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«Si dices algo de Dios, y entiendes lo que estás diciendo, entonces lo que dices debe ser falso”, aseguraba, siempre apasionado, mi amigo Arturo Fregoso.

Y, bueno, es exagerado: se abre, tradicionalmente, la vía negativa (o vía de la remoción) para hablar de Dios entendiendo lo que se dice. “Dios no tiene seis años”, por ejemplo, es proposición verdadera. Es decir, puedes afirmar lo que Dios no es, y, por inferencia algo obtienes, pero nebuloso, difícil de asir mentalmente.

Dios

A Dios se lo puede amar, pero no entender, la mente humana no da para tanto. Nosotros los cristianos lo que sabemos de Dios lo sabemos vía Jesucristo, en él está la versión representable de Dios. Sin él estaríamos en completa oscuridad.

Así pues, el libro de Jack Miles que se llama God A Biography (Biografía de Dios), arranca con una imposibilidad: biografía es narración de sucesos desarrollados en el tiempo, y Dios, según la vía negativa, no está en el tiempo, es eterno. En Dios no hay cambios ni desarrollos ni secuencias. Luego no hay nada que narrar y, ergo, no puede haber ninguna biografía.

El libro tiene, sin embargo, 431 páginas (notas incluidas). ¿Qué hace entonces su autor? Que Jack Miles, un ex jesuita que vive, casado y con una hija, en California sabe cosas, no puede dudarse: estudió en el Colegio Pontificio Gregoriano de Roma, en la Universidad Hebrea de Jerusalén y tiene un doctorado en Lenguas del Cercano Oriente de Harvard. Pero ¿cómo aplica lo que sabe a una imposible biografía de Dios?

De esta manera: no hace la biografía de Dios considerado persona divina, de la que, la verdad, directamente no sabemos ni podemos saber nada, sino de cierto personaje literario famoso que cobra vida en un libro, el Antiguo Testamento.

Pero, ¿se puede hacer eso? ¿Qué clase de personaje literario es Dios? Hablemos de personajes. ¿Cuántos hijos tuvo Lady Macbeth? Algunos críticos han sostenido que, puesto que el dato no figura en la pieza de Shakespeare, esta pregunta es vana especulación y no tiene ningún sentido. Esto es, del personaje Macbeth tendríamos que restringirnos a la letra de lo dicho por Shakespeare. Pero otros críticos estiman que para entender y disfrutar una obra de Shakespeare tenemos que sentir que sus personajes están, de algún modo, dotados de vida propia, que su existencia late, por decirlo así, también fuera de escena, y que, entonces, toda especulación acerca de ellos puede ofrecer resultados. Por ejemplo, ¿qué tan gordo estaba Hamlet, o era Don Quijote, como asegura Unamuno, calvo?

Esta segunda posibilidad, ciertamente más cálida y atractiva, es la que explora Jack Miles en su muy erudita indagación. No es, pues, un libro teológico, sino literario. Su asunto es exponer la naturaleza del personaje tal como se desenvuelve cronológicamente en los libros del Antiguo Testamento. En Dios no hay desarrollo, pero en el personaje literario hay algunas mutaciones y de ellas habla Miles.

Ilustremos sólo un punto.

“¿Dónde estás?”, pregunta Dios a Adán. Estamos entrando, a la mitad del asunto, a uno de los pasajes insuperables, magistrales de la Biblia, fundamental en la antropología judeocristiana, la narración de la Tentación y Caída de los primeros humanos.

Cuando formula esta pregunta el personaje, Dios, “se paseaba por el jardín al fresco del día”. “¿Dónde estás?”. Y al fin Adán da la cara y responde: “te he oído en el jardín, y temeroso porque estaba desnudo, me escondí”. “¿Y quién te ha hecho saber que estabas desnudo?”, vuelve a preguntar Yavé Dios.

Ahora, ¿por qué Dios, considerado personaje, interroga a Adán?, ¿no sabe lo que sucedió? Lo sabe, pero de inmediato de nuevo pregunta: “¿es que has comido del árbol que te prohibí comer?”. Si ya sabe, ¿por qué Yavé interroga?

Esta es cuestión literaria: es la manera como se presenta con fuerza en la narración que Adán ha sido dotado de libertad de elección. Adán hace lo que quiere, y Yavé observa desde lejos.

De todas las cosas creadas Adán es la única hecha “a imagen y semejanza” de Dios. Tradicionalmente se entenderá esto como que Adán, igual que Yavé, está dotado de razón, que puede pensar, entender. Es, pues, una especie de espejo de Dios.

He aquí, pues, al personaje Dios: crea al humano libre y dotado de razón y lo primero que hace el humano es una desobediencia. ¿Sabía Dios que eso iba a suceder? ¿Se enojó Yavé con Adán? ¿Se dolió de su falta? No sabemos. ¿Cómo penetrar en el personaje Dios?

El asunto es complicado. Observemos, sin embargo, que sin esa culpa no habría habido historia humana y, entre otras cosas, no estaría ahora formulando estas preguntas ni escribiendo estas líneas que ahora lees. Muy en especial, dice la doctrina, Cristo, nuevo Adán, no habría Encarnado. Y por eso se dice que la desobediencia de Adán es felix culpa (culpa feliz).

Cuando Adán explica culposo al Señor lo de Eva y la serpiente, tan elegante desde el punto de vista literario e iconográfico, tan misterioso desde el lado de la antropología, Yavé Dios en respuesta habla en verso y compone el primer poema que aparece en la Biblia. Un poema poderoso que termina con estos conocidos versos:

Con el sudor de tu rostro comerás el pan
Hasta que vuelvas a la tierra,
Pues de ella has sido tomado;
Ya que eres polvo, al polvo volverás.

La sentencia ha sido dictada. Viene luego un pasaje impenetrable de la Biblia: “Díjose Yavé Dios: he aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y comiendo de él, viva para siempre. Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado”.

Y bien, ¿qué es ese plural, “uno de nosotros”, qué árbol es ése, y por qué habla Dios como temeroso de que se pueda hacer algo que ni él mismo puede deshacer? No intentemos ya contestar estas preguntas.

Todo está, a fin de cuentas, en cómo se lee un escrito. Mircea Eliade, experto en mitos, leyó en unas vacaciones Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne y dice de ella entusiasmado: “cómo han podido psicólogos y críticos literarios haber ignorado por tanto tiempo este excepcional documento, este inexhaustible tesoro de imágenes y arquetipos”, porque ve en la novela un prototipo ortodoxo de viaje de iniciación al inframundo. Cuando yo la leí, de niño, no advertí nada de esto, y, sin embargo, a mi modo, la disfruté.

En ese caso la profundidad está en Eliade, el lector, pero hay otros libros, como el “Génesis”, primero de los libros del Antiguo Testamento, que, por decirlo así, ponen por delante las dificultades de interpretación, y no se precisa la malicia y el olfato de un Mircea Eliade para captar que ahí hay aguas profundas y complejidad de significados. Para aficionados a este tipo de escritos la trabajosa biografía que ha intentado Jack Miles será, sin duda, no sólo lección y compañía, sino fuente de regocijo. n

(Núm. 300, diciembre de 2002)