A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Benjamin y Borges en el zoológico

De las visitas al zoológico no esperamos grandes testimonios. Solemos disminuir su valor y reducirlo a una mera diversión destinada a hacer pasar el tiempo a los niños. Pero los textos que nacieron de las visitas hechas por estos dos escritores son prueba de lo contrario. El tiempo no pasó en vano durante su recorrido personal que las redes de la escritura capturarían para siempre. El instante del pasatiempo logró ser transmutado en un tiempo privado. El sigiloso trabajo de una identidad verdadera.

nutria

Pocas cosas pertenecen como éstas al territorio de la infancia. Sólo de niños visitamos el zoológico con ojos de niños; es decir, dispuestos a dejar ir en nuestra mirada sobre los animales algo que nos pertenece todavía más que el asombro que nos producen. Observándolos se va una parte de nuestro ser mucho más que cuando avizoramos a los de nuestro propio reino. Quizás, justamente porque no se trata del acto de mirar y ser vistos por una galería de homo sapiens, nos liberamos de todo juicio sobre nuestra conducta y somos libres de elegir en la conducta animal aquella que más se nos parezca, a veces, por lo que delata de nuestras carencias. Pero los niños no pasean por el zoológico pensando en sacar conclusiones sobre los seres enjaulados. Sólo después, algunos descubrirán que la visita repetida tuvo otro móvil, el que puede procurar un acto que conlleva a la afirmación de una identidad todavía secreta para uno mismo. Guardar ese secreto pero revelarlo en el rostro del otro podría ser un doble premio ganado sin perjudicar a nadie y ni siquiera afectar nuestra propia noción de quienes somos.

Detrás de las rejas la ferocidad enjaulada o cualquier otra manifestación del instinto, se vuelve inocente y perfecta en su singularidad. El león, el oso hormiguero, los elefantes o los gorriones y las mariposas se convierten en meros autores de un ritual que simula haber perdido su intención ante los pequeños que pasean para asomarse de una jaula a la otra y elegir a sus actores favoritos. Walter Benjamin solía dirigirse a la región más apartada del Zoológico de Berlín, por donde quedaba una de las entradas menos usadas para acceder al parque, adonde se localizaba el hábitat construido para la nutria. Su ubicación deliberada en una zona retirada le confería al animal algo especial “por la situación de su hogar”, y era considerado por el autor “el más notable de los habitantes de esos parajes”. Jorge Luis Borges, en cambio, se detenía en el pabellón de las fieras del Zoológico de Palermo en Buenos Aires, para observar durante horas al leopardo y al tigre. De su temprana resistencia a abandonar la visión de los felinos tras las rejas, nos queda también su modo personal de hacer énfasis en la demora como un tiempo irrenunciable.

Aunque no compartieran más que la inicial de su apellido, estos escritores fueron hijos de un mismo tiempo, casi paralelo (Benjamin nació en 1892 y Borges en 1899) y de uno a otro lado del océano, se trató de dos niños en quienes se fundaba una vocación literaria mientras recorrían con atención los jardines y las jaulas de los animales en el zoológico. Del tiempo consagrado a esos paseos nacerán rememoraciones intermitentes. La capacidad de darle un sentido excepcional a una vivencia situada en la infancia será un tema crucial en la obra de Benjamin, del que no sólo Infancia en Berlín hacia 1900 ha dado cuenta extrema. Para el filósofo, recuperar en la escritura los poderes presentes en la mirada infantil llegará a trascender el ámbito del recuerdo personal, hasta llegar al terreno de la historia, cuya infancia también podría volver a despertarse por caminos inusuales, accediendo a una renovada observación. En Borges, en cambio, la impronta de lo vivido asumirá el matiz de lo que se ha perdido fatalmente y sólo puede recobrarse como una reverberación en la que recordar la propia vida se confunde con evocar las propias lecturas. Sobre este rasgo se pronunció Harold Bloom al acusarlo de provocarnos siempre la misma herida. Mientras que Borges nunca superó la despedida, Benjamin no pretenderá nunca despedirse. Gracias a eso, podrán transportarnos hasta el Tiergarten o el barrio de Palermo, en el salto de un siglo a otro.

