La editorial Trilce ha publicado Aproximaciones y reintegros, una recopilación de Carlos Mapes de la sección que Monsiváis publicó durante años en La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre! Tengo en mis manos el libro, una colección de ensayos, muchos de ellos los leí por primera vez en la mesa de redacción.

Mientras hojeo el volumen he recordado como un fogonazo los tiempos en que un grupo de jóvenes hicimos nuestras primeras armas en las páginas centrales de aquella revista y, muy especialmente, los últimos meses de esa aventura. Mi memoria naufraga fácil, pero tengo amigos que me corregirán de inmediato, mejorarán mis recuerdos y ellos mismo rescatarán los suyos entre los escombros que hemos dejado atrás con el paso de los años.

Cada quien recuerda de una forma diferente. Yo recuerdo así esta breve trama, un soplo de la memoria; no más que eso, pero no menos. Durante los oscuros ochenta, años de crisis financieras desprendidas de la ineptitud, la corrupción y el derroche priistas, cada semana un grupo de jóvenes entre los cuales me contaba hacía la sopa de la edición del suplemento que aparecía los jueves. Si recuerdo bien, ese trabajo de talacha periodística ocurrió entre 1980 y 1986, aunque algunos de esos editores llevaban mucho más tiempo en el cuarto de máquinas de esa publicación. Los editores: Luis Miguel Aguilar, José Joaquín Blanco, Sergio González Rodríguez, Roberto Diego Ortega, Alberto Román, Antonio Saborit, Rafael Pérez Gay.

Han pasado 30 años, y 25 desde el día en que Carlos Monsiváis me reveló que había llegado la hora de su retiro de la dirección de La Cultura en México. Traigo esta voz de viejas notas puestas en un cuaderno, incidencias de esos días:
—No puedo más. Llevo años en esto. Me petrifico en esas páginas. Sálvame —dijo Monsiváis no sin ironía y verdad del otro lado del teléfono, su gran amante, su arma poderosa, su obsesión diaria.

Como no puedo traer aquí al joven que fui, leo en mis viejos cuadernos, busco entre viejas publicaciones e intento ser verídico:
—¿Quieres renunciar? —había en esa respuesta y esa voz una admiración legítima y un respeto literario a prueba de balas que ahora desconozco. La incondicionalidad sólo trae contrariedades.
—No puedo tratar más a Pagés. ¿Tú sabes lo que es oír durante una tarde entera de las faenas del gran matador Frijolito Sánchez? ¿Y ver pasar las rondas infinitas? Un periodista extraordinario, pero cómo decirte, no sé. No duermo. Tomo calmantes. El país está en ruinas y a ustedes nada les importa. No todos los misterios se encuentran en los Diarios de Léautaud. Un día se van a arrepentir de esa coartada apolítica.

Monsiváis se refería a la falta de pasión política de quienes formábamos el consejo de redacción de La Cultura en México y nos encargábamos de la edición de esas páginas. Durante seis años, todos los lunes, nos reuníamos en la casa de San Simón, en la Portales, a discutir artículos, ensayos, poemas. El humor de Monsiváis corroía a las reputaciones más prestigiosas, sus opiniones, sus bromas, sus juegos de palabras se sostenían en la práctica secreta del moralista de la Portales: destruir en privado lo que había elogiado en público. No me asusta esta práctica del mundo cultural, sólo la utilizo como un rasgo para un boceto veloz de la personalidad de Monsiváis.

No renunció al suplemento en ese momento; al contrario, Carlos reapareció convertido en director flamante de esas páginas. De paso, nos nombró a mí, a Sergio González Rodríguez y a Antonio Saborit como coordinador y editores, respectivamente, de La Cultura en México. Corrían los últimos meses del año de 1986. Sostuvimos dos reuniones editoriales y nos pusimos a trabajar en un nuevo diseño y nuevos contenidos. Como decía Benítez: toda la carne al asador. Sé que mis amigos no me tomarán a mal que yo diga que nos sentíamos tocados por la fortuna y que nos comíamos el mundo a puños, como debe ser a los 26 años.

Armar esas páginas se convirtió en un tormento, lo que dejábamos en el escritorio de Bernardo Recamier, diseñador de las páginas, desaparecía para dar a lugar a materiales que Monsiváis empujaba después de los acuerdos de la junta. La metralleta del teléfono nos acribillaba día y noche, un enredo sin solución. Dos meses después renunciamos a los nuevos cargos y al consejo de redacción. Nos reunimos en un Sanborns convencidos de que ocurría algo importantísimo en nuestras vidas. Bien pensado, nada se hace si uno no está convencido de que es muy importante.

