negro

Julio Patán,
El libro negro de la izquierda mexicana,
Planeta,
México, 2012, 196 pp.

Imaginemos por un segundo que podemos tener una discusión ante un fondo blanco. Un escenario como el que de repente aparecía en ciertas caricaturas, donde un personaje corría tan rápido y/o tan lejos que se salía del paisaje de fondo hasta llegar al blanco vacío de la animación. Algo así como las escenas en Matrix, cuando los personajes no están ni dentro de la Matrix ni en la “realidad”.

Una vez en ese escenario, o mejor dicho, ante la ausencia de escenario, volteamos a ver cómo flotan en ese espacio vacío etiquetas como: “la izquierda mexicana”, “el liberalismo democrático”, “Andrés Manuel López Obrador”, “Marcelo Ebrard”, “Fidel Castro”, “El Subcomandante Marcos”, “la izquierda moderada”, “las izquierdas estadunidense y europeas”. Cual esferas flotantes, se puede hacer con ellas una carambola, pero no podemos ver siquiera si hay algo adentro de estos objetos que flotan en la nada.

Éste es más o menos el ejercicio de aislamiento y reflexión que hace Julio Patán en El libro negro de la izquierda mexicana, un ensayo que no ayuda a entender por qué las izquierdas en México durante las últimas tres décadas son como son ni por qué sus figuras más importantes han tomado las decisiones que han tomado. Nunca nos dice en qué contexto se desarrollaron, ni ante qué sistema político, o en qué condiciones económicas. No hay adversarios políticos, intereses fortificados, ni desigualdad económica y política (excepto dentro de la propia izquierda). A rajatabla critica sus métodos y algunos de sus peores errores y momentos más vergonzosos sin considerar mucho más allá que una simplificación de la psique de algunos liderazgos. El uso inicial de las armas del EZLN se debe a un “narcisismo hipertrófico” del Subcomandante Marcos; la cercanía de Samuel Ruiz con la Teología de la Liberación se explica por ser “una figura propensa al autoritarismo”, y la forma de hacer política de López Obrador (“el Mao de Tepetitán”) se debe a que es “un yonqui prematuro de la resistencia civil”. No es que uno no pueda tomar con sentido del humor los creativos adjetivos a los que el autor recurre, sino que en su ensayo éstos van acompañados de objetivos más pretenciosos, pues intenta hacer generalizaciones sobre el “mesianismo” y el “redentorismo” que podrían ser interesantes si no fuera por el éxito que ha tenido Enrique Krauze en convertirlos en simples insultos políticos (sólo bajo el manto de este insulto personalidades tan distintas como las de AMLO y Marcos se convierten en liderazgos similares, y si uno quisiera casi cualquier político en campaña podría cumplir con los requisitos para merecerlo).

El ensayo resume con cierta justicia algunas opiniones ya expresadas por críticos de la izquierda mexicana como el mismo Krauze, Guillermo Sheridan, Luis González de Alba y Ricardo Cayuela. Pero al juntarlas y convertirlas en una narrativa, también hace más evidentes sus debilidades. Patán se queja de la falta de autocrítica en la izquierda, pero nunca considera que puede haber críticas legítimas a lo que en tono de víctima llama “el vilipendiado liberalismo democrático” (que por cierto en términos de acceso y ejercicio del poder ha resultado más exitoso que la “vilipendiada izquierda mexicana”). Equipara la violencia con la protesta y la resistencia civil para decir que lo que escasea en la izquierda es la “institucionalidad” (el respeto a la ley), sin considerar que el derecho a la manifestación y protesta son instituciones (leyes y reglas) paradigmáticas de ese “liberalismo democrático”. Critica la apelación abstracta al “pueblo” y pide que se transforme en una apelación a ese —también abstracto— colectivo de “la ciudadanía”. Se escandaliza con la justificación de la acción política en nombre de una mayoría no verificada como hizo el CGH al tomar la UNAM, y contrapone a esa mayoría ficticia a los automovilistas convertidos en un actor político que toca el claxon contra aquel paro y víctimas del tráfico que pueden causar las protestas. Se queja de la política social asistencialista de la izquierda, pero no distingue entre el asistencialismo de un programa como Oportunidades, y programas universales que justamente están pensados como derechos y no como asistencia, como la Pensión Universal para Adultos Mayores del DF. Celebra el acercamiento de la “izquierda moderada” de Rosario Robles con empresarios para hacer una rosca de reyes gigante, pero ese mismo acercamiento de López Obrador para hacer desarrollos inmobiliarios en el Centro Histórico, sobre avenida Reforma y en Santa Fe, no sirve como evidencia de la moderación.

En términos políticos, lo realmente interesante del texto de Patán es que revela la existencia de una corriente de opinión política, incipiente pero ruidosa: el ebrardismo. El ensayo está escrito antes de la elección del 2 de julio, pero después de la decisión de los partidos de izquierda de tener a AMLO como candidato presidencial. Es producto del desencanto. El autor inicia diciendo que el principal error de Marcelo Ebrard fue “bajarse del caballo a media carrera”, y aunque “será tan cuestionable como se quiera” lo defiende con una corta lista de políticas públicas del DF, que sólo son fáciles de defender y atribuibles a Ebrard (no que no sean defendibles, la mayoría lo son, pero tampoco son tan fáciles de defender) si uno las convierte en símbolos más que en hechos con consecuencias. Uno imaginaría que al recurrir a esta conversión al inicio del libro, el autor podría también distinguir cómo otros periodistas o ensayistas y políticos hacen esta misma conversión a gusto y disgusto; pero no es el caso: el autor es ingenuo sobre su propia retórica.

