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Al igual que otros millones, observé aturdido cómo el delirio adquisitivo que barrió Sotheby’s convirtió la humilde chuchería de Camelot en un fetiche por el que la gente pagaría una fortuna. Un paquete de revistas viejas, que incluía Modern Screen y Laydies’ Home Journal, se fue por 12,620 dólares. Una fotografía del retrato de Jackie por Aaron Shikler —no el retrato mismo, nótese, una fotografía— se vendió en 41,000 dólares (Sotheby’s había valuado la imagen entre 50 y 75 dólares). Un contador suizo de golpes “Golf-Sport”, con valor de 50 a 100 dólares según la estimación de Sotheby’s, alcanzó un delirante pago de 28,740 dólares. Pero seguramente entre los más grandiosos trofeos, atendiendo a la inflación de su precio, fue el humidificador de puros de nogal de John Kennedy, que Milton Berle obsequió al presidente en 1961 tras prenderle una placa en que se lee: “Para J.F.K. Buena salud; buenas fumadas. Milton Berle 20/1/61”. El comediante había pagado de 600 a 800 dólares por él aquel año; 35 años más tarde el pobre Berle trató de comprar de nuevo el humidificador en Sotheby’s, pero abandonó la puja en 185,000.

El ganador fue Marvin Shanken, editor de la revista Cigar Aficionado, quien gastó 574,500 dólares en un objeto que los subastadores tasaron entre 2,000 y 2,500. Incluso a ese asombroso precio, esto comprueba que el humidificador tiene un importante papel como mascota entre los amuletos de la revista de Shanken, que de por sí ya es forzosamente exitosa, pues presenta (entre puro y celebridades fumando puros) textos sobre polo y golf, hoteles de lujo, automóviles antiguos, y muchos otros requerimientos para un verdadero estilo aristocrático de vida en los noventa. Después de todo, John F. Kennedy no era ajeno a la vida ostentosa, ¿y qué podría ser más apropiado como reliquia para una revista de puros que la bóveda donde reposaron los habanos de nuestro último presidente que fue un auténtico fumador de puros?

William Styron

Nunca admiré el mítico humidificador, pero en las veces en que me encontré con Kennedy sentí que debía tener uno, protegiendo su precioso abastecimiento, para que él se acercara a los puros con el gusto y deleite de —bueno— un aficionado. Por cierto, si permito a mi memoria un empujón proustiano, y que recobre a Kennedy en los momentos de solaz y relajamiento cuando nuestras vidas se cruzaron fugazmente, casi puedo oler el humo de los habanos por los cuales él había desarrollado una debilidad tan impetuosa, kennedyana.

Luego de los opresivos años de Eisenhower fue una maravilla tener a este brioso joven frente a los reflectores, y pronto no era nada raro ver al presidente posando, sin disculpas ni remordimiento, sosteniendo un puro. Me hice amigo de dos miembros del equipo de Kennedy, Arthur Schlesinger Jr. y Richard Goodwin, ambos tan apasionados por los puros que fumar me parecía casi una subcultura de la Casa Blanca. Ellos me instruían sobre puros cada vez que los veía en Washington. Los habanos eran, por supuesto, el sine qua non y, como ignorante fumador de cigarrillos que miserablemente seguía sometido a una adicción que no deseaba, me encontraba fascinado pero un poco confundido por todas aquellas pláticas sobre puros, por el efusivo encomio de un Montecristo de cierta longitud y cosecha, por las descripciones de envolturas y sus matices, por las sutiles distinciones entre los sabedores de un Ramón Allones y un Punch. Tercamente, mantuve mi repugnante lealtad a los cigarrillos, pero en el fondo de mi corazón envidiaba a estos hombres por su devoción a otra encarnación del tabaco, transubstanciada desde la yerba pura en un objeto francamente capaz de evocar éxtasis.