Además de otorgarle un valor distinto a la memoria, el recuerdo de las visitas al zoológico ocupa un sitio diferente en la obra de cada escritor. Borges dejó pruebas de lo que él mismo llamó “esa amistad” con el tigre en poemas, entrevistas y conferencias. “Dreamtigers”, “El otro tigre” y “El oro de los tigres” son sólo algunos ejemplos1 de los textos específicos que le dedicó en momentos distintos a su animal predilecto. De todos ellos, el último de esta lista, era el que más apreciaba. Walter Benjamin, en cambio, nos ha dejado un solo capítulo titulado “La nutria” en su obra Infancia en Berlín hacia 1900,2 en el que describe sus visitas al antiguo parque. Pero dadas las cualidades particulares de su escritura, el texto funciona como un microcosmos en que el autor deja plasmada no sólo su visión del animal, sino su percepción del tiempo, el espacio y la memoria como entidades que interactúan entre sí. Benjamin escribirá también sobre mariposas y gaviotas, pero la nutria en su jaula pertenecía al ámbito del zoológico y tenía, por tanto, un sentido peculiar. A la nutria había que visitarla. Las mariposas, en un momento determinado, y las gaviotas, en otro, lo visitaron a él. También Borges escribirá sobre otros animales. El caballo, el bisonte, el gato son sólo algunos de ellos, cuyo sentido está vinculado a ámbitos ajenos al zoológico. Sólo el poema “La pantera” podría ser una excepción. En ambos casos, el del escritor argentino y el del filósofo alemán, no se trata de una evocación infantil sino de la recuperación de la infancia desde la edad adulta, a partir del recuerdo de un impacto irreprimible. El que podía provocar la visión de animales vistos entre las rejas que quedaron grabados en la memoria por alguna razón.

Borges y el tigre

En un libro que llegó a considerar su favorito, Borges expresó su voluntad de “causar un tigre” en un sueño. La idea de controlar sueños y versos es uno de los temas de El Hacedor. El soñador de tigres se propuso hacerlos aparecer, una fantasía ligada a una emoción afianzada de niño: “En la infancia, yo ejercí con fervor la adoración del tigre”.
Cierto exceso salta a la vista en la expresión que el autor elige para abordar su inclinación infantil. Ejercer con fervor una adoración, parece referirse más a una religión voluntariamente adquirida que a un gusto pronunciado por un animal. Borges especifica el tipo de tigre del que es su vasallo y admirador: “el tigre rayado, asiático, real”, pero no sólo el de la jaula, sino también el de los compendios: “yo apreciaba las vastas enciclopedias y los libros de historia natural, por el esplendor de sus tigres”. Algo importante se asoma en el paréntesis contiguo a esta declaración: “(Todavía me acuerdo de esas figuras: yo que no puedo recordar sin error la frente o la sonrisa de una mujer)”. El lector sabe que esta confesión no es inocente. Tigre y mujer aparecen unidos sin que sepamos por qué. Algo impide recordar bien el rostro de una mujer, algo que no impide recordar sin dificultad cualquier imagen del tigre, la real o la de papel. Tal vez podamos tomar el camino de la dilación para acceder a los sentidos subyacentes en la vivencia que quedó anunciada: “Yo solía demorarme sin fin ante una de las jaulas del zoológico”. Algo se añade al sentido llano de tardarse frente a una jaula. Quizás se trate de una culpa, la que queda implícita en la noción de la demora injustificada, que se insinúa, como una acción vinculada a un placer prohibido, pero que por ser placentero no quisiéramos finalizar.
Es fácil asociar esta culpa a la propia biografía del autor. El difundido relato del niño que no quería irse del zoológico y cuya madre no lograba persuadir más que a la fuerza, con un chantaje vinculado a los libros. Se ha hecho suficiente énfasis en esa demora real, que fue anterior al hecho de que el escritor la introdujera en sus textos como uno de sus tiempos predilectos. También son conocidos los datos de su niñez, aislado en la biblioteca de su padre bajo la tutela de una institutriz. No es difícil suponer que para el pequeño Georgie, que no conoció la escuela primaria sino hasta después de los nueve años, las salidas al zoológico significaran un acto contundente de libertad, además de la diversión añadida, implícita en el paseo, y de la normalización de su vida como niño que ello conllevaba. Es claro que debió invertir, en aquella oportunidad, más que un menor habituado a crecer como todos.