Por ejemplo, en la sección en la que enérgicamente critica que Rosario Robles, siendo jefa de gobierno del DF, haya recibido con las llaves de la ciudad a Fidel Castro, concluye que el problema para la izquierda es que no ve las atrocidades de la Revolución cubana porque “Fidel no es: Fidel sólo significa”. Sin embargo, no repara en que el gobierno de Ebrard haya, mediante acuerdo con la embajada de Vietnam, recuperado una plaza y puesto una estatua de Ho-Chi-Minh en el centro del DF, o más recientemente, con apoyo financiero de la embajada de Azerbaiyán, haya colocado una estatua del autoritario ex presidente de aquel país sobre avenida Reforma (siendo justos, este parque terminó de construirse después de la publicación del libro, aunque el proyecto es previo). Pero no es sólo eso; Patán critica el segundo piso del Periférico que construyó el gobierno de AMLO pero no menciona el mucho más grande segundo piso que construye el gobierno de Ebrard y su obstinación en construir la Supervía, ignorando a jueces y a la CDHDF, entre varias otras cosas en las que ambos gobiernos se parecen mucho más de lo que a detractores de uno y otro nos gusta reconocer.

Es en esos contrastes, en la casi ausencia de descripción, descalificación o análisis del gobierno de Ebrard en un libro sobre la izquierda mexicana actual, que uno nota que para muchos ebrardistas (y ahí hay matices) “Ebrard no es: Ebrard sólo significa” (de la misma manera que “AMLO no es: AMLO sólo significa” pues no menciona casi ni una política pública de su gestión en el GDF). Y lo que para muchos significa Ebrard es: No-AMLO-No-Marcos. Lo demás da lo mismo. Uno puede hablar de las izquierdas estadunidenses y europeas como deseables, pese a suceder y actuar en contextos radicalmente distintos, y no tener que describir detalles de sus objetivos, formas y escándalos con tal de que sean evocadas como No-AMLO-No-Marcos. Uno puede usar el símbolo del PT brasileño y a Lula como una izquierda a imitar, sin hacer referencia a las disputas reales de poder, sus escándalos y las políticas públicas que promovió en Brasil (que por cierto, en términos de Patán, serían sin duda asistencialistas), con tal de que sirvan para decir “No-AMLO-No-Marcos”. Lo cual, casualmente, también quiere decir un gran “NO” a dos de los liderazgos más exitosos que ha tenido la izquierda mexicana reciente, y que más han metido en dificultades a sus adversarios políticos que han estado en el poder.

La existencia de esta corriente de opinión política no es ni indeseable ni sorprendente. Por el contrario, entre más clara sea, más rápido se volverá parte de una discusión interesante en las izquierdas. Sin embargo, su expresión en este texto en particular revela una contradicción más profunda en el ensayo y en muchos de nuestros intelectuales. Una de las críticas centrales del autor es a los intelectuales u opinadores que renuncian a “sostener un pensamiento propio, autónomo, congruente con las propias convicciones”, usando como referencia la crítica que Julien Benda, escritor francés de la primera mitad del siglo XX, hizo a intelectuales europeos en La traición de los clérigos con respecto a su relación con el nacionalismo, el comunismo y el nazismo en los años veinte del siglo pasado. (Valdría la pena anotar el contraste entre Elena Poniatowska apoyando a AMLO en la “resistencia civil”, y apoyar el Gulag, el exterminio y las guerras de conquista, pero como se ha señalado, el matiz y la contextualización no son virtudes de este ensayo.) El argumento de Benda, planteando un lenguaje entre “traidores y no traidores”, es que los intelectuales —los clérigos— tienen una función social en la que deben apegarse a las ideas y mantener su compromiso con la “verdad”, más allá de intereses políticos concretos.

Lo preocupante de la referencia a Benda es que Patán, en efecto, considere que su ensayo político en contra de varias de las corrientes políticas de la izquierda mexicana no tome parte en una disputa donde se cruzan intereses políticos. Las ideas y lo “verdadero” son parte de amplias disputas políticas que necesitan reconocerse para aclararse. La visión de Benda, actualmente, suena como una atavismo ideológico platónico. Una vez que uno decide participar en la discusión pública debe asumir que sus argumentos tienen sentido en un contexto particular con consecuencias concretas, y que esas consecuencias tienen beneficiados y afectados. No se pueden tener las dos cosas: opinión política y aislamiento del contexto.

En El libro negro de la izquierda mexicana Julio Patán toma parte en una interesante discusión política que en particular concierne a la izquierda mexicana, pero no sólo. Su posición y forma argumentativa son, de modo paradójico, particularmente radicales. Está convencido de que lo que él llama “izquierda moderada” tiene que cortar sus lazos con lo que considera una “izquierda mesiánica”, y que no se puede ser moderado con respecto a esa relación. Para construir su argumento evita matices, ignora el contexto y esgrime principios. Características, sin duda, de una posición radical. Los afectados lo criticarán, y los beneficiados lo celebrarán. No se necesita una bola de cristal para saber que a varias corrientes políticas no les gustará este libro, y a otras (más a las de afuera de la izquierda y menos a las de adentro) les gustará mucho. Así pasa cuando uno hace política.

Andrés Lajous. Maestro en planeación urbana por el Massachusetts Institute of Technology.