Las técnicas de destilación (taqtir) más corrientes —maceración en frío y en caliente, presión, extracción y evaporación— eran conocidas y practicadas desde la Antigüedad. Algunas se esbozaron sin más; otras caracterizaron la historia de la destilación. Pero no son todavía más que técnicas muy sumarias y sin principio organizador. Éste llegará más tarde y adoptará la forma sinuosa de una invención árabe: el alambique (al-‘inbiq). Este sistema sustituyó al condensador alejandrino, con forma de corazón, que sobrevivió por lo demás, aquí y allá, hasta finales del siglo XVIII. Su principio era extraordinariamente simple. Se trataba de una serpentina de vidrio o de cobre, en forma tubular, que giraba alrededor de un eje central y que atravesaba un depósito de agua fría. Gracias a este procedimiento, los monjes de Salerno pudieron destilar, a lo largo del siglo XI, el aguardiente que los calentaba durante los largos meses de invierno. Además del alambique, los árabes inventaron también la filtración per descendum y per filtrum; la palabra europea deriva del toscano feltre. La filtración es una especie de reducción del producto inicial fundado en el principio de la capilaridad de los órganos. Gracias al alambique, los cosecheros destiladores árabes produjeron —a pesar de la prohibición masiva que les afectaba— el lote de vino, hidromiel o nabidh que el consumidor adicto, sediento o borracho, les reclamaba a voz en grito ante la mismísima barba de los mulás.

Fuente: Malek Chebel, Diccionario del amante del Islam (traducción de Jordi Terré), Paidós, Barcelona, 2005.