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Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”.

París

Observando el París actual, el antiguo París es distinto, como un viejo texto entre las líneas del nuevo. Quiten de la cúspide de la Cité la estatua de Enrique IV y verán la hoguera de Jacques Molay. Fue en la plaza del Castillo de los Percherons, delante del Hotel Coq y en presencia de la oriflama desplegada por el conde de Vexin, procurador de la Abadía de Saint-Denis, donde, mediante la proclamación de los seis obispos pares de Francia, Juan I fue apodado “el Bueno”, inmediatamente después de su consagración, que tuvo lugar el 24 de septiembre, y después del suplicio del conde de Guines, acaecido el 24 de noviembre. En el Hotel de Saint Pol, Isabel de Baviera comía “aigrun”, es decir cebollas de Corbeil, “eschaloignes” de Etampes y dientes de ajo de Grandeluz, mientras se reía en compañía de algún príncipe inglés en torno a la paternidad de su marido Carlos VI sobre su hijo Carlos VII. Fue en el Puente del Change donde se pregonó, el 23 de agosto de 1553, el edicto del Parlamento prohibiendo hablar de si una mujer embarazada daría a luz una hija o un hijo. Fue en la sala baja del Châtelet donde, durante el reinado de Francisco I, padre de las letras, se infligía a los impresores el tormento de las dieciséis muescas. Fue en la calle del Pas-de-la-Mule por donde pasaba casi todos los días, en 1650, el primer presidente del Parlamento de París, Gilles le Maistre, montado en su mula, seguido de su mujer en una carreta, y de su criada en una burra, para ver por la tarde ahorcar a la gente que había juzgado por la mañana. En la torre de Montgomery, no muy lejos de la vivienda del consejero de Palacio, el cual tenía derecho a dos pollos por día, y a las cenizas y tizones de la chimenea del rey, estaba enclavado, bajo el nivel del Sena, un calabozo llamado “la Ratonera”, a causa de los ratones que roían vivos a los prisioneros. En el cruce de calles llamado el Trahoir, porque Brunehaut [princesa visigoda, luego reina de Austrasia], dicen, fue arrastrada hasta allí atada a la cola de un caballo, a la edad de ochenta años, siniestro lugar que más tarde se llamó el Árbol Seco, a causa de una horca allí instalada permanentemente, y que estaba situado a pocos pasos del taller de un estufista donde se celebraban las orgías más nobles y alegres del siglo XVI. […]

Una cierta aceptación hacia los ladrones y murciélagos ha caracterizado durante mucho tiempo las calles de París. Antes de Luis XI no había policía. Antes de La Reynie [fundador de la policía moderna] no había linternas. En 1667, la corte de los milagros, que conservaba todavía sus harapos góticos, miraba frente a frente los carruseles de Luis XIV.

Esta vieja tierra parisina es un yacimiento de acontecimientos, usos, leyes y costumbres. Todo un mineral para el filósofo. Vengan y véanlo.

Fuente: Victor Hugo, Elogio de París (trad. de Jacqueline Nonclerq), Pequeña Biblioteca Gadir, Gadir Editorial, 2011.


Delia Juárez G
. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.