La necesidad de visitar un autor es tan caprichosa como el paso de los días. Muchos días me sorprenden necesitando textos perdidos en la zona selvática de mis libreros.
Un día eché de menos la descripción de Tolstoi de un establo en Ana Karenina y luego su descripción de una carrera de trineos sobre nieve nueva en La guerra y la paz. Encontré los pasajes pero no los libros donde los había subrayado, donde había dejado escritas a mano unas traducciones de la versión inglesa y unas correcciones de la versión española, pues tengo a Tolstoi en ediciones suficientes como para que jueguen a las escondidas entre ellas.

Me he rendido al menos una vez a la deleznable urgencia de encontrar un libro llamado Desperados. Contiene la historia del secuestro y asesinato del agente Enrique Kiki Camarena, a manos del narcotraficante Rafael Caro Quintero. Eso sucedió en la ciudad de Guadalajara, el año de 1985. Quería precisar la infame escena, que acababa de contar a alguien, de Caro Quintero explicando a su jefe y cómplice, un hombre de apellido Fonseca al que llamaban Don Neto, por qué iba a matar al hombre que tenía, sangrante y moribundo, atado a una silla de tortura en la sala de una casa de seguridad: “Por dedo” (traidor), habría dicho Caro. Quería precisar si lo había dicho.
Otro día perdí la edición en tres tomos de la poesía de Carlos Pellicer. Buscaba un poema, o más bien la línea de un poema, que dice: “Todo será posible menos llamarme Carlos”.

También perdí un libro admirable acabado de comprar, dedicado a estudiar el enigma irresuelto de lo que ven, sienten, huelen, oyen y pueden saber los perros: Inside of a dog. Supe ahí de un científico ruso que cambió genéticamente al zorro siberiano luego de domesticarlo durante cuatro décadas de cría y cruzas controladas. Quería volver al pasaje donde la autora dice que el olfato de un perro puede distinguir los aromas de las partes marchitas y frescas de una rosa. Y el de los insectos que hay en ella.

Durante un tiempo perdí la admirable edición en papel biblia de las Confesiones de San Agustín, en cuyas primeras páginas puede leerse la perplejidad metafísica siguiente: ¿cómo puede caber la extensión infinita de Dios en la extensión finita del alma, y la parte contener el todo y el todo caber en la parte?

En la selva de mis libreros he perdido también el apenas libro, esencial para mí, sobre las adivinas y quirománticas que había en la ciudad de México en los años cincuenta. Con una de ellas, no mencionada en el libro, vivió mi padre su segunda vida. Yo había leído y subrayado el libro con obstinación, en busca de algún vestigio de aquella epopeya oscura. Pero se lo tragó la selva.

Menciono estas pérdidas al azar, como una muestra, no como una antología de mis mejores pérdidas, pues tengo peores.

Subrayo la paradoja de que caer en la cuenta de esas pérdidas las mejora, las vuelve codiciables. Y hasta germinales, como el recuerdo radiante del sueño que luego no podemos recordar. Es el gran hallazgo de la pérdida, la riqueza mitológica, por irreparable, de lo perdido. Lo perdido adquiere de pronto la calidad de lo inmenso, y de lo misterioso. Cada pérdida toca a las puertas de la memoria sugiriendo que había algo único y mal visto ahí. Como diciendo: Mira otra vez, dejaste pasar un mundo.

Mientras buscaba los pasajes de Tolstoi, iba pensando que alguien podría intentar una visión de su arte narrativo atendiendo no sus grandes frescos sino sus prodigiosas miniaturas. Tolstoi, el gran épico, era un autor de miniaturas. Las mil quinientas páginas de La guerra y la paz están hechas de la suma de capítulos que tienen tres o cuatro.

Pero no quiero hacerme el crítico literario. Quiero extender la metáfora de los autores y los textos perdidos en mis libreros al inventario vecino de la vida perdida en la memoria. No sé cómo será la memoria de ustedes, la mía es como un paso de piedras sobre el río. Sólo recuerdo las piedras del total de mi vida que es el río. La antípoda de Funes el memorioso, a no dudar.

Mi memoria no guarda escenas completas, conversaciones detalladas, historias largas. Guarda indicios, frases, jirones incomprensibles o triviales, muy pocas fechas, innumerables sentimientos adscritos a lugares y personas, algunos paisajes, una buena cantidad de rostros sin nombre y otras tantas escenas sin solución.

Por ejemplo esta:
Estoy perdido de borracho a los veinte años con la hermosa hermana de dieciocho de un amigo mío, perdida de borracha también, y me cuenta que su hermana menor, de dieciséis, ha sido seducida y prostituida por un tipo al que ella mandó matar, y fue a ver que lo mataran. A la fecha no sé si eso lo recuerdo o lo invento, si lo oí en mi borrachera o ella lo dijo en la suya, si en caso de haberlo dicho fanfarroneaba o si decía la verdad. Supongo que resolver este enigma merecería una novela. Con el siguiente agregado: durante todos estos años he creído que aquella historia era verdad y ella, capaz de llenarla.

Héctor Aguilar Camín. Escritor y periodista. Su más reciente libro es Pasado pendiente y otras historias conversadas.