Y lo veo aquí, entre las líneas atropelladas y furiosas, que parecen no terminar nunca, de la prosa violenta que mantiene en vilo, de principio a fin, “Las palmeras salvajes” y su contrapunto fluvial: “El Viejo”.

En ese pequeño ataúd hay una certeza vital que Faulkner defenderá hasta el final: no hay que tener miedo a las palabras, ni siquiera o, mejor dicho, sobre todo, a las palabras brutas, brutales, ajenas a la sintaxis racional clara y precisa, que fluyen desde la entraña, como el río Mississippi, El Viejo, para inundar, parcela a parcela, el mapa de las pasiones. Poco importa que algunos lectores se quejen de que con tantas oraciones subordinadas y tantos pronombres entre tantas comas, algunos pasajes no se entiendan con exactitud. “Requeriría —dice el crítico Edmund Wilson— una ardua labor de cálculos muy precisos lograr que las combinaciones verbales expresen lo que Faulkner pretende que expresen”. Vladimir Nabokov llama a esos exabruptos “imposibles estruendos bíblicos”, y ellos son los que ocupan toda la atención del autor de El sonido y la furia (1929). Con una docena de gruesas novelas publicadas y un par de volúmenes de relatos, definitivamente William Faulkner estaba muy ocupado creando un mundo que fuera, como declaró, “una especie de piedra angular del universo”, como para prestar atención a lo que la gente y los críticos tuvieran que decir al respecto. “Si el escritor se concentra en lo que sí necesita interesarse, que es la verdad y el corazón humano, no le quedará mucho tiempo para otras cosas”. “La vida —continuaba Faulkner— es movimiento y lo que hace moverse al hombre es la ambición, el poder, el placer. La finalidad del artista es detener ese movimiento, que es la vida, por medios artificiales, y mantenerlo fijo, de modo que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse”.

En medio de las páginas de Las palmeras salvajes (1939) pude sentir en toda su magnitud ese estruendo apocalíptico y presenciar cómo el río Mississippi se desbordaba cubriendo el sureste americano durante la gran inundación de 1927. Pude sentir eso además de “la agonía y el sudor”, “la angustia y el sudor”, que le producía al escritor describirlo atropelladamente, según refiere en sus cartas. La misma catástrofe que condujo, como una brizna, a su antojo, durante semanas, un bote con un presidiario y una mujer pariendo en su interior sobre campos de algodón sumergidos por el río al que llaman El Viejo, era también la catástrofe del que huye de sí mismo. Contrapunteada por otra historia sin ninguna conexión: la de quien se quema en sí mismo; la de quien, a pesar de todos los signos interiores y exteriores, cede ante la atracción del sol, y lo abraza.
Vi todo eso que le criticaban a la prosa de Faulkner y revivió la risa de un amigo (maestro de inglés y buen narrador, por cierto) que hace años me decía señalando un libro que yo llevaba: “¿Piensas leer a Faulkner en inglés? No le vas a entender. Ni los norteamericanos del sur le entienden”. Me vi cerrando el libro, aturdido y tembloroso. En ese momento, pensé, cuando publicó Las palmeras salvajes, todavía faltaban 10 años para que le dieran el Premio Nobel de Literatura (1949) —y hacía 20 que había publicado El sonido y la furia—, pero ya era William Faulkner, ya contaba con esa coraza, o indiferencia, o insolencia, ante los críticos que se necesita para crear “la piedra angular del universo”. “Un artista —decía— es una criatura impulsada sólo por sus demonios”.

William Faulkner (New Albany, 1897) murió el 6 de julio de 1962, hace 50 años, de un ataque cardiaco. Sus obras tempranas, entre las que se cuentan Santuario (1929) y Mientras agonizo (1930) fueron el preámbulo de su gran proyecto narrativo en torno a un lugar inexistente que simboliza el mundo: Yoknapatawpha, que muy bien podría estar ubicado a la vera del Mississippi. “Pronto descubrí que mi propia parcela de suelo natal —decía— era digna de que se escribiera acerca de ella, y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad de usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo”.
De ahí derivan novelas como Luz de agosto (1932), Pylon (1935), ¡Absalón, Absalón! (1936), Los invictos (1938), The Hamlet (1949) y Go Down Moses (1948). También es autor de A Fable (1954), The Town (1957) y varias colecciones de los relatos que vendía para sobrevivir antes de consagrarse.

Así como prefería la suciedad de la prosa arrebatada y viva ante la aséptica y fría perfección técnica a la hora de escribir, anteponía el trabajo sin tregua a la inspiración (“No sé lo que eso es; la he oído mencionar, pero nunca la he visto”). Un escritor, decía, necesita tres cosas: “experiencia, observación e imaginación”. Para ejemplificar los únicos tres héroes posibles de la conciencia moral en la literatura, recurría a Moby Dick, ese libro que compendia varios tratados hermosos e inútiles y una historia vulgar y perfecta: “no saber nada, saber y no preocuparse, y saber y preocuparse”. El joven aviador judío de su libro A Fable, dice: “Esto es terrible. Me niego a aceptarlo, aun cuando deba renunciar a la vida para hacerlo”; el viejo militar francés se justifica: “Esto es terrible, pero podemos sufrir y lo soportaremos”, y el mensajero del batallón inglés reacciona: “Esto es terrible, voy a hacer algo para remediarlo”.

Tal como agregó una “u” a su apellido (Falkner) para borrar su rastro como hombre, el escritor se negó categóricamente a revelar pormenores de su vida privada y a ser fotografiado. Lo que se sabe, lo que se ha visto de él, son retazos. Nunca soltó el pequeño ataúd de su prosa difícil. Decía: “Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio”.

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.