

En la Escuela de Aspirantes de Tlalpan los alumnos salieron del colegio de cuatro en fondo. Cubiertos por la oscuridad, avanzaron —algunos a pie, otros a caballo—, hasta la solitaria estación de tranvías de San Fernando. El camino se pobló con el chocar de los cascos. Ladraban en el horizonte unos perros lejanos.

Una vez en San Fernando, el capitán Escoto dividió al grupo en dos fracciones: los montados marcharon a galope hacia la antigua ermita de San Antonio Abad, a las puertas mismas de la capital. La infantería permaneció en la estación, esperando la llegada del tren que hacía la primera corrida desde el Zócalo.

El eléctrico llegó con retraso. Bastó con que un oficial apuntara al pecho del motorista, para que éste se mostrara más que dispuesto a transportar a la tropa hasta el centro. Atravesaron milpas solitarias, oscuros caseríos que aparecían y desaparecían tras las ventanillas.

La capital estaba iluminada y desierta. El inspector general de Policía, Emiliano López Figueroa, se embriagaba en un cabaret. Las prostitutas que habían terminado de hacer sala en los burdeles del centro se agolpaban en la pista de baile de la Academia Metropolitana, a la que el negro Babuco acababa de importar las cadencias sexuales, los “trámites versallescos” del danzón.

No permanecían abiertas sino las pocas cantinas que prestaban servicio “a perpetuidad”: La América, con su barra atestada de borrachos fanfarrones, y el Bach, en cuyos reservados de caoba buscaban noche a noche el abismo los poetas decadentes.

Tras encontrarse en la ermita de San Antonio, los aspirantes marcharon por Flamencos —nuestra actual Pino Suárez—, una callecilla que conectaba Tlalpan con la plaza principal. De camino desarmaron y ahuyentaron a cintarazos a los gendarmes de a pie que vigilaban las esquinas.

El batallón que aquella noche hacía guardia en el Palacio Nacional había mudado de bando. El simple intercambio de una contraseña dejó franca a los insurrectos la puerta principal. Sin gastar un solo tiro, los aspirantes tomaron el control de la sede del poder. Una parte de la fuerza, compuesta por los tiradores más entendidos, se apostó en las azoteas; otra atravesó el jardín del Zócalo y se posesionó de las torres de la Catedral. Un testigo afirma que los alumnos gritaban con júbilo: “¡Hasta aquí llegó El Chaparro!”.

El viento de la fortuna soplaba a favor de la insurrección: un auto cruzó la Puerta de Honor y los alumnos descubrieron que Gustavo Madero, el número dos del gobierno, había ido a meterse él mismo a la ratonera.

El hermano del presidente venía de una noche inquieta. Al terminar el banquete en Sylvain, de vuelta en su casa, una llamada telefónica le entregó al fin la noticia cuya confirmación aguardaba: tropas al mando de Gregorio Ruiz y Manuel Mandragón efectuaban movimientos extraños en Tacubaya.

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Gustavo era arrebatado. Las explosiones de su temperamento habían iniciado el desprestigio público de su hermano. En 1912, encolerizado ante los ataques de la prensa reaccionaria, autorizó que un grupo virulento, que él financiaba, La Porra, apedreara las oficinas del periódico El País. Trinidad Sánchez Santos, el director del diario, recogió una de esas piedras de entre los vidrios que habían quedado en el piso de su despacho, la depositó en su escritorio, y llamó a los reporteros:

—Esta piedra se va a quedar ahí —les dijo—, sobre mi mesa de trabajo, para que todos tengan presente la guerra que a partir de hoy vamos a emprender.

Nemesio García Naranjo afirma que, en lugar de pluma, Trinidad Sánchez Santos tenía entre las manos un estilete. La acción disolvente de El País comenzó un día después. El periódico achacó al maderismo la pobreza, la inseguridad, los estallidos de violencia que brotaban en Puebla, en Morelos, en Chihuahua. A la guerra de papel de Sánchez Santos se avino la prensa que había perdido la subvención, y aquella pagada por los grupos que deseaban pescar a río revuelto: los católicos, los porfiristas, los vazquistas, los reyistas. Jamás presidente alguno había recibido las burlas, las befas, los dicterios que recibió entonces Francisco I. Madero.

Esa madrugada, un segundo después de telefonear al ministro de la Guerra, Ángel García Peña, para informarle lo que sabía, Gustavo Madero se dejó arrastrar de nuevo por su temperamento indomable: metió dos carabinas Winchester en el asiento trasero de su automóvil y salió dando tumbos hacia las lomas de Tacubaya. Con los fanales del auto apagados, cobijado entre los árboles del camino, comprobó que la hora cero había llegado. Volvió, rechinando llantas, a poner sobre aviso al comandante militar de la plaza, el general Lauro Villar.

Pero los aspirantes se le habían adelantado. Fue aprehendido al bajar del automóvil, y llevado a rastras hacia las oficinas del cuerpo de guardia. El aplomo se le evaporó. Las crónicas dicen que fue presa “de un pánico terrible”.