A finales de abril de 1962 formé parte del pequeño grupo de escritores invitados a lo que podría ser el más memorable evento social de la presidencia de Kennedy. Era una cena de Estado en honor de los ganadores del Premio Nobel. Schlesinger y Goodwin fueron los responsables de incluirme —en ese tiempo Kennedy no me conocía, como ellos decían, de parte de Adán— y fue un impetuoso placer para mi esposa, Rose, y para mí acometer la Casa Blanca en una aromática tarde de primavera en compañía de mi amigo James Baldwin, quien estaba a punto de convertirse en el más renombrado escritor negro en Estados Unidos. Ha sido la única vez que me he rasurado dos veces en el mismo día.

Antes de la cena las bebidas fluyeron en abundancia y la atmósfera hervía de emoción mientras JFK y su hermosa dama se unían a la asamblea y presidían la línea de recepciones. Jack y Jackie de hecho resplandecían. Uno tendría que haber sido anormal, quizá hasta psicótico, para quedar inmune a su desconcertante atractivo. Incluso los republicanos estaban atónitos. En verdad eran la pareja dorada, y no intento menospreciar mi sentido de sorpresa cuando digo que un buen número de invitados, masculinos y femeninos, parecían tan afectados por el glamour que sus ojos se bañaron de un barniz ridículo, catatónico.

Aunque mantuve el control, me emborraché prematuramente; pero esto no dañó mis facultades críticas a la hora de juzgar la cena. Había pasado un tiempo considerable en París y me volví algo snob en cuanto a comida y vinos. Más tarde, en mi cuaderno, ingratamente registré que mientras el Puligny-Montrachet 1959, servido con el primer plato, era “más que adecuado”, encontré el Mouton-Rothschild 1955, que acompañaba el filete a la Wellington, “falto de madurez”. Al postre, algo llamado una “Bombe Caribienne”, lo aprecié “demasiado dulce, una verdadera bomba”.

Al revisar esos apuntes muchos años después, tiemblo ante mi patanería (incluyendo la condescendiente observación de que la comida era “sin duda mejor que cualquier cosa que Ike y Mamie sirvieron”), especialmente en vista del entusiasmo conmovedor y el ánimo alegre de toda la velada. Por la disposición de las mesas estaba sentado en ángulo directo al presidente, y estaba sólo a unos metros cuando se levantó de su mesa y pronunció su famoso bon mot sobre la ocasión que representaba la más grande reunión de mentes en la Casa Blanca desde que “Thomas Jefferson cenó aquí solo”. Los ganadores del Nobel aclamaron su apreciación a este elegante bouquet, y yo sentí que las palabras eran un atajo a la inmortalidad.

La Casa Blanca era todo menos smoke-free, y las galopinas entre nosotros encendían nuestros cigarrillos. Con mi habitual mal humor y con envidia me di cuenta de que muchos caballeros en las mesas vecinas habían comenzado a fumar puros; entre ellos estaba Kennedy, enredado en una conversación con una sensacional joven de cabellos dorados a la que evidentemente saboreaba por lo menos tanto como a su Churchill. Luego del café nos trasladamos al salón Este para un concierto de música de cámara. Después, mientras la fiesta terminaba y estábamos a punto de convertirnos en calabazas, me sorprendí al enterarme por un capitán de la armada en uniforme de gala que Rose y yo estábamos invitados arriba para algo “más íntimo” con el presidente y la señora Kennedy. Aun cuando tuve un instante de travesura fantasiosa respecto a qué implicaba “más íntimo” —esto fue, después de todo, el origen del intercambio de parejas de los años sesenta—, de hecho estuve más tranquilo al descubrir el pequeño cuarto en el que nos acomodamos, colmado de fumadores de puros y sus damas de compañía.