“Dreamtigers” describe este apego por el felino dejándole saber al lector la propia conciencia que el autor tenía de su rara inclinación. Es Borges quien elige contrastar la fuerza del recuerdo de la figura del tigre frente a la incapacidad de recordar, sin equivocarse, un rasgo del rostro de una mujer. Es él quien nos obliga a tomar en serio su propensión como desvío de lo normal. Esta primera intención será debilitada de inmediato al conducir el texto hacia su finalidad aparente, la de provocar en un sueño la aparición del animal. Tanto en inglés como en español, el “soñador de tigres” es una expresión inventada por Borges, al igual que la idea de poder “causar un tigre” en un sueño. Fue necesario inventarlas para nombrar algo tan específico, como el anhelo de provocar, sin dejar de controlar, a esa “apetecida fiera”, la de su infancia, la que representa su deseo. Otro dato formal se suma a esta hipótesis: el uso reiterado del pronombre personal “Yo” al comienzo de cada frase para indicarnos que se trata de la propia identidad construida en el discurso y frente a la cual no fueron útiles los impulsos habituales del autor por desviar la atención sobre su persona.

Borges revela más de sí mismo en su modo de hablar de los tigres. Deja escapar algo de sí al proyectar sobre la figura del felino sus intenciones. Es sabido que no abundan en su literatura las mujeres de carne y hueso, cuyas descripciones revelen que son vistas como mujeres; es decir, como cuerpos que despierten el deseo masculino. Pero el escritor no tuvo dificultad en asumir el cuerpo físico al hablar de su animal favorito. Pese a conducir al lector por el terreno acostumbrado de los contrastes (entre esto y lo otro, lo real y lo imaginario), las reflexiones sobre las figuras de los libros y las disquisiciones que impone la visión sobre el destino tras las rejas (literales y metafóricas), siempre se impuso a toda consideración sobre el animal el asombro ante su belleza física, carnal. Es justamente ese azoro ante la animalidad insoslayable lo que llama la atención del modo en que Borges convierte en literatura su apego al felino. Hay una insistente, explícita atracción hacia la belleza del cuerpo animal, poco común en él. El tigre le sirve de algo más: al que tampoco habla de su cuerpo en su escritura, pero logra corporeizarse a través de la silueta del felino con la cual se siente íntimamente identificado. Para el escritor argentino, quien eligió proyectar de sí mismo la imagen de un ser disminuido por la timidez y la cobardía, la figura del tigre le ofreció una alternativa, la de una vida adjunta, la posibilidad de ser en la poesía lo que quizás no pudo ser o hacer en la vida. Su secreto se hará manifiesto al describir la obsesión por el carnívoro en los mismos términos en los que éste se conduce. Los siguientes versos de su poema “El otro tigre” delatan un modo de percibir el cuerpo de la fiera comportándose como si fuera un animal: “Entre las rayas de bambú descifro/ sus rayas y presiento la osatura/ bajo la piel espléndida que vibra./ En vano se interponen los convexos/ mares y los desiertos del planeta;/ desde esta casa de un remoto puerto/ de América del Sur, te sigo y sueño,/ oh tigre de las márgenes del Ganges”.

El instinto animal asumido en la voz del poeta acaba invistiéndolo de un poder superior, como si desear le confiriera una fuerza adicional capaz de traspasar las barreras del tiempo y el espacio. Pero es la persona del autor la que se volvió capaz de rastrear a su presa sin límites. El Borges tímido quedó subsumido ante el Borges felino en que se transformó al hablar del animal. Sólo podemos calificar de “apetecida” a una fiera apropiándonos de la voz del tigre, o más aún, de su apetito. El soñador que quería ver tigres a voluntad en los sueños se fundió con ellos, buscándolos en su siguiente trabajo.

