Nadie anticipó el golpe. ¿Quién iba a suponer que la puñalada más profunda contra el cine mexicano, al que ya no le queda espalda para recibir más, iba a venir de la desaparición de los cácaros? Cierto, allá en los oscuros tiempos del monopolio de exhibición de la Compañía Operadora de Teatros, se alegaba que la lamentable condición en que se mal veían las películas en las salas mexicanas se debía, en buena medida, a la oposición sindical para que se actualizaran los equipos de proyección (el THX se difundió hasta la llegada de Cinemex, cuyos empleados ya no cotizaban en el STIC) y se capacitara a sus proyeccionistas. Gradualmente, la programación por computadora de los complejos cinematográficos hizo que desapareciera, de hecho, el proyeccionista de oficio, con las terribles consecuencias de películas que empiezan con la mascarilla equivocada, sin sonido, incluso enrolladas al revés, sin que haya alguien en la cabina que corrija el lío.
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