Todos somos Robinson Crusoe

Robinson Crusoe —salvado del naufragio por las olas que lo arrojaron a una isla desconocida y solitaria—, apenas se establece en un refugio provisional, organiza un sistema para medir el tiempo y formula —en la angustia de su situación y en la incertidumbre de su suerte— un verdadero balance (es más, tendría que escribirse Balance con mayúscula) “del estado de sus asuntos”, de los bienes y de los males de su condición: naufragó pero sobrevivió, está aislado del mundo pero llegó a una isla no demasiado inhóspita ni peligrosa, y posee, como único abastecimiento, las muchas cosas útiles que el mar arrastró hasta la playa. Escrito literalmente sobre tablas de madera, este informe de sus haberes libera la mente de Robinson de la angustia que experimenta ante su situación, impidiendo que su razón se precipite en el pánico; dicho informe no tiene que ver con una esfera determinada de sus actividades, sino con la vida entera. Y es acogido con un placer físico, casi sensual, como la tosca vestimenta sobre la piel, el calor del fuego, los olores de la selva.

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Publicado en: 2013 Enero