“El oro de los tigres”, un poema en el que convergen más fuerzas que en los anteriores, representa otro grado de elaboración de la vivencia primaria. Borges despliega su capacidad de diálogo con otros registros que al ser convocados multiplican y enriquecen el símbolo ya construido por él. La coloración dorada del pelaje del felino suscita una cadena de asociaciones que siendo cromáticas adquieren otras dimensiones añadidas. El verso inicial: “Hasta la hora del ocaso amarillo”, alude a la demora indeclinable de la infancia, observando al tigre en su jaula hasta el atardecer, pero también es la metáfora de la persistencia del color en el presente de la escritura, el de un poeta viejo y casi ciego. En el ocaso de una vida el reflejo dorado consiguió permanecer, reverberando en la sombra (“el amarillo es el único color que no me ha sido infiel”, dirá después, al hablar de su ceguera). Rayas atigradas parecen simularse “detrás de los barrotes de hierro”, que son vistos como una “cárcel”. Desde ese sitio de la memoria personal comienza la evocación. Tras el tiempo transcurrido desde aquel primer contacto “vendrían otros tigres” y “otros oros”. El “tigre de fuego de Blake” es explícitamente aludido llevándonos a incluir la visión del místico inglés como otra de las dimensiones del tigre de Borges. Una figura que irradia luz y fuerza en la oscuridad de la noche del universo.
“¿Qué ojo o mano inmortal/ Osó idear tu terrible simetría?”. Tras invocar este aliento estremecedor, que le suma al tigre de Borges la mirada estupefacta de Blake, se desplaza el fulgor de “otros oros” hacia “el metal amoroso que era Zeus”. Aquí el poeta da un salto mortal, similar al que dan las fieras tras su presa, pues el verso alude al acto de fecundar a una mujer en secreto, como lo refiere el mito de Zeus, quien convertido en lluvia de oro logra entrar en la habitación en la que se hallaba aislada Dánae, y embarazarla. (La misma escena inspiró una pintura de Gustav Klimt, en la que un trasfondo de gruesas gotas doradas aparece filtrándose en la mujer que reposa desnuda con las piernas algo elevadas. No menos memorable es el verso de Borges aunque suprime el erotismo y lo deja en manos del lector.) A través del tigre y de su color, Borges ha conseguido nombrar de manera velada el impulso erótico inaplazable, aquel que vino después de la infancia, ese otro tigre. Sin hacer mención de ninguna mujer, sin declarar todavía su deseo, el verso acuña en su evocación el instinto del felino representado a través del hombre que tuvo que transformarse para alcanzar a su amada. Un juego de luces y reflejos van conduciendo el primer amarillo del recuerdo del tigre y de la tarde empleada en verlo, hasta el ardor que había centelleado en los ojos del “tigre de fuego de Blake” antes de convertirse en una llovizna áurea y fértil. Pero el juego intertextual no termina aún. La cadena de asociaciones continúa con la multiplicación del metal dorado a través de la alusión a un anillo capaz de engendrar, tras nueve noches, nueve anillos, infinitamente. Borges aclaró en una nota que se trataba de Draupnir, la argolla mágica de la mitología nórdica que representa la fertilidad del cuerpo y la fecundidad del espíritu. Pero modificó la leyenda original que habla sólo de ocho anillos, agregando uno más (lo que duplicó el nueve para sus propios fines: obtener, quizás, un solo número irreductible).

nutria2

¿En qué se ha convertido el tigre de su infancia? En la fuerza capaz de recrear al poeta. En el llamado invencible de una aspiración, la de poder ser tan arrojado como aquel animal. El poema culmina situando el oro de los tigres en el lugar del deseo: “oh un oro más precioso, tu cabello/ que ansían estas manos”. Sale a la luz su anhelo, que sin el impulso que tomara prestado no hubiera llegado a manifestarse en toda su plenitud. Sin saberlo, el tigre de la infancia del Zoológico de Palermo le concedió a Borges un cuerpo sobre el cual atreverse a proyectar su deseo de ser atrevido y sensual. Pero sólo a través de su color y del reflejo del mismo en la memoria consiguió —casi en secreto— expresarlo.