Un segundo golpe de fortuna hizo que el ministro García Peña se apersonara también en Palacio. En cuanto recibió la llamada de Gustavo, el ministro se había comunicado a la Inspección General de Policía. Allá le dijeron que, salvo un auto “con gente de trueno y mujeres galantes” que había metido ruido a las altas horas de la noche, no había en Tacubaya novedad alguna. García Peña supo entonces que la hora del lobo había llegado: aún guardaba en el bolsillo de la guerrera una nota anónima, depositada en su secretaría particular la mañana anterior, que avisaba al gobierno maderista: “Mañana a las diez va a estallar en San Ángel un movimiento encabezado por un divisionario”.

Aunque esa misma mañana el inspector general de Policía le había asegurado que la Reservada carecía de datos que pudieran confirmar la inminencia de un golpe militar —“y mire que tengo a la mitad de mis hombres comprobando cada uno de los rumores que estallan”—, el ministro se convenció de que los mecanismos tradicionales de control habían dejado de funcionar. A partir de ese momento no podía confiar más que en su revólver.

García Peña se vistió de mala gana y salió a la calle oscura, con la cabeza poblada de funestas presunciones. Tuvo mejor suerte que Gustavo. Su llegada repentina al Palacio tomó por sorpresa a los aspirantes. Quienes hacían guardia en la entrada lo vieron pasar y se quedaron congelados: no era lo mismo prender a Gustavo, un civil, que a la máxima autoridad militar de la Secretaría. La sorpresa duró, sin embargo, un segundo. Un cadete desenfundó su escuadra y le soltó un tiro. La bala hizo astillas los cristales de una puerta; uno de los vidrios hirió al ministro en la barbilla. Según una versión, García Peña contestó el fuego. Otras dicen que se limitó a huir por los corredores oscuros del Palacio y se perdió en el laberinto de oficinas interconectadas. En la oficina de prevención, con el pestillo corrido y la pistola en la mano, se resolvió a esperar que alguien llegara a matarlo.

Los regimientos conducidos desde Tacubaya por los generales Ruiz y Mondragón iban haciendo, en tanto, su propio camino. Las siluetas de los caballos habían traspuesto los lindes de la ciudad, llenando de ecos el contorno de los edificios. La procesión de sombras recorrió Reforma, dio la vuelta en Soto, pasó a trote acelerado a lo largo de Libertad.
Manuel Mondragón había sido, en el porfirismo, jefe del departamento de Artillería; Gregorio Ruiz había tenido a su cargo, durante un tiempo, el de Caballería. La administración de favores entre los oficiales del ejército, la explotación sistemática de sus respectivos radios de influencia, les había traído una fuerte ascendencia en el ejército de línea.

Aunque las crónicas del instante se refieren a ellos como “jefes prestigiados”, en realidad habían solicitado licencia tras la renuncia de Porfirio Díaz. Mondragón —que en la cima de su gloria patentó el primer fusil semiautomático que hubo en el mundo—, asumió la jefatura de quienes buscaban la vuelta del viejo orden llevando a la presidencia a un sobrino de don Porfirio, el brigadier Félix Díaz: era uno de los promotores más activos de la insurrección. Gregorio Ruiz, “un soldado vehemente, de ambición y aventura” que al momento del golpe era diputado por Veracruz, buscaba también aquel retorno, aunque su corazón no era propiamente felicista: latía mejor cuando escuchaba el nombre del viejo general Bernardo Reyes.

El alba los sorprendía ahora vestidos de paisano: Ruiz, tocado con un sombrero charro; Mondragón, bajo un Stetson que pronunciaba su aire de vampiro trasnochado.
Tomar el Palacio era la primera parte del plan. A ellos les había tocado llevar a cabo la segunda: lograr la liberación de los verdaderos jefes del alzamiento, Bernardo Reyes y Félix Díaz, que bajo cargos de rebelión se hallaban encarcelados, uno en la prisión militar de Santiago Tlatelolco, y otro en el Palacio Negro de Lecumberri.

Hoy sabemos que se gestaban conspiraciones de modo simultáneo. Conspiraba el embajador norteamericano Henry Lane Wilson, convencido de que el gobierno de Madero no guardaba los intereses de los estadunidenses que residían en México. Conspiraban los hermanos Emilio y Francisco Vázquez Gómez, miembros del gabinete revolucionario a los que Gustavo había apartado del dinero, los negocios y los cargos. Conspiraban el ex presidente Francisco León de la Barra, al que los católicos le habían metido la idea de regresar al cargo, y también el diputado Jorge Vera Estañol, líder del Partido Popular Evolucionista, de franca tendencia reaccionaria. Conspiraban, en fin, políticos y ciudadanos prominentes: el acaudalado empresario español Íñigo Noriega, el contratista sin contratos Rafael de Zayas Jr., el ex canciller maderista Manuel Calero, y la llamada “caferería política” no tardó en formar parte del huertismo: los futuros ministros Alberto Robles Gil y Alberto García Granados. La lista era infinita, pero Bernardo Reyes y Félix Díaz se adelantaron.

