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Odiaba que me dijeran El Gato, y odiaba muchas cosas de mí. Las fui olvidando todas porque envejecer es ir borrando las cosas que nos duelen, construir los recuerdos de otro modo. Y sin embargo, la vida no quiere nunca lo que nosotros queremos. Si por ella fuera, seríamos hombres en ruinas hurgando en un basurero.

A eso atribuyo el mensaje electrónico que parpadeó en mi buzón una mañana de lluvia, para invitarme a un desayuno de ex alumnos de la secundaria.

Debo decir, a modo de adelanto, que fui el alumno más pequeño del grupo. En una secundaria del rumbo de San Cosme, tal cosa quiere decir que regresaba a mi casa con la nariz sangrando por lo menos una vez a la semana. Todavía conservo en ambas cejas las cicatrices que me dejaron los patios escolares. Era el precio de que me gustaran William Saroyan, la música de Blue Magic, y una muchacha llamada Mónica Bravo. Aunque no precisamente en ese orden.

Cuando los cursos terminaron, no asistí a la cena de graduación, no volví a ver a nadie en los años que vinieron. Seguí de largo, agradeciendo que aquellos días hubieran terminado.

El gato

Borré el correo electrónico y no volví a pensar en ello hasta el año siguiente, en que otra compañera me volvió a invitar al desayuno que, lo supe entonces, cada año organizaban los ex alumnos de la secundaria. Ni siquiera me pregunté cómo me habían encontrado.

Sólo pensé en el patio cubierto de enredaderas de la casa de mi abuelo, y resolví que era en ese sitio donde todo había comenzado.

Estábamos ahí, mi hermana, mis primos y yo. En Radio 590, La Pantera, empezaron a tocar una canción —una canción de Blue Magic—, y de pronto nos quedamos en silencio. Fue de ese modo, en un tronar de dedos. Oímos esa canción, y dejamos de ser niños. Nadie supo por qué. Pero seguimos ahí, en ese patio al que estábamos clavados desde siempre, y ahora las yedras retorcidas y las lagartijas grises dejaban de decirnos algo. Blue Magic nos había cambiado para siempre. Vendrían el bozo y las tetas, la regla y la masturbación, los destinos adversos, hijos, departamentos de mierda en donde nos esperaban hombres y mujeres de mierda, trabajos que defenderíamos hasta la muerte por el triste privilegio de cobrar otra quincena. Pero mientras, el mundo se había vuelto misterioso. Era la trampa perfecta: creerías que la vida era eso, y Blue Magic te estaba asesinando para siempre. Caminarías rumbo a aquel departamento, mientras los cuatro negros de la banda recibían el Grammy, y una limusina iba a recogerlos, y un grupo de imbéciles les tomaba fotos.

La vida es un conjunto de recuerdos que alguna vez se impusieron sobre recuerdos más vagos. Ignoro cómo relacioné a Mónica Bravo con esa canción. Sólo sé que a partir de entonces no volví a escucharla sin que me pusiera a pensar en ella: su cabellera rubia y sus cejas negras, un aire de milady de Winter que mis lecturas de Alejandro Dumas habían exacerbado.

Un día me hallaba en el rincón más profundo del patio, leyendo un libro de William Saroyan, tal vez El tigre de Tracy, cuyo tema es el amor, y de pronto advertí, encima de las páginas, las tobilleras y las piernas blancas, y la falda gris a cuadros, y el suéter azul, y la cabellera rubia, y las cejas negras de milady de Winter.

—William Saroyan… —me dijo—. Me gusta un cuento suyo que se llama Como un cuchillo, como una flor, como absolutamente nada en el mundo.

Yo le dije que prefería El tigre de Tracy, cuyo tema es el amor, y después no dije nada porque Mónica se dio la vuelta y se puso a platicar con un jugador de futbol americano apodado El Caballo.

Esa tarde regresé a mi casa con la nariz sangrando. El Caballo y su amigo inseparable, apodado El Cerdo, me acorralaron en el baño con las siguientes palabras: “Última vez que le diriges la palabra, cabrón”.

Mi madre me miró con furia, avergonzada de haber parido a un hijo incapaz de hacerse respetar: yo me tumbé en la cama con esperanza de oír en La Pantera la canción de Blue Magic, y después abrí el libro de Saroyan. Tracy era un chico que poseía un tigre al que nadie más podía ver. El tigre lo acompañaba a todas partes. Decía “eyii” cada que Tracy solicitaba su opinión. Yo no tenía ni siquiera un tigre. Era un imbécil con la nariz rota que iba a pasar aquel otoño en un rincón del patio, intentando esquivar la mirada asesina de El Caballo, mientras concentraba la propia en Mónica Bravo; y de vez en cuando, en los libros de Saroyan.