Benjamin y la nutria

Las circunstancias en las que Walter Benjamin eligió adentrarse en los recuerdos de su niñez no fueron las de un escritor que pudo reflexionar sobre el ocaso de su vida, sino las de uno que arrojado al exilio involuntario encontró un lugar en sí mismo desde donde habitar su pasado. Pero ese lugar también se vería amenazado, y sólo reuniendo fuerzas se podía acceder a él. En medio de incesantes periodos de “tenaz depresión”, de aislamiento y frustración le escribiría a su amigo Scholem en 1933: “…No me puedo permitir emprender el único trabajo que a veces me atrae: la continuación de Infancia en Berlín hacia 1900”. El libro que hoy conocemos está formado por “notas” que recrean el tiempo de su infancia en su ciudad natal, algunas de las cuales fueron publicadas “como cuentagotas” en el periódico Frankfurter Zeitung, hasta que “como consecuencia de una constelación totalmente inexplicable” dicha posibilidad quedó también cerrada para él. Redactadas de manera intermitente y en paralelo a sus ensayos filosóficos y literarios, Benjamin le aclararía a Scholem la naturaleza de su manuscrito, deslindándolo de sus primeras intenciones que cobraron forma bajo el título de “Crónica berlinesa”.
Este renovado esfuerzo por registrar su vida en breves textos “que en absoluto constituyen una crónica, sino que representan aisladas expediciones a las profundidades de la memoria”, marcó el rumbo del trabajo hacia una concepción “ya no puramente autobiográfica, sino poético-filosófica y que aportaba una nota nueva al conjunto de su obra”, señalaría Scholem. La insistencia con la que Benjamin se refiere a esta tarea en las cartas intercambiadas con su amigo, da pruebas de la importancia que revestía para él llevarla a cabo en las circunstancias atribuladas de su vida y entre todos sus proyectos pendientes. Pero recordar nunca fue para Benjamin un acto pasivo que haya puesto en manos de las fluctuaciones propias de la memoria. Su filosofía, sus trabajos (y aun quizás, el registro de sus sueños), parecen asumir el compromiso judío de rememorar,3 como un dictado propio y natural, convirtiéndolo en una práctica personal de rescate del pasado. En ese ejercicio al que toda su obra apunta señalando una responsabilidad, el papel que jugaron los espacios fue fundamental. Recordar la propia vida significó también rescatar los lugares de la infancia para redescubrirse en ellos.

nutria3

El zoológico será uno de esos espacios del autorreconocimiento. Benjamin le dedicará al recuerdo de sus salidas un capitulo en sí mismo, que llevará por nombre el del animal por el que se inclinará en esas incursiones. Para ingresar en alguno de estos escritos, falta reconocer ante el lector lo insuficiente de todos los avisos: no se trata de cuentos ni de poemas ni de ensayos, sino de prosas breves en las que convergen el tiempo de la rememoración personal con el de toda una época en la que quedó cifrada la historia de la ciudad de Berlín a fines del siglo XIX. Una jugada por partida doble: recordar la propia infancia, en lo que tiene de singular e intransferible, y reconocer en esos rasgos distintivos que le dan forma a una identidad, los del lugar en que nacieron. Benjamin nos demuestra que la sustancia propia de nuestros recuerdos más íntimos también está contenida en la forma rescatable de los espacios que habitamos de niños. La espesura de su estilo evoca la de la propia memoria, y así coloca al lector en un papel que él mismo asume: el de un explorador. Pero no hay trofeos para el final de la expedición. Su escritura se resiste a lo evidente. Aún así, podemos hacer el intento de ir tras las huellas que la nutria dejó en él.

