Nadie anticipó el golpe. ¿Quién iba a suponer que la puñalada más profunda contra el cine mexicano, al que ya no le queda espalda para recibir más, iba a venir de la desaparición de los cácaros? Cierto, allá en los oscuros tiempos del monopolio de exhibición de la Compañía Operadora de Teatros, se alegaba que la lamentable condición en que se mal veían las películas en las salas mexicanas se debía, en buena medida, a la oposición sindical para que se actualizaran los equipos de proyección (el THX se difundió hasta la llegada de Cinemex, cuyos empleados ya no cotizaban en el STIC) y se capacitara a sus proyeccionistas. Gradualmente, la programación por computadora de los complejos cinematográficos hizo que desapareciera, de hecho, el proyeccionista de oficio, con las terribles consecuencias de películas que empiezan con la mascarilla equivocada, sin sonido, incluso enrolladas al revés, sin que haya alguien en la cabina que corrija el lío.

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Pero hasta ahora eso era un conflicto entre las conveniencias del exhibidor (menos personal, menos sueldos) y la resignación del espectador; para los productores y los distribuidores, era más o menos la vieja jugada: negociar fechas de estreno que no estorbaran a los grandes lanzamientos de Hollywood, ajustar la cantidad de copias y rezar por tener salas y horarios propicios. Todo cambió con la transformación digital: a finales de 2008, la cadena Cinépolis hizo una función especial en su complejo de Plaza Universidad (el más concurrido de la cadena a nivel nacional) de un fragmento de una animación de Disney, Chicken Little, en 3-D. Pero no se trataba de presumir la tercera dimensión, sino de anunciar que el soporte de la película ya no era una cinta, sino un archivo digital. Adiós a los rollos de película, al proyector tal y como se le conoció desde el Cinematógrafo Lumière: el futuro era un DVD, una USB o incluso una señal bajada por satélite.

La euforia de los exhibidores no preveía lo que ha pasado con frecuencia: que la señal no llega al proyector (en el verano se cancelaron varias premieres de los grandes estrenos norteamericanos por razones técnicas que incluían un código que no coincidía entre la señal en Los Ángeles, California, y la sala en Tacubaya, una llave y un alambrito), que los formatos de 3-D son inestables y el efecto no es siempre el deseado. Pero nada es más importante que el costo: contra los 50 mil pesos que costaba al productor cada copia, ahora la película iba en el mismo soporte que puede tener un estudiante en su computadora. Para 2013, la cadena Cinépolis anuncia que todas sus salas en México y el extranjero estarán digitalizadas, sin una sola cabina para los viejos rollos de 35mm. Adiós a las copias desgastadas, reventadas, mal reveladas. Todo esto, ¿cómo podía perjudicar al cine mexicano?

Parece que hubiera una maldición gitana: en principio, distribuidores y productores mexicanos se aplicaron a hacer copias digitales si así lo exigía el exhibidor. Su ahorro era considerable. Ya no más: a nivel mundial, los exhibidores cambiaron la jugada: ahora, en vez de que el productor pague a un laboratorio por las copias, debe pagar al exhibidor ¡por exhibir la película! Esto aparte de los ingresos que le suponga el simple paso de ésta. A esto se le llama VPF (Virtual Print Fee) y consiste, hasta ahora, en un pago de 600 dólares por cada copia entregada al exhibidor, lo que es una desmesura si calculamos, como han hecho los piratas, lo que cuesta una descarga en DVD comprado en una papelería. Pero el problema no acaba ahí, sino que ese pago no es único: si la película tiene la mala suerte de gustar, ser un éxito y recorrer el país, por cada sala nueva en donde se presente debe volver a pagar la cuota, que así puede elevarse a niveles aterradores, cuando antes, una misma copia, pagada a los laboratorios, podía hacer su gira nacional sin agregar un gasto al productor.

¿Quién puede absorber ese costo extra para existir? Obviamente, los megaestrenos de Hollywood, que en una sola función recuperan lo que se pagó por la copia digital. Cifras, advirtiendo que es posible que en el momento de escribir esto aún estén circulando copias en 35mm.: sólo en su primer fin de semana Hotel Transilvania hizo, en México, 47 millones 188 mil pesos, con un millón y medio de espectadores; Ted, en tres semanas, había hecho 113 millones 342 mil pesos, con dos millones 652 mil 296 mexicanos embelesados por las peladeces del osito de peluche. La francesa Amigos, la sorpresa de taquilla de la temporada, llevaba 35 millones 713 mil pesos, en seis semanas; para criterios nacionales, la muy exitosa cinta mexicana Suave patria (gracias a la presencia de dos cómicos de Televisa), metió en cuatro semanas 36 millones 388 mil pesos. Mientras las versiones digitales de las norteamericanas se amortizaron en el primer día, cárguese, a los ingresos penosamente logrados durante semanas por los mexicanos, el nuevo pago: simplemente, lo distribuidores pequeños, como Nueva Era y Alphaville, que nos surten de cine europeo, quedan fuera de la jugada; y películas mexicanas, de presupuesto ya muy castigado e impacto masivo restringido, las premiadas en festivales, ven ya muy difícil su salida.

Los cineastas mexicanos afirman que es juego sucio: es pagarle a los exhibidores el cambio de su tecnología, que así les sale gratis, y nada garantiza que eso evite nuevos incrementos al precio del boleto, que llegue otra innovación que haga obsoleto lo ya comprado y se tenga que empezar de cero o que, una vez recuperada la inversión, no se siga cobrando a productores y exhibidores por el favor de pasarles las películas. Le llaman progreso.

Gustavo García. Investigador y crítico de cine. Es académico de la UAM-Xochimilco y autor de Al son de la marimba. Chiapas en el cine.