El general Reyes se había alzado en armas una semana después de la llegada de Francisco I. Madero al poder. Su revolución de opereta terminó cuando 600 hombres lo abandonaron y decidió entregarse completamente solo en Linares, Nuevo León, sin haber olido la pólvora de una sola batalla. También el brigadier Félix Díaz, a quien llamaban con desprecio “el sobrino de su tío”, había encabezado su propia revuelta. Una revolución que tuvo dinero, armas y recursos, y logró despertar una expectación inmensa.
—Ya sé que en el Jockey Club se brinda por el triunfo de Félix Díaz —le dijo Madero a su inspector general de Policía.

El inspector respondió:
—También en las pulquerías se brinda de ese modo, señor presidente.

Pero Félix Díaz, lo decían todos, “no era gallo”. Fue inferior a la empresa y lo aplastaron en unos días.

En un acto de ingenuidad que poco después le costó la vida, Madero decidió recluir a ambos militares en cárceles de la ciudad de México. Reyistas y felicistas no tardaron en encontrarse. La prisión de Santiago y la Penitenciaría de Lecumberri se convirtieron en focos de intriga constante. Mientras los agentes del mayor López Figueroa espiaban conversaciones en los tranvías y en las cantinas, en esas cárceles el tráfico de mensajes alcanzó niveles de escándalo. Bernardo Reyes recibía las visitas de una señorita de sociedad, encargada de llevarle los pormenores del plan que sus partidarios trazaban en el comedor del Majestic.
—Arreglen lo más práctico, lo más rápido. Y díganmelo en el momento —mandaba decir a los conjurados.

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Mientras el momento llegaba, el viejo general —tenía 63 años cuando el golpe— aprovechaba cada instante de reclusión para ganarse a los oficiales de planta. Solía ufanarse ante la señorita que lo visitaba:
—Tengo asegurada la evasión a la hora en que lo estime conveniente.

La noche anterior al golpe, Bernardo Reyes le pidió a su hijo Rodolfo que le hiciera llegar ropa interior muy fina, “para que cuando lo levanten a uno muerto en el campo de batalla se vea en todos los detalles que era una persona decente”.

En el fondo, creía en el sacrificio como en la única oportunidad de salvar lo que quedaba de su prestigio arruinado.

El 9 de febrero, cuando los regimientos que venían de Tacubaya se detuvieron en la plazuela de Santiago, frente a los muros desportillados de la prisión militar, Gregorio Ruiz rugió con voz estentórea:
—¡Presentes!

Tal y como lo había prometido Bernardo Reyes, las puertas de la cárcel se abrieron sin que nadie intentara impedirlo. El general salió a la plazuela envuelto en un pesado capotón militar que le había obsequiado Alfonso XIII. Con su traje negro y su fino sombrero de fieltro gris perla, tenía el aspecto majestuoso de un rey que volvía del destierro.

Alguien se acercó a ofrecerle las riendas de un caballo colorado que sacaba chispas con los cascos. Las tropas presentaron armas. Reyes las estudió con satisfacción. Tenía frente a sí tres regimientos de caballería e infantería. Había fracciones del 20º Batallón y estaban presentes las compañías de ametralladoras de San Cosme y San Lázaro.
Cientos de civiles encabezados por su hijo Rodolfo, por el dentista Samuel Espinosa de los Monteros y por el empresario Cecilio Ocón, llegaban a bordo de coches y taxímetros para sumarse al cuartelazo. “Mucha gente del pueblo pedía armas”.
—Vamos tarde, mi general —le dijo Gregorio Ruiz—. Tendrá usted el honor de tomar posesión del Palacio Nacional. Mientras, Mondragón y yo vamos por Félix a la Penitenciaría.

Bernardo Reyes vaciló. Ese instante de indecisión le costó la vida:
—Vamos todos por Félix —dijo—. No sea la de malas y le pase algo.

El cortejo de la traición emprendió la marcha. Bernardo Reyes cabalgaba al frente. Un poco atrás lo seguían su hijo Rodolfo y los generales Ruiz y Mondragón. Rodolfo Reyes vio vacíos los ojos de su padre. Escribió, mucho tiempo después, que el general “iba como fascinado”.

Un grupo de aspirantes, los jóvenes que esa mañana debutaban en la carrera de las armas con una traición, formaron la avanzada. Eran carne de cañón. En autos, en caballos, a pie, grupos civiles flanqueaban a los sublevados.

El comandante militar de la plaza en la ciudad de México, el general Lauro Villar, había hecho sus primeras armas combatiendo a la intervención francesa, y más tarde al imperio de Maximiliano. El 9 de febrero de 1913 tenía 54 años, una piocha encanecida que flotaba sobre un pecho reluciente de medallas, y un ataque de gota que en los últimos días le obligaba a caminar del brazo de uno de sus ayudantes.

