Antílope. La elocuente prosa del escritor italiano Erri de Luca describiendo a una presa cansada que espera su destino en manos de un cazador también débil: “Aquel día de noviembre, el rey reconoció la decadencia. El corazón le latía con más lentitud de las doscientas pulsaciones por minuto, empuje que da oxígeno a los saltos ladera arriba y permite superarlos con ligereza. Las pezuñas del antílope son los cuatro dedos del violinista. Van a ciegas y no yerran ni un milímetro. Se deslizan por los barrancos, saltimbanquis en ascenso, acróbatas en descenso, son artistas de circo para el público de las montañas. Las pezuñas del antílope se aferran al aire. El callo en forma de cojín hace de silenciador cuando se quiere; si no es así, la uña partida en dos es castañuela de flamenco. Las pezuñas del antílope son cuatro ases en el bolsillo de un tahúr. Con ellas, la gravedad es una variante del tema, no una ley”. (El peso de la mariposa, traducción de Carlos Gumpert, Sexto Piso, 2012.)
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