A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

La madre aparejó un camello blanco, subió en un carro negro, viajó toda la noche. Llegó cuando ya salía el sol, cuando Gengis Kan ataba ya las mangas de Jasar [su hermano, a quien había hecho prisionero], ya le quitaba el gorro, el cinto, ya estaba interrogándole.

Al ver a la madre, Gengis Kan se asustó, tuvo miedo a la madre.

La madre llegaba enfurecida, bajó del carro, la misma madre desató, ella misma soltó las mangas de Jasar, atadas ya, ella misma dio a Jasar el gorro y el cinto, la madre airada, incapaz de dominar la furia, se sentó con las piernas cruzadas, se descubrió ambos pechos, los puso en las rodillas, habló así, dijo:

—Mira bien. De estos pechos mamaste. Lobos son que mordieron ya la placenta y cortaron el cordón del ombligo. ¿Qué hizo Jasar? Temujin no fue nunca capaz de vaciarme un pecho. Jachigún y Ochidguín no pudieron jamás vaciar ni uno siquiera entre los dos. Jasar me vaciaba los dos pechos, me llenaba de paz, me serenaba, sosegaba mi seno. Por eso

Temujin el mío
por eso tiene un pecho grande.
Por eso mi Jasar
es diestro flechando, es potente.
A los que huían y le lanzaban flechas
sabía flecharles él y hacerles rendirse.
A los que huían, amedrentados,
sabía lanzarles él las flechas diestramente y rendirles.

Y tú piensas ya: “Aplasté al enemigo”, y no ves que es Jasar.

Tras esperar que se apaciguase la madre, Gengis Kan habló así, dijo así:
—Viendo a mi madre airada, me asusté, tuve miedo. Me avergoncé, sentí vergüenza.

Dijo: Pongámonos en marcha.

Mas, sin que la madre lo supiera, fue quitando la gente (seguidores y guerreros) a Jasar, con sigilo, hasta dejarle sólo mil cuatrocientos.
Mas súpolo la madre y envejeció de pronto y enseguida murió.

Fuente: El libro secreto de los mongoles (versión de José Manuel Álvarez Flórez), Muchnik Editores, Barcelona, 1985.