Sobre la visión acostumbrada de un zoológico, Walter Benjamin arroja la novedad de su mirada que lo percibe como un barrio. Su inmediata aceptación de los animales como una comunidad con la que comparte la costumbre de alojarse, introduce de lleno al lector en un espacio con el que podría familiarizarse: “No había animal cuya morada no amase o temiese”. La atención se desviará por encima de los animales, hacia sus casas. Son los alojamientos y su forma de ocuparlos los que lo atraen hacia algún animal en particular. Su postura se definirá a favor de las zonas periféricas del zoológico, en las que habitan aquellos animales cuya singularidad radica precisamente en “la situación de su hogar”. Allí vivía la nutria, “el más notable de los habitantes de esos parajes”, cerca de una de las entradas menos usadas al jardín “que conducía a las regiones más solitarias del parque”. Lo remoto del lugar en que se localizaba al animal se nos desplegará conduciéndonos por un camino durante el cual se revelarán los beneficios de recorrerlo. El paisaje que allí “esperaba al visitante” evocaba otros “paseos abandonados” como de balnearios “desiertos”, pero éste tenía poderes propios: “Era un rincón profético. Pues al igual que hay plantas de las cuales se dice que poseen el don de hacer ver el futuro, existen también lugares que tienen la misma facultad. En esos lugares parece haber pasado todo lo que aún nos espera”.

Sin que hayamos llegado a la jaula de la nutria ya sabemos que habita una región que promete echar a andar nuestra memoria. Un sitio que, además, tiene el privilegio de despertar no sólo nuestros recuerdos, sino también nuestras posibilidades. El riesgo de vivir queda asumido bajo esta forma propia de recordar que le asigna una función activa en el presente. Pero para acceder a ese lugar de la memoria y dejarnos encaminar por las vivencias que despierta, había que perderse por esa parte del zoológico que conducía al “recinto cercado” de la nutria. Benjamin insistirá aún más en describirnos el habitáculo que le dará al animal todo su sentido: “Unos pequeños refugios en forma de rocas y grutas bordeaban, en el fondo, el óvalo de la piscina. Debían de ser la morada del animal; sin embargo, no lo encontraba jamás dentro de ellas. Así que permanecía a menudo esperando incansablemente delante de aquella profundidad oscura e inescrutable con el fin de descubrir en alguna parte a la nutria”. Al igual que Borges, Benjamin pasará horas frente a la jaula, pero no observando a su animal predilecto, sino aguardándolo. Nada parecía evocarle una prisión al que percibía todas las jaulas de los animales como formas de vivienda peculiares que conservaban en su designación cierta dignidad humana: recintos, pagodas, hogares, moradas y casas serán algunos de los términos que convocaría para hacer referencia a los espacios habitados por los animales, proyectando su respeto por cada modo particular de vivir. Esta propensión se verá exaltada aún más al referirse a la nutria, “el delicado animal” para quien “la gruta vacía y húmeda le servía más de templo que de refugio”.

Fue necesario transitar por un camino exclusivo para acceder a una visión que durará unos segundos. Pero es justamente esa imposibilidad de observar durante más tiempo la que determinará el gusto de Benjamin por el animal. La nutria nunca estaba, la nutria sólo se asomaba, y esto sólo lo hacía excepcionalmente. “Si lo conseguía por fin, sólo era por un momento, ya que al instante el morador resplandeciente de la alberca volvía a desaparecer en las oscuras aguas”. Todo estará allí para justificar la atracción que ejercía la fugaz aparición. “Era el animal sagrado de las aguas de la lluvia”. La misma lluvia que Benjamin imaginaba fluyendo hacia un único destino: la piscina de la nutria, cuya agua provenía no sólo del aguacero sino de más y diversas aguas, de ríos o alcantarillas. El escritor no volverá a desprenderse de la nutria. Su adhesión reproduce el instante consagrado a esperarla y observarla. Su concentración nos será transmitida a partir de un esfuerzo por singularizar su modo de vida, su procedencia y su valor; pero fijando la mirada en la oscuridad, la superficie del agua y unas piedras. Nada doblegaba esa mirada. Una especie de atracción por esperar se habrá de revelar en líneas tan perturbadoras como entrañables. Comenzará por justificar la ausencia del animal: “siempre estaba ocupadísimo, como si fuera indispensable en las profundidades”. Pero después confesará que la espera bajo la lluvia lo unía más a él. “Pues nunca me gustaba tanto el día, por largo que fuera, como cuando la lluvia le peinaba lentamente durante horas y minutos con sus dientes finos y rudos”. Una lluvia-nutria capaz de roer al día. Y entonces, al hacer su relampagueante salida, “contemplarlo insaciablemente” será sólo una parte de la vivencia. Pues la identificación habrá llegado a su punto máximo. Benjamin tomará para sí el deseo del animal de que la lluvia no cese y respaldado por este afán compartido nos ofrecerá sus motivos personales: “En esta lluvia saludable me sentía totalmente a salvo. El futuro se me aproximaba con un murmullo comparable a la nana que se canta junto a la cuna. Comprendí perfectamente que se crece en la lluvia”. Con esta lección obtenida no volverá a ver llover tras la ventana sin sentirse “como en casa de la nutria”. Pero esto sólo lo sabría al estar nuevamente frente al recinto del animal en el zoológico, volviendo a esperar hasta que salga “para volver a sumergirse acto seguido en busca de sus urgentes negocios”.