Tiempo después, durante los primeros meses del año de 1987 los mismos editores decidimos hacer una editorial para publicar nuestros propios libros. Después de buscarle un nombre copa tras copa, le pusimos Cal y Arena, nombre desprendido de una sección que coordinaron Luis Miguel Aguilar y Antonio Saborit. Pero me desvío, regreso al asunto.

Una noche sonó el teléfono del departamento donde yo aprendía de los fuegos de la vida doméstica. Carlos Monsiváis:
—No puedo más. Encárgate. Ya hablé con Pagés y está de acuerdo en que seas el coordinador, yo me integro al consejo. Vamos a formalizar la semana que entra el cargo. Hay un salario, más simbólico que otra cosa. ¿Te gustan los toros? ¿Los burdeles? ¿Los políticos del PRI?
—¿Todo eso tiene que gustarle al que coordine el suplemento?
—¿Cuándo fue la última vez que entendiste un chiste? Adiós para siempre —a Monsiváis le gustaba despedirse intempestivamente con esta frase.

La sangre se me subió a la cabeza. Yo no sabía, desde luego, que la misma oferta se la había hecho a dos o tres amigos de ese grupo de editores. El teléfono de nuevo. Oí la voz amputada de Monsiváis:
—Pagés nos espera el próximo lunes. Prepárate porque aunque trae un tanque de oxígeno, bebe fuerte. Seguro te va a insultar —se rió—. ¿Puedo pedirte algo?
—¿Qué? —le pregunté.
—Tono crítico. El país se cae a pedazos. No hay salida.

Digo voz amputada sin ganas de ofender, a la voz de Monsiváis le faltaba algo que suplía su inteligencia. La revista Proceso que dirigía Julio Scherer había publicado en sus páginas las crónicas de innumerables corruptelas, crímenes y complicidades de la impunidad de nuestros políticos. La Jornada reunía a un grupo experimentado de periodistas que hicieron un periódico crítico con los recursos de un grupo artistas, colaboradores y amigos.

Ante esos dos tanques de guerra periodística, la revista Siempre! venía a menos, un periodismo de la vieja guardia, cualquier cosa que esto quiera decir, dirigido por una leyenda. De José Pagés Llergo yo sólo sabía lo que le escuché a Monsiváis y a Benítez, algunas bravuconadas míticas que se le atribuyen: al que se agacha se lo chingan doble. También aforismos que entrega la vida entre los pliegues de la sabiduría de los años y los tragos: los premios son como las mujeres; siempre llegan cuando ya no hacen falta.

La noche del aquel sábado, Sergio González Rodríguez y yo hablamos de esa nueva propuesta, una papa caliente entre las manos de nuestra amistad. Si estaba hecha la oferta, al menos debíamos discutirla. No lo sabíamos, pero nos iniciábamos en el mundo de la edición, un mundo que hemos habitado durante más de 35 años. Miento: ya habíamos empezado esa historia en las editoriales Premiá y Nueva Imagen. En el bar del Sanborns de avenida Universidad atacamos una botana de tacos fritos y tres tragos. Nos fuimos a velar las armas.

El domingo siguiente compré en Sanborns la revista Proceso. Las páginas culturales ofrecían una noticia dividida, como indica el sello editorial de la casa, en varias noticias. Leí la primera nota: “Tras 15 años, Monsiváis deja la dirección de La Cultura en México por cansancio”. Abajo, ¿o arriba?, no me acuerdo, decía: “Paco Ignacio Taibo II lo sustituye”.
En la entrevista, Taibo II explicaba con claridad su proyecto: un suplemento de izquierda: “menos Proust y más crónica”. Lo logró, para qué más que la verdad. No recuerdo cuánto tiempo permaneció Taibo II al frente. La cobertura de Proceso incluía un artículo de Monsiváis: “Lo que fue, lo que no fue, lo que quiso ser el suplemento”. Al final del artículo, Monsiváis le daba las gracias a un grupo amplio de colaboradores que hizo posible el suplemento que él había encabezado. Desde luego nuestros nombres aparecían aquí y allá entre los agradecimientos.

Algo de todo esto pasó por mi cabeza mientras hojeaba Aproximaciones y reintegros, el más reciente libro póstumo de Monsiváis. Por los demás, no todos los misterios están contenidos en los Diarios de Paul Léautaud; no todos, pero una buena parte de los misterios de la vida aún laten en esas páginas. Cierto: la memoria es un peligro.

Rafael Pérez Gay.
Escritor. Entre sus libros: El corazón es un gitano, Nos acompañan los muertos y No estamos para nadie. Escenas de la ciudad y sus delirios.