Desde la mañana del sábado —mientras el ministro García Peña recibía en sus oficinas el anónimo que le anunciaba el golpe—, Lauro Villar había obtenido a través de su propio servicio de información la noticia de que al día siguiente iba a sobrevenir un alzamiento. Oficiales involucrados en la conspiración habían cometido la imprudencia de despedirse de sus familiares. El rumor se había extendido como el tifo. Villar telefoneó al ministro de la Guerra para ponerlo al tanto de la situación, pero García Peña le dijo que el inspector de Policía acababa de asegurarle que se trataba de chismes sin fundamento.
—De cualquier modo, ponga a las tropas en alerta —ordenó el ministro.

Villar le recordó que la ciudad carecía de fuerzas para enfrentar un golpe militar.

El ministro respondió:
—A ver qué haces con lo que tienes. No hay modo de darte más.

Era una respuesta cínica, pero también una respuesta cierta. La mayor parte del ejército intentaba sofocar los focos revolucionarios que Pascual Orozco y sus “colorados” habían prendido en los desiertos del norte; daba muestras de trizarse en las cañadas del sur, sin aplacar a los “sombrerudos” que había puesto en armas Emiliano Zapata.
Villar colgó furioso. Se quejó en privado:
—Tiene razón la gente. Todos están ciegos en este gobierno.

Intentó un último recurso: mandó llamar al coronel Rubén Morales, el ayudante oaxaqueño de Madero, y le pidió que fuera a Chapultepec a buscar la manera de informar al presidente.

Morales tenía fama de colarse por doquier sin ser visto ni esperado. No pudo, sin embargo, colarse al despacho del presidente, quien se encontraba en acuerdo; cometió en cambio la imprudencia de pasar por la terraza donde la primera dama, Sara P. de Madero, disfrutaba el espectáculo del valle. A ella le informó lo que llevaba. Luego, se quedó esperando en la caseta de los guardias, junto a la reja de entrada, por si algo se presentaba.

El presidente preguntó por él 10 minutos más tarde. Le propinó un fuerte regaño por haber inquietado a su familia “con noticias tan alarmantes” y lo despachó con un gesto. De ese modo se esfumó la última oportunidad de sofocar el golpe.

Al general Villar se le recrudeció esa tarde el ataque de gota. Un dolor pulsátil, opresivo, le martirizó la pierna enferma. Quedó incapacitado para moverse y resolvió irse a su casa, echarse en cama para aullar tranquilo.

Antes de hacerlo ordenó que los batallones se acuartelaran hasta nuevo aviso. Recomendó a los jefes que le reportaran si se escuchaba, incluso, el zumbido de una mosca.
—Mucha vigilancia. Y en caso necesario, mucha bala —advirtió.

La mayor parte de esos jefes estaba del lado de la conspiración.

Alguien lo despertó a las tres de la mañana, cuando los batallones de Ruiz y Mondragón bajaban al trote desde Tacubaya.

Villar se abotonó el chaquetín, se cubrió con una capa. Colgó de su cintura el arma reglamentaria y salió cojeando al frío de la madrugada invernal. En la esquina de Correo Mayor y la Acequia —el general vivía a sólo una cuadra del Palacio Nacional—, tomó un coche de alquiler y le ordenó al cochero que fustigara a los caballos. El carruaje traqueteó hasta la plaza. Era el momento en que los aspirantes, pegados al muro, entraban en fila por la Puerta de Honor.

Uno de ellos se aproximó al vehículo y le exigió al cochero que se retirara:
—Aquí se va poner muy feo. No vayan a matarte el caballo —dijo.

No tuvo la precaución de asomarse al interior. Su propio descuido lo salvó. Villar lo estaba esperando con la escuadra amartillada.

Desde los tiempos de la rebelión que llevó a Porfirio Díaz al poder, el general Lauro Villar era conocido en el ejército de línea con el apodo de El Remington. Al igual que aquel rifle de repetición automática, el joven Lauro solía ser rápido, certero, exacto. Su carácter era atrabancado: tenía los efectos de una explosión letal.

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En la penumbra del coche cubierto, entendió lo que estaba ocurriendo. Apresuró al cochero a que lo llevara al cuartel militar más cercano, la sede del 20º Batallón, en el antiguo colegio de San Pedro y San Pablo. Tuvo que apoyarse en el hombro de un caminante —un indio que pasaba por la calle— para acercarse a las puertas del cuartel. Llevaba el arma desenfundada. Ocho balas lo separaban de la muerte: el 20º Batallón estaba encargado de la vigilancia del Palacio: si los aspirantes habían entrado, era porque esas fuerzas se habían “volteado”.

Aún así, se acercó cojeando, con esperanza de encontrar en el cuartel algunos hombres leales. Las puertas estaban abiertas y el patio lucía solitario. En el piso humeaba aún el excremento fresco de los caballos. Al fondo, tumbados en pequeños catres, roncaban a pierna suelta unos cuantos reclutas. Los sublevados no se habían tomado la molestia de enrolarlos.