Este escritor me parecía el hombre más bueno que jamás había existido en el mundo.

¿Dije que la vida es un conjunto de recuerdos que alguna vez se impusieron sobre recuerdos más vagos? Tal vez, a condición de que uno sea un idiota. Lo siguiente que recuerdo es la mañana en que vi salir a Mónica de su casa: aún era temprano y caminamos despacio hasta la escuela. Me gustó que trajera el cabello mojado. Me gustó lo que dijo de Saroyan:

—Ese escritor me parece el hombre más bueno que jamás ha existido en el mundo.

—Como somos vecinísimos —le dije—, podemos quedarnos de ver para venir a la escuela juntos. El día que sea.

Dijo que sí, que tal vez, y después me olvidó hasta que la Navidad de 1976 estuvo cerca y en el salón organizaron un intercambio de regalos. El papelito que saqué tenía escrito en tinta rosa: “Mónica Bravo”. Aunque yo no lo sabía, el papelito que ella sacó tenía escrito en tinta negra: nada menos que mi nombre.

Estábamos hechos el uno para el otro. O al menos eso me pareció cuando abrí el regalo y encontré, transcrito a máquina, en flamantes hojas de papel bond, un cuento de Saroyan: Como un cuchillo, como una flor, como absolutamente nada en el mundo.

Sentí pena de haber gastado cuarenta y cinco pesos en el sencillo que contenía “Sideshow”, la canción de Blue Magic. Pero Mónica dijo:

—Estaba a punto de comprarme este disco. ¿Sabes que con “Sideshow” estos negritos se ganaron el Grammy?

Fue la primera vez que nos abrazamos.

No regresé a mi casa con la nariz sangrando porque salí de la escuela pegado a las faldas de la maestra de historia, a quien le había externado una duda urgente sobre los fenicios; y porque, una vez en la calle, no paré de correr hasta que el aire raspó como lija en mi garganta.

Fue también la primera vez que regresé a mi casa flotando. Era igual que cuando volvía con los labios hinchados, pero menos doloroso, y jamás fueron los cielos tan altos, tan hondos, tan puramente azules.

Leí de cabo a rabo el cuento de Saroyan y me sentí feliz porque era como tener algo muy parecido al tigre. Por si fuera poco, mi madre anunció:

—Te llaman por teléfono.

Era Mónica.

Gato, voy a hacer mañana una fiesta en mi casa para despedir los cursos.

—¿Va a ir El Caballo?

—No seas menso. Te espero a las ocho, con las uñas bien recortadas.

Era casi una declaración de amor.

Y al mismo tiempo, una sentencia de muerte.

Entre otras cosas, porque no iba a estar presente la maestra de historia, y porque, para decirlo de golpe, yo no era precisamente el sujeto más popular de la clase. Podrían estarme asesinando, sin que el salón entero parpadeara. Decidí que lo mejor sería no ir.

Pero la vida no quiere nunca lo que nosotros queremos.

A la noche siguiente caminaba por Santa María la Ribera con el cabello peinado con la pistola de aire de mi hermana y con una camisa de licra como las que estuvieron de moda en esa década infame.

Jamás he comprendido por qué en esa secundaria del centro fuimos todos tan rurales. En la fiesta estaban, entre otros, El Pollo, El Cerdo, El Piojo y El Perro. Le pregunté a este último si había llegado El Caballo. Aquella temporada navideña era, sin embargo, una de las más altas de mi vida. El Caballo no podría asistir, pues acababa de quebrarse una pierna. Le habían recetado, en un partido de americano, una sopa de su propio chocolate.

Alguien había envuelto los focos de la casa con papel celofán azul, de modo que milady de Winter surgió de pronto iluminada por una luz tenue y submarina. Iba vestida con una blusa negra y unos jeans ajustados. Se había maquillado los párpados. Un toque rojo le delineaba los labios.

Servimos cocacolas. Eran los tiempos de Bread, de Chicago, The Four Seasons y Earth, Wind and Fire: esos vejestorios que hoy se escuchan en Radio Universal.

Mónica Bravo puso en el tocadiscos “Sideshow”; después me dijo:

Gato, esta canción la tienes que bailar conmigo.

