Decía el filósofo Favorino que la alabanza tenue y fría perjudica más que vehemente y acerbo vituperio. “El que habla mal y censura, pone hiel en sus palabras, y menos se le cree a medida que mayor odio e injusticia muestra. Por el contrario, la esterilidad, la sequedad, la frialdad del elogio, parecen revelar la pequeñez del asunto; y el apologista pasa entonces por un amigo que quiere alabar y no encuentra nada que merezca elogio”.
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