El jefe del batallón, Juan C. Morelos, también dormía. Fue incapaz de decir en qué momento de la noche sus hombres habían defeccionado. Villar lo reprendió en serio. Acto seguido, le confirió la misión suicida de meterse al Palacio con los reclutas, por una puerta trasera, y aprehender a todos y cada uno de los conjurados.

Morelos recibió la orden con el rostro descompuesto: “Sólo son 40 reclutas, señor”.
—Eso le da a usted la oportunidad de probarme de qué está hecho —respondió El Remington.

En la parte trasera del Palacio había una puerta que conectaba con el cuartel de Zapadores, donde estaban acuartelados los dragones del mayor Juan Manuel Torrea. Villar apostaba dos a uno a que Torrea se hallaba entre los pocos oficiales que no había sido corrompidos.

Morelos salió a cumplir la orden y Villar se hizo llevar, otra vez en el carruaje, al cuartel de Teresitas, sede del 24º Batallón. Se iba adueñando de él una locura enfermiza. La adrenalina aherrojaba el suplicio que le carcomía la pierna.

También en Teresitas el gobierno de Madero había sido traicionado. El general no encontró más que a 60 reclutas, ninguno de los cuales había entrado en batalla. En ese instante apareció en el cuartel el general Manuel P. Villarreal. De guardia en el Palacio, le había tocado presenciar la entrada de los aspirantes: logró huir, no se sabe cómo, y llevaba un largo rato buscando al comandante de la plaza.

En el reparto de misiones suicidas que El Remington hizo esa madrugada, al general Villarreal le tocó la que a la postre iba a ser la carta más mala de la baraja: ir a custodiar la Ciudadela, el depósito de armas de la ciudad: 50 mil fusiles, 30 mil carabinas, 26 millones de cartuchos, 13 mil granadas, 120 ametralladoras, poco más de 40 cañones.

Quien tenía la Ciudadela era dueño de la capital. Perder la Ciudadela era perderlo todo. Villarreal recibió la orden de defenderla hasta la muerte. Hizo el último saludo militar de su vida y salió disparado hacia el punto que en unas horas iba a convertirse en una gran caldera de sangre burbujeante: la lejana calle de Balderas.

El Remington cruzó, desde el cuartel, varias llamadas telefónicas. Supo que Bernardo Reyes se hallaba en libertad; que amparado por los regimientos de Gregorio Ruiz y Manuel Mondragón, marchaba hacia Lecumberri a procurar el rescate de Félix Díaz.

La partida de ajedrez había comenzado y en la pistola no quedaba más que un tiro: recuperar el Palacio, antes que la ciudad despertara.

El amanecer debió alumbrar esta escena estrafalaria: un viejo general que a bordo de un carruaje atravesaba la urbe a la velocidad del rayo, seguido de un conjunto de reclutas inexpertos, que resoplaban, de dos en fondo, “para simular un contingente más numeroso”.

Lauro Villar ignoraba si el coronel Morelos había logrado penetrar el Palacio. Ignoraba si los dragones del mayor Torrea permanecían leales al maderismo. No existía más que un modo de saberlo.

Alineado contra la pared, el piquete bordeó los muros del edificio a lo largo de Correo Mayor y dio vuelta en Corregidora. El Remington golpeó la puerta del cuartel de Zapadores varias veces con la cacha de la escuadra. La mirilla corrediza se fue abriendo lentamente. Del otro lado de la puerta aparecieron dos ojos desconfiados, el semblante consternado del mayor Juan Manuel Torrea. Torrea relató después que en la vida le había dado tanto gusto ver la barba encanecida del general Villar. El golpe lo había atrapado en el cuartel de Zapadores y sólo una simple puerta lo mantenía a salvo del grupo insurrecto.

Villar preguntó por el coronel Morelos: “¿Por qué no ha cumplido mis órdenes?”. Torrea le dijo que el coronel las había juzgado “aventuradas” y prefirió intentar su ingreso al Palacio desde las oficinas de la Secretaría de Guerra.

El Remington debió maldecir por todas las cosas del cielo y de la tierra. Desde tiempos de la intervención francesa no conocía otro modo de hacer las cosas que no fuera el suyo. Su terquedad le había valido reprimendas, enemistades y arrestos, pero lo había convertido, también, en una leyenda dentro del ejército. Exigió que rajaran a golpes la puerta que conducía a los patios del Palacio y ordenó a reclutas y dragones entrar combatiendo a marrazo limpio: no quería que los disparos pusieran sobre aviso al grueso de los sublevados.

Antes de que la puerta fuera embestida con un riel que el mayor Torrea encontró en alguna parte, Villar se desprendió del capotón: quería que los aspirantes pudieran verle las insignias, posiblemente las medallas: ese pecho que era una biografía cargada de hechos rutilantes —incluso con notas a pie de página.