Y entonces, en la fase de mi vida correspondiente a aquella en que Mozart produjo Minueto y Trío No. 1, yo firmé, en una casa de dos pisos cuya fachada, para colmo, estaba pintada de rosa, mi sentencia de muerte.

La operación había durado cuatro minutos y siete segundos. Lo que dura esa canción. Pero nadie puede decir hasta ahora cuánto dura una canción: a Bach lo seguimos descifrando. Hundí mi nariz en su cabello, y puse mi mano derecha en su talle. En la fase de mi vida correspondiente a aquella en la que Mozart produjo Minueto y Trío No. 1, le dije:

—Este momento no lo quiero olvidar. Voy a cerrar los ojos para memorizarlo, y poder recordarlo siempre.

¿Era una línea de Salinger? Hoy me felicito por haberlo leído tan prematuramente. En ese momento, sólo escuché que alguien decía: “eyii”; sentí que Mónica Bravo adelantaba un paso hacia mí, y volví a oír: “eyii”.

Me fui de la fiesta cuando Morris Albert cantaba “Feelings”. Mónica me acompañó a la puerta, me besó en la comisura de la boca, y después volvió a olvidarme hasta que comenzó el año siguiente.

El peor año siguiente.

Porque el primer día de clases, El Caballo se acercó con sus muletas como un abonero ansioso de cobrar viejas facturas, y en este relato donde todos “dicen”, dijo (aunque más bien, escupió):

—Querido Gato: en dos semanas me quitan el yeso.

Comprendí que era justo el tiempo que me quedaba de vida. Mozart produciría Don Juan, La flauta mágica y Las bodas de Fígaro, pero para mí sólo quedaban el Réquiem y el Tedeum.

Me los tocaron el 17 de enero de 1977, en una ceremonia por demás suntuosa: El Caballo había acechado el momento en que Mónica Bravo se acercara a mí; frente a ella, me insultó, chocó el hombro contra el mío (finalmente éramos animales: seres rurales), y formuló la palabra mágica:

—Nos vemos a la salida…

En esa escuela, verse a la salida significaba ir al callejón. Ir al callejón: que alguien tendría que regresar a su casa sangrando. No hacía falta ser muy inteligente para saber quién sería esa persona. En condiciones normales, lo mejor sería no ir. Pero la vida no quiere nunca lo que nosotros queremos. Así que al sonar la chicharra tomé mi portafolios y caminé, paso tras paso, hasta el callejón.

Esa vez no regresé a mi casa con la nariz sangrando, regresé a mi casa sintiendo que el chico que volvía de San Cosme, y doblaba en Naranjo, y seguía de largo hasta Amado Nervo, era alguien que no era yo. Algo se había terminado. En la fase de mi vida correspondiente a la que Mozart produjo Minueto y Trío No. 1, acababa de levantarse un muro gris: algo que sólo William Saroyan podría haberme explicado.

Pero William Saroyan se estaba muriendo, o estaba a punto de morirse, y no dejó un libro más.

Volví a mi casa con calentura. Pasé la semana siguiente en cama, en un cuarto oscuro donde ardieron, definitivamente, las imágenes todas de mi vida.

Si fuera William Saroyan, lo podría explicar. Pero no lo soy. Sólo soy un tipo que una mañana de lluvia recibió un mensaje electrónico, y al año siguiente otro, y entonces permaneció mirando el parpadeo de la computadora, mientras pensaba o recordaba o reinventaba estas cosas.

El gato

La vida quiere vernos hurgar en un basurero: el desayuno de los ex alumnos de la secundaria se verificó, precisamente, un 17 de enero.

Me puse corbata. Escuché mentalmente esa canción, que hacía tantos años no recordaba, y salí a la calle dura, invernal, de la ciudad que, siendo otra, seguimos llamando la ciudad de México.

Regresé a San Cosme.

Los hallé congregados en la mesa de un Vips, El Pollo, El Cerdo, El Piojo, El Perro, El Caballo. También estaba ella: Mónica Bravo.

No supe quiénes eran los otros: rostros, papadas, calvas, no supe. Detrás de los cristales, miré su cabellera rubia, sus cejas negras, su aire de milady de Winter que el tiempo, y todos estos años, habían respetado.

Me quedé un rato viéndolos a través del cristal, y luego, al igual que aquella tarde, me alejé sintiendo una cosa que era como un cuchillo, como una flor, como absolutamente nada en el mundo. n

(Núm. 340, abril de 2006)