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Soy una persona supersticiosa y paranoica, por eso escribo literatura de terror. Vivo absurdos cotidianos como ponerme en mayor riesgo al bajarme de la banqueta con tal de no pasar debajo de una escalera, o pararme de la mesa y caminar hasta el otro extremo —ante la mirada extrañada de los comensales— para coger el salero, en lugar de pedir que me lo pasen. Si estoy en el andén esperando el Metro, evito ponerme en la orilla pues me da miedo que me arrojen a las vías. En una reunión familiar, levanto las bolsas de mis hermanas y primas del suelo porque “se va el dinero” (eso decía mi abuela, y yo siempre le creí).

Bernardo

Sin embargo, todos estos entuertos mentales los hago a un lado a la hora de escribir: de lo contrario me sería imposible. Imaginen si me pusiera trabas del tamaño de “no puedo poner tres comas seguidas después de utilizar la palabra gato” o “cada que escriba el número trece debo limpiar el teclado con agua bendita”. Si dejara que eso ocurriera, mejor le pediría a mi mujer que me encerrara en un manicomio (aunque a veces ella me mira como si fuera la única salida. Y no la culpo).

Cuando me siento ante la computadora, traslado las manías esotérico-chocarreras de mi cabeza al papel, y me ha funcionado, porque escribo con cierta fluidez. Sólo tengo dos reglas: 1) nunca tomo notas, pues cuando lo he hecho —la razón es inexplicable— esas ideas jamás se concretan, y 2) nunca veo cuántas páginas llevo escritas, ya que me obsesiona y distrae. Mi estrategia es pegar un post-it en la esquina inferior izquierda de la pantalla, donde está el contador de hojas, y asunto arreglado. Eso, además, proporciona una emoción extra a mi trabajo: al terminar lo que esté haciendo —sea una novela o un cuento—, disfruto el momento de quitar el papelito amarillo y descubrir qué tan lejos llegué (luego viene la necesaria poda).

El horario para escribir depende del tiempo libre que me deje el trabajo: siempre he sido animal de oficina. Últimamente se me ha acomodado uno que parece ideal para el tipo de relatos que escribo: el crepúsculo (en mi caso es justo llamarlo twilight zone); ese umbral donde el contorno de las cosas se vuelve ambiguo y, por lo tanto, amenazante. Estar alejado del ruido y las distracciones es importante, pero puedo asegurar que en numerosas ocasiones me han interrumpido temibles enemigos como El Hombre del Garrafón de Agua y la Mujer que Llama desde el Banco, sin que consiguieran desconcentrarme.

Los veinte años transcurridos desde que publiqué mi primer libro me han dejado una certeza: un autor debe ser capaz de escribir donde sea (casa, estudio, oficina o campo de batalla), aunque jamás estando borracho, ni mucho menos resacoso. Soy un habitual de las cantinas del Centro Histórico de la ciudad de México, pero al momento de escribir un libro las evito como si en ellas se ofrecieran tacos de vaca loca y tragos de gripe aviar.

Mi cabeza es un hervidero de historias. Varias de las situaciones que observo o me cuentan las veo como posibles tramas. Sin embargo, para fortuna de los lectores, y de los árboles que son víctimas de un ecocidio patrocinado por la industria editorial —pocos en realidad llegan a convertirse en libros que valgan la pena—, no todas las redacto.
Ignoro cuál es el misterioso proceso que me hace elegir un tema y desechar otro. Mauricio Molina ha comparado la labor del escritor con la de un médium: alguien que invoca a los espíritus para realizar su obra. Bajo esa premisa, con la cual comulgo cien por ciento, podríamos aventurar que la clave radica en que algunos fantasmas se manifiestan con mayor influjo que otros.

No les creo a los colegas que afirman que “sufren” cuando escriben y hasta les “sangran las manos”. Quien diga eso, o se está dando demasiada importancia o debería dedicarse a otra cosa. Escribir produce un enorme placer: por eso me consagro a ello. También porque me ahorra el psicólogo. No hay nada mejor que trasladar miedos. Una vez un lector me confesó que por culpa de uno de mis cuentos ahora le tiene terror a los aviones que vuelan cerca del techo de su casa. Le contagié un trauma; en cambio, ahora duerme apretando muy fuerte la mano de su novia —lo cual a ella le encanta—. No me molesta si me llaman malvado: es justo lo que intento provocar con mi literatura.

Bernardo Esquinca.
Escritor. Entre sus libros: Belleza roja, Los niños de paja y Demonia.