No se sabe a dónde había metido el dolor.

Cuando la puerta cedió bajo los golpes, el general viejo y cojo entró al frente de la tropa. Estaba loco. Absolutamente loco. Con gritos destemplados paralizó a los alumnos que vigilaban el patio. Aún más: hizo que le rindieran las armas —el colmo de la deshonra militar— y les rugió en la cara tales vituperios que muchos de ellos bajaron la vista avergonzados.
—¡Qué hombrote es usted! —le dijo el presidente Madero horas después.

El coronel Morelos y sus reclutas, en una perfecta sincronía, habían irrumpido desde la Secretaría de Guerra, y reducido a los aspirantes que vigilaban el Zócalo desde la azotea. El Palacio quedaba recuperado. Los jóvenes infidentes fueron encerrados en una cochera.

Era una pálida mejora. A esa hora ya venían por la calle los tres mil hombres armados de Bernardo Reyes y Félix Díaz. Lauro Villar liberó a Gustavo Madero, de donde estaba encerrado, y al ministro García Peña, de donde se había escondido. Gustavo recuperó el aplomo: abrazó al general de manera efusiva y se deshizo en promesas de cargos, recompensas, amistad eterna. Pero en unos días sería brutalmente linchado en la Ciudadela.

El secretario de la Guerra salió rumbo al Castillo de Chapultepec para ponerse a las órdenes del presidente. Villar pasó revista a sus fuerzas. Lo hizo con desesperanza: los dragones del mayor Torrea y los reclutas de Teresitas y San Pedro y San Pablo sumaban sólo 150 hombres.

Había parque para 10 minutos.

Su genio militar le hizo tender un cordón de tiradores en lo alto del Palacio y otro, pecho a tierra, en la calle, sobre la acera contigua al edificio. Instaló dos ametralladoras Madsen a ambos lados de la Puerta de Honor, y envió al mayor Torrea, con medio centenar de dragones, a establecerse en la parte sur del Zócalo, frente al cajón de ropa conocido como La Colmena. La resistencia iba a hacerse con las pocas balas que los maderistas tenían en las cartucheras; cuando se agotara el parque, los que quedaran vivos iban a pelear con las bayonetas.

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La novedad del cuartelazo (“¡Tenemos bola!”) se había extendido por la ciudad. Centenares de curiosos se acercaban a las inmediaciones del Zócalo y muchos de ellos se habían aproximado hasta los muros mismos del Palacio. Villar mandó desesperadamente que los desalojaran. La gente no hizo caso: sólo se apartó unos metros, hasta el quiosco de hierro que entonces coronaba el jardín central.

Hubo un murmullo imponente, una gritería estruendosa. Como empujada por un resorte, la muchedumbre empezó a moverse hacia la calle de Moneda. El mayor Torrea observó el movimiento y supo que por ahí vendría el ataque.

Para que la liberación de Félix Díaz contara con razones convincentes, los generales golpistas abocaron cuatro cañones frente a la Penitenciaría. Uno de éstos apuntó directamente a la habitación en que se hallaba la familia del director. El funcionario no se molestó en oponer resistencia. Félix Díaz confesó después que al escuchar los pasos que se acercaban a su celda temió que el golpe hubiera sido descubierto y que un pelotón viniera a fusilarlo.

Salió de la Penitenciaría con el rostro pálido. Los aspirantes dispararon una salva en su honor. Si todo marchaba según lo previsto, él iba a convertirse en el quincuagésimo octavo presidente de México.

Bernardo Reyes se alzó sobre los estribos y arengó a la tropa: había llegado la hora de poner un alto a la locura que manchaba de sangre y cubría de gemidos el suelo de México. Los hombres del pasado, los militares que en 30 años de dictadura no habían escuchado nunca el gemir del pueblo de México, salieron rumbo al Zócalo dispuestos a sostener una estructura en grietas.

De camino se les agregaron nuevos destacamentos. Desde todos los puntos llegaban civiles, gente que lanzaba mueras al gobierno. Reyes ignoraba que acababa de perder el Palacio Nacional. Se disponía a activar la tercera fase del plan: prender a Madero y al vicepresidente Pino Suárez en sus domicilios; obligarlos a resignar sus cargos; leer, desde el balcón presidencial, un manifiesto redactado por su hijo Rodolfo, y nombrar un comité que se hiciera cargo del Ejecutivo y convocara a unas elecciones a las que Félix Díaz iría como candidato principal.

Creía tener todo en la bolsa. Habituado, sin embargo, a los imperativos de la estrategia militar, tuvo la precaución de enviar a Gregorio Ruiz, con 80 voluntarios, a tantear las inmediaciones del Palacio.

Ruiz espoleó la montura y avanzó a trote por la calle de Lecumberri. Cuando desembocó en el Zócalo, una multitud abigarrada, espesa, se apretujaba contra los flancos de su caballo.

El mayor Torrea lo vio venir de frente y ordenó a los dragones:
—¡Formación en batalla!