Walter Benjamin comparte con el animal de sus recuerdos algo más que la intención de retratarlo con fidelidad. También él pudo definirse “por la situación de su hogar”, que como el de la nutria, se hallaba en la periferia, en la región más solitaria, lejos de todos y de todo. Pero esta evidencia no solamente remite a la inestabilidad de su vida, durante la cual tuvo que vivir sin un alojamiento seguro, sino a la elección personal que hizo, de vivir en los márgenes de la sociedad como el único sitio que le garantizara su autonomía como pensador. Sólo allí se sentía “totalmente a salvo”, como bajo la lluvia, el hogar del que prefiere alojarse en ningún lugar, salvo en su elemento.

Sus labores como escritor con frecuencia dieron la impresión de un ocultamiento necesario, una inmersión absoluta en un mundo que guarda su propia justificación, retirándose de la realidad para volver a ella sólo por un instante y “sumergirse acto seguido en busca de sus urgentes negocios”. “Siempre estaba ocupadísimo, como si fuera indispensable en las profundidades” de las que nunca se cansó de investigar. Su exclusión como intelectual es evocada por la propia marginación en el zoológico que le depara a la nutria su hogar, y que también trae implícita la condición del judío que sólo de ese modo podía habitar un espacio “que le servía más de templo que de refugio”. Lo particular de su origen y la naturaleza heterogénea de sus fuentes como pensador, quedan sugeridos a través de las distintas aguas que confluyen hacia el pozo de la nutria y le dan su alimento, por debajo de lo visible. Algunos puntos de encuentro insinúan en este retrato un autorretrato, en el que también cobra proyección algo que pertenece al ámbito de su pensamiento: la obsesión por lo latente y lo manifiesto, la insistencia en “una atención del todo nueva que se desgaja de lo habitual” para seguir las huellas que dejan a la vista los mensajes de las cosas. La paciencia con la que aguarda al animal no puede ser menos que el modelo de la atención que nos exige. Quizás Benjamin hubiera esperado de sus lectores la misma comprensión que él tuvo hacia la nutria. Pero nada en su escrito invita a compadecerlo. Sólo la nutria habitaba el rincón profético del parque.

Lo que escribieron Walter Benjamin y Jorge Luis Borges proponiéndose recuperar un momento de su infancia nos informa sobre ellos de otro modo. La complicidad que llegaron a sentir con el animal de sus recuerdos nos deja entrever que la visita repetida, la demora en abandonar el lugar, o la espera incansable para verlo aparecer, tuvieron más móviles que la sana diversión de una salida de domingo.

Claudia Kerik. Ensayista, traductora de literatura hebrea moderna y profesora-investigadora del Departamento de Filosofía y Letras de la UAM-I.

1 El Manual de zoología fantástica es otro de los ejemplos, pero no fue sólo de la autoría de Borges.
2 He preferido la traducción al español de Klaus Wagner, publicada en 1982 por la editorial Alfaguara. Para otras referencias me he remitido también a la de Jorge Navarro Pérez, publicada en 2010 por Abada Editores.
3 Scholem señaló esta vinculación abriendo el camino hacia la comprensión de la “idea mesiánica” de Benjamin.