El presidente todavía no llegaba, pero Jackie estaba ahí, como estaban Goodwin y Schlesinger y Bobby Kennedy y Pierre Salinger, todos reunidos con sus esposas, y todos los hombres concentrados en sus habanos con un placer tan obvio que uno pudiera pensar que toda la cena del Nobel fue dispuesta para producir ese fragante clímax. Sólo en los buenos restaurantes de París, donde —a diferencia de Estados Unidos— se alentaba a fumar puros, llegué a inhalar un aroma tan delicioso. A estas alturas, yo había tomado muchos de los varios brebajes que la Casa Blanca abasteció, incluyendo la champaña del postre (Piper Heidisiec, 1955), y me hundí cándidamente en la famosa mecedora del presidente.

Mientras me mecía, hablé con Lionel Trilling, el renombrado crítico quien, con su esposa Diana, fue el único otro literato invitado a subir. También era el único otro fumador de cigarrillos, hasta donde puedo afirmar —de hecho un verdadero fumador en cadena, con una estampa desfigurada, privada de oxígeno, y comenzamos una plática sobre libros y dimos rienda suelta a nuestro lamentable hábito mientras los otros disfrutaban festivamente sus puros. Sólo hasta que Schlesinger me pidió discretamente que dejara al presidente sentarse en la mecedora, por el bien de su espalda lesionada, me di cuenta de que JFK había estado parado en el cuarto por algún tiempo, demasiado cortés para botarme de su silla. Cuando me levanté, mortificado, y Kennedy tomó mi lugar disculpándose, noté que seguía acariciando su Churchill. El líder del Mundo Libre tejía con humo, meciéndose suavemente: ésta fue la relajada y plácida imagen que me llevé cuando, mucho después de medianoche, nos tambaleamos de vuelta a casa tras una fiesta infernal.

En los meses que mediaron antes de ver a Kennedy de nuevo sostuve una demoniaca lucha contra mi hábito del cigarrillo. Gracias a mis dos gurús de la Casa Blanca también experimentaba prudentemente con los puros. El bloqueo contra Cuba, instituido oficialmente por el mismo Kennedy, estaba en vigor; los habanos se volvieron casi inaccesibles de la noche a la mañana, así que me encontré comprando los mejores puros que le seguían, los fabricados en las Islas Canarias. De hecho estos puros son muy buenos, y muchos de ellos eran sobresalientes.

Pero estaba indeciso de entregarme. Si bien comprendía plenamente que estaba minando mi salud con una adicción que me había mantenido cautivo desde los 15 años, era incapaz de llevar a cabo la transición a los puros sin pasar por accesos de dudas morales. De hecho era víctima de la sabiduría convencional. Esto porque en Estados Unidos —una sociedad esencialmente puritana, absolutista en sus criterios sobre la salud como sobre muchos otros asuntos— era muy pequeña la distinción entre cigarrillos y puros.

Después de todo, en un país que algunos años después, ante su pánico frente al colesterol en los huevos preferiría desterrar prácticamente este sempiterno e invaluable alimento de la dieta nacional que limitar su consumo de manera preventiva, es muy normal que el relativamente inocuo placer de fumar puros con mesura sufra el mismo oprobio que la letal adicción a los cigarrillos. Si dejaba los cigarrillos, habría una gran cantidad de viejas niñeras de ambos sexos ansiosas de decirme: ¡los puros son igual de malos!

Bueno, es evidente que no lo son, y de hecho, a diferencia de los cigarrillos, tienen un bien intrínseco. En aquel entonces, en apuntes que hice para una reseña de 1963 (en The New York Review of Books) de The Consumers Union Report on Smoking and the Public Interest, un antecedente del reporte general de salud sobre los daños del tabaco, escribí:

Es una ironía formidable que en nuestra sociedad, obsesionada por la salud, una adicción evidentemente fatal como fumar cigarrillos deba condonarse y promoverse mientras el uso, comparativamente benigno, del puro deba condenarse como si se tratara de una plaga. Los puros son un placer genuino; los cigarrillos son un pseudoplacer, del mismo tipo del que experimentan las ratas de laboratorio. El estigma contra los puros tiene tanto que ver con la clase económica y social como con una moralización errónea. El casi universal hábito de fumar cigarrillos es el dominio de la vasta clase media, mientras los fumadores de puros están confinados a los más altos y más bajos extremos de la escala económica. (Existen traslapes e intersecciones, por supuesto, pero es el perfil básico.)

