En septiembre de 1976, Alba Rojo me llamó por teléfono con una invitación alarmante: Carlos Pellicer acababa de publicar su libro Esquemas para una Oda Tropical y había pedido que yo se lo presentara. ¿Quiénes más estarían en la mesa? Sólo él y yo. Acepté automáticamente, desde luego, y me quedé mirando al techo.
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