Lo primero que llama la atención en Vista de Delft (1660-1661) es la luminosidad del cuadro: el contrataste de tonos entre las nubes y también el aspecto reposado de la escena, con un río de aguas tranquilas y algunos individuos esparcidos, realzan el ansia pacificadora del cuadro. La crítica proustiana atribuye al fervor por John Ruskin el dictamen del autor francés, escrito en una carta de mayo de 1921 —un año antes de su muerte—, respecto a que el cuadro era, a su juicio, “el mejor del mundo”.
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