Entre los fumadores de cigarrillos de la clase media, los puros son relegados como la sobrevalorada indulgencia de los banqueros, miembros ricos de corporaciones y personajes del cine como Darryl Zanuck o, en el más bajo nivel, el hábito barato de los chacuacos de White Owl que frecuentan los salones de clase baja y los gimnasios baratos. La figura de las tiras cómicas de los treinta Pete el vagabundo ilustra mejor esta dicotomía: el pequeño holgazán siempre busca los restos de los puros de calidad de los plutócratas, y con un palillo los recoge de las acequias y las cercas.

Los puros nunca han encontrado una base media de aceptación [continuaba]. Lo que completa la ironía es que los White Owl y los Dutch Masters de verdad ofenden las fosas nasales —por supuesto a las mías— y sobre todo las mujeres, con su sensibilidad de canario, se molestan con frecuencia y de manera justificada con tales efluvios. Las mujeres irritadas por la producción masiva de puros baratos han ayudado inocentemente para que todos los puros reciban un golpe seco. Lo fascinante es que las mismas mujeres, expuestas al humo de un Montecristo de primera, emitirán con frecuencia auténticos sonidos de desmayo, demostrando, así, que los puros de gran calidad no padecerán los prejuicios para siempre. Profetizo, también, que en algún momento del futuro, después de que la sociedad esté prevenida ante los terribles daños del cigarrillo, una buena parte de la clase media comenzará de manera gradual a admitir los puros; puros de excelencia que, provenientes de países distintos a Cuba, también serán más y más accesibles.

Estoy satisfecho al darme cuenta que mi bola de cristal, casi siempre tristemente nublada, estaba tan clara cuando apunté esas últimas líneas.

William Styron

El verano siguiente dejé de fumar cigarrillos para bien, de un modo abrupto. Fue sólo unas semanas antes de que Jack Kennedy nos invitara a Rose y a mí a pasear en su yate, la buena nave Patrick J. Él y Jackie cruzaron desde el Cabo hasta Martha’s Vineyard donde yo había rentado una casa, y nos recogieron en un nublado día de agosto para un lánguido almuerzo a bordo. Además de mis amigos John y Sue Marquand, quienes nos acompañaron, el otro único pasajero abordo era el desaparecido Stephen Smith, cuñado de JFK. Una lancha guardacostas rondaba no muy lejos por razones de seguridad, pero fuera de eso los siete tuvimos las olas rodantes sólo para nosotros. El mar estaba un poco picado, pero el alcohol mitigó el mal de mer. Los bloodymarys, vertidos por un camarero filipino más bien intranquilo, rebosaban los vasos; los Marquand y Jack y Jackie, que se conocían desde hacía años, platicaban mucho sobre amigos comunes; variaciones de twist, y otra música de cadera de ese año, retumbaban desde una grabadora, y el humor general antes del almuerzo era bullicioso a pesar del clima gris.

La conversación se volvió un poco más seria cuando nos sentamos a comer. En la mesa de la cubierta de popa del Patrick J, nadie puso mucha atención al infortunado almuerzo. Era un delirante chiste de hot dogs fríos en bollos empapados, oeufs en gelée viscosos, cucharas derramadas en el regazo de todos por el nervioso filipino, vasos de cerveza no sólo escarchados, sino sólidamente congelados. Pero nos metimos en la conversación, que iba de la política de Massachusetts y la candente situación racial en el sur profundo —los hechos violentos del otoño anterior en Oxford, Mississippi, evidentemente habían conmovido a JFK— hasta los lugares comunes sobre si Alger Hiss era culpable (Kennedy pensaba que lo era) y el obvio resentimiento del presidente sobre un artículo en The American Scholar donde el crítico Alfred Kazin cuestionaba sus credenciales intelectuales. Yo estaba tan divertido como impresionado de que Kazin lo molestara así.