Se oyó a la tropa cortar cartucho.

Junto a la puerta principal del Palacio, Lauro Villar aguardaba, con la mano en el bolsillo. No parecía un general a punto de meterse en una balacera: se le podía tomar por un pasajero que aguardara el tranvía con aire distraído.

“Qué pendejo es Gregorio”, debió pensar cuando vio que el general Ruiz, con la pistola en la funda y la carabina incrustada en las alforjas del caballo, venía a meterse justo en la línea de tiro. Los 80 aspirantes cabalgaban tras de él, como patitos de feria. La cosa iba a convertirse en un tiro al blanco.

En el momento adecuado, Villar se desprendió de la puerta y avanzó, cojeando, hasta mitad de la calle. Ruiz entendió que las cosas habían cambiado de curso, que el Palacio ya no estaba en manos de su gente.
—Ríndete, Lauro —le dijo de todas formas—. Nuestras fuerzas vienen ya sobre la plaza.

Villar avanzó otro paso. Se detuvo junto a los belfos mojados del caballo. Clavó los ojos en el general rebelde.
—¿Cuáles fuerzas, Gregorio?
—Las del general de división Bernardo Reyes. Las de los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón.

Lo que Villar contestó está asentado en el parte militar que rindió aquella noche:
—A nosotros no nos toca criticar, Gregorio, ni entrometernos en política. A nosotros nos toca defender al gobierno legítimamente constituido por las leyes.

No era sólo una frase destinada a ocupar un espacio en los libros de historia. Con un movimiento inesperado, El Remington asió violentamente las riendas del caballo y apuntó a Gregorio Ruiz en plena cara.

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Había desenfundado la escuadra en menos de lo que canta un gallo.
—¡Ponte pie a tierra, Gregorio! —ladró Villar.

Ninguno de los aspirantes atinó a mover un dedo. El intendente del Palacio, un viejo marino llamado Adolfo Bassó, desarmó al general y lo condujo del cuello hasta las caballerizas que estaban al fondo del patio.

Lauro Villar retornó a su sitio junto a la puerta principal. La segunda columna rebelde estaba entrando en la plaza. Desde La Colmena, el mayor Torrea divisió una figuraba que montaba “airosamente”. Era Bernardo Reyes. Detrás de él aparecían infantes, jinetes y artilleros. Alguien le gritó al general Reyes:
—¡Prendieron a Gregorio Ruiz!

El general no hizo caso. Seguía avanzando “como fascinado”. Su hijo Rodolfo adivinó lo que iba a ocurrir. Gritó a su padre:
—¡Te matan!

Pero Reyes no oía. Estaba endemoniado.
—Ya todo está en manos del destino —se le oyó decir mientras clavaba las espuelas en los flancos del caballo.

Lauro Villar lo vio venir “como si en lugar de balas fuera a recibir honores”, recordó Torrea. Habían sido amigos muy queridos. Pero ahora, en aquel viejo militar no quedaba nada del soldado que medio siglo atrás había cruzado el país con 300 dragones, abriéndose paso entre los franceses.

Villar se jugó el último albur: apresar a Bernardo Reyes en la misma forma en que había apresado a Gregorio Ruiz. Volvió a cojear hasta el centro de la calle, dispuesto a recomenzar la partida. Su parte militar informa que Bernardo Reyes, menos cándido que Ruiz, intentó envolverlo con el caballo. Ha pasado un siglo, y seguimos sin saber lo que ocurrió: cómo empezó el tiroteo con que se inauguró, oficialmente, La Decena Trágica.

Sobrevino de pronto un fuego ensordecedor. La altura de las construcciones circundantes magnificó el estruendo. La ráfaga escupida por una de las ametralladoras Madsen puso a bailotear el cuerpo de Bernardo Reyes. El general quiso asirse de las crines del caballo, y se desplomó lentamente, teatralmente. Por cosas del destino cayó sobre Rodolfo, el hijo que lo había empujado a la sublevación. Rodolfo fue visto, primero, luchando por desprenderse del cadáver húmedo de sangre que le había caído encima, y luego, corriendo, agachado, loco de pavor, bajo la pirotecnia macabra que reventaba en la plaza.

La avalancha humana que invadía el Zócalo —los fieles que salían de la Catedral, los paisanos que esperaban, en la terminal, la partida de los trenes eléctricos, los curiosos que se habían aproximado en busca de noticias— formó en esos minutos horripilantes montones de carne destrozada. Las ametralladoras barrían la plaza. Los aspirantes, posicionados en las torres, jalaban el gatillo a tontas y a locas. Las ramas de los árboles volaban en astillas. Las vidrieras de los comercios se hacían partículas. Los heridos aullaban entre los ríos formados por su propia sangre. El Zócalo “era una galería de dibujos espeluznantes de Goya”.

Fueron 10 minutos de terror. La ciudad acababa de ingresar en una de las pesadillas más crueles de su historia.