Gran parte del tiempo Jackie mantuvo sus moldeados, aunque más bien grandes, pies descalzos sobre el regazo presidencial. En otro momento JFK, aparte, me preguntó qué escribía, y cuando le dije que era una novela sobre Nat Turner, quien acaudilló una insurrección de esclavos en el siglo XIX en Virginia, inmediatamente se interesó y me hizo preguntas brillantes y persistentes en busca de una información que yo era feliz de proporcionar. Parecía fascinado por mi historia de la revuelta. El tema racial evidentemente perturbaba a Kennedy, como a casi todo mundo. En aquel tiempo, pocos estadunidenses habían oído de Nat Turner. Le dije a Kennedy cosas sobre la esclavitud que sin duda desconocía.

Entonces, después del helado y el café, el presidente repartió entre los hombres puros Partagás, hechos en La Habana y encapsulados en tubos plateados. Rodé el mío entre mis dedos delicadamente, tratando de no esbozar una sonrisa tan obvia. Estaba al tanto de que, bajo el embargo contra los productos cubanos, éste era un artículo de contrabando y el embargo había sido promulgado por el mismo hombre que acababa de poner el puro en mi mano. Por lo tanto el Partagás merecía, más que otra cosa, preservarse, al menos por un tiempo, dentro de su tubo protector como un recuerdo pícaro, un tema de conversación con un toque de escándalo. Observé mientras el presidente comenzó a fumar con placer, sin mostrar sentido de clandestinidad. Guardé el Partagás en mi bolsillo cuando Kennedy no me estaba viendo, resuelto a fumármelo en una ocasión especial, y prendí uno de mis Coronas de las Islas Canarias. Poco después, sin embargo, comencé a sentir cierta rara, fugitiva tristeza ante este pequeño regalo de Kennedy, una tristeza que no podía desentrañar del todo, aunque pudo haber sido sólo el mismo sentimiento conmovedor que me impulsó a escribir, más tarde, cuando recordé el viaje en barco, “de las irreconciliables diferencias, la furiosa animosidad que separa a Castro y a Kennedy. De todos los líderes mundiales el hombre de Harvard y el marxista de La Habana eran temperamental e intelectualmente los más parecidos; probablemente se hubieran acercado afectuosamente de no ser porque la tormenta de la historia del siglo XX y su extraño determinismo los hizo enemigos irreconciliables”.

Vi a Kennedy de nuevo el siguiente noviembre en una fiesta concurrida y elegante, una noche de viernes en Nueva York. Pensé, antes de ir, que lo más que podríamos obtener sería un breve vistazo de él. Pero Rose y yo, al entrar a la cena, lo descubrimos al pie de una escalera viéndose momentáneamente perdido y abandonado. Como detenido en un instante de soledad, no hablaba con nadie y examinaba su puro. Tenía un espléndido bronceado de Palm Beach. Arrojó sus brazos alrededor de nosotros y pronunció un diálogo de una forma cursi e insinuante, dándole un nuevo significado, adulador: “¿Cómo lograron llegar hasta aquí? ¡Con trabajos vine yo!”. Me preguntó cómo iba la novela, y de nuevo comenzamos a hablar sobre asuntos raciales. ¿Conocía algunos escritores negros? ¿Podría sugerir algunos nombres de negros para una reunión en la Casa Blanca? Y así. Finalmente alguien lo distrajo y desapareció entre la multitud. Un momento después, mientras salía, me miró y, sonriendo, dijo, “Ten cuidado”.

Fueron palabras que debí decirle a él, pues exactamente dos semanas después, otro viernes, él estaba muerto en Dallas.

Fumé el Partagás en su memoria. n

 

Traducción de Jaime Ramírez Garrido

(Núm. 224, agosto de 1996)