Lauro Villar había caído con un tiro en el cuello, que le partió en dos la clavícula. Mientras lo metían a rastras al Palacio, vio el cuerpo tendido del coronel Morelos, con la cabeza abierta en dos por una bala.

El intendente Bassó envolvió el cadáver de Bernardo Reyes en su espléndida mortaja, el capote de Alfonso XIII, y lo arrastró también, como trofeo, a las profundidades del Palacio. Afuera, olvidados de los cañones, los heridos, los caballos, los rebeldes huían en estampida.

A Villar la sangre le escurría a borbotones. Con un pañuelo apretado sobre el cuello gastó, resoplando órdenes, las últimas gotas de energía: recoger las armas y las municiones que los rebeldes muertos trajeran en las cartucheras. No sabía si atravesaba una hora de horror o de gloria.

El cuartelazo había perdido en 10 minutos a sus líderes reyistas: Gregorio Ruiz sería fusilado ese mismo día, bajo cargos de traición, en los patios del Palacio. Le quedaban los dirigentes más ineptos, los felicistas: Manuel Mondragón y el propio Félix Díaz. Con la mirada opaca y los hombros caídos, ambos principiaron a vagar, como sin rumbo, a lo largo de callecillas mal transitadas. Quienes lo vieron dicen que Félix Díaz parecía más un prisionero que el general de un ejército rebelde. Su columna era un triste hacinamiento de soldados, oficiales y conspiradores de salón que lo seguían con pánico.

Los sublevados habían planeado escapar por la serranía del Ajusco, en caso de que la “cena” fracasara. Fueron a dar a la esquina de San Fernando y Rosales, frente a la casa de Sebastián Camacho, uno de los instigadores del golpe. Manuel Bonilla Jr., testigo de los hechos, dice que fue en la junta que se verificó en ese sitio en donde Félix Díaz adoptó la decisión de tomar la Ciudadela: varios oficiales le habían ofrecido entregársela.

Cuando Rodolfo Reyes se reunió con ellos —después de vagar por las calles había seguido el rastro de la columna como un autómata, limpiándose el llanto con las mangas del saco—, les dijo que tomar la Ciudadela era un suicidio. El recinto ofrecía nulas ventajas en caso de ser bombardeado; la tropa quedaría cercada, sin posibilidad de huida.

Félix Díaz y Manuel Mondragón veían las cosas de otro modo. El primero esperaba resistir hasta que su célebre apellido —“el nombre maravilloso”— causara efecto entre los núcleos desencantados del maderismo y, con ayuda de los cuerpos diplomáticos, generara una presión pública de grandes dimensiones, que obligara a Madero a renunciar. Mondragón argumentaba que con el armamento guardado en los almacenes era posible masacrar la ciudad, hasta que el terror y la destrucción les abrieran las puertas de la presidencia.

El destino de la ciudad de México quedó sellado.

Francisco I. Madero bajaba a esa hora por Reforma, desde el Castillo de Chapultepec, acompañado por un piquete de jóvenes cadetes del Colegio Militar, ninguno de los cuales superaba los 20 años. En un punto del trayecto estuvo a punto de cruzarse con la columna rebelde, que se agrupó en las inmediaciones del Reloj Chino de Bucareli. Mientras Mondragón artillaba las bocacalles cercanas y enviaba compañías de ametralladoras a posesionarse de los edificios más altos de las calles Balderas y Ayuntamiento, Madero avanzó por Avenida Juárez: iba sin saberlo al encuentro del verdadero personaje de esta historia, el general Victoriano Huerta, quien vestido de civil, y con los ojos ocultos tras unos lentes ahumados, bajó de la plataforma de un tranvía y se cuadró teatralmente ante el mandatario:
—A sus órdenes, señor presidente.

Lauro Villar se refería a Huerta como “el indio Victoriano” o como “el indio ladino”. Nadie le tenía confianza a aquel dipsómano, pero era el oficial de más alta graduación que le quedaba al gobierno. Sus servicios fueron admitidos. Antes de salir rumbo al hospital, y en realidad de salir para siempre de la vida pública —murió unos años más tarde en completa oscuridad, culpándose por la muerte de tantos civiles indefensos—, Villar le entregó el mando a Huerta con estas palabras:
—Mucho cuidado, Victoriano.

Para entonces el cordón de seguridad rebelde se había extendido en torno de la Ciudadela. Iba a costar mucha sangre acercarse siquiera a la fortaleza. Los vecinos que desde azoteas y balcones miraban el curso de las operaciones quedarían atrapados durante 10 días dentro del perímetro rebelde. Iban a vivir y morir bajo la metralla a partir de esa tarde, cuando Díaz y Mondragón tomaran la Ciudadela, y comenzara el periodo de horror que todos llamaron primero La Decena Roja y El Imparcial bautizó —el 22 de febrero de ese año— como La Decena Trágica.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Autor de La perfecta espiral, El derrumbe de los ídolos y El secreto de la Noche Triste, entre otros libros.